TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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BARQUERITO. Escritos de confinamiento. Segunda Parte...(3)

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El texto viejo, de hace once años y en las colaboraciones para el Diario de Sevilla, versa sobre
una ganadería que hace dos o tres años desapareció del mapa por voluntad de los herederos
del Conde de la Maza. La desaparición fue un gesto de protesta contra las imposiciones de lo
que se llama "el sistema". Quemar las naves. Don Leopoldo de la Maza, que abogaba por preservar la fiereza del toro y abominaba de la
toreabilidad y las embestidas predecibles, fue un gran personaje, espontaneo,
natural, directo, de particular sentido del humor. Ironía fina a la inglesa.. Recuerdo una semana de feria en Mont de
Marsan y otra casi entera en Salamanca, y las recuerdo por el placer de compartir tertulias y
escucharle terciar siempre agudamente. La ganadería cobró fama de temible. Uno de los toros que mejor
he visto a torear a Espartaco fue en Salamanca un sobrero del Conde, colorado, cinqueño, armado
hasta los dientes y noble, sí, pero había que ponerse. Dos orejas.

Y la bitácora fresca del día. Un paseo a pie por radio menor pero con algo de historia y
una revisión de arquitectura digna de ver.


Salud!

 

 

DIARIO DE SEVILLA. DEL DIOS TORO. 20 de abril de 2009


Seis toros de llamativo descaro en el regreso de la ganadería a la serie ferial de Abril · Corrida de las de sufrir: un primero y un cuarto dificilísimos pero un notable quinto


CONTUNDENTE APERITIVO  DEL CONDE DE LA MAZA



CUANDO eran todavía diez las corridas de la Feria de Abril, la primera y la última eran por sistema las dos duras de roer. La última, la de Miura. O la penúltima, porque arraigó la tradición de cerrar serie en lunes festivo pero no feriado con toros de los Guardiola, de la rama Pedrajas.  De eso hace ya algunos años: de los lunes de Guardiola.

No es nueva la costumbre de que para romper el fuego se juegue en Sevilla una corrida de las de armas tomar. Ahora que los festejos de abono de abril han pasado a ser casi veinte, lo único que permanece inalterable en ese punto es el nombre de Miura, que es cuando cae el telón. El domingo de feria, con todo el pescado vendido y la gente saciada y exhausta. Al crecer la feria por delante, la corrida dura de la apertura dejó de ser una sola. Dos, tres, cuatro y hasta cinco han llegado a ser los aperitivos.


Tan contundentes. No está del todo claro si abren el apetito o quitan las ganas de comer. Y el sueño. Cebada Gago, Cuadri, Palha, Victorino. Etcétera. Dentro de ese capítulo ocupó en su día un puesto muy nombrado el Conde de la Maza, que ha abierto feria más de una vez. Del hierro del Conde se tiene siempre en la reserva una corrida para Sevilla. No ha habido apenas año en que no haya lidiado en la Maestranza y en Madrid, que no todo el mundo se atreve ni puede ni quiere. Pero hacía cierto tiempo que no se lidiaba una corrida del Conde en la feria. Se abrió como de carambola un hueco este año y por el hueco se metieron los toros. Con ellos, la curiosidad. Se esperaba una corrida muy seriamente armada y no hubo la menor sorpresa.


Hay quien dice que el toro más astifino que ahora mismo se cría en el campo andaluz es el de Cebada Gago. Pero habría que echar un pulso entre  Cebada y al Conde de la Maza. Todo lo que lleva sangre de procedencia Núñez da muy astifino, pero en algunos toros del hierro del Conde lo de astifino parece hasta gruesa palabra. Pitones como agujas o ganchos carniceros. Aquí no vale apelar al tópico de que lo que impone de un toro no son los cuernos sino las intenciones. En el toro tipo del Conde las intenciones son los pitones y viceversa. Dan mucho miedo. Lo mismo en el toro pérfido, como el primero de los seis lidiados ayer, que en el noble y generoso, como el quinto de corrida.


