TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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BARQUERITO. Escritos de confinamiento. Segunda Parte (15)

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El texto viejo es la crónica de la corrida del 15 de mayo de 2018 en las Ventas. San Isidro, la tarde del patrón. La terna del cartel es casi idéntica a la de 2017. Repiten Paco Ureña y López Simón. El Fandi en lugar de Curro Díaz. Y una ganadería de Salamanca, la de Puerto de San Lorenzo, la única que acertó a recoger y fijar el legado de Lisardo Sánchez, el ganadero que concilió dos encastes no antagónicos pero casi: lo de Murube, tan apacible -¡no manso!- y lo de Atanasio, que no tan apacible. Esa tarde salió el toro de la feria, un Cuba, de reata de lisardos más que fiable. En sanfermines, casi dos meses después, saltó otro Cuba del mismo hierro y la misma reata. De nota excelente, pero no tanto. Los dos Cuba tuvieron el mismo destinatario: Paco Ureña.

Y la bitácora del día. Un kilómetro perdido.

Salud!

AGENCIA COLPISA. Crónica de la 8ª corrida de San Isidro. 15 de mayo de 2018

Barquerito

UN SOBERBIO TORO DEL PUERTO Y UNA VIBRANTE FAENA DE UREÑA

Con ambiente a favor y lote propicio, el torero de Lorca se entrega y cuaja con la izquierda el toro de premio, pero no pasa con la espada. El primer casi lleno de la feria

Madrid, 15 may. (COLPISA, Barquerito)

Madrid. 8ª de San Isidro. 22.800 almas. Primaveral, algo ventoso. Dos horas y cuarto de función. Seis toros de Puertos de San Lorenzo (Lorenzo Martín). El Fandi, silencio en los dos. Paco Ureña, saludos tras un aviso y una oreja. López Simón, silencio tras un aviso en los dos.

Tito Sandoval probó su maestría en dos puyazos muy distintos al sexto, perfectos los dos. Pares notables de Vicente Osuna y Jesús Arruga. Saludaron los dos,

EN LA CORRIDA DE El Puerto vinieron dos toros de muy buena nota. Un segundo extraordinario que no solo planeó, sino que hizo por la mano izquierda el surco, que es el ideal del ganadero sabio; y un tercero, cinqueño, de fijeza, codicia y son muy particulares. La embestida murubeña del tercero tan en la línea Lisardo Sánchez de la ganadería; y la clase fuera de serie del segundo, que, acapachado, muy astifino, hondísimo, casi 600 kilos, fue de formidable pero armónico trapío. Un toro de una pieza. Se llamaba Cuba.

Frío de salida, oliscó, escarbó y apuntó sin disparar. Hasta que tomó engaño: el capote de Paco Ureña en lances ajustados y lineales, despatarrados, tirados sin duelo. La respuesta del toro, en tromba, fue indicio inequívoco de bravura. Apretó en un duro primer puyazo trasero y se fue suelto de un segundo todavía más trasero. Con los dos lanzazos pudo alegremente. Pronto en banderillas, no se hizo esperar. En un alarde, citando de largo, Ureña abrió faena en los medios. Vino el toro galopando y repitió, y siguió embistiendo. No frágil, pero no consintió dos leves tirones saldados con dos amagos de claudicar. Una claudicación en una segunda tanda en la distancia también.

Tal vez no fuera feliz la idea de irse Ureña tan largo. En solo la tercera tanda, y puesto Ureña por la izquierda y en distancia razonable, rompió el toro a lo grande. No se esperaba menos. Las tres tandas de naturales, el toro haciendo el surco en todos los viajes, pusieron la plaza a reventar. Muletazos de impecable ajuste, traídos por delante, bien volados, ligados, el remate de pecho airoso en las tres tandas.

El grano severo del toreo grave y largo vino servido por una compostura exagerada. No abierto el compás, que ayuda a templarse, sino que Ureña se despatarró hasta donde dieron de sí las piernas. Varios muletazos mirando al tendido, pausas cortas pero un punto teatrales. Por ellas, y después de las tres tandas grandes, se perdió no poco el hilo. Al intentar retomarlo, muletazos frontales a pies juntos menos logrados que los del gran jaleo, Ureña sufrió un desarme, resuelto con un desplante. Sangre del toro llevaba el torero de Lorca en la taleguilla blanca y oro.

La sangre prestaba un acento dramático innecesario. La gente estaba más entregada que el propio toro, apenas visto por la mano diestra. No pasó Paco con la espada. Cuatro pinchazos, el toro suelto y dejado, un descabello. Gestos de Ureña por el mal logro final. Había runrún de dos orejas. Un aviso. Ovación para el toro en el arrastre. La más sonada de la feria para un toro.

