TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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BARQUERITO. Escritos de confinamiento. Segunda parte (13)

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El texto viejo, de los Apartados de El Correo, incluye un elogio sincero de los toros de Jandilla y una petición expresa para que las corridas de toros no duren más de dos horas. No me hicieron caso.

Y la bitácora, fresca, del día. Paseo breve. Parada en un jardín. El precio de las cerezas tempranas. La gran Dehesa, evocada.

Había pensado descansar. No he podido.

Salud!

EL CORREO. EL APARTADO. 25 de agosto de 2015

¡SEAN BREVES, GRACIAS!

Barquerito

4ª de las Corridas Generales, Toros de Jandilla (Borja Domecq) para Juan José Padilla, El Cid y José Garrido.

UNA DE Jandilla. Un respeto. En Jandilla, como en las contadas ganaderías que son Domecq de verdad de verdad, late una reserva de bravura singular. La bravura moderna. Ninguna tontería, sino la razón del toreo contemporáneo. Empezando por José Tomás y acabando por sus émulos y rivales.

No todo el monte es orégano. Ni siquiera en las vacadas puras purísimas de estirpe Domecq, que son, veamos, Juan Pedro, Jandilla, Salvador Domecq y Zalduendo. ¿Y Garcigrande? ¿Y esa parte de Cuvillo que tanto escuece o escocía? ¿Y Algarra? ¿Y el fondo secreto de Santiago Domecq, que echó en Madrid hace diez días, con permiso de Alcurrucén, el toro de mayor calidad del año? El año de las Ventas, que tiene más días que los demás.

En el historial de las Corridas Generales, desde 1940, las ganaderías Domecq son mayoría. Domecq, Parladé, Tamarón, Mora Figueroa. Es lo mismo, pero no es igual. En Jandilla saltan bravos muy bravos. Y dóciles. En las ganaderías largas hay de todo. En las cortas no tanto. La bravura moderna pide al toro que en el caballo de pica no se trastorne ni rompa. Jandilla, pata negra. Jamón.

Y ahora toca pedir una cosa a artistas, directores de escena, tramoyistas, areneros y demás: brevedad.  No se sabe qué intereses han provocado que una corrida tenga que durar por narices más de dos horas. O sí se sabe. O se acorta el espectáculo o… ¿O qué?

Que sean breves espadas, banderilleros, picadores, alguaciles, mulilleros. Que las vueltas al ruedo no sean peregrinaciones pisando huevos. “Es que no cogemos la edición de provincias…”, protestan los editores. Un toro se puede lidiar, picar, banderillear, pasar de muleta y matar por arriba en cosa de diez minutos. ¿Hacemos la prueba?

El de hoy es un cartel transgeneracional. Padilla estaba casi de vuelta cuando El Cid rompió el año 2002 en Bayona con una corrida de Victorino que iba a dejarlo marcado. Y el joven José Garrido, novedad fresca, año primero de alternativa, ni de vuelta ni de ida, ni Bayona ni Victorino. Estaba en preescolar. En Badajoz.

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DE PASEO. CdBitácora. 13 de mayo. 2020.

La Dehesa. Aquella maldita guerra. Uranio empobrecido. Pájaro que vuelas. Anglona. Un jardinero francés. La resistencia en Santa Ana.

EL LUNES se abrieron los parques y jardines en horario de primavera. Ninguno de los grandes parques. Ni el del Retiro, ni el del Oeste, ni la Casa de Campo. Tampoco los jardines históricos. Dijeron en la radio que era “matemáticamente imposible” cerrar la Dehesa de la Villa. Porque es un bosque y los bosques no tienen puertas. Un mundo. Los militantes de la Memoria Histórica organizan en domingos de otoño e invierno  marchas que evocan la defensa de Madrid durante el asedio de noviembre del 36 hasta la caída en marzo del 39. En la evocación cabe una dosis de fantasía. Y la nostalgia inevitable: mi abuelo, mi abuela, un tío mío…

La Dehesa no fue línea de combate, pero sus avistaderos cumplieron misiones preventivas estratégicas. La escuela Giner, levantada en el acceso primitivo, fue durante los primeros meses de la Guerra Civil centro de operaciones de la CNT. El barrio de Estrecho era semillero anarquista. Cipriano Mera, figura legendaria de la acracia utópica, vivió aquí cerca.

