TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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BARQUERITO. Escritos de confinamiento. Segunda Parte (8)

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El texto viejo, cortito de café, de siete años ha, es de una serie de colaboraciones para el Diario de Navarra que estuve publicando entre 2000 y 2016 durante las ocho veladas de sanfermines. El título genérico, Solo para mansos, está tomado de una sección propia para el cuadernillo taurino de los martes en el desaparecido Diario 16, que fue durante catorce años mi periódico, y mucho lo quise.
Lo de mansos debía tomarse en su sentido evangélico. Los mansos bienaventurados. Lectores taurinos, pero tranquilos. En una época de refriegas dentro del gremio de los escribidores de toros, la idea fue tratar tranquilamente el asunto. Sin acritud, se decía entonces. Lo del Solo era de doble sentido: el adverbial, solamente, y el musical, porque era la primera vez que tenía columna fija. O sole mío!
Recuperé la idea para estas colaboraciones desenfadadas del Diario de Navarra, donde tan bien me trataron. Un gesto insólito de largueza: no había llegado ni al quinto episodio y ya me habían ingresado en la cuenta el pago de los ocho.

La bitácora, sin el rumbo que tuvo el paseo, se enreda en las puertas de las murallas y acaba al pie de la estatua del menos famoso de los cinco reyes de la casa de Austria que reinaron en España y más allá. Montado a caballo en la plaza Mayor.
Salud!

DIARIO DE NAVARRA. SOLO PARA MANSOS. 13 de julio de 2015

CHISTERAS Y ZAPATILLAS

Barquerito

ANTES DE arrancar la Feria del Toro, tomaron los toreros motu proprio la decisión de hacer el paseíllo descubiertos. Los matadores y sus cuadrillas. Y areneros, mulilleros y monosabios. Un gesto de protesta. Respuesta a los ataques de los lobbys abolicionistas que pretenden equiparar la tauromaquia con el maltrato animal. La cita de Pamplona ha multiplicado el valor del gesto. Desmonterados o descubiertos. Y, luego, no pocas veces, descalzos los matadores, los toreros de espada, porque la corrida de rejones del día 6 impone, entre otras condiciones, que el piso de la plaza se enarene lo más posible para evitar a los caballos lesiones. Los caballos primero. ¡Quemad las naves!

Nunca se habían visto tantas zapatillas de matador sueltas y dispersas por el ruedo. Las zapatillas son piezas delicadísimas del vestuario. Cada una de las piezas del traje de torear tiene su encaje cabal y su sentido. Todas menos la montera. En realidad, una montera no sirve para nada. El hábito –la capucha, la montera- no hace al monje, podría predicarse. El traje de luces es otra cosa. Y lo que oculta el traje: guatas, medias, calzas, leotardos. Sisas, tirantes, pañoletas, fajas, encajes. Y guanteletes ortopédicos de cuero que puso José Tomás de moda para paliar las lesiones de muñeca.

Y las zapatillas negras. Solo negras. Como el color de las chisteras de los presidentes de la plaza de Pamplona. El vuelco político en el Ayuntamiento hizo temer hace poco más de un mes por la liturgia de las corridas, que consta de dos partes esenciales: la chistera del presidente, tan singular, y el atuendo sanferminero tradicional que hace ochenta y tantos años se sacó de la chistera –o sea, del magín- una peña primitiva que se llamó La Veleta y marcó para siempre el signo de este viento y evento.

A las zapatillas de torear las han empezado a llamar manoletinas. No hay derecho. En el Museo Taurino de Madrid se encuentran y muestran zapatillas de Manolete. De su última tarde, Linares, agosto de 1947. Es posible que sean apócrifas. Nadie se imagina a Manolete descalzo.

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DE PASEO. CdBitácora. 8 de mayo. 2020. Madrid

Puertas de muralla perdidas

Hojaldres de Bermejo, alubias de Tolosa, tejas

Yustas, gorrero. Medrano, también

La fría plaza Mayor

Polvorones

Roth donde Méndez.

LATRAMA del Viejo Madrid propicia las calles estrechas. Se paga el precio de los tejidos urbanos crecidos intramuros, es decir, dentro del recinto de ciudades protegidas por muralla. Las murallas de Madrid, unas cuantas y sucesivas, fueron cayendo a medida que la ciudad iba ensanchándose. Poner en claro y con rigor un mapa de puertas y murallas no será sencillo. Y si lo fuera, ¿a qué esperan?  La reconstrucción virtual de ciudades históricas alimenta la fantasía. Si se inventan pasados remotos, no hay manera de encontrar argumentos que contradigan la invención. Al turista accidental no le interesan las razones. Al bloguero curioso –son cientos-, sí.

