TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

  • Incrementar tamaño de la fuente
  • Tamaño de la fuente predeterminado
  • Decrementar tamaño de la fuente

BARQUERITO. Escritos de confinamiento. Segunda Parte (18)

Correo Imprimir PDF
El texto viejo repesca la crónica de la corrida de Otoño  de 2018 en que Diego Urdiales toreó con insuperable categoría dos toros de Fuente Ymbro. De esa corrida hice mención ayer a propósito de la del 15 de mayo de 2019. La faena perfecta no existe, dijo bien un día Zabala de la Serna, y no lo fue ninguna de las dos de Diego aquella tarde. Y, sin embargo, las dos fueron en verdad memorables. El trapío y el estilo de los dos toros de turno, los estados de Diego en las dos bazas, su capacidad de improvisar sobre el canon del clasicismo riguroso, su fuerza mental, su sentido plástico no impostado, su valor.. Y el viento. Y, en fin, no solo esa antología del bien torear. Octavio Chacón arriesgó lo indecible, salió ileso de un combate tremendo con un toro de sentido y, pese al protagonismo de Diego, no fue un mero actor secundario. Para que no faltara de nada, el tercero de Fuente Ymbro fue un toro de bandera.

Y la bitácora fresca del día La décima parte de un kilómetro. Pan y queso. Las ovejas de Ramiro. Destino: Hierro, Canarias, Fase 2 y casi 3.

Saludos!

AGENCIA COLPISA. Crónica de la corrida de Madrid. 7 de octubre de 2018

ANTOLÓGICO DIEGO URDIALES,

HERÓICO OCTAVIO CHACÓN

Tres orejas, una manera de torear en clásico de exquisito rigor del torero riojano en tarde completa y bendecida por un gran toro. El de Prado del Rey se juega la piel con una alimaña y reafirma su cartel de torero predilecto de Madrid.

Madrid. 6ª de la feria de Otoño. 17.364 almas. Otoñal. Soleado, fresco, ventoso. Dos horas y tres cuartos de función. Cinco toros de Fuente Ymbro (Ricardo Gallardo) y un sobrero -6º bis- de El Tajo (José Miguel Arroyo). Diego Urdiales, una oreja tras dos avisos y dos orejas. Octavio Chacón, una oreja y saludos. David Mora, pitos y silencio.

Óscar Bernal picó perfecto al cuarto. Carretero lidió con maestría al tercero.

EN TERRENOS DE SOL y al abrigo del viento cuajó Diego Urdiales un toro de casi 600 kilos. Cuarto de una corrida de Fuente Ymbro de radical disparidad. Un toro Hurón negro listón de sorprendente elasticidad para tal carga. Corto de manos, detalle clave en su manera de meter la cara. Templada codicia. La nobleza vendría de genes. Como su estilo al descolgar. Lo que iba a ser una faena antológica, dechado de pureza y torería, no tuvo finos inicios. Tal vez por ser tan voluminoso el toro, aunque armado con armonía, Diego no lo vio claro de salida. Una lidia obtusa, compartida con Víctor Hugo, el uno por el otro, el otro por el uno, pero más tiempos muertos de lo debido.

Picó a modo Óscar Bernal, solo que sin pelear en serio el toro, suelto de la segunda vara y suelto de un quite de solo lance y medio de Octavio Chacón. En banderillas vino el toro cómodo pero mugió. Estaba por verse. Para el tercero, el dije de la corrida -terciado, el remate Domecq modélico-, se había pedido la vuelta en el arrastre. Latían las comparaciones inevitables.

Diego brindó al público. Tenía medio abierta la puerta de Madrid porque su primera faena, de paciencia y tragaderas muy llamativas, había sido castigada con dos avisos -el primero, antes de cuadrar siquiera, y el segundo, por su renuncia fastidiosa a descabellar- pero premiada con una oreja de caros méritos. Dos garfios terribles, muy abierto de cuna, bajo de cruz, apenas picado, ese toro primero embistió de partida torrencialmente, se venció un poco, fue bastante mirón y, aunque obediente al toque, tuvo ese fondo frágil que incomoda a quien sea.

