TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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BARQUERITO. Escritos de confinamiento. Segunda Parte (16)

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El texto viejo iba a completar el triduo de las tres últimas corridas de 15 de mayo en las Ventas. Cambié de idea. La tercera de la serie, mañana. Me pareció oportuno conmemorar el centenario de la muerte de Joselito el Gallo en su fecha precisa, la del 16 de mayo. En
Madrid, el rito del minuto de silencio en su memoria se ha mantenido siempre con particular respeto, y ahora mismo lo guardo yo. (Ya).
La corrida de Valdefresno, la del antecentenario, salió dura de verdad y, como se cuenta en la crónica, el viento se encargó de endurecerla. La aspereza del encaste Atanasio es muy peculiar. En la crónica hay un desliz. Un error. Del toro Lirio, que fue de buena nota, digo que llevaba el nombre de otro de Valdefresno que Ponce toreó bien de verdad hace muchos años. El de Ponce se llamaba Lironcito. Tal vez de reatas emparentadas porque los hermanos Fraile -Lorenzo y el difunto Nicolás- han respetado la costumbre de preservar los nombres de familia. Al volcar la crónica de 2018, por cierto, borré involuntariamente el primer apellido del ganadero del Puerto de San Lorenzo: Fraile, Lorenzo Fraile. Y una  más:en la corrida concurso de Bayona, el pasado septiembre, Valdefresno echó uno de los toros más ofensivos y de más caprichoso temperamento que he visto en mi vida. Estuvo bien de verdad con él el mexicano Sergio Flores.

Y en la bítacora una dispersa relación de viaje: Anglona, la Redondilla, la Morería, las Vistillas y la Cebada.
Divagar sobre gatos. Competencia panadera.

Salud!

AGENCIA COLPISA. Crónica de la corrida de Madrid. 16 DE MAYO DE 2019

UNA DURA PAPELETA DE VALDEFRESNO

Corrida muy ofensiva, tres toros de pésimo trato, tres de otra manera, tarde muy ventosa, terna valerosa. Distinguido Juan Ortega, entregado Galván, firme Galdós

Madrid, 16 may. (COLPISA, Barquerito)

Madrid. 3ª de San Isidro. Primaveral, variable, viento racheado. 11.226 almas. Dos horas y doce minutos de función. Un minuto de silencio en memoria de Joselito el Gallo. Seis toros de José Enrique y Nicolás Fraile. Todos, con el hierro de Valdefresno, salvo dos -3º y 4º-, con el de Fraile Mazas. David Galván, saludos tras un aviso y silencio tras un aviso. Juan Ortega, aplausos y silencio tras un aviso. Joaquín Galdós, saludos y silencio.

Brega buena de Andrés Revuelta y Gómez Escorial. Dos pares de Juan José Trujillo.

LA CORRIDA DE Valdefresno, cinqueña, honda y armada, el cuajo propio de la línea Atanasio, tuvo dos mitades. En la segunda se jugaron tres toros de pésimo trato: un cuarto que, descompuesto, desarrolló mucha violencia, y con el que Galván solo pudo protegerse; un quinto gazapón de genio desapacible que se puso por delante a las primeras de cambio y no tuvo ni una sola embestida completa; y un sexto que, blando en el caballo, pegó cabezazos al aire y, ya sin enmienda, topó en la muleta bruscamente, y entonces Galdós abrevió sin más.

Por tanto, una desoladora segunda mitad. Esos tres toros, abiertos de cuerna,  fueron los más ofensivos de un sexteto descarado sin excepción. Los tres primeros salieron de otra manera. Partió plaza uno de 600 kilos. Lámina mastodóntica: corto de manos, largo y ancho, más hondo que ninguno. Toro de exposición. De forma y conductas distintas a las de todos los demás. Suelto y abanto de partida, barbeó las tablas, hizo amago de saltar al callejón dos veces y todo eso sin dejar de ser un toro frío.

Andrés Revuelta, que lidiaba, acertó a sujetarlo después de varas y en banderillas ya era el toro otra cosa, otro tranco, otra manera de venir cabalgando mal que bien. Aunque rebrincándose, metió la cara y hasta repitió descolgado. El viento fue protagonista desapacible y ya en ese primer toro bicheó más de la cuenta. No tanto como vino a hacerlo en la segunda parte, pero no poco. A pesar del viento, y abierto fuera de las rayas, David Galván se entendió con el toro bastante bien. Lo llevó toreado por las dos manos, se acopló a las embestidas rebrincadas, dominó y templó las casi boyantes, que fueron contadas pero seguras, y con la mano izquierda firmó una tanda de cinco de garbo bueno. Con la derecha se había llegado a enroscar el toro, un toro tan grande y un torero tan menudo. Se pasó de faena el torero de San Fernando, el viento castigó el final, se rindió el toro y sonó un aviso justo cuando una notable estocada hizo efecto casi fulminante.