Ayer, de vuelta del paseo de la tarde, reparé en la placa de la plaza del Humilladero dedicada a la Puerta de Moros, que, como tal, según la placa, estuvo ahí emplazada y fue la puerta medieval de la muralla de Madrid. “La puerta”, como si no hubiera habido más que una. Te das un garbeo por el barrio y cuentas al menos cuatro más. Las cuatro,  en placas. Apenas resto o memoria de ellas.

La Puerta Cerrada, la de la cruz blanca de piedra sobre blanco pedestal y donde se enfila la cuesta de Segovia hasta el río y su puente de piedra; la Puerta de Valnadú, en la rampa de la calle Vergara, y la de Guadalajara, en la calle Mayor, en el punto donde cambia de nivel el casco antiguo, donde se funden o separan el Madrid moruno y el cristiano en torno al ensanche primitivo; y la puerta de la Xagra, recordada en un recodo de la calle de Rebeque. En la única vivienda de la calle se conserva en vitrina un cachito de muralla reconstruida. Se ve pero no se toca. Para muralla medieval, la de Ávila, obra maestra de las rehabilitaciones historicista. El cerebro de la empresa, casi centenaria, fue un arquitecto olvidado, Emilio Moya Lledós. Tendrá placa en Ávila, supongo. O no.

En la Cuesta de la Vega, la que baja del Alcázar –la Armería, el Palacio, la Catedral- hasta la vega del Manzanares está identificada la primera puerta de la villa. Otra. La primera en rigor. Se han preservado restos de la muralla excavada, pero son tan solo pruebas para arqueólogos insatisfechos, descontentos, insaciables. O, si no, un pasatiempo para turistas accidentales, convencionales, de los que dan en ochenta días la vuelta al mundo sin hacer escalas.

Cuando se habla de Madrid como ciudad abierta, se entiende que sus puertas fueron derribadas, demolidas. Las piedras se evaporaron. Cambiaron de uso. ¿Menos da una piedra? Restos de la última o penúltima muralla sobreviven en muchos locales de las dos Cavas, las que delimitan el foso preceptivo. Muchos de esos restos han sido reconstruidos y adecentados. Sorprenden. La cueva del Alatriste en la calle de Grafal, por ejemplo. El comedor de la Cava de Yllán en la calle del Almendro. Los bajos de Casa Julián de Tolosa justo enfrente.

La gran tinaja al pie de la escalera de Casa Julián es manchega del XVIII. O lo parece, podría serlo. Una tinaja romana. El comedor, paredes escandinavas, es el más agradable y silencioso del barrio. Están muy bien vestidas las mesas. Las flores no se comen. Cómodos asientos tapizados. La maestresala es de un agrado inigualable. Dulce, imperativa, bien timbrada voz de mezzosoprano. La bodega es muy buena, pero no hay barra de calle. O la botella entera o nada. Salvo que seas amigo de la casa.

A la calle, a la Cava Baja, llega a la hora de los guisos el olor de la brasa donde la carne se tuesta pero sin dejar de sangrar. El chuletón, poco hecho, por favor. Podéis comer la carne a la brasa de mejor fama del barrio entero, las fuentes de pimiento morrón asado, una sopa de pescado antológica, espárragos de verdad, cogollos frescos recién sacados de su tierra y, en sopera generosa, las alubias pintas de Tolosa con sus sacramentos del país –el chorizo húmedo, la col avinagrada, los tocinos, la carne veteada del cocido- y sus guindillas verdes. Y de postre, las tejas y cigarros de pasta almendrada de mantequilla de Gorrochategui, que son una variante y mejora de los originales de Casa Eceiza.

En la Tolosa de Guipúzcoa se mantiene viva la Casa Julián primigenia. Hay que cruzar el río, el Oria, río papelero, si venís de la estación, de la ciudad capital, tendida a lo largo de calles estrechas. En el País Vasco las calles estrechas parecen proteger las viviendas de la lluvia. Los aleros de madera tallada de roble son de alta artesanía. La edad les presta lustre y, sin embargo, no envejecen.

En el barrio viejo de Madrid abundan las calles estrechas, las travesías y los pasadizos. La calle de la Fresa entra en el cupo de las raras. Tengo un amplio catálogo de ellas. La he pasado a las diez y media de la mañana. Algo antes. Lleva de Santa Cruz a Zaragoza. Estaba bien regada. Exenta de mostradores de las dos tiendas de textil que la flanquean de entrada y salida. El edificio del número 3 es una bella rareza. Ahora Vivienda de Uso Turístico. Cuesta imaginar su futuro. De balcón a balcón no hay ni dos metros.

