TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

  • Incrementar tamaño de la fuente
  • Tamaño de la fuente predeterminado
  • Decrementar tamaño de la fuente

SALAMANCA. Crónica de Barquerito: "A placer y sabio El Juli, desatado Cayetano"

Correo Imprimir PDF

A hombros los dos

Castigado Morante con el lote de peor trato de una corrida de garcigrandes con el estilo, las formas y las calidades precisas y previstas

La Glorieta, llena.

Salamanca, 14 sep. (COLPISA, Barquerito)

Sábado, 14 de septiembre de 2019. Salamanca. 4ª de feria. Soleado, templado. Lleno. 11.200 almas. Dos horas y diez minutos de función. Cuatro toros de Domingo Hernández y dos -2º y 4º- Garcigrande. El sexto, Barquito, número 119, premiado con la vuelta al ruedo. Morante de la Puebla, pitos en los dos. El Juli, dos orejas y dos orejas tras un aviso. Cayetano, silencio y dos orejas. Picó muy bien al sexto Pedro Geniz. Buen trabajo de Álvaro Montes y Joselito Rus.

EL TORO MÁS SERIO de la corrida partió plaza. Altísimo y ensillado, pechugón. Rompieron algunas protestas al asomar por toriles. Queja injustificada. Se había corrido la voz de que la corrida de garcigrandes venia justa de trapío. Por eso sería. Dispares de cara pero en tipo, toros de los dos hierros con un común denominador. Se salió por arriba y por exceso justamente el primero, que, receloso e incierto, penado por cuatro implacables puyazos tras haber derribado en el que abrió la serie, fue el de peor nota.

 

Frío de salida, se vino al paso, topando  y frenándose, ajeno a engaños. Los cuatro puyazos –tres en la puerta, porque el caballo derribado no se levantó hasta el cambio de tercio- trajeron de coda una creciente escandalera. Escamado, el toro esperó en banderillas y pareció carne de horca a las primeras de cambio. Algo de viento. Morante salió con la espada de acero, pero eso no se supo hasta que a los diez viajes la montó y cobró con ella una entera muy baja. Es probable que el precio del billete incluyera una posible bronca. Los cuatro muletazos con que Morante encontró la igualada muy sencillamente fueron dignos de ver. Raros, bellos, distintos.

Cuando salió el segundo, hubo quien siguió mortificando a Morante, que tanta gente había metido en la plaza. También el segundo fue toro ensillado, pero no tanto como el primero. Abierto de cara, las borlas del rabo por la arena. La arena rosada de Salamanca. Frío de partida, ni pasar de rayas adentro. El Juli lo fijó con poderosos lances de reclamo y remató en los medios. De la jugada salió el toro entregado y descolgado. Como un hechizo. Suelto del caballo, dolido en banderillas, estuvo ahormado en solo cinco muletazos de cata, toma y daca, todo a la vez. A partir de entonces se pegó El Juli un festín.

Iba a ser tarde de las de cuatro orejas, pero esta primera faena fue con diferencia la mejor de las dos. No solo por su precisión geométrica, infalible, sino por su profunda idea: por la manera de enganchar el toro por delante, por saber esperarlo, por llevarlo hasta donde quiso Julián, seriamente compuesto, caprichosamente desmayado al torear muy embraguetado con la zurda, que sigue siendo al cabo de los años su mejor mano. Y hasta por su exagerada manera de rematar faena con una tanda despatarrada en redondo, otra con la izquierda despaciosa y sus adornos de escuela. El toro, que había llegado a recular cuando veía venir a El Juli, rodó sin puntilla de estocada desprendida.

También el tercer fue talludo. Se enceló con el caballo de pica –una sola vara, pero larguísima y severa-, enterró pitones, echó los bofes antes de tiempo y se fue apagandito. Una faena justificatoria de Cayetano. Antes de soltarse el cuarto regaron el ruedo. No todo. Solo el trocito donde indicó Morante. Compañero de lote del primero, este cuarto fue el de menos cara de los seis. Nadie reclamó. Morante descargó la lidia en Mambrú, que ha sustituido a José Antonio Carretero, convaleciente de una lesión. Se enfadó otra vez la parroquia.

No había por donde coger al toro, que se escupió del caballo y, huido, buscó la puerta de corrales. Cobardeó en tablas. En ellas lo tomó en corto Morante con muletazos cautelares, preventivos, bien tirados y de firma propia. Fueron una tanda de anestesia general sin más. De nuevo llevaba Morante en la mano la espada de acero. Dos pinchazos y a paso de banderillas media estocada. Ni quite del perdón ni más nada. No estaba el horno para bollos. El sexto toro cobró tan solo un puyazo, el mejor de la tarde.

Y empezó luego una especie de segunda corrida. En ella se desataron pasiones distintas. El Juli hizo una larga faena de equilibrista con un quinto abrochado, de bella lámina, que perdió muchas veces las manos hasta que El Juli se emperró en que dejara de hacerlo. Y eso pasó. Larga la faena, pero, al cabo, muy largos los muletazos en prueba de destreza y maestría. De la cuerda sin fin de Julián. Y de su caprichosa ilusión a esta alturas de la película. En mitad de esa faena, que fue más técnica que de rutina, El Juli sacó del repertorio viejo el farol verdadero a pies juntos e intercalado, no ligado con el de pecho. Los hubo de pecho a suerte cargada. Y toreo a dos manos también. El cuerno de la abundancia.