La senda que baja desde Francos Rodríguez hasta la Universitaria, la única en pendiente, habilitada y señalada para paseantes, está sembrada de miradores. Se contempla a placer el paisaje noroeste. Hay un observatorio de aves, no solo balcones naturales. Del Guadarrama viene un aire  puro. Fresco hasta en verano. Cuando se habla de los pulmones de Madrid, los pulmones verdes, se omite el nombre de la Dehesa. Será por olvido, precaución o pereza. O medida protectora. La plácida marcha termina en el punto donde estuvo instalado el cementerio nuclear de Madrid. Cuesta entender que alguien tuviera la idea de enterrar uranio en el bosque. Se llevaron sus restos tras una titánica operación de limpieza. El resquemor subsiste treinta años después del desmantelamiento.

Los parques y jardines pequeños y los medianos han salido rozagantes del temporal confino. Digo confino por confinamiento. En italiano. Más breve, más sonoro, más claro. No sé si el Campo del Moro cabe dentro del límite del kilómetro libre para pasear. ¿Y si bajo y no se puede? En la red tengo descubierto un sistema para medir los kilómetros desde el punto que decidas. Tu casa, tu calle, tu escalera. Tendrías que poder volar.

Justo por debajo de mi balcón planean a todas horas las palomas urbanas. De una en una, nunca dos. Los gorriones lo hacen en bandadas mínimas y desordenadas. Y, luego, el vuelo, corto, es más un salto que una travesía. El vuelo de las aves entre edificios no deja de ser una aventura. Edificios de tres plantas, no más. Y en calles de no más de cinco metros de calzada y acera. La calle es un corredor, un corredero como los de territorio animal marcado. Donde la tintorería de Nuncio las palomas toman la curva con una pericia formidable. De salida y de entrada. No pierden altura ni velocidad, apenas aletean. El gorrión canta al partir y al llegar. La paloma hace el viaje en silencio. Con la sacudida del despegue basta.

Poco después de las diez ya estaba abierto el Jardín de Anglona. El tercer día de visitas al cabo de dos meses. El panel que detalla en croquis el sentido del jardín se ha librado de los vándalos. Los cuatro cuadrantes trazados entre setos de boj, la fuente de piedra, las celosías tapizadas de plantas trepadoras, la geometría de sus caminos de ladrillo aparejados a sardinel, las dos pérgolas con sus rosales enredados, las acacias, el plátano, la higuera, los ailantos, el kaki, el granado, el cenador. Quinientos metros cuadrados. Como está crecido sobre un terraplén, se tiene por jardín colgante. Un jardín andaluz. Creación de un jardinero francés, un Chalmandrier al servicio de la Casa de Osuna. Perros, no. Niños, sí. A las horas de salida de la escuela lo invaden. Pegado a un móvil, paseaba a voz en grito un hombre joven abandonado a su suerte. Se había quedado sin dinero. Hablaba con su madre. Le pedía dinero y remedio. Parecía desesperado. En un banco de piedra había dejado un macuto y un saco. No supe qué hacer.

Asamblea de perros en la Costanilla junto a la Capilla del Obispo. Los dueños comentan sus hazañas, les hablan y conminan, los celebran. El escaparate inglés de la tapicería de Wenceslao –Wenceslao, el tapicero de San Andrés- ha sido preservado y adecentado por un comerciante de antigüedades.

La cola del Obrador de la carrera, disuasoria. La de la tahona de Humilladero, también. Donde Bermúdez, albaricoques, arándanos de Moguer y cuarto de cerezas –¡a doce euros el kilo!, pero… Un paseo por Santa Ana. La escuela de boxeo, cerrada. Normal. En pie de guerra contra un fondo buitre el edificio de la esquina de López Silva. Pancartas, sábanas, la resistencia. Estaban limpiando el asador de pollos de Navarro, supongo que para despachar el sábado. La librería ecologista de Santa Ana, La Fabulosa, ha cambiado de gerencia no de género. Mientras miraba el escaparate ha llegado la nueva jefa. Me ha recomendado lo último de Gilles Clément. Lo edita Gili Gaya. Una garantía. Menos marisco que otros días en San Millán. En la calle Toledo me he comprado una radio de 55 euros. Para las buenas noticias. El sábado es fiesta.

Última actualización en Miércoles, 13 de Mayo de 2020 23:15