TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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BARQUERITO. Escritos de confinamiento. Segunda Parte...(10)

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El texto viejo es rescate de un artículo de hace catorce años en el semanario Aplausos, tan singular, ahora confinado en versión pantalla y no en cuché. Trata del nacimiento en la feria de Badajoz de 2006 de una rivalidad de siempre enconada entre dos toreros de la tierra tan distintos como Perera y Talavante. Los dos estaban todavía cambiando los dientes de leche, pero Talavante enseñó los colmillos en la primera tarde en que alternaron juntos. Ahí siguen los dos. O seguirían, si no fuera por causa mayor. Y seguirán, espero. De aquella feria guardo buen recuerdo. Y de Badajoz capital también. De los años en el Cervantes, de los del Hotel Río y, más que nada, de dos ferias en el Zurbarán, donde paraban adinerados portugueses y se desayunaba de maravilla. A dos pasos, el Guadiana, río caprichoso. Y alcornoques inmensos. De llamar a la sección de Aplausos "Las verdades del Barquero" se encargó mi querido y admirado director, José Luis Benlloch. Yo solo trataba de no contar mentiras. Y en eso ando.

La bitácora es de dos partes: me atrapó esta mañana el segundo tramo del programa de Javier del Pino en la cadena SER, y doy cuenta de él, y, luego, el pequeño paseo cotidiano. De ir mirando, pensando y contando piedras. Casi el cuento de Garbancito.

(Paréntesis: la bitácora de ayer fue fechada por error en 10 de mayo. Tendría que haber sido 9, naturalmente. Los deslices son muchos. Hace poco escribí que desde la embocadura de la calle de los Irlandeses en Humilladero se contempla la cúpula de San Francisco. Y no. Es su paralela, la calle del Mediodía Grande. Una fiel lectora sugirió que el jardín de Anglona se tenga por un carmen como los de Granada. Sea. Y otro error: el segundo apellido de Carlos Franco, el pintor de los frescos de la Casa de la Panaderías: Rubio y no Manera. Lo conozco desde que era niño, y no paraba de pintar. Y ya.)

Salud!

APLAUSOS. LAS VERDADES DEL BARQUERO. BADAJOZ. 24 DE JUNO. 2006.

 

TALAVANTE SE AFILA LAS UÑAS, PERERA LO ACUSA

Badajoz, una batalla. A grandes batallas ha dado nombre la comarca. Badajoz es ciudad baluarte. En una de sus ventanas se alza su plaza de toros. No una. Dos, tres batallas. Taurinas. De fondo tenía la feria –“la mayor de Extremadura”- su grasa, su gracia y su  manteca. Primero, la novillada de abreboca. Inspirado Posada, entregado y templado Israel Lancho, excelente con la izquierda en una tanda Cayetano, que se llevó los dos peores. Luego, con la noche de San Juan por medio, las corridas clave de la feria. La manteca. Una de Jandilla en la víspera del día grande, que es cuando cuesta tirar de la taquilla. La tarde de la fiesta, toros de Zalduendo. Muy bien hecha la corrida.

En las dos clave estaba puesto Miguel Ángel Perera. No de cualquier manera. Mejor, imposible. Con El Juli y Alejandro Talavante el día 23. Con Ponce y Morante el día de San Juan. El acento regional en la feria de Badajoz se ha ido acentuando. Como en todas partes. Perera, que es de la Tierra de Barros, parecía y no deja de parecer esperanza seria de torero no sólo regional. La feria de este año, tan bien ideada para él precisamente, se ha encontrado a Perera en pleno atasco.

De ideas precisamente. Cuatro toros, una oreja. Los dos más deslucidos de la desigual corrida de Jandilla. Pero un lote bueno y bravo de la de Zalduendo, corrida que dio hasta cinco toros para ponerse en serio. Cinco. Hizo viento los dos días. Se le acabaron a Perera los dos jandillas antes de empezar. Uno de ellos tuvo mansa guasa. Pero no los zalduendos, que salieron bravos. Firme estuvo con uno y otro. Empeñado en taparlos, someterlos, domarlos. Árnica pidieron los dos toros. La cosa quedó en preocupantes tablas. Torero hay. Pero hay que sacarlo de donde se pone cuando se pone. Y de donde está, que, eso sí, está siempre.

