TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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SALAMANCA. Crónica de Barquerito: "La corrida de Cuvillo, la mejor de la feria"

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Casi veinte años después vuelve a lidiar en Salamanca la ganadería de mayor regularidad dentro del enjambre Domecq

Un éxito

Orejas a mansalva, un palco frívolo.

Salamanca, 15 sep. (COPISA, Barquerito)

Domingo, 15 de septiembre de 2019. Salamanca. 5ª de feria. Templado, encapotado de partida, soleado después. 6.500 almas. Dos horas y media de función. Seis toros de Núñez del Cuvillo. Antonio Ferrera, dos orejas y una oreja. Manzanares, una oreja y palmas tras un aviso. Juan del Álamo, oreja tras dos avisos y oreja. Alberto Sandoval se agarró a modo con el sexto. Bregaron y parearon con categoría Mambrú y Roberto Jarocho. Pares notables de Daniel Duarte y Fernando Sánchez.

CADA UNO DE LOS toros de Núñez del Cuvillo fue de una manera. Diecisiete años llevaba sin lidiarse una corrida de Cuvillo en Salamanca. El retorno supuso romper, al cabo de siete cursos, con la costumbre de reservar en exclusiva los puestos de la feria a ganaderos charros. La vuelta de Cuvillo no había caído ni bien ni mal sino todo lo contrario. Llegada la hora de la verdad, Cuvillo se trajo una corrida que pareció el catálogo de la ganadería, tan abierta a tantas líneas de la estirpe Domecq y tan marcada por el sello singular de calidad de Osborne. Lote digno de verse.

El toro más hondo y mejor hecho fue un tercero muy corto de manos que galopó como ninguno pero sufrió el quebranto de enterrar pitones dos veces casi seguidas y pagó el poco apresto de una faena de Juan del Álamo corta de aliento e ideas. Los que vieron y sintieron la calidad del toro, una minoría, se lo hicieron saber al torero de Ciudad Rodrigo. Ese toro de tanto calado no llegó a verse y saborearse tanto como cualquiera de los otros dos más celebrados en los fastos previos de la semana: el pasado jueves, uno de Montalvo, y, solo en la víspera, otro de Domingo Hernández.

Pero, medidas las cuatro corridas de la feria por el conjunto, la de Cuvillo puntuó por encima de las demás. Embistieron los seis toros. No todos de la misma forma. Sin contar al tercero, llevaban las orejas colgando tres de los seis del sorteo. Un primero pronto, noble, codicioso y de particular fijeza; un segundo que se soltó del caballo pero mudó en banderillas y tomó engaño con claridad y alegría; y un quinto que apenas picado fue un perfecto bombón, con el sello de la dulzura del toro fijado por Juan Pedro Domecq en su reserva de golosinas. El cuarto sacó una punta de temperamento que no tuvieron los demás y, cuando parecía toro de una sola querencia, pegó al sentir la espada dentro un antológico arreón de fiereza.

El sexto, de raro aire, el que más apretó en un tremendo puyazo –sangre hasta la pezuña tras brava pelea-, arreó en banderillas como ninguno y fue después el de más compleja condición. El único capaz de hacer sufrir a Juan del Álamo precisamente. De obligarle a tragar paquete en pasajes de una porfía trabajosa y desigual –una tanda excelente con la derecha, pero solo una- y rematada con la mejor estocada de la tarde. Junto a la cobrada por Diego Urdiales con el cuarto de Montalvo, también la mejor de la feria.

La condición de los dos toros con su gota de turbulencia puso a prueba a Juan del Álamo, que entró en los carteles de la feria en el puesto reservado a Roca Rey. Le costó mucho entenderse con el sexto, que se revolvía por la mano derecha si no iba empapado y gobernado. Se le fue de las manos el tercero, que solo vio claro a última hora. De manera que la prueba le superó.

Solo que el palco tuvo una tarde espléndida. Seis orejas, seis. Tres para Ferrera. Dos del gran primero, protestada la segunda, y una del cuarto, más protestada que la otra. Una para Manzanares que ni el propio Manzanares, rígido e inseguro, poco convencido, pareció esperar y celebrar. Y dos, una y una, para Del Álamo. Salió gratis la cosa.

