TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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BARQUERITO. Escritos de confinamiento (18). Textos viejos (17)

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El texto viejo, otra vez en Arles, es la crónica de una corrida matinal accidentada, deslucida y castigada por un violento mistral. Ángel Teruel sufrió una cornada de las llamadas de espejo. Cornada que, sin embargo, no dejó cicatriz visible. Pudo haber sido trágica.

Y la bitácora del día. Paisaje visto en directo. Dejé La Escala antes de lo previsto. Una salida al obrador gallego artesano de la calle del León, el Moega. Pan y una botellita de aceite de Martos, Jaén.

Salud

 

AGENCIA COLPISA. 8 de abril de 20. Crónica de la 4º  corrida del la feria de Pascua en Arles

Barquerito

Grave percance de Ángel Teruel

Un toro incierto de Luc y Marc Jalabert le pega en la cara una tremenda cornada desde el labio al lóbulo de la oreja derecha. Festejo triste. .

Arles. 4ª de la feria de Pascua. Matinal. Un cuarto de plaza. Ventoso, soleado, fresco. Seis toros de Luc y Marc Jalabert. Corrida armada, grandullona, embastecida. Muy guerreros en el caballo, salvo el cuarto, que se escupió de un caballo a otro. El sexto no tuvo mal aire. Deslucidos por inciertos los demás. Escarbaron y oliscaron casi todos, no metió los riñones en engaño ninguno. Ángel Teruel, de azul prusia y oro, cogido y corneado en la mejilla derecha por el primero. Tomasito Joubert, de ultramar y oro, palmas, silencio tras dos avisos y saludos. Esaú Fernández, de blanco y oro, saludos, pitos y división

LA MATINAL del Domingo de Pascua en Arles resultó trágica. El primer toro de corrida, del hierro de los hermanos Jalabert, hirió de gravedad en la cara a Ángel Teruel. La cogida fue del todo inesperada. Fuera de la segunda raya, Teruel, ya armado con la espada de acero, buscaba igualar al toro para entrar a matar. Soplaba a rachas el viento mistral y no era sencillo sujetar el engaño. Trotón y suelto de salida, picado al relance en dos varas duras, derrumbado en dos costaladas después de sangrar, el toro fue problemático: tardo, probón y mirón. Falto de fijeza, mirón de manso y no de fiero. Se había apalancado.

Teruel le anduvo compuesto y sereno. Un punto desconcertado porque el toro se le metió por las dos manos las dos veces que pretendió ligarle dos seguidos. Descubierto al mecer la muleta para cuadrar, Teruel se vio de pronto sorprendido por un ataque del toro al bulto y no al engaño. El toro lo empaló por la corva derecha y de brutal tarascada lo arrojo por el aire y a buen vuelo. Teruel cayó de espaldas pero no a plomo porque acertaría a encogerse antes de llegar a tierra.

Llegó la cuadrilla al quite enseguida, Teruel se levantó ligero y al llevarse la mano al mentón se le empapó de sangre la manga. Sangraba con abundancia por la boca y la mandíbula. Se mantuvo entero, pero la herida era tan aparatosa que lo llevaron a la enfermería sin demora. Entró en ella por su pie y del brazo de su mozo de espadas y de su hombre de confianza, Manolo Amores. Luego se supo que llevaba una cornada corrida desde los labios al lóbulo derecho. Un gran tajo como de cuchillada. Las imágenes revelarán si la cornada la cobró el toro en el ataque primero al cuerpo, al empalar a Teruel o al buscarlo en el suelo. Era toro muy armado. 550 kilos, de nombre Flamenco. En la enfermería de la plaza estabilizaron a Teruel, cortaron la hemorragia y le hicieron una cura primera. Lo trasladaron de urgencia a una clínica de Nimes especializada en cirugía maxilofacial. Se hicieron cálculos de una intervención inmediata. La herida no afectó a la visión, pero sí en apariencia al nervio facial.

La cornada dejó marcada la corrida tanto como las dificultades de la corrida de los Hermanos Jalabert, que se empleó en los caballos con agria dureza, apretando más con los pechos que con los riñones y sangrando generosamente. En banderillas empezaron a pararse todos, con la excepción de quinto y sexto, y en la muleta, con la sola salvedad de esos dos, guardaron pautas defensivas: escarbaron, bramaron, oliscaron, metieron la cara entre las manos, se frenaron,  desparramaron la mirada y pegaron cabezazos inesperados.

Por si las dificultades de la corrida eran pocas, se puso a soplar a ráfagas el temible mistral, gélido viento norte que hiela la sangre. Fuera del anfiteatro se oye soplar ese viento como música diabólica; dentro del viejo circo romano, en cambio, se agita en silencio que lo traspasa todo. El arlesiano Tomás Joubert y el sevillano Esaú Fernández se afanaron con desigual fortuna. Inseguros cuando se sintieron descubiertos por el viento, fuera de cacho porque no cabían confianzas. Porfión Joubert, que pegó algún muletazo bueno. Y tan fresco Esaú, que se alivió con la espada pero resolvió a la ligera las tres papeletas sin ver clara ninguna de ellas, pero sin arrugarse por eso.

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Escritos de confinamiento. CdB 20 de abril de 2020. Madrid

Comprar  pan. Los floristas varados de Tirso de Molina. Azoteas con vistas. La Casa de Granada, el Plaza. Madrid- Hendaya. Paredes pintadas.

LOS KIOSCOS DE FLORES de Tirso de Molina deben de llevar cerrados desde el 16 de marzo. El lunes de la primera de las cinco semanas cumplidas de confinamiento. Antes de comer y de vuelta de la calle de León, tomé a pie la ruta de Antón Martin y Magdalena, y, luego la senda peatonal de la plaza, que emboca o desemboca en Duque de Alba. Con los floristas confinados, Tirso de Molina parece mayor de lo que es. Como es plaza triangular, y escalena, y más larga que ancha por eso, cuesta medir a ojo sus dimensiones.