A los dos años de alternativa lo normal es que lo toreros que hacen ferias se atocinen un poco. Son jóvenes, nuevos. No es fácil pensar. Después caerán en la cuenta de que, por ejemplo, los dos zalduendos de esta feria de Badajoz eran los que tenían que ser y en el día justo. El quinto jandilla lo empaló, a Perera, en el embroque de la estocada y fue cogida de las de dejar a un torero para el arrastre. Hubo fortuna. Sólo la taleguilla rota. La gente se había vuelto un poco contra el torero durante la faena, que resultó farragosa. Después de la cogida, terrible, una invasión de cariño.

Al quite de la cogida de Perera salió todo el mundo menos Talavante. Sangre fría. El que cogió a Perera fue seguramente Talavante. En menos de treinta días Talavante se ha convertido en la ilusión de toda la gente del toro de Extremadura. Por el eco reduplicado del éxito de San Isidro con la novillada de El Ventorrillo. Se ha puesto la cosa tan caliente con Talavante que el propio Perera ha empezado a parecer vecino molesto. Eso se notó claramente en la corrida de Jandilla. Talavante se estiró de capa con aire risueño y seguro: pies casi juntos, medio compás, brazos por delante. Y se ajustó lo indecible. Talavante toreó de muleta con soltura sorprendente. Y limpieza, mientras duró y quiso el toro.

Mientras se averiguaba lo que iba a durar el toro, el torero se pegó, a paso de gallo, paseos morosísimos lejos del toro. Hicieron la delicia de la inmensa mayoría. Cuando el toro no quiso tanto, vino a descubrirse que está por hacer el torero. Con su aire de convincente suicida que lleva descargada la pistola. Por cargar y por hacer. ¡Y qué menos! Esta de Badajoz era su tercera corrida de toros, una lesión lo tuvo parado casi un año. Pero el talento, como el valor, es de cepa pura. Son muy atractivos los toreros suicidas que están dispuestos a lo que sea menos a morir.

Es muy evidente que el modelo de Talavante es José Tomás. La puesta y suelta de pies y brazos, las muñecas dormidas después del primer pulso de tensión, el encaje de caderas, el ángulo de caderas y brazos, el poso de los pasos mecidos entre rodilla y tobillo, los cruces a pitón contrario a contoneado paso de procesión, las dimensiones de los avíos, la manera de cogerlos, la verticalidad tan a la mexicana, o amanoletada, la reluciente sonrisa angustiada, tibia, tímida, relamida, descaradita. Y el mentón apretado contra el pecho como si buscara el alma. El zambo andar contorneado, suficiente. Como si cayeran sin pulso los brazos. La sensación de los momentos de toreo libre fue extraordinaria. Ni la menor tibieza. Pero cuando Talavante se puso con un toro brutito en manso, el sexto jandilla, asomó más el pollo que el gallo. Pollo de caserío, como dicen en el País Vasco para matizar la calidad de un sabor especial.

De manera que la primera pelea fue de puertas adentro: Talavante y Perera. Y en el solar de al lado, un tal Antonio Ferrera y sus partidarios, rabiosos todos por no haberse anunciado en la feria el torero. Torero de Badajoz y de batalla. Y luego, otras dos batallas más. El Juli, que le sacó el dedo índice a Talavante con toda intención, y cuajó con dominio impecable un toro bastante mansito que pareció en sus manos el toro de la verbena. Pero hubo que torearlo así de bien y así de despacio. Y Ponce, contra Morante, pero a la vez contra Talavante y El Juli. Con la mano derecha Ponce toreó maravillosamente al cuarto de Zalduendo, que fue el gran toro de la feria. Ponce hizo secreta intención de indultarlo y esa fue la trampa de faena tan relevante. Parecía que Ponce no quería matar al toro. Lo liquidó casi a traición de dos metisacas en los bajos. Nunca una faena tan linda habrá tenido peor remate. Morante ha empezado a echar cuerpo de torero pesado. Con una mueca le basta para poner a trinar a los devotos de voto.

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DE PASEO. CdBitácora. 10 de mayo. 2020.

Invierno en los Abruzzos

Novísima Orleans

La Nunciatura

Gatos sin amo

Sóforas plenas

Suelo empedrado, palomas voraces

Pepe Miranda.

EN LA TERTULIA de las 9, en el A Vivir de la SER, predicaron Leila Guerriero, Juan Gabriel Vásquez, Juan Pablo Villalobos y Yuri Herrera. Leila, en Buenos Aires; Juan Gabriel, en Bogotá; Juan Pablo, en Barcelona; Yuri, en Nueva Orleans. Los tres varones, novelistas conocidos y reconocidos. Vásquez, colombiano; mexicanos Villalobos y Herrera. Leila, argentina de Junín, encaja mejor en el periodismo imaginativo y pensador de alto espectro que en la literatura de ficción.

