TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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BARQUERITO. Escritos de confinamiento. Segunda Parte (9)

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El texto viejo repite la jugada: otro Solo para Mansos del Diario de Navarra. Y de una tarde que fue agitadísima. Elogio de la sensibilidad japonesa en las plazas de toros. .

Y una bitácora larga, densa y sinuosa. Me doy cuerda, me desvío, no me pierdo, freno mal. Me divierte contarlo.Y ahora...
...el paseo de las 7

Salud!.

 

DIARIO DE NAVARRA. SOLO PARA MANSOS. 12 de julio de 2015

MADAME BUTTERFLY


Barquerito

El toreo es emoción o no es, dicen los clásicos. No todo lo que dicen los clásicos tiene que ser dogma de fe. Un toro no es emoción por el hecho de ser toro. Ni un torero. Sin embargo, el espectáculo –es decir, la corrida, conformada por toro, torero y público- se atiene a pautas precisas en lo que toca a emociones. Si vibra y brama la mayoría del público, la emoción puede medirse por grados. Y hacerse contagiosa, destilarse, evaporarse, fundirse. Una corrida sin emociones comunes puede ser un bello espectáculo.

Si el toreo fuera invención japonesa, por ejemplo, podría hacerse la prueba. El día de los miuras estaba sentada en una de las gradas de sombra de Pamplona una joven estudiante japonesa que por primera vez presenciaba una corrida de toros. Se emocionó con todo lo que estuvo pasando de principio a fin. Abría la boca de admiración, se comió su bocadillo de ajoarriero, dio las gracias, hizo reverencias, no hablaba una palabra de español, con la mirada y las manos dio a entender que estaba maravillada. Tal vez vuelva el año que viene. Pero ayer no estaba.

Todos somos gente de paso. Todos: los de las peñas de sol, los de las andanadas, los del palco de la Meca, etcétera. La pena fue que esta muchacha japonesa no estuviera ayer donde había que estar: en la plaza. Porque fue, en punto a emoción, la corrida de la feria. Juan Mora en la enfermería con dos cornadas, un quinto toro descarado y cornipaso de Cuvillo que tuvo la fiebre suficiente y El Juli desatado pero dueño de sí, como suele, para volcar el ambiente como si el toreo fuera una tragicomedia –algo de eso hay siempre- y para sembrar emociones como una carcasa de fuegos de artificio que explotan por todas partes y todo lo iluminan: en capote a la verónica, un quite de chicuelinas buenas, una faena de arrojo, cerebro y poder, un ritmo trepidante y despacioso, la imaginación desbordada en comunión con quince mil gargantas subrayando la cosa toda.

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DE PASEO. CdBitácora. 10 de mayo. 2020

¡Canfranc, Canfranc! El Transpirenaico. Arias. Sesenta días. Sábado en los altos del Rastro. Una casa en Versalles. Las mansardas del Roncal.

EN UN BALCÓN de la calle Humilladero se ha colgado una pancarta calendario. No es la sábana al uso que reclama la prevalencia de la Sanidad Pública y tácitamente condena su expolio. Se trata de un juego de anillas. De ellas cuelgan dos cartones con números pintados en color. Del 0 al 9 uno y otro. Hoy marcaba 60. La segunda mitad es fácil de imaginar: DÍAS. Dentro de dos semanas serán 75. El cuento de nunca acabar: el confinamiento. No descarto que haya que colocar a mediados de junio un tercer juego de anillas.

No hay más que ver el rigor con que Francia ha blindado su cuarentena. Son las barbas del vecino. La frontera del Pirineo, cerrada por Irún y La Junquera. Ni siquiera se consiente el paso de Puigcerdá a Bourg Madame, tan poco transitado, dos pasos, nada. No digamos los puestos menores de Aragón y Navarra por el Bearn. Empiezo a pensar que la rehabilitación del ferrocarril de Canfranc a Pau por el túnel de Somport no se llevará a término nunca jamás. ¡Con lo que costó tender la línea desde Jaca y horadar la montaña para que pasara el tren! Supe hace poco que un Ramiro Valdés abuelo político de uno de mis hermanos, ingeniero o perito de Obras públicas, vino desde Granada a Javierrelatre para trabajar en aquella empresa, que tuvo acento faraónico.

Para pasar la frontera, al tren de Irún a Hendaya le basta con cruzar un puente sobre el Bidasoa, cerca de la isla fluvial donde el año 1659 enfermó de muerte don Diego Velázquez, protagonista y presente en la firma de un tratado de paz, la Paz de los Pirineos. No se puede descartar que fuera un contagio de cortesanos franceses. La paz duró bien poco. En la llamada Isla de los Faisanes no busquéis faisanes. No hay.