Brocho y gacho, pero cargado de culata, el sexto garcigrande, del hierro de Domingo Hernández, fue el más pastueño de la corrida. De carril. Con la movilidad precisa. Una docilidad superlativa. Con música. Con él se dejó ir Cayetano en una desatada faena de rigurosa firmeza, notable colocación, buen juego de brazos, armónica compostura y muchos golpes de sorpresa dentro de las faenas de pauta clásica. Las trincheras, molinetes y hasta uno de pecho de rodillas, un desplante frontal de pie sin armas en el mismo platillo, cambios de mano, el descaro de la ebriedad, sello propio, personal torería. Premio para el toro. Y para el torero que tan buen trato supo darle.

Postdata para los íntimos.- La almendra central de Salamanca, el cogollo antiguo, está peatonalizada casi al completo y solo por un tramo mínimo, en torno a la plaza del Mercado, circula un autobús urbano. De una de las trece líneas de servicio. No hay que contar ni con los nocturnos ni con los especiales. La red de transporte público de Salamanca es la mejor que conozco dentro de su género y de las limitaciones que impone la ciudad histórica. Gracias a los autobuses las dos partes de la ciudad separadas por el río y unidas por  cuatro puentes hábiles -la maravilla del Romano se conserva como ciclopedestre- conviven como una sola.

Creo que en la guía oficial de Turismo de Salamanca -una joyita que se vende por un euro en la Oficina de la Plaza Mayor- he leído que la proporción de espacios verdes de Salamanca es bastante alta. Falces estadísticas. Más de la mitad de las zonas verdes van por cuenta de los dos paseos fluviales, uno a cada orilla. Frondosas alamedas risueñas. El gran parque de los Jesuitas, que baja desde el huerto de la casa de la Compañía hasta los talleres de Mirat, es la gran mancha verde urbana. Mancha invisible. Jardín público pero cerrado.

El entorno de San Esteban -qué maravilla de templo- recibe el frescor del rio y de cipreses o abetos. El Campo de San Francisco es bello pero escaso. Y el parque verdaderamente urbano es la Alamedilla. Esta muy bien puesto el diminutivo. Lo tengo bien estudiado y sentado y vivido. Los árboles pagan el precio de tener que absorber el veneno del intenso tráfico de la ronda oeste: Canalejas, la Gran Via- y de la ronda norte-Mirat, Carmelitas, las avenidas de salida para Zamora y Ledesma. La estrella del parque es un formidable cedro del Himalaya, puesto de relieve en un cerco próximo al estanque donde se bañan blancos cisnes y patos doméstico, cuá.cuá. Hay especies varias -piceas, celindas, almeces y espinos- pero la marca de la alameda son los plátanos de paseo. Y un detalle: la pérgola de madera del café. Pérgola japonesa, pero desnuda de plantas. La acera sur de Carmelitas es un surtido botánico ajardinado.

Muchos comercios cerrados, pero sobreviven todavía algunos clásicos. La tienda de tripas para embutir de Federico Revilla, fundada en 1914, en la Correhuela y llegando al Pozo Amarillo, con su olor a pimentón y su escaparate de aliños matanceros. La perfumería Venus ha cerrado. Parece que apuntalarán el edificio. En cambio, la Drogueria de Escudero, en la plaza del Mercado, conserva su atractivo del primer día. Un día muy lejano. Antes de que las multinacionales depredadoras y destructoras, agentes del cambio climático, pasaran a monopolizar el mercado de la droguería en general. Vale la pena la visita. Y de paso subirse al mercado para sentirse como siempre deslumbrados por los pescaderos maragatos y los chacineros del país. He visto que se vende como especialidad la longaniza parrillera. Quién pudiera. He vuelto a pasar por las casquería más escrupulosa del mundo. Un museo de las vísceras. Y he visto que donde venden el pan de Mombuey, que dura fresco más de una semana, venden también pan de Benavente y de Pelabravo. Y las rosquillas de Ledesma. ¡Las autenticas!

A placer y sabio El Juli, desatado Cayetano

A hombros los dos. Castigado Morante con el lote de peor trato de una corrida de garcigrandes con el estilo, las formas y las calidades precisas y previstas. La Glorieta, llena.

Salamanca, 14 sep. (COLPISA, Barquerito)

Salamanca. 4ª de feria. Soleado, templado. Lleno. 11.200 almas. Dos horas y diez minutos de función.

Cuatro toros de Domingo Hernández y dos -2º y 4º- Garcigrande. El sexto, Barquito, número 119, premiado con la vuelta al ruedo.

Morante de la Puebla, pitos en los dos. El Juli, dos orejas y dos orejas tras un aviso. Cayetano, silencio y dos orejas.

Picó muy bien al sexto Pedro Geniz. Buen trabajo de Álvaro Montes y Joselito Rus.