El eco de la faena duró tanto que se celebró a lo grande el trabajo de Paco con el quinto, toro sin misterio, noblón y bondadoso, de ir y volver descolgado. Un trabajito sin la tensión del otro. Sin abandono tampoco. El remate por sedicentes manoletinas comunes se celebró todavía más que la faena. Y más que la faena una estocada a morir. De la reunión salió Ureña prendido y volteado. Se tuvo una pésima impresión primera. Solo fue la voltereta. Dobló el toro. Con su nota agónica, un triunfo legítimo y de compensación.

Sacar pecho, torear y embestir después de lo vivido en el segundo toro no fue sencillo. López Simón recorrió mucha plaza y abusó del toreo rehilado con el exquisito tercer toro del Puerto, que concilió sus cinco años y sus casi 600 kilos con una elasticidad sorprendente. Y una manera de humillar nada común. El hueso de la corrida fue un cuarto badanudo, cinqueño y lomillano, larguísimo, que buscó tablas una y otra vez, y tal vez chiqueros. El Fandi lo banderilleó con seriedad, rigor precisión -dos pares muy difíciles de dentro afuera- y lo manejó con la suavidad segura que da el oficio. Mal librado en el sorteo -los dos únicos toros de mala nota-, El Fandi anduvo sereno con el primero, muy mugidor, rebrincado a cabezazos, áspero y geniudo. A los dos toros los mató por arriba sin aliviarse. El segundo par de banderillas del primer toro fue un portento.

A tarde vencida, López Simón estuvo a punto de acoplarse con el bondadoso sexto, que fue toro de más a menos porque había enterrado en varas dos veces pitones. Una de ellas, en volatín. Era la tarde obligada de los isidros en las Ventas. El día del santo patrón, Durante la faena del sexto empezaron a pegarle vivas a todo. Mala señal. Los vivas a destiempo hacen daño a quien sea.

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DE PASEO. CdBitácora. 15 de mayo. 2020.

 

Las uñas del perro. Cuchilleros 15. La muerte de Galdós. La escalinata de Alfonso. Los álamos. En Capitanía. Un conspirador de Baroja. Bicicletas.

POR CORTARLE a un perro las uñas cobran siete euros en la peluquería canina de la calle Segovia. En la consulta veterinaria de Humilladero no figuran los precios por servicio. Tal vez no lo haya. Desde la declaración de pandemia las colas se han venido haciendo habituales. En Humilladero. Por delante de la peluquería de Segovia no había pasado hasta el paseo de esta mañana. Parecía cerrada.

Las peluquerías no caninas son de momento mayoría en el barrio. Pudieron volver a abrir el lunes pasado, en el arranque de la octava semana del confino. Una apertura con restricciones. Imprescindible la cita previa, muy riguroso el control higiénico en las de señoras, peluqueros enmascarados. ¿Guantes? No sé.

Casi al pie del arco de la Plaza Mayor, a las ocho de la noche vi hace unos días salir a la puerta de salón de Cuchilleros a los cinco peluqueros para aplaudir a los sanitarios. Los cinco. El jefe, los oficiales y el aprendiz. Parecían cirujanos. El gorro, igual que los que se gastan en los quirófanos. La bata, lo mismo. Y los guantes y las tijeras propios del oficio. De los dos oficios.

El salón de Cuchilleros Quinze (sic, con su zeta)  debe de estar incluido en la categoría de comercio histórico. Un título municipal para los de larga tradición reconocida en Madrid, no sé si necesariamente centenarios. Sí sé que los restaurantes centenarios se agruparon para defender en común su hidalguía y, de paso, sus garbanzos. No solo los del cocido, que también. Sino que se quiere dar a entender que la solera de la edad es una garantía. Un aval de calidad.

Junto al salón de peluquería lleva instalado casi tres siglos un asador, Casa Botín, o Sobrinos de Botín, que se hace pasar por el más antiguo del mundo. No el edificio de ahora, tampoco el horno. Galdós lo tiene nombrado en su obra maestra, Fortunata y Jacinta, y por eso los Botín le rinden homenaje en una placa colocada en la fachada.

No es el único recuerdo de Galdós que consta en acta. El mapa del Madrid pintado por Galdós es de dimensiones casi inabarcables. Del mapa de las novelas de Baroja podría predicarse lo mismo. Pero el Madrid de Galdós es finisecular –último tercio del XIX- y el de Baroja ocupa los treinta primero años del XX. Ciudades distintas.