Ferrera salió a no perdonar ni una ni media. Presencia incluso agobiante por exceso. Por abuso del toreo de birlibirloque, Por la abundancia de alardes y de guiños cómplices con el tendido. Por sus variaciones caprichosas dentro de dos faenas de vuelo distinto. De mayor rigor la primera, la mejor de toda la tarde, y de mucho vender humo la otra. De nuevo se deleitó Ferrera rescatando de capa piezas del repertorio mexicano y haciendo prenda de rarezas no poco teatralizadas.

Por lo demás, anduvo a gorrazos. Incluso cuando tomó equivocadamente al cuarto por un toro de bizcocho y almíbar. El toro que hizo hilo con él en el arreón final y que pudo haberle costado un serio disgusto. Parte de la teatralidad fue su propósito de recibir a los dos toros con la espada. La suerte se ha puesto de moda. Pero a Manzanares, que fue el primero en desenterrarla, el intento, con el pánfilo quinto, se resolvió pérfidamente: dos pinchazos, una lesión de muñeca y hasta cuatro pinchazos más con la mano muy dolorida.

Postdata para los íntimos.- En un banco del Campo de San Francisco estaba haciendo calceta una joven dama. Ella sola. Éramos en el jardín habas contadas. La lluvia de la madrugada -cayó agua en tromba durante media hora- habría asustado a la gente. El Campo está cercado por una alambrada: reformas en la zona infantil y todo eso. Columpios que chirrían. La estatua de San Francisco, entre las dos pérgolas de piedra, ha sido vandalizada. pintarrajeada. Densas capas de madreselva. Buenos árboles. Pero en parterres con cerquita de cemento. Parecen presos.
Salían de misa de la Veracruz, bella iglesia. Y salían de las Úrsulas turistas de los que visitan la tumba del arzobispo Fonseca, que es imponente. La luz interior de las Úrsulas es sorprendente. La belleza de su ábside, única. Al lado, la estatua de Unamuno, de Pablo Serrano, que es una de sus obras maestras. Paré en el Doctrinos a tomar un crianza de Muga. Se ha puesto de moda. Mucho ruido.
En el vagabundeo penúltimo por la ciudad vieja he comprobado que las torres y la cúpula de la Clerecía, símbolo del poder de la Compañía (los jesuitas), se aparecen desde puntos muy ajenos y lejanos. Para evitar la sobrecarga conviene bajar hasta el puente de los Reyes de España, que fue el primero que cruzaba el Tormes por carretera. y desde ahí, antes de tomar el camino, volverse para admirar la estampa de las dos catedrales fundidas, que son la imagen tradicional de Salamanca contemplada desde el río. Su seña de identidad. Hay un olmo fortísimo en el tramo del paseo bajo del puente. Y prunos muy sanos. En el jardín de las Dominicas, un concurso de cortadores de jamón. En la Plaza Mayor, música y danza charras. Dos danzantes -una pareja- y un tamboril con dulzaina.
La altura de Salamanca sobre el nivel del mar en Aicante es de 782,5 metros.
La llamada Feria de Día, casetas para tapear, hace estragos. Las quitaron del paseo de las Úrsulas. Pero en todas partes escuecen. Unas patatas meneadas en la Rúa pueden ser gran manjar. Y la menestra de verduras del San Antonio, donde sirven gallo fresco. La remozada estación de autobuses no tiene nada de particular. Cerradas todas las tiendas salvo dos. No hoy, que era fiesta, sino ayer, cuando hice una expedición de reconocimiento. De camino, me encontré con una pequeña colonia de vivienda obrera en torno a la plaza de las Cigüeñas. De los años 50. Plácido lugar. Y plácido domingo. Muchas pipas comen en los toros.
La palometa no se ve en las pescaderías de Madrid. Aquí sí. En Andalucia es el pescado de adobar y freír. En el dominical del Grupo Vocento he leído un elogio suculento de la sopa de pescado del Elcano en Guetaria. Vienen a comerla desde países remotos. Para abrir paso al rodaballo. En un escaparate de la estación de autobuses cuelga un cuadro del FROM con un colección de imágenes de los pescados planos asequibles en el mercado. El rodaballo es el rey. Ni la platija, ni el lenguado, ni el fletán, ni la acedía ni mis gallos tan queridos del Txingudi.
El farinato no es un pez plano. Sino todo lo contrario
Última actualización en Lunes, 16 de Septiembre de 2019 22:37