Tan duro como ajustarse a la envergadura del toro fue pelearse con el viento, que revolaba la flámula y amenazaba con arruinarlo todo. Diego tuvo la feliz idea de cambiar de terrenos y buscar, como iba a hacer con el cuarto, ese cachito del sol de las Ventas entre tablas, las rayas y sus rebordes donde incluso en tardes de ventolera se siente calma. Al echarse el viento, Diego cambió de muleta y pareció empezar una segunda faena dentro de la misma. Ejercicio de fe y seguridad. De dominio y temple para, antes de la igualada, firmar dos breves tandas, una por cada mano, de exquisita categoría. Una estocada tendida no bastó.

Por eso el brindis, que fue un compromiso. Ahora empezó todo en la tierra del sol libre de viento. Octavio Chacón había ayudado a cerrar el toro en tablas y, de paso, a dejarlo ver. El morro por el suelo. Urdiales abrió con doblones y, enseguida, una primera tanda con la diestra movida y cargada de dudas. Siguió una segunda de dos primeros compases en falso, tardeó el toro, Diego lo reclamó con la voz, y en el tercero vino la revelación. Un mayúsculo muletazo en redondo, que puso al torero de Arnedo en otra onda, lo serenó, le abrió los ojos y le dio toda la confianza precisa.

No se comía a nadie el toro, que no vio desde entonces otra cosa que engaño, la pequeña muleta de Diego blandida con la suavidad y la gracia que exige el toreo por los vuelos. Hubo una tercera tanda en redondo algo acelerada -venido el toro arriba- y sin solución de continuidad vino o sobrevino el festival: una, dos, tres, cuatro tandas con la izquierda, cosidas, ligadas, dibujadas, acopladas, breves, salpicadas de molinetes, trincheras, el kikirikí, el recorte, hasta un desplate de rodillas -de añejas tauromaquias- o el cambio de mano en el momento imprevisto.

No hubo ni entradas ni salidas, porque ese tramo se libró en un palmo de terreno, donde quisieron y se encontraron las partes. Se levantó un clamor de auténtica ebriedad en la plaza. Y ahora Diego dio la impresión de estar deseando acabar. Para no tropezar dos veces en la misma piedra. Al toro se le quedaron dentro no menos de una docena de viajes más. Pero clave de la faena fue su justeza de tiempo y no solo de espacio. La gente empujó la espada, que entró hasta la bola, tal vez trasera, y el toro murió de bravo, barbeando las tablas, pero sin detenerse en la puerta de chiqueros. En la de arrastre dobló sin puntilla. La agonía fue a su manera una fiesta. Las orejas para Diego. Dos vueltas al ruedo. Para el toro se pidió otra. Se enrocó el palco.

Diego no fue único protagonista. En primer plano también Octavio Chacón ante un toro tan alimaña como pudo serlo el cuarto de Saltillo que despachó el pasado San Isidro. Toro de tan venenosa listeza que pareció pregonado, arreó en oleadas, arrollando, huyendo, colándose, metiéndose a traición, no tobillero sino al pecho.

Un tormento, pero un torrente de emociones incontenibles porque el torero de Prado del Rey tuvo la guapeza de hacerle frente, de buscarle las vueltas, de meterse en su terreno y descararse con él, de sortear gañafones que eran como barridas de metralla. El engaño por delante, la figura erguida y de frente. En cada muletazo se mascaba la cogida y la tragedia. El toro encunó a Octavio y lo tuvo entre las manos sin soltarlo, se levantó Chacón sin dolerse ni mirarse, reclamó las armas y volvió a la carga como si no hubiera pasado nada. Una estocada hasta el puño. Se caía la plaza.

No fue mejor el quinto fuenteymbro, solo que en vez de tirar cornadas y buscar herir fue toro afligido, incorregiblemente rajado, de huir de su sombra. Cogido Chacón muy feamente durante la lidia, dos cogidas, ninguna de ellas de herir, superó mermado prueba tan severa. Por activa y por pasiva, en tablas y cerrando huecos, cruzado lo indecible o sin cruzar. Todo hizo Chacón por lograr siquiera una tanda. La de apertura al marrajo anterior había sido, genuflexa, una delicia taurina. Ahora fue imposible.

Y, en fin, a David Mora se le empezó a ir enseguida el soberbio tercer toro, se le descaderó el sexto y el sobrero de El Tajo no contó para nada en esta historia singular.

=======================================
DE PASEO. CdBitácora. 18 de mayo. 2020

 

Las hileras de San Francisco. La espera incierta. Pan quemado. Ramiro. Una papelería, un organillero. El suicida de Besalú. La isla del Hierro.

