TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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CASTELLON. Cuaderno de Bítacora de Barquerito: "De vuelta para casa"

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Bitácora. Castellón. 13 de marzo

De las tres playas del Litoral de Castellón, la de El Pinar es la más propicia para un paseo. La playa norte, la del Serradal, tiene un punto artificial; la central, la del Gurugú, es la más salvaje; la llamada del Pinar, que arranca en serio desde el Planetario y llega hasta el Aeroclub, es la más estudiada y cuidada. Su Sendero Azul, paralelo con la línea de mar pero separado de ella por una línea de dunas, es, de los tres tramos del Litoral, el espacio más privilegiado y mejor cuidado.

En el paseo de esta tarde –una luminosa tarde de finales de invierno- se disfrutaba de un fantástico silencio apenas roto por cortejos de gaviotas, palomas y creo que ¿correlimos?, una especie volátil que anida en las dunas. Las obras de saneamiento tras los daños, menores, de la última borrasca parecían casi acabadas. En la terraza de La Ola, el más popular de los garitos de la zona, solo había a las cinco de la tarde una pareja. El Costa Azahar estaba cerrado a cal y canto. Anticiparon veinticuatro horas la norma de la Generalitat que tiene decretado el cierre de bares y restaurantes a partir de la mañana del sábado.

Las cartelas que detallan las características de la playa como escenario natural y protegido son pocas pero certeras. Las nuevas solamente. Las viejas, sencillas y severas, a pie de ruta, fueron debidamente vandalizadas. El mobiliario del Sendero, todo de madera –mesas y bancos largos- es notable, cálido, logrado. Con la nobleza propia de la madera. Todas las pasarelas que se abren camino entre las dunas desde el sendero a la orilla parecen recién renovadas. Las palmeras, de tres especies distintas, han sido podadas a tiempo. Las tamujas forman montones bien apelmazados. Harán leña buena de aroma.

Desde la parada final del Aeroclub hasta las puertas del Planetario hay apenas dos kilómetros. Se hacen a gusto. Un recreo para el espíritu. En un balancín de troncos de pino jugaban dos parejas de adolescentes ajenas a la desbandada de gente. En columpio solitario, algo chirriante, un padre joven mecía en silencio a su hija de dos o tres años. Hay un gimnasio al aire libre antes de embocarse la última o penúltima de las colonias construidas entre el Sendero y la carretera de Benicássim. Ocho atletas entrenaban en la barra fija. Las olas llegan dormidas a la orilla. No sé cuál será el grado de salinidad. Entre tantos detalles de los de las cartelas grandes, ese punto no consta. Se clasifican las dunas con un rigor particular.

El Planetario, adonde quería llegar a tiempo, echó el cierre por la mañana y me quedé sin ver la exposición de marzo sobre dos eminentes geólogos castellonense: Sos i Bayant, y José Royo. Los dos estuvieron en el congreso científico de Moscú de 1937 y por eso fueron perseguidos políticamente. Y proscritos. Sos fue un cerebro extraordinario. Creo que lo invitaron a quedarse en la Unión Soviética. Rehusó la invitación. Le tocó vivir escondido algunos años en Logrosán, provincia de Cáceres. Con nombre fingido, trabajó para la Zeltia, la misma empresa empeñada ahora en la fabricación de alguna vacuna antivirus.

Como apenas soplaba el viento en la playa -¡pero sí en la ciudad!- la afluencia de voladores de cometa en El Gurugú era mínima. Y tan mínima. El martes conté unas cuantas. Esta tarde, solo una, y volada con admirable pericia porque, sin viento, las cometas se desvanecen.

La calle trazada a espaldas del Planetario lleva el nombre del astrónomo Pierre Mechaín, francés ilustrado, que murió en Castellón en el palacio del Conde Pestagua luego de haber dado con la fórmula para calcular del meridiano de Greenwich, que por aquí discurre sin hacer ruido. Como el coronavirus.

