TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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TAUROMAQUIA. Por Carlos Horacio Reyes Ibarra "Alcalino".- Historia de un cartel.

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Cada 16 de mayo, dondequiera que haya corrida, las cuadrillas desfilan destocadas y guardan uncioso minuto de silencio bajo el palco presidencial, lo mismo en Madrid que en el último rincón de España. Este rito lleva 99 años repitiéndose. Y todo porque un 16 de mayo, el de 1920, aconteció lo increíble: que un toro matara a José Gómez Ortega (Gelves 1895-Talavera de la Reina 1920), “Gallito” en los carteles, “Joselito” para el pueblo, y el prototipo más acabado del torero integral. Aquel crepúsculo dominical, la península entera se estremeció con la noticia, transmitida por telégrafo. Incredulidad, pasmo, estupor. El propio Juan Belmonte relata paso a paso su súbita congoja en la célebre biografía escrita por Manuel Chaves Nogales.

Antes de comprometerse a partir plaza aquella tarde en Talavera de la Reina (Toledo), Joselito tuvo que negociar la anulación de un contrato previo con la empresa de Madrid. No fue fácil. El porqué de ese empeño suyo por comparecer en Talavera reconoce una intríngulis ampliamente discutida y comentada en los días que siguieron a la tragedia.

 

El factor Corrochano. Gregorio Corrochano, desde su tribuna del ABC, era algo así como el Joselito de la crítica taurina. Fue de los primeros en reconocer la grandeza de Gallito y pregonar su superioridad sobre el resto. Pero en la temporada de 1919 experimentó un extraño giro: de objeto de su más rendido fervor, José pasó a convertirse en truquista y mixtificador del arte. Influyó en el cambio Ignacio Sánchez Mejías, cuñado de los Gallos pero distanciado en esos días de Joselito. ¿El motivo? Su alianza con Corrochano en la oposición a la plaza Monumental que “Gallito” erigió en Sevilla contra la voluntad de los maestrantes, que aglutinaban a lo más rancio e influyente de la aristocracia sevillana.

Concluida la campaña del 19, el hijo menor de Fernando Gómez “El Gallo” viajó por primera y única vez a América, asombró y triunfó en Lima y, de vuelta a España, buscó un acercamiento de conveniencia con Corrochano. El propio periodista lo dejaría entrever al argumentar contra quienes lo acusaron de forzar a Joselito para que aceptara torear en Talavera una corrida poco recomendable de la ganadería de su tía Josefa Corrochano viuda de Ortega. Algo insólito, dado que José tenía todo el campo bravo en la mano y no acostumbrara salir a la plaza sin aprobar, toro por toro, lo que habría de lidiarse.

Del relato que Gregorio Corrochano publicó en ABC se desprende que Gallito entró en el cartel fatal como resultado de una serie de casualidades, y fundamentalmente por el deseo de torear en “la plaza que había inaugurado su padre”. A don Gregorio le urgía contrarrestar la versión que andaba en la calle, según la cual Gallito se sintió comprometido a enfrentar ganado con el hierro de la Viuda de Ortega a fin de sellar su reconciliación con el periodista, oriundo de la propia Talavera, y que festejó la deferencia empapando nuevamente su pluma de gallismo. Aunque, hombre astuto y taimado, eligió un sonoro “HABÉIS ESTAO FATALES” como cabeza de crónica para la corrida de la víspera en Madrid (15 de mayo de 1920: Gallito, Belmonte y Sánchez Mejías con toros de Murube tan inválidos que la tarde transcurrió entre broncas). Una argucia, pues conforme avanza la lectura su juicio se va dulcificando, ya que “cuando las cosas empiezan torcidas… ya no hay nada que las enderece”. Así se las gastaba el primer cronista de España.

Rumbo a su destino. La mañana era lluviosa cuando Joselito, Sánchez Mejías y los suyos abordaron el tren a Talavera. Para los protagonistas del mano a mano de esa tarde el día no pudo empezar peor: Ignacio tuvo un altercado, todavía en Madrid, con unos tipos que lo increparon groseramente –hubo intervención de la guardia civil y breve detención de los rijosos--; y en la estación de Torrijos, Joselito, que había bajado a aprovisionarse, sostuvo un forcejeo con un lugareño que quiso arrebatarle una pieza de pan. Con todo esto, y el recuerdo de la desdichada corrida de la víspera, a los viajeros se les agrió el ánimo y desembarcaron de mal talante en la enfiestada Talavera, ilusionadísima con ver torear a Gallito por primera vez. En el hotel, tras un descanso reparador, Jaime Quirós, su mozo de estoques, ayudó a José a enfundarse en el terno grana y oro que luciría esa tarde. Cuando arribaron al modesto coso, construido bajo una ermita, el lleno era total.