El segundo llevaba nombre de reata de nota en Valdefresno: Lirio. Como el de uno de los toros que mejor ha toreado Ponce en Madrid. Hace unos cuantos años. Las hechuras de uno y otro, muy diferentes. Y el estilo. Aquél de los años 90 atacaba en tromba y este, a menos, duró muy poquito y se acabó aplomando. Mucha plaza recorrió el Lirio de ahora, y mucha plaza tenia pese a ser el más liviano de los seis. De su brusco fondo dio cuenta con particular primor Juan Ortega en una faena de rico encaje, suavidad distinguida, asiento impecable y composición nada común. Tres tandas en redondo bastaron para dejar sello y huella a pesar de que, implacable, el viento se metió por donde y cuanto pudo. El manejo de avíos de Ortega llama la atención. Su colocación y postura natural también. La armonía toreando. Solo que protestó el toro antes de venirse abajo. Tras una estocada contraria, tres descabellos. Pareció que no había pasado nada. Pero pasó. Y volvió a pasar cuando, con decoro refinado, resolvió la papeleta del quinto, infame aire, el peor de la corrida.

El tercero, del hierro de Fraile Mazas, bufó al tomar engaños, fue muy elástico, humilló y descolgó. Codicia contrarrestada por su tendencia a encogerse cuando se soltaba. Galván le hizo un ajustado quite por chicuelinas. Joaquín Galdós, firme, seguro y dispuesto, se atrevió cuando el toro se encogía, se aceleró cuando los viajes por abajo fueron claros, ligó una notable tanda templada, se vio descubierto por el viento, toreó al natural pero de uno en uno y se fue de tiempo cuando estaba todo visto. Una estocada sin puntilla fue rúbrica buena.

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DE PASEO. CdBitácora. 16 de mayo. 2020

Gatos invisibles. Jardín cerrado. Las ruinas de Independencia. Frasco de cannonata. Gure Etxea. El 3 de Gabriel Miró.

Tomate rosa de Barbastro

LA CANCELA del jardín de Anglona estaba echada esta mañana con candado y cadena. No se sabe el motivo. Una mano franciscana tiene por costumbre dejar en el umbral una bandeja con comida para gatos. Unos días, dentro del jardín. Otros, fuera. Estaba hoy vacía y no parecía ni rebañada siquiera.

Es golosa la lengua del gato. Una manera de relamerse los felinos distintiva de especie y género. A la hora de comer, el gato, de natural desconfiado, olisca los bocados antes de probarlos, salvo si los reconoce. Cuando los gatos eran los dueños del barrio, estaban en ruinas dos de los edificios de pares de la calle del Nuncio. El almacén municipal del número 8, y la casa del 6, que se había ido hundiendo ella sola, pero mantenía la fachada casi entera, apuntalada desde dentro y no desde fuera. Los vanos de ventanas conservaban su cerco de madera y restos de cristales rotos. Las hojas de la puerta de entrada estaban canceladas como las rejas de Anglona, pero no tanto que no pudiera colarse por el hueco un gato. No solo uno. Eran unos cuantos, sin domicilio fijo preciso. Los del 8, los del 6, los nómadas.

Una mendiga anciana los atendía y convocaba siseando a la hora del crepúsculo. Era de ver cómo en sigilo y procesión de aparecidos iban saliendo de su escondite los gatos todos. Y así todos los días. Los vecinos se quejaban. Los ratones terminaron por desaparecer de las ruinas. Y luego los gatos. Y la anciana que traía la cena en una bolsa de asas de las que se colgaban del antebrazo para la compra.

En otras ruinas vecinas, las de la calle Independencia, frente al luthier de la calle Amnistía y la florería La Real, casi en Ópera, manos anónimas siguen dejando comida a los gatos clandestinos. No hay censo ni de unas ni de otros. Tengo entendido que no está permitido servir a los gatos restos de comida en la calle. Ni siquiera galletas de curso legal. Pero se consiente.

Las ruinas de Independencia, en el punto donde acaba y se quiebra la calle del Espejo, son un misterio. No por la manera de hacerse invisibles los gatos, sino por la planta y las dimensiones del solar abandonado que tal vez fuera edificio protegido antes de venirse abajo. En las rejas de sus dos únicas ventanas se cuelgan pliegos de cordel a la antigua manera. Parece que la idea fue del librero de lance que abrió en Espejo su comercio hace cosa de tres años.

Una librería selecta, muy ordenada, de libros descatalogados y no propiamente de viejo, obra de librero de caro oficio, de los que saben cribar lecturas, ediciones y género. Están impecables los estantes, como los de una biblioteca clasificada. En la mesa de entrada se exponen las piezas singulares. El fondo musical es de los programas de Radio Clásica, que no perturba el silencio y en eso es igual que un gato doméstico, que escucha mientras dormita.