EL TORO MÁS SERIO de la corrida partió plaza. Altísimo y ensillado, pechugón. Rompieron algunas protestas al asomar por toriles. Queja injustificada. Se había corrido la voz de que la corrida de garcigrandes venia justa de trapío. Por eso sería. Dispares de cara pero en tipo, toros de los dos hierros con un común denominador. Se salió por arriba y por exceso justamente el primero, que, receloso e incierto, penado por cuatro implacables puyazos tras haber derribado en el que abrió la serie, fue el de peor nota.

Frío de salida, se vino al paso, topando  y frenándose, ajeno a engaños. Los cuatro puyazos –tres en la puerta, porque el caballo derribado no se levantó hasta el cambio de tercio- trajeron de coda una creciente escandalera. Escamado, el toro esperó en banderillas y pareció carne de horca a las primeras de cambio. Algo de viento. Morante salió con la espada de acero, pero eso no se supo hasta que a los diez viajes la montó y cobró con ella una entera muy baja. Es probable que el precio del billete incluyera una posible bronca. Los cuatro muletazos con que Morante encontró la igualada muy sencillamente fueron dignos de ver. Raros, bellos, distintos.

Cuando salió el segundo, hubo quien siguió mortificando a Morante, que tanta gente había metido en la plaza. También el segundo fue toro ensillado, pero no tanto como el primero. Abierto de cara, las borlas del rabo por la arena. La arena rosada de Salamanca. Frío de partida, ni pasar de rayas adentro. El Juli lo fijó con poderosos lances de reclamo y remató en los medios. De la jugada salió el toro entregado y descolgado. Como un hechizo. Suelto del caballo, dolido en banderillas, estuvo ahormado en solo cinco muletazos de cata, toma y daca, todo a la vez. A partir de entonces se pegó El Juli un festín.

Iba a ser tarde de las de cuatro orejas, pero esta primera faena fue con diferencia la mejor de las dos. No solo por su precisión geométrica, infalible, sino por su profunda idea: por la manera de enganchar el toro por delante, por saber esperarlo, por llevarlo hasta donde quiso Julián, seriamente compuesto, caprichosamente desmayado al torear muy embraguetado con la zurda, que sigue siendo al cabo de los años su mejor mano. Y hasta por su exagerada manera de rematar faena con una tanda despatarrada en redondo, otra con la izquierda despaciosa y sus adornos de escuela. El toro, que había llegado a recular cuando veía venir a El Juli, rodó sin puntilla de estocada desprendida.

También el tercer fue talludo. Se enceló con el caballo de pica –una sola vara, pero larguísima y severa-, enterró pitones, echó los bofes antes de tiempo y se fue apagandito. Una faena justificatoria de Cayetano. Antes de soltarse el cuarto regaron el ruedo. No todo. Solo el trocito donde indicó Morante. Compañero de lote del primero, este cuarto fue el de menos cara de los seis. Nadie reclamó. Morante descargó la lidia en Mambrú, que ha sustituido a José Antonio Carretero, convaleciente de una lesión. Se enfadó otra vez la parroquia.

No había por donde coger al toro, que se escupió del caballo y, huido, buscó la puerta de corrales. Cobardeó en tablas. En ellas lo tomó en corto Morante con muletazos cautelares, preventivos, bien tirados y de firma propia. Fueron una tanda de anestesia general sin más. De nuevo llevaba Morante en la mano la espada de acero. Dos pinchazos y a paso de banderillas media estocada. Ni quite del perdón ni más nada. No estaba el horno para bollos. El sexto toro cobró tan solo un puyazo, el mejor de la tarde.

Y empezó luego una especie de segunda corrida. En ella se desataron pasiones distintas. El Juli hizo una larga faena de equilibrista con un quinto abrochado, de bella lámina, que perdió muchas veces las manos hasta que El Juli se emperró en que dejara de hacerlo. Y eso pasó. Larga la faena, pero, al cabo, muy largos los muletazos en prueba de destreza y maestría. De la cuerda sin fin de Julián. Y de su caprichosa ilusión a esta alturas de la película. En mitad de esa faena, que fue más técnica que de rutina, El Juli sacó del repertorio viejo el farol verdadero a pies juntos e intercalado, no ligado con el de pecho. Los hubo de pecho a suerte cargada. Y toreo a dos manos también. El cuerno de la abundancia.

Brocho y gacho, pero cargado de culata, el sexto garcigrande, del hierro de Domingo Hernández, fue el más pastueño de la corrida. De carril. Con la movilidad precisa. Una docilidad superlativa. Con música. Con él se dejó ir Cayetano en una desatada faena de rigurosa firmeza, notable colocación, buen juego de brazos, armónica compostura y muchos golpes de sorpresa dentro de las faenas de pauta clásica. Las trincheras, molinetes y hasta uno de pecho de rodillas, un desplante frontal de pie sin armas en el mismo platillo, cambios de mano, el descaro de la ebriedad, sello propio, personal torería. Premio para el toro. Y para el torero que tan buen trato supo darle.


Última actualización en Lunes, 16 de Septiembre de 2019 22:21