En cuanto al túnel de Port Bou a Cerbère –en catalán, Cervera, se pronuncia sarvera-, es de poco más de dos kilómetros y lo frecuentan a diario apenas decena y pico de convoyes. Hay un tren que baja desde Estrasburgo cinco días por semana. O bajaba. El túnel de Somport es cuatro veces más largo que el de Port Bou. Parecía que justo este año el gobierno de Aquitania y Bruselas iban a financiar la mitad del proyecto de reconstrucción. Estaba firmado. Hasta que apareció el azote del covid19. No sé si habrá manera.

Cincuenta años lleva cerrado y a oscuras el ferroviario del Somport. Sesenta días en confinamiento nosotros. El cero del sesenta de la pancarta de Humilladero es un ideograma castizo: un sol bien redondo y reluciente. Anoche cambió el tiempo, fresco por la mañana, se acaba de nublar el barrio –estará, por tanto, lloviendo en la sierra- y para el domingo se prevén tormentas por toda la ciudad y todas las provincias. Si el marcador de Humilladero es de cartón, y eso parece, habrá que ponerlo a salvo.

En el número 3 de la calle, y en una vivienda que estuvo a punto de ser derribada, vino al mundo Carlos Arias Navarro, que fue alcalde de Madrid y unas cuantas cosas más que recordar no quiero. Del reparto caprichoso de placas conmemorativas que tanto abundan por la ciudad ha sido excluido su persona. Hace no tanto se le quitó también su nombre al parque de Aluche planeado por el propio Arias en sus años de alcalde. Para entonces ya vivía Arias en un chalet de Casaquemada, en La Florida, una urbanización “exclusiva” -¿cómo, qué…?- del Noroeste, que es o era lo mejor o lo de más precio por metro cuadrado de la capital. La Florida estaba blindada. Más que La Moraleja. Un búnker. Otro mundo.

El topónimo de La Florida es antiguo, consta en planos del XVIII como cazadero real. El de Casaquemada, de asignación popular: ardió el fielato de El Plantío y se discurrió el invento entonces. Los fielatos fueron a su manera fronteras fiscales. Portazgos. Se pagaba por pasar. Hace treinta y tantos años que se clausuró la estación de tren de El Plantío, que era la penúltima antes de llegar a Norte y la segunda de salida en el trazado viejo de la línea de Hendaya. El edificio, gracioso, como todos los apeaderos que sobrevivieron a las reformas o el abandono, se reconvirtió en restaurante de calidad. Tiene una hermosa terraza.

Parecía que iban a abrirse las terrazas de Madrid el lunes que viene, pero han dado marcha atrás. Un alivio. Planean ampliar los horarios y romper la barrera del sonido. La presión del lobby hostelero debe de estar siendo agobiante. ¿Resistiremos? Se empezó a llamar un día terrazas a los merenderos. Hizo fortuna el cambio. Los merenderos, mesas y sillas de madera plegables en torno a un quiosco, eran plácidos lugares. Tú llevabas la merienda en tartera y ellos ponían el vino y la gaseosa. La Casera. De noche y en verano, qué bien se estaba. Sin música.

Sin terrazas, el barrio es un paraíso. Dice un amigo calabrés que fue antes de jubilarse camarero que el barrio está triste sin ellas. Ni veo ni detecto esa tristeza, sino todo lo contrario. No todo, no exageres. Pero los paseos, incluso constreñidos a horario de cenicienta, son recreo para la vista, el alma, el cuerpo, la mente y la memoria. Los paseos matinales, mejor que los vespertinos. Por la tarde sale más gente aunque la marcha no pueda pasar de los sesenta minutos. No se entiende la razón. La habrá.

He vuelto a Maldonadas y al escaparate del marisquero por comprobar si es cierto el rumor corrido de que el sábado baja el precio de gambas y compañía. Hacían cola los parroquianos y a dos metros de distancia me ha parecido leer que los carabineros seguían a 48, y ver que los percebes habían volado, y que quedaba poco pescado por vender. Un éxito. El zócalo del negocio es de aluminio. Estaba reluciente.

La cola de la ferretería de Hoyos en Cascorro, montada en perpendicular y no en la acera propia, llegaba hasta la entrada de Juanelo. En la radio escuché que las ferreterías están siendo los comercios de más demanda desde que se alivió el lunes la cuarentena esencial. A mí se me fundieron dos bombillas, reventadas en un golpe de tensión. Me trajo de Leganés un paquete el quiosquero de Puerta Cerrada. Bombillas francesas.

Tomé en la cabecera del Rastro la curva de Vara de Rey. Llevaba tiempo sin pasarla. Han cambiado de manos algunos comercios. El Santurce, donde se asan sardinas los domingos, estaba cerrado. Una sardina asada no es comida para llevar. En cambio, el despacho de aceitunas y variantes que está justo al lado, sí tenía clientes. La luz del despacho estaba apagada y solo se trabajaba con la natural. Aroma de vinagre, de encurtidos. Escuece.