Sigue sano y en pie un edificio hermano y colindante del ruinoso, que fue sede provisional de la Sociedad Matritense Económica de Amigos del País antes de la definitiva en la Torre de los Lujanes. Donde la Sociedad, en los bajos del edificio, abrió una panadería ilustrada, con cafetín adjunto, el Santa Eulalia, hogazas, dulces, lugar muy afrancesado, suelos de tarima, salón de rara traza, mesas corridas, mala luz para leer, buen café. Hilo musical muy discutible. Trabajan bien, hay clientela.

La competencia ha hecho daño al Quadrapanis, la panadería italiana de la vecina calle Lepanto, en la plaza de Oriente. En Quadrapanis se venden, además de panes variados frescos o secos, y hojaldres salados, tarritos de pasta-paté de L’Orto Mediterraneo. De aceitunas, de alcachofas, de tomates secos, de cebolla y de esa especial delicia que es la cannonata, la guindilla roja. El local es muy bello. El escaparate, tentador. Durante la cuarentena cierra por la tarde. La visita vale la pena.

Dice una vecina que la plaza de Oriente se llena de paseantes a las ocho de la tarde todos los días. Los jardines, que no valen gran cosa, y la explanada de palacio. Tertulias en torno a la estatua de Felipe IV y su caballo en corveta. El monumento, con su pedestal y sus fuentes, da para mucha gente. No se guardarán distancias. Esta tarde han multado con 600 euros a uno que pasaba corriendo antes de hora. Un ráner. Un runner.  Solo se consienten carreras a partir de las ocho. O de madrugada. A las seis es de noche, los gorriones duermen, los mirlos también.

El alboroto de la convocatoria de la plaza de Oriente, pero esta mañana, en la plaza de la Paja, ni gatos, ni perro a la vista, nadie. Nublado y fresco. La reforma de La Malaje progresa en serio. “Próxima apertura”. No se sabe cuándo. Hay bronca entre los dueños de terrazas, que son en la Paja muchas, demasiadas. La más nutrida, la de La Musa Latina, en la esquina de la calle Redondilla.

En el local de La Musa hubo un restaurante vasco, el Gure Etxea, guipuzcoano. Cocina tradicional, antes de la implantación del canon de la Nueva Cocina, que tanto lo cambió todo. Hace treinta y tantos años, una noche de invierno, sábado después del cierre, asaltaron el Gure Etxea tres jóvenes atracadores provistos de armas cortas y de fuego, el dueño amenazado esgrimió una pistola que tenía a mano, les hizo frente, hubo un forcejeo y el cabecilla de la terna resultó herido de muerte. Hubo largos pleitos, juicios, no prosperó el recurso de legítima defensa y con el cambio de siglo cerró el Gure Etxea. Y eso que perdió el barrio. El escudo de piedra que reclama rango de nobleza sigue plantado en la fachada. El resto del local, con vigas de madera vistas, ambiente algo teatral de caserío, fue desmantelado. Pasó al olvido.

Cada uno de las siete fachadas de la acera de impares de Redondilla está pintada de un distinto color. Las alturas están niveladas, las siete, que no es común. La construcción es similar. Pero es como el arco iris. Hay una casa de amarillo limón, otra celeste, otra gris perla, una siena claro, otra de siena tostado. Desde la calzada, a la altura del 9, se contempla entera la fachada de San Miguel, con sus dos orejones de piedra.

En el mirador del Ventorrillo, en la morería, no había a las once tampoco nadie. Hacía fresquito. Los habituales se dejan caer a la puesta del sol. Es sorprendente cuánto puede cambiar el horizonte con solo ganar diez pasos entre las acacias. La vista mejor es la primera, la de entrada. La de menos gracia, la última, porque la catedral se come el paisaje. No es la de Burgos, precisamente. Ni la de León ni la de Palencia. Sino un edificio invasivo.

En la pista de balonmano del jardín de las Vistillas peleaban por una pelota de goma dos perras incansables. Sus dueños hablaban a cinco metros de distancia. Se oía desde la acera de la plaza la conversación entera. Nada interesante. La placa de cerámica que identifica el que fue estudio de Ignacio Zuloaga, en la plaza de Gabriel Miró, al final de Don Pedro, es muy recargada. El Número 3 está esmaltado en dorado posmodernista. El tres no es fácil de identificar. Y, en fin, muy redicha la leyenda: “Barrio de las Aguas. Campillo de las Vistillas de San Francisco”. Pero no hay mención del artista. Su busto en piedra reposa en una esquina del jardín. La talla es poderosa. Bello su aparente artificio.

Y al mercado. Por cerezas, albaricoques, peras y un tomate rosa de Barbastro, que bien triturado y aceitado, ligeramente salado y acompañado de cuatro anchoas de Santoña bien aplastadas ha sido rico manjar a la hora de comer. Y un puré de alubias de Mendavia. Y una cuajada de oveja.