Sin ser una conversación cruzada, los cuatro han aportado reflexiones confluyentes sobre el tema. El único tema candente de dos meses acá: el virus, el confinamiento, el control de la población, las devastadoras proporciones del futuro. Estaban confinados en su vivienda los cuatro.

Leila ha contado que durante los dos meses de clausura se le había hecho imposible leer ficción, hasta que hace poco pudo por azar releer “Invierno en los Abruzzos”, una de las narraciones de Natalia Ginzburg incluidas en “Las pequeñas virtudes”, la primera de sus obras vertidas del italiano al castellano. Es un relato autobiográfico y trata de un confinamiento, el de la familia Ginzburg en un pueblito de los Abruzzos, en la provincia de L’Aquila. Confinamiento por razones políticas y no sanitarias. Año 1940, en la Italia fascista y ya embarcada en la guerra europea como aliada de la Alemania tenebrosa y supremacista del Tercer Imperio.

Por izquierdista, intelectual y agitador político desde la editorial Einaudi , y por judío, Leone Ginzburg, el marido de Natalia, fue confinado primero y apresado al cabo en la cárcel romana de Regina Coeli, donde murió el año 44 después de haber sido torturado. El Invierno evoca los tres años largos del confinamiento. La clave literaria estriba en el sensible modo de orillar la amargura o el resentimiento para concluir, en un ejercicio de memoria, una década después, que los años del confino fueron tiempos felices, pero sin sentirlos entonces como tal.

De manera que la aportación de Leila Guerriero, que ha leído los dos primeros párrafos del relato, como si delegara en Natalia Ginzburg su propia voz, ha terminado siendo, dentro de las cuatro visiones propuestas, la única liberadora. Una liberación supone el fin de un confinamiento. No el final de los plazos marcados o por determinar, sino una liberación ideal que, en virtud de un sencillo texto literario, impide que nos sintamos rehenes de cualquier poder oculto, de nadie y de nada. Oxígeno.

La aportación de Vásquez, excesivamente egocéntrica de un lado, pero, de otro, muy potente cuando ha puesto sobre la mesa las dos cuestiones capitales de la política colombiana reciente: el plebiscito de 2016, que rechazó el pacto del Estado colombiano con la guerrilla, y el desequilibrio presupuestario que invirtió en armamento todo lo que dejó de invertir en sanidad.

Yuri Herrera ha maldecido del control que el poder invasivo de los Estados Unidos ejerce sobre los migrantes mexicanos, convertidos pese a todo en trabajadores esenciales a partir de la irrupción de la pandemia y, en fin, como novelista de fibra que es, ha sabido definir con bravo acento lo que supone vivir en una ciudad como Nueva Orleans, que “ya no es”, porque el huracán Katrina la borró del mapa hace ahora quince años. Me han llamado la atención sus métodos como profesor de un taller de creación literaria: lectura de Neruda y Juan Ramón Jiménez y aprendizaje a partir del análisis y la emulación de poemas de uno y otro, Me niego a comparar a Neruda y Juan Ramón. No tienen nada que ver.

Villalobos ha profetizado un futuro cibercontrolado. No tan futuro, sino presente ya y hasta pasado. Pero me ha parecido el más sereno de los cuatro vates. Todos, en la cincuentena. Y todos, en un castellano bien rico y fluido. No sé si transparente porque el asunto no se prestaba a tanto. Las palabras de la Ginzburg, las menos retóricas, han sido las más elocuentes. En el proemio de las cuatro apariciones, Martín Caparrós ha leído un texto apocalíptico con acento impostado. Nadie acepta que el tratamiento de la plaga tenga que expresarse en términos bélicos, como viene haciéndose en todo el mundo salvo en la China, pero el manifiesto de Caparrós ha sido un llamamiento a filas, casi un reclutamiento contra un enemigo común pero desconocido.

A las 10 de la mañana ha llegado la hora de Millás, resignado, provocador y ocurrente, demoledores argumentos contra los lutos fariseos del Partido Popular en Madrid -la inefable señora Díaz Ayuso y sus titiriteros-  y a las once menos cuarto, el regalo de escuchar a Juan Luis Arsuaga contar cómo los campos de la Castilla mesetaria, de Somosierra hasta Burgos, que él cruza dos veces por semana, parecen en estas fechas verdes praderas infinitas que dentro de poco más de un mes serán lisos campos de mieses amarillas.