“Bailaor”. Negro de pinta y corto de pitones, era hijo del semental “Canastillo”, de procedencia Santa Coloma, y de una vaca veragüeña llamada “Bailaora”. Apenas rebasaría los 400 kilos en pie cuando irrumpió en la arena, en quinto lugar. La corrida estaba saliendo mansa y difícil, pero sin duda fue “Bailaor” el más complicado de los seis, añadida a su reservona aspereza la condición de burriciego, acentuada en el tercio final.

Cogida y muerte. “Un lienzo vuelto, una última voz -¡toro!- / Un gesto esquivo, un golpe seco, un grito, / y un arroyo de sangre –arenas de oro--/ que se lleva –ay, espuma—a Joselito.” (Gerardo Diego, Elegía a Joselito (fragmento).

No peleó en varas y sin embargo “Bailaor” mató tres o cuatro caballos con apenas entrar, derrotar y salir suelto. Joselito se excusó de banderillear –al toro anterior, a invitación de Ignacio, le había puesto un par enorme que le valió la última ovación de su vida--, y tomó muleta y espada con la idea de abreviar y terminar cuanto antes. Por desgracia, fue el toro quien cazó al torero. De un arreón súbito, al apartarse José para volver a montar la muleta en la espada, pues en uno de sus leñazos defensivos el de la Viuda de Ortega había estado a punto de desarmarlo. Al entrar el torero en la zona desde la cual “Bailaor” podía percibir los objetos, el burriciego acometió inesperada, rapidísimamente; no se pudo ir José –circuló el rumor de que lo distrajo un grito hostil del tendido-- y el animal lo enganchó del muslo derecho lanzándolo hacia delante, y al sentirlo caer tiró la cornada, clavándole el pitón en el bajo vientre. Cuando intentaba incorporarse, Gallito notó, con horror, la masa verdosa de sus intestinos deslizándose hacia el exterior. Su muerte, certificarían los médicos, ocurrió a los pocos minutos en la enfermería de la plaza. Justo cuando Sánchez Mejías despachaba al último bicho de la corrida. La consternación y el dolor de la noticia apagaron la alegría del pueblo, que canceló sin más lo restante de su programa ferial.

“… Fragilidad, silencio y abandono, / cobra el gentío un alma de paisaje / mientras siente el torero hundirse el trono / y apagarse las luces de su traje…” (íbid)

Lo que significó Joselito. “Los quince años y espigado talle, / juego, donaire y esbeltez gitana, / un nuevo Faraón, cresta de gallo, / ágil la línea y fresca la mañana // … Y después cuántos largos esplendores / sobre efímeras llamas de toreros. / Ojos, bocas, los palcos tentadores, / sur de mantillas, norte de sombreros…” (íbid)

José Gómez Ortega alcanzó, aun en vida, esa categoría de mito que hace imperecedero su recuerdo. Tanto mandó en la plaza como fuera de ella. Como torero, fue una síntesis perfecta de la tauromaquia precedente, aquella dura pugna con astados indómitos de cornamentas descomunales. Como gestor y líder natural, impuso su voluntad sobre todo el toreo de su tiempo. Lo que Francisco Montes “Paquiro” fue al siglo XIX, sentando las bases de la corrida moderna –desde la vestimenta del lidiador hasta la conformación de la cuadrilla--, “Gallito” lo fue para el naciente siglo XX, al dar una función orgánica al peonaje y ordenar que, en la faena de muleta, lo dejaran solo, sin avisar constantemente al toro como se acostumbraba hasta que José le impuso a cada subalterno una misión específica: “… La lidia toda, atada y previsora, / sabio ajedrez contra el funesto hado. / Gesto de capitán, ¡cómo te llora / la cofradía del aficionado!” (íbid).

Clarividente, identificó muy pronto a los dos toreros que lo superaban artísticamente, uno en función del tempo, la duración de las suertes (Rodolfo Gaona), y otro también en el espacio, dada su cercanía a los pitones (Juan Belmonte). Decidió bloquear al primero, tan completo como él en los tres tercios y más fino y elegante, más incómodo en suma; y promovió activamente al segundo, radicalmente distinto a todos pero inconsistente y desigual, oportuno contrapunto para, sin riesgo para su hegemonía, cimentar una competencia tan singular que daría lugar al auge después conocido como edad de oro del toreo.

No conforme con administrar integralmente los destinos de la Fiesta, José Gómez Ortega aprovechó su cercanía con los principales criadores de bravo para inducir la configuración de un  toro más suave y propicio a la frágil estética belmontina, a la cual él se había adaptado sin problemas. Y su idea de plazas más grandes, que posibilitaran precios accesibles a todos, quedó plasmada en la Monumental de Sevilla –que nació y murió con él, aniquilada por la enemiga de los maestrantes--, pero también en el proyecto del actual coso de Las Ventas, que no llegó a ver pero en cuya planeación intervino resueltamente.

Nada tiene, pues, de gratuito que cada 16 de mayo se siga rindiendo tributo a la memoria de José Gómez Ortega, “Gallito” en los carteles y, para los restos, simplemente “Joselito”.


Última actualización en Domingo, 17 de Mayo de 2020 18:10