El virus, temido tibiamente a principios de semana, ha desatado una alarma salvaje. Colas larguísimas en los supermercados. Gente que se aprovisiona como si fuera el fin del mundo. En el Dina, el bar-pensión de la esquina de Viciana con Doctor Clara, han entrado a eso de las siete y pico la hija de Chimo y su pareja, que acababan de llegar de Alicante, donde ella trabaja, y han contado que en Alicante las alarmas han saltado mucho más que en Valencia o Castellón, donde nos hemos quedado sin toros, sin fallas y sin fiestas de la Magdalena. Y sin estallido de cohetes ni aglomeraciones masivas ni ruidazo festero. Vi el lunes terminar de montar carpas de funciones o de tapeo junto al Parque de Ribalta, que tengo al pie del hotel, y hace un rato he visto cómo acababan de desmontar el último tingado. La sensación de fin de fiesta suele ser triste. Más que nunca esta vez. Mañana entra una cola de borrasca, que azotará el Alto Maestrazgo. Es posible que llueva de madrugada en Castellón.

Al cabo de los años he redescubierto El Triskel en la calle del Maestro Ripollés, frente al Conservatorio. Lo frecuenté a diario en su antiguo emplazamiento del carrer de la Peixcadors detrás de la avenida del Gobernador Bermúdez de Castro. Un casero miope provocó el cierre. Era, creo, el garito con más encanto de Castellón. Una taberna bretona de playa y puerto, dos pisos, acogedor, impecable. Hace dos años Juan, el dueño, que es medio francés, se animó con la versión renovada. Se mantiene la pureza, el respeto a los orígenes: es decir, la crepería es auténtica, trabaja con trigo sarraceno, se ofrecen en rigor todas las especialidades propias de la Bretaña –no pescado-, en una amable y suave música de fondo se dejan oír sones gaélicos, las paredes están decoradas con láminas muy esmeradas de imágenes de ciudades y pueblos bretones, la reproducción de un gaughin espectacular, hay una vitrina de cerámica del país y, en fin, sirven una sopa de cebolla sensacional y un sorbete de mandarina inigualable.

Espero que el tren de mañana a las 14:15 esté en orden.