LA COLA en la carrera de San Francisco para Correos era una hilera de cuarenta y tantas personas. Todo el mundo respetaba la regla de los dos metros de separación preventiva, incluso más de dos. Dentro de la estafeta –estuve hace dos semanas- solo atienden tres de los seis despachos y no se admite la presencia de más de tres parroquianos a la vez. Los servicios postales entraron en la categoría de los esenciales del estado de alarma, pero lo hicieron con horario reducido. Por eso tan tupida concurrencia.

Una inercia peculiar: las colas se vienen formando en dirección a la plaza de la Cebada y no en el sentido de la basílica. Si la cosa fuera de la segunda manera, la cola doblaría la manzana y tomaría el final de la calle Calatrava, que solo está edificada por la acera de impares. La acera libre, en paralelo con la Gran Vía de San Franscisco, es una pequeña zona ajardinada en rampa que no se solea hasta mediodía.

Tal vez por eso la cola se va dilatando carrera arriba. El sol, de espalda. Se consuela cada uno con su propia sombra. Se respetan las dos calzadas que vierten a la carrera. Primero, la calle de San Isidro Labrador, y luego, la de las Aguas, algo más luminosa. Hasta la puerta del colegio de la Paloma llegaba la cola. Todo el mundo, en silencio. El silencio de la colas de los lunes es un índice de intranquilidad. Se contiene el aliento.

En las oficinas bancarias, y delante de los cajeros automáticos y las farmacias, también las colas de los lunes se han hecho habituales, pero en ninguno de esos otros tres casos se detecta el síndrome de Correos. Las sucursales bancarias, no los bancos de sentarse, han ido desapareciendo de la carrera en muy poco tiempo. El de la esquina de Calatrava, los de las esquinas de las Aguas y el santo labrador.

El edificio de Calatrava es construcción mole de un estilo cargante que se puso de moda en Madrid en los años 20. Cansa mirarlo. Le lavaron la cara a conciencia y el lavado lo ha aligerado no poco. En los bajos, un restaurante peruano que lleva a casa la comida por encargo. Las ventanas del bajo están protegidas por rejas muy aparatosas, de penal.

De los negocios que había en el tramo de la cola solo ha sobrevivido una pequeña imprenta, que lleva desde el 16 de marzo con el cierre echado. El taller de organillos, único de su género en Madrid, pasó a mejor vida hace cinco años. Ors, el papelero, murió casi al tiempo. Con tantos colegios en las cercanías –la Paloma, el Vázquez de Mella, el Sagrado Corazón- el negocio iba tirando. A la muerte de Ors se cerró la tienda y ya no se ha abierto.

La papelería de Humilladero ha absorbido la clientela. Ya de antes la tenía propia y estable. Su tablón de anuncios, a la entrada, da una idea de cómo la demanda de trabajo supera con mucho a la oferta. La sección de libros de Humilladero, bien nutrida, se limita a la llamada literatura infantil. Las papelerías se han convertido en bazares. Los bazares chinos de la Cebada, dos de tamaño medio, venden las mismas cosas de papelería que vendía Ors y se venden en Humilladero, pero con el sello del made in República Popular y más baratas.

Frente a la cola de Correos, la del Obrador de San Francisco y su negocio hermano, Cultivo, la casa de quesos selectos que patrocina en Madrid los de la Granja de Cantagrullas, de Ramiro, tan bien valorados. Ramiro, La Zarza, Moraleja de las Panaderas y Gómeznarro, o Gómez Narro, eran parroquias del antiguo arciprestazgo de San Vicente del Palacio integradas en la comarca de Medina del Campo.

El arcipreste venía a la función del 15 de agosto en Gómeznarro en lujosa tartana negra de asiento de terciopelo y tocado con bonete de borla verde, y cordón del mismo color. Se hacía manifiesto su aire de autoridad. Era de maneras exageradamente morosas, teatrales, indulgentes. Ramiro ha sido el único pueblo de la comarca capaz de sobrevivir prósperamente gracias al queso de oveja. No sé si la raza es autóctona o una mera rareza solo por haberse preservado en pastos resecos. El abuelo materno de mi madre era pastor. De Gómeznarro de toda la vida. Se apellidaba Martín, se llamaba Miguel. La inmunidad del rebaño ha sido una de las pocas ideas felices que han circulado en los últimos dos meses.