Arsuaga sostiene que no cabe confundir soledad con aislamiento y ha puesto el huevo de Colón: en las ciudades el paisaje desde una ventana es otra ventana, la del edificio de enfrente, y en el campo, en los pueblos, no. Muy ingeniosa su meditación sobre un agudo acierto del ideario de Ortega y Gasset: la prueba de la sociabilidad son las plazas de las ciudades. Las plazas mayores.

Y otra de Arsuaga: la casa es el fuego del lar, del hogar, que en tantos pueblos se habrá encendido de nuevo esta mañana porque las temperaturas han pegado un bajón y el viento, muy revuelto, que traerá lluvia, ha soplado agitado desde el amanecer. No cantan los pájaros del frondoso jardín del 8 Duplicado de la calle del Nuncio. Con su silencio avisan. Y a mediodía han roto las campanas de casi todas las iglesias cercanas. Cuando llegaba a casa tras breve paseo de apenas una hora, he visto y a la vez oído las campanadas de la Colegiata. Parecen siempre tocar a difuntos.

Ronda circular. La antigua Nunciatura, en el viario de todos los días y tantos años, tiene dos puertas de entrada, pero solo la del recodo es de acceso. La de la calle del Nuncio lleva condenada quién sabe desde cuándo. Los escudos de piedra –la tiara pontificia cruzada por las llaves de San Pedro, el águila imperial- no se libraron del revoco de la fachada. Habría que pulir la piedra ¿no? El edificio original sería un cubo perfecto si no fuera por el recodo del esquinazo, el portón de entrada. Cuando cambió de uso el palacio, se agregó un módulo como cuartel para la tropa del arzobispado castrense. Si en el patio trasero hubo o no un huerto es un misterio. Lo oculta una tapia de tres metros, en tiempos alambrada por evitar la entrada de gatos sorpresa.

Cuando vine a vivir aquí, eran muchos los gatos sueltos de la calle. Miaban y miaban, o cruzaban en sigilo de una acera a otra. El celo de las gatas era de noche desolador. Dos de los edificios de la acera de los pares estaban deshabitados y en semirruina. La sede de la Federación de Municipios, tan aparente ahora, era, abandonada entonces, refugio de gatos sin dueño. El gato no es animal gregario, pero al reclamo de la comida parece social. En la reja del jardín de Anglona –un carmen como los de Granada, pero casi feraz en primavera- se dejan a diario cuencos y platillos con comida de gatos que veo medio rellenos o medio vacíos cuando por las mañanas reparo en el detalle. Los gatos se esconden. Buscad un rincón soleado. O a la sombra tenue del granado del jardín. O en la tribuna del cenador.

Las sóforas de la Plaza de la Paja están más cargadas de hoja que nunca. Las de tronco viejo, podadas a tiempo, son de porte singular. Dos de ellas flanquean la entrada a la Capilla del Obispo, ya reabierta pero ahora cerrada a culto y visitas. La galería de ventanas acristaladas del palacio de los Vargas, de traza italiana, es única en el barrio. La plaza es cita de perros y de sus amos. Muchos y fijos. No esta mañana, o no sería su hora, o habrían salido en la franja de los corredores. Los magnolios de la Plaza de los Carros estás mustios. En la fuente, junto al caño grande y sus cuatro grifos, se sienta un bohemio que alimenta a las palomas. Otros días, lo veréis en la escalera del ascensor del mercado. No está permitido dar de comer a las palomas. Da igual.

La mercería de Puerta de Moros sobrevive. Su agosto –la venta de uniformes de colegios religiosos- fue en septiembre. En La Muralla, el bar colindante, se sirven patatas revolconas, el plato nacional de Ávila. De Ávila es el jefe. Y la cocinera. Las revolconas, tan sabrosas, parecen sencillas, pero menos. La grasa del torrezno, el punto y la calidad de la patata, la temperatura. Todo cuenta. Ni perros en Paja ni humanos en Moros. Aquí hay gato encerrado.

Se me pasó comentar que el empedrado y el enlosado de la Costanilla de San Andrés no tienen par en Madrid. Vale la pena detenerse y echar la vista a suelo. Geometría. La florera de la Cebada, la del Jardín de Sala, estaba abierta y funcionando. Y el frutos secos de Las Cuatro Fanegas, también: una montaña de patatas fritas en el escaparate. La tapicería de Pepe Miranda, aunque sin abrir, trabaja a destajo estos días. Me ha gustado el cartel que anuncia y muestra distintos tipos de sofá, cada uno con su nombre: Elba, Siena, Volga, Támesis, Danubio, Verona, Mónaco. Un viaje.

Última actualización en Domingo, 10 de Mayo de 2020 19:58