Los pitones hacen nudos en la garganta. Las intenciones, sí; el volumen, también; el movimiento, de acuerdo. Todo eso impone. Pero, por si acaso, una corrida del Conde de la Maza, esta misma de ayer en Sevilla, para que nadie se olvide de cuál es la burla mayor del arte de torear: ponerse delante de tales cabezas de toro.


El toro notable de la corrida,  templado en muletazos buenos de Luis Vilches, fue, sin embargo, un toro lidiado sin acierto ni fortuna. Y,  luego, nunca del todo sujeto en un mismo terreno o en un sitio definido, preciso e impuesto. Torear supone conocer las querencias de los toros. O adivinarlas e intuirlas. No contrariarlas sin razón. El juego de las querencias va implícito en una de las razones mayores de una faena de muleta: su orden.


Los artistas geniales, que no abundan, suelen ser aliados del desorden toreando. Pero no de las faenas caóticas. La excepción tiene sus normas. La relativa docilidad del quinto y la bonanza del altísimo sexto paliaron el acre y áspero sabor de dos toros de temible condición: un primero listo y artero, el dedo en el gatillo y apuntando a la garganta, y un cuarto de muy agresivo estilo. Pura violencia.

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DE PASEO. CdBitácora. 3 de mayo. 2020. Madrid

El Colegio Imperial

Una matanza

Una quema

San Millán y su fortuna

El lindísimo Teatro Pavón

La interminable calle de Embajadores

EN APENAS DOS semanas, tres a lo más, le han lavado la cara a la fachada del Colegio Imperial. Fachada en ángulo obtuso: la portada noble, barroca, en la calle Toledo; el largo lienzo plano que completa el frontal, en la calle de los Estudios. Hasta el viernes 1 de mayo estuvieron desmontando el andamiaje dos operarios. Solo dos conté yo de camino al mercado de la Cebada, que abrió por la mañana. Por si a algún caprichoso se le antojaba comprar nectarinas, berros, dátiles o lubina fresca.

Mientras se estuvo reparando, la fachada se cubrió con una pieza montada de un tejido que parecía de seda. De color vainilla, parecido al del revoco restaurado. La piedra de jambas y dinteles se habrá pulido a máquina, pero no brilla. Juraría que las canteras de granito de la sierra de Madrid dan piedra de tonos distintos. La del Monasterio del Escorial, la más clara y casi cárdena. La de San Francisco el Grande, la más apagada. La del Colegio, entre dos aguas. La piedra de las dos torres de la Colegiata, el templo adjunto, es cárdena.

Pese a la prohibición, una de las dos hojas de su cancela ha permanecido abierta y he visto entrar o salir a más de una persona. Las puertas del Instituto de San Isidro han estado cerradas desde el inicio del confinamiento. Y las de la Escuela de Artes y Oficios, también. Uno y otra ocupan las dos plantas del antiguo Colegio, desaparecido como tal en mil ochocientos treinta y tantos. La década en que Gógol aterrizó trastornado en San Petersburgo.

En esa misma época, los jesuitas no solo fueron expulsados de sus propiedades –el Colegio Imperial, por ejemplo- sino que en el caso de Madrid fueron víctimas de una matanza. Fue a propósito de una epidemia de cólera. Las feiknius de la época los acusaron de haber envenenado las aguas causantes de la plaga, una masa enfurecida asaltó el Colegio y en el mismo claustro, que es el espacio más bello del edificio, pasaron a cuchillo y degollaron a cuantos hallaron a su paso. La sangre corrió hasta el río.