Para comprar en Cultivo no hay cola. El mostrador de quesos, ahora protegido por una gran pantalla, es muy ilustrativo. Al pie de cada pieza constan los datos de condición y procedencia, y el precio. Vaca, cabra y oveja. De los blandos muy blandos a los añejos que son sin embargo frescos y rezuman. La gama entera. La calidad y la afinación se pagan. No existe el envasado al vacío. Aupado en una tarima tras el mostrador, el maestro quesero, vestido de ceremonia. Su manera de cortar es digna de ver. Parece que se le rinde en las manos el queso que sea, En el cruce de olores ninguno prevalece. La compra se entrega en una bolsa de asas de papel transparente y resistente, no transpira.

No he visto quesos franceses. Y si los he visto, no reparé en ellos. Todos los azules del mostrador son españoles, salvo uno: su majestad el rey de los ingleses, el señor Stilton. No admite imitaciones. Aquí llamamos o llamábamos roquefor a cualquier pasta que se parezca o pareciera al Roquefort legítimo. Los cabrales y familia son aparte. También los hay. La temperatura a la que debe degustarse un queso es motivo de debate. En nevera lo matas. En quesera lo aburres y recluyes.

En Gómeznarro se guardaban en un cuarto oscuro del corral colocados en baldas de madera, cubiertos de paño y protegidos. Se llamaba al cuarto la quesera, se dejaba bien cerrado y, sí, aquel olor de queso confinado se metía hasta el fondo del cerebro. No se sabe todavía en qué punto del cerebro se encuentra el localizador de quesos.

Para el Obrador, la espera, sí, pero lo que no había eran pastas de jengibre, canela y melaza, y sí cuquis (cookies) de vainilla y pepitas de chocolate, que no están mal pero no es lo mismo, y también pan quemado. Al pan quemado lo llamábamos en mi infancia cristinas, demasiado dulces. “¿En la misma bolsa las dos cosas?” Sí, sí. Un científico inteligente denunció esta mañana en un programa de radio que los guantes y las mascarillas van a acabar desencadenando una catástrofe ecológica en las desembocaduras de los ríos y en las playas.

Cada vez se va entendiendo mejor el sentido de la pandemia como una mancha de aceite. De cuando en cuando te asalta el recuerdo de la catástrofe del Prestige, el vertido de miles de toneladas de fuel en la costa occidental de Galicia. Mascarillas, guantes, batas blanca, botas de goma. Un trabajo agotador. Fue un 13 de noviembre, año 2002. Un 13 de marzo, de 2020, se reconoció oficialmente entre nosotros la pandemia y la alerta. Hay cifras coincidentes y eso alimenta las teorías esotéricas de los visionarios. “Investiga!”, dice una pintada en el murete del mirador de El Ventorrilllo.

En La Vanguardia del sábado el ingeniero Joan Vila recordaba el vertido involuntario el año 2004 de un tanque de fuel de su fábrica de papel –LC Paper- en Besalú al río Fluviá, que desemboca junto a las ruinas de Ampurias. A la bahía el Fluviá llega como un hilo de agua dulce, limpio y sin caudal. El operario causante del vertido se suicidó.

Levantar la empresa hace quince años, cuando el fatal vertido, y superar los efectos de unas cuantas crisis severas a lo largo de treinta y tantos años, ha sido una labor titánica. Una lección de perseverancia, afán y resistencia. Ejemplar en estos días. La última reconversión de la empresa tras el advenimiento de la pandemia: fabricar  bovinas de papel higiénico. Cien empleados. Un mundo. El mundo del papel. Los dos periódicos que a diario compro vienen sembrados de ideas e historias, hago recortes, subrayo, archivo en la memoria. Los textos en papel se digieren más despacio que los de pantalla.

El mercado estaba casi vacío. La plaza de la Paja también. Y el jardín de Anglona. La otra cara de los lunes. Los vencejos siguen jugando a todas horas, los gorriones han perdido su graciosa cautela, parece que ha llegado de golpe el verano. En el programa Nómadas de Radio Nacional se contaron anteayer tantas maravillas de la isla canaria del Hierro que dieron ganas de empadronarse en ella y, en edades comprometedoras, esperar en el paraíso la llegada del último destino. Al borde de un acantilado cortado a tajo. O en la boca de un volcán. O perdido en cualquiera de sus bosques de laurisilva. O tendido en la arena volcánica negra de una playa salvaje al amor de los vientos alisos que traen lluvias de costado. Comiendo pan ácimo y queso herreño. Y más nada. Mirando cielo y mar.

Última actualización en Lunes, 18 de Mayo de 2020 23:56