En una casa de la calle de las Fuentes, que sube desde Arenal hasta la embocadura de la calle Mayor, una placa recuerda que en esa vivienda se alojó Galdós cuando llegó a Madrid desde Las Palmas de Gran Canaria. En la calle de Hilarión Eslava, cerca de la Cárcel Modelo y de la boca primera del metro Argüelles, está la placa mortuoria: la de la casa donde murió ya ciego. Hace ahora cien años. La foto del Galdós anciano sedente contra una pared de ladrillo y junto a un perro lazarillo está tomada en lo que fue el patio de esa casa de Hilarión Eslava. Enfrente de ella se levantó once años después la llamada Casa de las Flores, una manzana modelo en su género de vivienda saneada, habitable, rica en espacios comunes ajardinados, de proporciones gentiles. No hay nada parecido en todo el barrio de Chamberí, el mejor construido de Madrid. En esa casa vivió el insigne doctor don Severo Ochoa. Pablo Neruda, recordado en placa de rombo, pasó en ella dos años.

La casa de Galdós, un chalet de barriada y alquiler, sufrió entre el 36 y el 39 los horrores de la guerra –casi línea de frente- pero resistió en pie. Fue escuela laica de pago –o sea, colegio de primera y segunda enseñanza-  hasta finales de los años 60. El Colegio Cervantes, puesto en el mercado inmobiliario mucho antes de que los buitres empezaran a oler por sistema sangre. Mientras se estuvo alzando la construcción nueva, la placa permaneció oculta y a resguardo, y después restituida. El retrato memorable del último Galdós fue tomado por Alfonso, Alfonso Sánchez, que firmaba sus trabajos con solo su nombre de pila y es tenido por el más certero de los testigos gráficos de su generación y su época.

La escalinata que desde la calle Segovia sube hasta Capitanía lleva el nombre de Fotógrafo Alfonso. Su memoria fue rehabilitada en los primeros años de la Transición. En el barrio se llama Capitanía al Palacio de Uceda porque fue hasta hace no tanto la sede de la Capitanía General Militar de la Región, y antes y todavía la sede del Consejo de Estado. Pretil de los Consejos se llama el primer tramo de la vía que, paralela irregular de la escalinata, desciende  en cuesta con doble meandro desde el palacio hasta la Cruz Verde, el punto donde Segovia enfila la puente de su nombre y el río. Ahí cerquita está el local donde se cortan las uñas los perros pudientes del barrio.

El empedrado de los rellanos de la escalinata está muy bien trabajado. Los escalones se dejan subir. O bajar. El último o el primer rellano, depende, es una péqueña explanada: a un lado, el primer ojo del Viaducto, cobijo de gente sintecho, y al otro, un pequeño aparcamiento para dependencias del palacio. Se valora más la fachada noble del palacio que su trasera, edificada sobre terraplén. Si se contempla con ojos técnicos y en valoración de méritos, la trasera gana con ventaja, sorprende por su sencillez –el sobrio barroco madrileño aunque se trate de una reconstrucción- y admira por su equilibrio. Una especie de lo que el ojo no ve y ni siquiera adivina, porque por esa escalinata pasa muy poca gente.

Los dos flancos de talud del Viaducto, muy arbolados, son espléndidos. Tanto el tendido al pie de las Vistillas como el de Segovia. En primavera los álamos urbanos cobran mayúsculo porte, gracilidad, elegancia. Hay unos cuantos por aquí. Y aquí mismo, al pie de la escalinata, donde estuvo una primitiva ceca, y luego una borbónica Casa de la Moneda, nació Mariano José de Larra. Consta en placa.

En la acera de los pares de Segovia hay un taller de heráldica capaz de diseñar cientos de escudos y blasones de apellidos con criterio científico, histórico. Cerrado esta mañana. Por fiesta en la ciudad, San Isidro, o por el virus, o por lo que sea. No será para siempre. El negocio mayor de ese tramo de calle es Otero. No el garito sanabrés de Puerta Cerrada –en la pared encima de la tragaperras, cuelga la foto panorámica del pueblo del dueño del garito, Peque, en La Carballeda- sino la fábrica de bicicletas más reputada de Madrid. El otro día, a propósito del asunto de las fases del desconfino, le escuché decir al presidente de la Junta de Andalucía que al haber dejado el Gobierno varadas Granada y Málaga se dañaba su “imagen reputacional”.  Desde el taller de Otero se puede hacer prueba de bici en llano, cuesta, rectas y curvas. Pero no hay carril bici en Segovia.

La calle de la Villa sube desde la Cruz Verde al Palacio. Una placa, otra, recuerda a un personaje novelesco de Baroja, don Eugenio de Aviraneta, el conspirador pimpinela de las guerras carlistas. “Personaje histórico y literario”. Al final de la cuesta, la academia de López de Hoyos, donde se instruyó y obtuvo su primer reconocimiento Cervantes. “Voto a Dios que me espanta esta grandeza…”

Lloviendo toda la tarde.

Última actualización en Sábado, 16 de Mayo de 2020 00:51