Lo que he hecho hoy ha sido tomar nota de las golosinas que se venden en la mantequería y dulcería de Bermejo, en la esquina de Zaragoza con San Cristóbal. La vivienda es de las más antiguas del barrio. Y la mantequería también. Dos siglos tendrá la casa. Bastantes menos años Bermejo. Los escaparates son cuatro repartidos por las dos calles del esquinazo. Estaba echado el cierre, pero los cartones de las cajas copan los escaparates como reclamo. En el chaflán, un espejo vertical muy estrecho. Me ha crecido el pelo desde el regreso de Castellón hace ya casi dos meses.

Los hojaldres son mayoría: miguelitos de La Roda, La Roda de Albacete; nicanores de Boñar, invención de don Nicanor Rodríguez, leonés de la Montaña, que tanta gente despierta dio; la tarta de trucha, de Boñar también, una verdadera exquisitez, postre predilecto de mi difunto padre; hojaldres de Astorga, de Casa Alonso. Y más: sobaos pasiegos de El Macho, la quesería de Llera en Cantabria; pastas de Coca sin azúcar de Los Segovianos; mazapanes toledanos La Rosa, de Montalbán; tortas cenceñas de El Pastor de la Mancha para gazpacho; gasificante de Cheste, Valencia, de la marca El Tigre, soberbio el diseño del invento, un tigre de rayas verdes y blancas, como la camiseta del Betis Balompié; casadielles asturianos, de nuez, avellana y anís; polvorones de pistacho de La Antequerana y, hechos a mano, los de la marca Carlos I, con su leyenda. La leyenda: que el emperador los pedía antes de entrar en combate y se los hacía comer a sus hombres. Había, por tanto, un pastelero de campaña. Los hay también, y hechos a mano, de Felipe II. Al tercer Felipe, el de la estatua de la plaza Mayor, no le irían los polvorones. Y empezó la decadencia del Imperio.

La calle de Felipe III, más corta que estrecha, es una de las ocho que entran o salen desde y hasta la Plaza Mayor. Sus aliviaderos. Sobreviven los filatélicos y numismáticos, pero tengo contadas dos bajas. La última, la de López Baza. Y en su lugar, un bazar, que estaba cerrado. El escaparate lateral de Casa Yustas merece, por abigarrado, capítulo aparte. Los Yustas ya vendían sombreros, boinas y gorras en los años de Galdós. Y antes de que Galdós llegara a Madrid de joven pretendiente. La visera inglesa de lana es única. En la calle Imperial, donde Medrano el sombrerero, también se fabrican. Con tweed escocés. Es una prenda muy elegante, ligera, no pesa, abriga. Se puede jugar al golf con ella puesta y ni gota de sudor. No sé si alarga la cara o la acorta. Dependerá.

Enfrente de Yustas, otro lateral del más moderno de todos los negocios de la plaza: una heladería gallega. O Bico de Xeado. No ha tenido demasiada fortuna. Habrá que esperar. No es por los helados, insuperables, leche de Lugo, que es la mejor, sino porque el tramo soportalado que va desde O Bico (El beso) hasta 7 de julio, otra de las vías de escape y llegada, es el más poblado de los dormitorios para la población sintecho del centro. Cartones y cartones que sirven de lecho y abrigo, población flotante, inocente, desamparada. Se sienten en la plaza seguros. Discuten, protestan, se entienden, conviven y sobreviven. Hombres solos.

Con la alarma y el confinamiento, el tramo de O Bico para su izquierda ha quedado expedito y vacío. Al contemplarlo vacío, el soportal recobra su perspectiva propia. Un juego de arcos en la bóveda corrida del soportal de la Panadería, que es la Casa principal de la plaza Mayor. Archivo municipal, balcón de referencia, frescos murales de Carlos Franco Manera de cara inspiración.

Ver vacía la plaza en estos días, sin terrazas ni vecinos, sin gente de paso, sin ruido, es como comprar una postal de tienda de souvenirs, que en la zona abundan. Y entonces pasa que la plaza es un espacio más frío de lo que parece, demasiado calculado y uniforme, casi plano. El arco de la calle Toledo, con sus pintores de lance, es el punto diferente. De todas las calles afluentes, la de Gerona es la más luminosa; la de Ciudad Rodrigo, la más andada; la de Botoneras, la más concurrida en época de bocadillo de calamares. Por Felipe III se baja al cruce de Mayor y, casi enfrente, el librero Méndez, que tenía abierta esta mañana una hoja de la puerta para despachar encargos de clientes y “atender a los del barrio”. Me he llevado por veinte euros los Años de Hotel, de Joseph Roth. Y en ello ando: buscando en el pasado luz.