TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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SALAMANCA. Crónica de Barquerito: "Un exquisito Urdiales con un bravo montalvo"

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Faena de gran rigor clasicista en medio de un vendaval y un bravo toro Liricón que pareció por todo de la reata del Liricoso indultado en La Glorieta hace un año

Salamanca, 13 sep. (COLPISA, Barquerito)

Viernes, 13 de septiembre de 2019. Salamanca. 3ª de feria. Revuelto, ventoso. 7.000 almas. Dos horas y diez minutos de función. Seis toros de Montalvo (Juan Ignacio Pérez-Tabernero). Diego Urdiales, una oreja y saludos. