TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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BARQUERITO. Escritos de confinamiento. Segunda parte (5)

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El texto viejo, un comentario más de la serie Del Dios Toro, trata esta vez de caballos. De los caballos de pica.
La cuadra de Peña, que trabaja en la Maestanza de Sevilla, me parece la mejor de cuantas hay en España.
Ojalá resista sin bajas los efectos colaterales de la pandemia, que ha dejado sin trabajo a los picadores y
tanto compromete a los contratistas de caballos. Los de Peña son ejemplo de doma y, aunque suene exagerado,
de torería. La brigada de monosabios es excelente, también la tengo por la mejor de España. Pero me atrevo
a decir que, salvo vestirse, los caballos de Peña serían capaces de hacer solos todo lo demás: el paseíllo, salir al ruedo en su turno, ponerse, citar, resistir, hacer la suerte debidamente, moverse de costado, hacia delante o atrás los pasos precisos, volver a cuadras casi al trote y hacerle al palco la debida reverencia. Caballos artistas. La crónica es a propósito de una rara tarde de 2009 en que no uno sino dos de esos caballos salieron heridos del combate por culpa de
dos fieros toros de Torrealta, de los que se crecen al castigo.
Y la bitácora del día, que iba a haber sido de otra manera, pero me cogí el tren minero de Ojos Negros y amanecí en San Petersburgo.
A todos salud!

DIARIO DE SEVILLA. DEL DIOS TORO. 30 de mayo de 2009. JORNADA DE CASTIGO

 

Dos caballos de la cuadra de Peña, lesionados en sendos derribos

Espectacular arreón del quinto toro de Torrealta


Barquerito


LA DURA VIDA DE LOS CABALLOS DE PICA



LOS PETOS que los protegen han hecho a los caballos de pica casi invulnerables. Casi. Para los revisteros taurinos de hace un siglo era preceptivo reseñar el número de caballos muertos por corrida, hacer recuento y largarlo luego como un parte de guerra. Una cosa que llamaba mucho la atención a los viajeros románticos de la España anterior al peto de picar era el acre hedor de las plazas en las tardes de grandes matanzas de caballos, que las había. No suene a frívolo hacer, en cuestión taurina, la distinción de esas dos Españas. La de antes del peto y la de después.


La sensibilidad pública no habría soportado la visión de los caballos muertos mucho tiempo más. Acaban de cumplirse ochenta años de la instauración del peto de picar. El toreo moderno se regula al implantarse inexcusablemente el peto, que ha ido cambiado de forma, sustancia y figura a lo largo de estos ochenta años de vida. Como las personas. Es causa mayor la de proteger como sea la integridad del caballo. De manera que no llegue a percibirse que dentro de la trama resulta obligada una pelea entre un inocente caballo y un toro.


La inocencia del toro es uno de los caballos de batalla del antitaurinismo militante. Aunque parezca un banal retruécano. Los taurinos propiciaron el trascendental giro que trajo consigo el peto porque se sentía, entre otras cosas, que el caballo tenía que dejar de ser la víctima de la fiesta. Es decir, se tuvo en cuenta su papel de figura inocente. No conviene atizar las brasas de aquel fuego nunca del todo extinguido, pero, con los ojos de hoy, resultan  patéticas las imágenes documentales donde aparecen las reatas de caballos a las puertas de alguna plaza famosa. Como condenados a muerte.


Una cuadra de caballos de hace un siglo y una de ahora no se parecen en nada. Los caballos de pica modernos viajan de feria en feria y reciben trato y pago como si fueran a su manera toreros. Y no dejan de serlo. Los caballos de Peña, los de la cuadra de Sevilla, son célebres. Por su torería.


Esa torería ha sido ponderada más de una vez. Y por los propios picadores. De los siete grandes gremios del mundo del toro, se tiene al de los picadores como el más sincero al ponderar su oficio. ¿Y los otros seis? No tanto. Un caballo es incapaz de mentir. Y un toro. Se oye a veces decir de un toro que ha sido mentiroso. Una metáfora. Quiere decir que se ha engañado el que lo estaba toreando. O el que lo estaba viendo y lo tiene que contar después.


En la corrida de Torrealta jugada ayer en Sevilla había un toro ¿mentiroso?, el quinto, con pinta de llegar a poder con el caballo de pica si se lo proponía. ¿Cómo detectar ese detalle? Pues porque había sido de salida tardo pero muy impetuoso. Y estaba cargado de riñones pero no pasado de peso. Las embestidas casi de arreón, propias de algunos toros tardos, no todos, son muy difíciles para el caballo y para el que lo monta.


Y más si se pretende hacer con pureza la suerte, que fue el caso de Pedro Chocolate, uno de los dos jóvenes picadores de la cuadrilla de Manzanares. En la violencia de la primera vara, ese quinto derribó. E hirió a un caballo. No fue el único caballo herido en una tarde muy dura para la cuadra de Peña. Casi fuego graneado. Dos derribos, tres desmontadas, cuatro peleas por los pechos. Duro oficio el de caballo de pica. Y el de picar.

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DE PASEO. CdBitácora Madrid. 5 de mayo. 2020

El misterioso caso del Mokambo

La calva de Tirso, el lienzo de Romanones, un ciclista acróbata, pan de nueces, Santa Ana.

LOS TILOS DE LA plaza de Segovia Nueva se han adelantado este año y con suerte empezarán a rezumar su exquisito aroma dentro de un mes. El año pasado ni florecieron ni rezumaron. Tal vez por exceso de lluvia. Los árboles están sanos. Con la cuarentena han ganado brillo. Más tupidas las copas. La plaza ya no es tal sino que comparte espacio con la calle de Tintoreros, una de las muchas que en el Centro llevan nombre de oficios: curtidores, latoneros, bordadores, botoneras. El espacio se abrió tras un derribo de principio de siglo, el pasado. La Caja de Ahorros levantó en la esquina de la Cava Baja con vuelta a Grafal uno de los edificios más feos del barrio. Una pretenciosa mole de cuatro plantas, la baja para oficinas y las cuatro restantes para vivienda.

Enfrente, en cambio, se alzan, en la acera de Tintoreros, dos graciosa casas de tres plantas, generosos balcones, buhardillas acanaladas. Están casi deshabitadas las dos. No sé a qué esperan. En el bajo de la mejor de las dos hubo una pescadería de poco pero buen género. El pescadero, Villar, era el dueño del edificio. Debió ser hombre de vista comercial, como Amancio Zara. Compró dos locales pequeños, uno en la plaza y otro en Cuchilleros, y los puso de cafetería, los Mokambo, donde se despachaba el mejor café del barrio. Siempre llenos. Hizo fortuna. Villar se marchó un día y no volvió.

Donde la pescadería, hay un garito bueno, de copeo, con una terraza retranqueada para fumadores. Se llama Ojos Negros. Como el pueblo minero de Teruel. Como la película italorrusa basada en tres cuentos cruzados de Chéjov, la historia de dos amores imposibles por culpa de la fatalidad. Marcelo Mastroianni, protagonista. Impagable. Parte de la película está rodada en San Petersburgo.

Chéjov fue fiel amante del ferrocarril. El féretro en que transportaron sus restos mortales desde el balneario alemán de Baden, donde murió, hasta Moscú ardió al ser desembarcado en la estación. De San Petersburgo a Moscú, en tren de alta velocidad, se tarda ahora poco más de tres horas. Como de Madrid a Barcelona. La llamada Estación de Finlandia, en San Petersburgo, es célebre por un hecho histórico. A ella llegó Lenin en abril de 1917 tras diez años de exilio en Zurich. Al poner el pie en el andén, arropado por un gentío que lo aclamaba, pronunció el discurso premonitorio de la Revolución de Octubre. “El pueblo necesita paz, el pueblo necesita pan, el pueblo necesita tierra”. Y ahí empezó todo. Seis meses después cambió el mundo.