Desde la terraza de la Casa de Granada, en la azotea de una vivienda de seis plantas en la esquina de Doctor Cortezo, se puede contemplar la plaza entera. En la Casa de Granada se comía un menú del día de calidad y buen precio. El comedor, pequeño, se llenaba antes de las dos. Las mesas, muy apiñadas, estaban pegadas a la miranda y, si querías la vista cenital de Tirso de Molina, tenías que desistir, esperar o dejarlo para otro día.

No estaban todavía tan de moda en Madrid las terrazas. Las terrazas a pie de calle, y menos aún las terrazas de azotea. No es que fueran inaccesibles, pero nadie había caído en la cuenta de su valor ni en la manera de hacer con ellas negocio. Ahora son más de un centenar. La del Círculo de Bellas Artes es la más frecuentada. Fue la primera en salir en las guías convencionales, el precio es razonable y la subida en ascensor tiene su encanto. Hay colas. Es de pago.

Después de la reconstrucción del Edificio España, el Hotel Riu, que ocupa el espacio del desaparecido Plaza, ha habilitado la terraza de la última planta y ahora, previo pago, se puede subir a mirar y ver. Las vistas desde el Plaza, o el Riu, abarcan en panorámica un horizonte infinito más allá de los confines de la Casa de Campo y su cerca. La mancha verde es espectacular. Un bosque montuoso, espeso. Un corredor de caza, que es lo que fue de partida.

La cúpula de los Capuchinos parece una bola arco iris de vidente. La de la estación del Norte, en uno de los primeros planos, luce como un globo de plata. Los edificios de Ferrocarriles del Paseo del Rey, ahora remozados y lucidos, ocultan el viario, que es mínimo. Norte fue estación término de las líneas de Galicia, Asturias, Santander, el País Vasco y Hendaya,  ciudad vasca pero francesa. El de de Madrid a Hendaya fue el trazado pionero. Hubo que salvar mucha montaña. Tantos túneles entre El Escorial y Ávila. Más entre Alsasua e Irún.

Irún y Hendaya están solo separadas por el estuario de un río fronterizo, el Bidasoa, tan famoso, que desemboca en una linda bahía, el Txingudi, donde las playas de Fuenterrabía y los amarres de recreo de Hendaya. Se cruza la bahía en un vaporcito de ida y vuelta. Por poco dinero. Para contemplar a placer la bahía cabe subir a un monte de leyenda –el Jaizkíbel- y, si no, tomar no el tren sino un avión que aterriza en una pista estrecha, corta y temeraria. La del aeropuerto de San Sebastián, en paralelo con la costa española del Txingudi.

Antes de la venta y amenaza de derribo del Edificio España, y mientras el Plaza aguantó vivo, se alcanzaba sin pagar peaje la terraza, con piscina, señoritas de alterne y bar de cóctel años 50. Los vestíbulos del Edificio eran un espacio extraordinario. Enlosados, columnas y paredes de mármol oscuro, mobiliario severo y mínimo, sofás de cuero, barandillas doradas, arañas de cristal, luz macilenta de apliques también dorados. Y puerta giratoria. Y conserjes de uniforme. Lo más valioso del Edificio eran sus interiores, su distribución y sus escaleras de acceso. El ámbito, digamos. Su estilo Nueva York.

La Plaza de España es, en cambio, un espacio medio maldito. El lugar más ventoso de Madrid, una rara encrucijada donde termina la Gran Vía, su tercer tramo, el moderno, más luminoso que los dos primeros. De la última reforma ha salido beneficiado. La de la Plaza, la reforma, está pendiente. Tardará.

En Tirso de Molina, ahí estaba a las una y media con la hogaza de centeno y nueces en la bolsa cantando, se ha quedado libre el espacio donde antes del decreto de confinamiento se exponían en cubetas y jarrones las plantas y las flores, que eran unos cuantos. Me gusta contar las piezas de lo que sea, pero no he llegado a contar ni los kioscos de flores ni, mucho menos, macetas, estantes, ganchos y cubiteras. Las flores se ven y dejan sentir, pero nadie se para a contarlas. Y si las cuentas, quién va a reparar en otra cosa que no sean las corolas de colores, los ramos de brezo, los claveles por docenas. Las violetas.

Se echa de menos el perfume que tan dulcemente invade o invadía ese rincón de casetas idénticas. Todas las paredes de los kioscos están vandalizadas, pintarrajeadas miserablemente. Los módulos, de aire escandinavo, duraron vírgenes demasiado poco tiempo. Se instalaron antes de que la oleada de pintores se animaran a dejar en ellos su huella. Hay carteles de publicidad pegados unos encima de otros.

El proyecto original –la idea de un recodo plácido como una rosaleda o un vivero- quedó desvirtuado. La pintura callejera es demasiado agresiva en este barrio. No han perdonado ni un cierre, ni un solo zócalo. Los dos palacetes decimonónicos de la plaza han sido rehabilitados y puede que se conviertan en hoteles. Sería el propósito. La pandemia, que devastará los negocios de hostelería, arruinará la idea.

El centro de la plaza está acordonado con cinta municipal atada en los troncos de los plátanos, de porte muy notable. Las fuentes correderas de suelo escalonado manaban en murmullo como el agua de molino. Levantadas la terraza del Mariano y la del cafetín romántico esquina de la calle de la Espada. Ni un alma.

Última actualización en Martes, 21 de Abril de 2020 01:49