En julio de 1936 prendieron fuego a la Colegiata incontrolados de los primeros momentos de exaltación durante el primer asedio de Madrid por las tropas rebeldes. Se salvaron parcialmente cúpula y bóveda, pero ardieron pinturas de Claudio Coello, que fue por cierto vecino del barrio en la segunda mitad del siglo XVII. En el solar de la que fue su vivienda se alojaron hasta hace poco los conserjes del arzobispado. En una suerte de caseta de guarda ennoblecida adosada al Palacio Arzobispal y en la entrada de la calle de la Pasa. El palacio, severo y elegante, dieciochesco caserón, tiene aire de monasterio, pero no.

Hay otro vecino, convecino de ahora mismo, muy amante de jugar en la Bolsa, que tiene un sueño mayor: una macro inversión de petrodólares para convertir el Palacio Arzobispal en un hotel de cinco estrellas. Lo tenía antes de que el Ayuntamiento arrendara para hotel de lujo por no sé cuántos años y a un fondo de inversión la Casa de la Carnicería, uno de los dos edificios clave de la Plaza Mayor. La oferta de mi vecino no llegó a fraguar ni a plantearse. Pero él ya tenía los planos virtualmente terminados.

El jardín del palacio, las copas de cuyas palmeras emergen por encima de una tapia de quince o veinte metros de altura, iba a ser preservado y encarecido, pero la casa de Claudio Coello estaba condenada. Por algún lado tocaba abrir paso a un aparcamiento subterráneo. Fue una pena que Claudio Coello quedara relegado a mero, y muy valorado, pintor de temas sagrados. Cuando quemaron la Colegiata, ardieron sus pinturas murales y cuadros varios. No tuvo suerte. Hay de su mano un retrato de Carlos II, el rey hechizado, que transpira una enfermiza melancolía. Sería proyectiva. Está enterrado en San Andrés. Más del barrio, imposible.

La calle de los Estudios, que lleva de Toledo a la cabecera del Rastro, es demasiado estrecha para edificios de tanta altura, que no se dejan por eso ver. Y, sin embargo, la casa del número 3 merece una digna mirada. Con sus pilastras y sus adornos de molduras en la penúltima de sus cinco plantas, y un mirador de celosía pintada de verde y con hiedras tejidas en un caprichoso entresuelo. Fue parte de un comercio quebrado. No sé si una tienda de anticuario o el último almacén de los Pleite, la familia que monopolizó el negocio del mueble de enea en el barrio y en la calle. Los Pleite montaban plazas portátiles de toros dondequiera que los llamaran Gente de bien. El dueño me dijo un día que se había cansado de taurinos informales. Y que plegaba. Y plegó.

En lugar de lo que fuera –un anticuario o un almacén del pequeño imperio Pleite- se instaló una tienda de películas y discos de segunda mano. El orden es insuperable. Estaba cerrado esta mañana, como casi todo. En Radio Nacional he escuchado los lamentos de la presidenta de los laboratorios farmacéuticos nacionales por no haber sido considerados trabajo esencial. Los científicos en general son hombres templados, pero en las últimas cinco o seis semanas apenas pueden morderse la lengua. Ni siquiera en la fase A, ni en la B, van a volver los laboratorios de farmacia a ponerse a obrar. Un disparate ¿no?

El ultramarinos chino de Estudios 5 ya despachaba a las once de la mañana comida para llevar. “Cocina asiática”. No todos los comercios chinos del barrio han cerrado. Sí los bazares, por su falta de ventilación. Pero la frutería de Toledo con López Silva, por ejemplo, sigue abierta. También lo está La Huerta de Almería, en el cruce de Estudios y San Millán. La Huerta estuvo en Magdalena, en el retranqueo de Cafés Pozo, pero se mudó su gente hasta aquí. No veo que hayan prosperado pese a su fama de tienda eco pura. Venden por porciones tartas inmensas para veganos. Y pan gallego.