Bitácora. Castellón. 13 de marzo
De las tres playas del Litoral de Castellón, la de El Pinar es la más propicia para un paseo. La playa norte, la del Serradal, tiene un punto artificial; la central, la del Gurugú, es la más salvaje; la llamada del Pinar, que arranca en serio desde el Planetario y llega hasta el Aeroclub, es la más estudiada y cuidada. Su Sendero Azul, paralelo con la línea de mar pero separado de ella por una línea de dunas, es, de los tres tramos del Litoral, el espacio más privilegiado y mejor cuidado.
En el paseo de esta tarde –una luminosa tarde de finales de invierno- se disfrutaba de un fantástico silencio apenas roto por cortejos de gaviotas, palomas y creo que ¿correlimos?, una especie volátil que anida en las dunas. Las obras de saneamiento tras los daños, menores, de la última borrasca parecían casi acabadas. En la terraza de La Ola, el más popular de los garitos de la zona, solo había a las cinco de la tarde una pareja. El Costa Azahar estaba cerrado a cal y canto. Anticiparon veinticuatro horas la norma de la Generalitat que tiene decretado el cierre de bares y restaurantes a partir de la mañana del sábado.
Las cartelas que detallan las características de la playa como escenario natural y protegido son pocas pero certeras. Las nuevas solamente. Las viejas, sencillas y severas, a pie de ruta, fueron debidamente vandalizadas. El mobiliario del Sendero, todo de madera –mesas y bancos largos- es notable, cálido, logrado. Con la nobleza propia de la madera. Todas las pasarelas que se abren camino entre las dunas desde el sendero a la orilla parecen recién renovadas. Las palmeras, de tres especies distintas, han sido podadas a tiempo. Las tamujas forman montones bien apelmazados. Harán leña buena de aroma.
Desde la parada final del Aeroclub hasta las puertas del Planetario hay apenas dos kilómetros. Se hacen a gusto. Un recreo para el espíritu. En un balancín de troncos de pino jugaban dos parejas de adolescentes ajenas a la desbandada de gente. En columpio solitario, algo chirriante, un padre joven mecía en silencio a su hija de dos o tres años. Hay un gimnasio al aire libre antes de embocarse la última o penúltima de las colonias construidas entre el Sendero y la carretera de Benicássim. Ocho atletas entrenaban en la barra fija. Las olas llegan dormidas a la orilla. No sé cuál será el grado de salinidad. Entre tantos detalles de los de las cartelas grandes, ese punto no consta. Se clasifican las dunas con un rigor particular.
El Planetario, adonde quería llegar a tiempo, echó el cierre por la mañana y me quedé sin ver la exposición de marzo sobre dos eminentes geólogos castellonense: Sos i Bayant, y José Royo. Los dos estuvieron en el congreso científico de Moscú de 1937 y por eso fueron perseguidos políticamente. Y proscritos. Sos fue un cerebro extraordinario. Creo que lo invitaron a quedarse en la Unión Soviética. Rehusó la invitación. Le tocó vivir escondido algunos años en Logrosán, provincia de Cáceres. Con nombre fingido, trabajó para la Zeltia, la misma empresa empeñada ahora en la fabricación de alguna vacuna antivirus.
Como apenas soplaba el viento en la playa -¡pero sí en la ciudad!- la afluencia de voladores de cometa en El Gurugú era mínima. Y tan mínima. El martes conté unas cuantas. Esta tarde, solo una, y volada con admirable pericia porque, sin viento, las cometas se desvanecen.
La calle trazada a espaldas del Planetario lleva el nombre del astrónomo Pierre Mechaín, francés ilustrado, que murió en Castellón en el palacio del Conde Pestagua luego de haber dado con la fórmula para calcular del meridiano de Greenwich, que por aquí discurre sin hacer ruido. Como el coronavirus.
El virus, temido tibiamente a principios de semana, ha desatado una alarma salvaje. Colas larguísimas en los supermercados. Gente que se aprovisiona como si fuera el fin del mundo. En el Dina, el bar-pensión de la esquina de Viciana con Doctor Clara, han entrado a eso de las siete y pico la hija de Chimo y su pareja, que acababan de llegar de Alicante, donde ella trabaja, y han contado que en Alicante las alarmas han saltado mucho más que en Valencia o Castellón, donde nos hemos quedado sin toros, sin fallas y sin fiestas de la Magdalena. Y sin estallido de cohetes ni aglomeraciones masivas ni ruidazo festero. Vi el lunes terminar de montar carpas de funciones o de tapeo junto al Parque de Ribalta, que tengo al pie del hotel, y hace un rato he visto cómo acababan de desmontar el último tingado. La sensación de fin de fiesta suele ser triste. Más que nunca esta vez. Mañana entra una cola de borrasca, que azotará el Alto Maestrazgo. Es posible que llueva de madrugada en Castellón.
Al cabo de los años he redescubierto El Triskel en la calle del Maestro Ripollés, frente al Conservatorio. Lo frecuenté a diario en su antiguo emplazamiento del carrer de la Peixcadors detrás de la avenida del Gobernador Bermúdez de Castro. Un casero miope provocó el cierre. Era, creo, el garito con más encanto de Castellón. Una taberna bretona de playa y puerto, dos pisos, acogedor, impecable. Hace dos años Juan, el dueño, que es medio francés, se animó con la versión renovada. Se mantiene la pureza, el respeto a los orígenes: es decir, la crepería es auténtica, trabaja con trigo sarraceno, se ofrecen en rigor todas las especialidades propias de la Bretaña –no pescado-, en una amable y suave música de fondo se dejan oír sones gaélicos, las paredes están decoradas con láminas muy esmeradas de imágenes de ciudades y pueblos bretones, la reproducción de un gaughin espectacular, hay una vitrina de cerámica del país y, en fin, sirven una sopa de cebolla sensacional y un sorbete de mandarina inigualable.
Espero que el tren de mañana a las 14:15 esté en orden.
Última actualización en Domingo, 22 de Marzo de 2020 23:12