Desierta, la plaza de Vara de Rey parecía un rincón recoleto y provinciano. El  rectángulo central, donde tanto se merca en domingo, está ceñido por dos hileras de tupidos castaños en flor. Sombra en la plaza toda, bancos de piedra donde suelen sentarse los mercaderes. Todos los anticuarios, con el cierre echado. En la pared de la Junta Municipal habían dejado abandonado un colchón de matrimonio. No es el primer colchón que veo tirado a la basura últimamente.

Los calamares de Rivas, en la esquina de la plaza con la bajada de Carlos Arniches, tienen fama de bien fritos. Antes daban vermú de grifo bien tirado. Otro aroma singular. La azotea del número 8, flanqueada por dos torreones, resulta golosa. El edificio es uno de los tantos tan originales del barrio todo. Creo que el mejr comercio de la plaza, con vuelta a Santa Ana, es el Tailak, donde se venden kilims, suzanis y alfombras de Irán y Afganistán entre otros países de procedencia. Los colores de los tejidos, suaves, son prueba de sabiduría artesanal. Por la manera de combinarse. Por su geometría también.

Mira el Río Alta, que va desde Carlos Arniches hasta Arganzuela, es calle de almonedas, seguidas o enfrentadas. En una de ellas, un “Se traspasa” anterior a la pandemia. Desde que se declaró la pandemia de manera oficial, los setraspasa se han ido multiplicando. La cuestecita de Rodrigo de Guevara se llamó en tiempos la calle de la Chopa. En el número 3 vivían dos hermanos emigrantes de Gómeznarro, el pueblo de mi madre, junto a Medina del Campo. Francisco y Rosario. Había una tercera hermana, Exuperancia, llamada Súper sin más,

Los tres tenían en Medina un ático en Versalles, la arboleda de paseo en la orilla del Zapardiel. Lo que lo clásicos decían “un ameno lugar”. Los escalones de la casa de la Chopa eran altísimos. Los subí un par de veces. Las escaleras de Versalles, de madera. Las subí también, y a la carrera. La Súper –en Castilla la Vieja, siempre el la por delante- se encargaba de que a la gente de casa no le faltara de nada cuando iban a Medina los jueves de mercado. Era muy magrita y baja, todo fibra. Hablaba muy bien. No le tiró Madrid. Francisco y Rosario se hicieron. En la planta baja de la casa hay instalada una sala de la Iglesia Evangélica. En los barrios gitanos de las ciudades han progresado los evangélicos tanto como en las dos o tres Américas. Los de Haro, los de Torrejón de Ardoz. No sigo.

El Rastro era en los años cincuenta muy otra cosa. Nada mundano. Ajeno al lujo, el negocio de los traperos tenía más de trato ambulante de tratos viejos que de negocio propiamente. Lo cribaban los anticuarios. Andrés Trapiello tiene escrito un libro sobre el Rastro magistral. Es de hace dos o tres años. Por ahí lo tengo, ni me pregunto dónde. Sirve de guía. Lo mejor es irse perdiendo poco a poco y recorrer la Ribera y sus calles paralelas cuesta abajo hasta el Campillo.

En Mira el Río vivió el escultor Alberto Sánchez cuando dejó su Toledo natal el año 31 o 32. No hay placa. Sus escritos, “Palabras de un escultor”, son emocionantes. Lo fue su vida. Vallecas, París, Moscú y Pekín. Del museo que en la calle Academia sostuvo su familia en los años 70 nunca más se supo. No es fácil seguir el rastro a Alberto, que firmaba solo con el nombre y había sido panadero antes de esculpir. Amasar el pan, trabajar el barro y la piedra. No es lo mismo, pero.

La trattoria de Nina en la calle Santa Ana con López Silva vende para llevar su pasta casera, por ella amasada. Es un lindo garito. Y Casa Álvarez, justo enfrente, también lo es, pero sin encanto. Para llevar, albóndigas. Caseras. En López Silva, la calle que cruza, y honra el nombre de un ingenioso escritor de libretos, sainetes y dramas cortos, ha prosperado el negocio de Navarro de Pollos Asados, con mayúsculas, tenidos por los mejores del barrio. Hay colas los domingos. Tal vez pase mañana. Por el olor del asado, aceite regado con hierbas. Se van haciendo despacito. Hay que irlo regando con un cazo. La salsa es inmortal.

El edificio de la calle del Bastero con vuelta a Toledo tiene soberbia compostura y no sé cuántos miradores. Y buhardillas. No hay en Madrid barrio con tantas, cientos. Pero, enfrente, la casa donde estuvo el Bar Roncal –raciones de queso del país, vino de Rioja de marca- no tiene buhardillas sino mansardas francesas, Un arquitecto caprichoso. Lo vio en París y ya está.


Última actualización en Sábado, 09 de Mayo de 2020 18:10