Si Villar no hubiera desertado, qué lujo tener un pescadero tan a mano. No puedes tenerlo todo. La esquina de Grafal y Segovia Nueva está maldita. Todos los sucesivos negocios de los últimos treinta años han ido quebrando. Todos. El último, un garito que servía patatas asadas con rellenos diversos. No despachaba alcohol y tuvo que cerrar. Se ha puesto de moda lo de “echar la persiana” y no “el cierre”. Es un contagio del catalán. De todos los negocios malditos, el que menos fue una florería de una cadena francesa, una franquicia que todavía resiste en Madrid, pero la de Grafal no pudo aguantar la competencia. En la Cebada hay una tienda de flores y plantas bien acreditada. El mercado de Tirso de Molina echó a andar con ganas y en la plaza de la Ópera y en la calle de Unión había dos floristerías de categoría. La de Ópera cerró, creo que por jubilación. La de la calle de la Unión resiste, saca a la calle las flores y las plantas, siempre hay alguien comprando. Y, si no, la gitana de la plaza de San Miguel con Mayor, frente a la casa enladrillada de Milaneses, vende claveles, y flores y fruta de temporada. Desde el día de la alarma no la he vuelto a ver.

No iba por flores esta mañana sino por pan de centeno y nueces al Moega, de paseo y despacito, de cara el sol. Gorriones confiados en los alcorques, saltandito por la acera en busca de algo que embuchar. Es hermoso el plumaje. Pájaro común, dice. Estaba a punto de dejar de serlo, porque las palomas torcaces, invasoras desde el principio del confinamiento, se llevan al pico cuanto encuentran. Dos gorriones picotean en las macetas de geranios del pianista norteamericano que tiene el balcón casi enfrente. Toca muy bien. No Rachmanínov, ni otras piezas del repertorio virtuoso, pero sí Chopin, y en verano, a balcón abierto, es bálsamo para la calle toda. La gente lo aprecia mucho.

El lienzo de impares de Conde de Romanones, desde el arranque en la curva de la Concepción Jerónima hasta Tirso de Molina conserva la alineación de edificios tal como se construyeron a finales del XIX o principios del 20. Con el ladrillo visto tan madrileño y sus balcones de forja. Bien rehabilitados todos. Una rareza en Madrid.

En la calva de la estatua de Tirso de Molina estaba posada una paloma de las habituales. El pedestal de la estatua es un sinsentido. Aparece en forja de hierro el escudo mercedario, cuatribarrado y con la cruz de la Orden de la Malta o de San Juan de Jerusalén. Están grabados en piedra nombres de algunas de sus comedias y de textos en prosa. El Burlador de Sevilla es una obra maestra. El lenguaje de seducción es de una sensualidad desbordante. Tirso murió en Almazán, provincia de Soria, donde mi tío Jerónimo fue médico en plaza titular durante muchos años. En Almazán había dos estaciones de ferrocarril, la de la línea de Valladolid a Ariza y Zaragoza, y la de Madrid a Soria y Castejón. Solo esta permanece en uso. Se la quieren cargar.

Ha estado a punto de atropellarme un ciclista en León frente al Moega. No lo vi. Hizo una manioba de acróbata. Por milagro. Camino del  Moega, reparé que en el último piso de Magdalena número 3 todavía cubre el balcón el anuncio del Club de Payasos Españoles. Y al lado el de Artistas de Circo.

La papelería de la Plaza del Ángel ya estaba abierta esta mañana. Haré acopio de pilots Vball 0,7, rotuladores de “pure liquid ink”. Las franquicias de la multinacional Folder hicieron estragos. Como las de Carlin. Loli supo traspasar a tiempo, antes del verano, su papelería de la calle Tintoreros, donde había de todo. Hasta estampas para patrocinar la causa de beatificación de la madre Ana Alberdi, superiora del convento de la Concepción, que es el monasterio del barrio, con jardín secreto. Murió con fama de santa. Era vasca. De Azcoitia.

Por Atocha no circulaban coches, solo autobuses. La plaza de Santa Ana estaba acordonada por precintos entre las dos estatuas que la delimitan, La de Calderón de la Barca pensándoselo mucho y la de García Lorca con un pajarito en la mano dispuesto a volar. Todas las terrazas, recogidas. Un sintecho tumbado en un banco dormía. El elegante y pomposo Hotel Victoria, cerrado. Me gusta su barra de taburetes bajos, su ambiente de media luz, su silencio. Y su reserva de Murrieta. Plácido paseo. En el de la tarde volví en busca de una puesta de sol. Pero a las ocho de la tarde no se pone. Volveré mañana.