TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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MADRID. Feria de Otoño. Crónica de Barquerito: "Un pobre espectáculo"

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Sin fuelle ni celo, una desigual corrida de Adolfo Martín echa el telón de otoño

Curro Díaz firma muletazos notables

Machada de Chaves para fijar a un quinto destartalado

Madrid, 6 oct. (COLPISA, Barquerito)

Domingo, 6 de octbre de 2019. Madrid. 6ª y última de la feria de Otoño. Estival. 19.130 almas. Dos horas y cuarto de función. Seis toros de Adolfo Martín. Curro Díaz, silencio y saludos. López Chaves, silencio tras un aviso y silencio. Manuel Escribano, silencio en los dos.

TUVO nobleza y mucha cara el toro de Adolfo Martín que partió plaza. Cornalón, paso y veleto, el más aparatoso de la corrida. Uno de los tres cinqueños del envío. Los tres abiertos en lotes y jugados de impares. Degollado, hocico de rata, cárdeno: el código del toro tipo de la casa. Tres puyazos, y ninguno fue de medir las fuerzas del toro, que atacó en banderillas pero llegó rendido a la batalla final, perdió las manos a los diez viajes, se paró después y, aunque en los muletazos en línea se dejó, no llegó a repetir viajes. Estaba vista la cosa para sentencia. Curro Díaz, chispazos con el capote –suelto el toro en los lances de recibo-, manejó sin apuros el asunto. No le impresionaron las puntas del toro, se acomodó a su apagado aire y lo tumbó de un cañonazo desprendido.

Tanta cara como el primero, si no más, sacó el segundo. Un perchero en toda regla. Por escurrido fue protestado. Galope vivito, las manos por delante, fijo en el caballo, resistió sin rendirse un primer puyazo, claudicó al salir del caballo y cobró un segundo picotazo de trámite. Coro de palmas de tango. Se rozó la devolución.

Los capotazos de brega de José Chacón, que toreaba su cuarta tarde en esta feria de Otoño, fueron balsámicos. Tan terapéutica como la brega una paciente y perseverante faena de López Chaves, que todo lo hizo a favor del toro, y, firme y tragón, consentidor y bien colocado, lució el pulso de su toreo de brazos. La falta de poder del toro descontó todo. Y un exceso de cautelas con la espada: cuatro pinchazos sin pasar y una estocada de alivio.

Escribano se ajustó con el tercero, y con el sexto también, al guión preconcebido de todas sus tardes, no importa dónde ni cómo ni por qué: a porta gayola tras mucho ceremonial lleno de tiempos muertos, su tercio de banderillas convenga o no, y, en, fin su buen aire de muletero sereno que en este turno no sirvió de nada, pues, escarbador, ese toro tercero, oliscó, salió gazapón, se revolvió protestando. Del estilo fiero en oleada entrevisto en banderillas, ni rastro. Muy reiterativa, una faena plana justificatoria. Y una estocada trasera.

El cuarto pareció cambiarle el color al espectáculo. Cárdeno claro y gargantillo, justo de trapío para Madrid, fue toro de son distinto a los recién arrastrados. López Chaves se animó con un quite por mandiles bien logrados, tres, y media excelente. El único quite de toda la tarde. Frenadito de partida, protestó por alto el toro, y tomó nota de eso Curro Díaz. Lo que el toro tenía era una mano izquierda más que interesante. Por ella abundó Curro en tandas no del todo cosidas pero salpicadas de dibujos bellos de ver. Hay que saber perderles pasos a los toros de manos distintas –por una sí, por la otra no-  y eso hizo Curro con astucia de viejo zorro. El parpadeo fugaz pasó la barrera y llegó al tendido. Faena celebrada. Un pinchazo, rueda de peones y estocada de muerte lenta sin puntilla. Aplausos para el toro en el arrastre. No solo había cambiado el color de la corrida. También su sabor de boca.

El quinto, un destartalado mozo de 600 kilos, salió enterándose y en la misma puerta de toriles llegó a volverse hasta tres veces. La decisión con que López Chaves fue en su busca en cuanto el toro estuvo fuera marcó los momentos más festejados de la corrida toda. A puro huevo, las bambas del capote por delante y al hocico para encelar al toro, que se le metía por las dos manos y renegaba, y al cabo de siete u ocho lances estuvo resuelto el problema, El toro, en los medios. Y un clamor para celebrar el acierto del torero de Ledesma. De nada sirvió su tesonera porfía muleta en mano. Frenadas, medios viajes, una indomable falta de celo. “`¡Mátalo…!”. Y lo mató Domingo de un bajonazo, de recurso en este caso.

El sexto se encontró con la gente cansada. Hasta el público de aluvión, mayoría en esta baza, empezó a desfilar. En corrida tan desigual e impropia, el sexto se llevó la palma de la rareza. Frentudo, no muy ofensivo pero, encornado trasero y  abiertas las palas, fue toro con plaza. Y el más bondadoso de los seis. Bondad aplomadita y adormecida. Un severo primer puyazo, y dos más seguidos, no fueron árnica precisamente. La morosidad de Escribano en un interminable tercio de banderillas, su empeño baldío por abrir faena de largo para un pretendido pase cambiado por la espalda y el refugio en tablas del toro se sumaron para nublar lo que, sin luz artificial ni tanta fatiga acumulada, podría haber salvado solo en parte mínima el negocio. A la embestida al ralentí del toro –la embestida mexicana, dicen los que han catado en México la sangre de Saltillo- correspondieron algunos muletazos bien tirados y encajados, pero sueltos, del torero de Gerena, que estuvo certero con la espada como casi siempre.

Postdata para los íntimos.- Me ha parecido percibir en el viaje en metro desde la Ópera a los toros que en las tardes de otoño abundan los turistas accidentales, gente que pisa la plaza ajena y de paso. Mucho forastero. Más vale. El viajero sin recursos se refugia en el sol. Cuando se cansa, toma el portante. Las corridas largas terminan de noche. No son horas.

Una vez más me llama la atención que prestan los pasajeros japoneses. Es fácil detectar en la plaza su presencia. Los rodea un aura silenciosa, una natural elegancia, una conducta modélica en público. Las mujeres van tocadas con sobreros de lino o seda de ala ancha. Creo que se llaman o llamaban cubos. Cubos con lazos negros o no. Debajo del palco de prensa, una japonesa lucía un sombrero de color mostaza muy llamativo. No es un color fácil de llevar. Pero ella lo sabía. Lo sabía llevar. A juego con el sombrero, una chaquetón sospecho que de algodón forrado. Y más mostaza. La falda, de estampados de flores sobre fondo negro. No sé si eso es la elegancia. Creo que sí. Ha sido tarde de buscar sombreros, leit motivo de tantos pintores. El de paja del, autorretrato de Van Gogh, por ejemplo. O el de Edward Hopper, que tanto se le parece. Sospecho que la mujer mostaza vino desde Arles a Madrid previo paso por Figueres y Barcelona para ver las cosas de Dalí y Gaudí, que son iconos del Japón interesado por lo que, pareciendo una extravagancia, no lo es. Bueno, a Dalí hay que echarle de comer aparte. Comer en Ca la Tieta, la taberna íntima del Hotel Durán, de Figueres, fonda bicentenaria. La mostaza, en tarro de cerámica. De Dijon. Mañana volará el sombrero hasta Tokio con escala en Abu Dabi.
Última actualización en Domingo, 06 de Octubre de 2019 21:52