Es raro ese trocito de calle mínima de San Millán, donde estuvo La Bobia original, una de las cervecerías buenas de Madrid, tal vez la mejor del barrio, datada en los años 20, diseño modernista –la barra, el mobiliario, el rótulo, el enlosado, lámparas y espejos- y techos de mucha altura. Se cerró antes de la ruina de 2008. Para los fijos del Rastro del domingo, una pérdida muy dolorosa. La cerveza corría por la acera. Se pegaban las suelas de los zapatos. El olor de la cerveza reseca es algo ácido. La Bobia ha vuelto a abrir con dueños nuevos. Pero todos los elementos modernistas y decó desaparecieron.

Hay dos loteros en la calle. Uno de ellos vendió un gordo de Navidad hace cosa de diez años. El Peñuco, un barecito asturiano sin pretensiones frente a la Bobia, vendió varias series. Y el jefe se quedó con una entera. Ahora ocupa el puesto un Kebab. Se sigue llamando Peñuco. El rótulo de la Taberna Oliveros está calcado del logotipo de las Anchoas de La Escala: todo, el formato, el tipo y tamaño de letras, sus colores. “Para comer bien y barato, San Millán número cuatro”. El gusto tan madrileño por los pareados. Acepto la forma, no suscribo el fondo.

Un telón de gasa blanca transparente, parecido al que estuvo protegiendo el Colegio Imperial hasta anteayer, recubre hace tres años el palacete de los billares por donde se llega a Cascorro, la cabecera del Rastro. En los bajos estuvo la sucursal número 14 -¡mi número!- del Banco de Santander, que es propietario del palacete, fachada semicircular en esquina, muy aventanada, dos alturas, tejadillo alemán. La moda del billar se pasó. Como tantas otras. Los billares tenían mala fama. Las casas de juego, también. Hay unas cuantas en el barrio. Las madres de hijos menores de edad se quejan. Y, sin embargo, la vida de barrio no es un peligro, sino todo lo contrario.

Del conjunto de viviendas de Cascorro, plaza en forma de embudo, el mejor edificio es el que, chaflán por medio, casa el arranque de Embajadores con la plaza. Fue el primero del barrio que se acogió a los planes de rehabilitación en los años de alcaldía de Tierno Galván, que delegó el urbanismo en la izquierda inteligente. Dejaron como nuevo un edificio de excelente traza pero descuidado, al borde del olvido. No es el único ejemplo bueno. Es luminosa la fachada del portal número 20, llena de balcones y miradores, tutelada por tres azoteas separadas por otras tantas torretas, que serán seguramente máquinas de ascensor. Como la mañana era calurosa, he visto en la curva de la calle de las Amazonas vecinos que en bañador tomaban el sol en el balcón.

Para apurar la hora del paseo bajé hasta San Cayetano, mejor dicho, hasta el punto de Embajadores donde mejor se contemplan la cúpula y sus torres desmochadas. No el pórtico, barroco tardío, piedra bien labrada. Y, luego, me paré a admirar con calma el Teatro Pavón, que es una construcción deliciosa. Bastante más relevante que el Cine Doré –o sea, la Filmoteca- y tan lleno de cosas conjugadas que, siendo elementos dispares, se componen en un solo conjunto. Estorba la cartelera moderna, pero qué le vas a hacer. La cafetería, nido de artistas en edad de merecer, medrar y progresa, desentona. Lo sorprendente es la torre del reloj, el punto de más altura de una calle tan en cuesta. Y tan larga.

Aquí empieza Embajadores y no termina hasta pasada la vaguada y la depuradora de Santa Catalina por detrás de los Archivos de Hacienda, junto al que fue poblado maldito de La Celsa. La calle interminable que va cambiando de rostro de tramo en tramo y acaba en un desmonte desolador. Y ahora, de vuelta a casa. Pasé a comprar lejía, frambuesas, leche y cuatro tomates corazón de buey por el Día, el súper de Toledo. Ayer, una cola interminable. Nadie hoy.

 

Última actualización en Domingo, 03 de Mayo de 2020 20:09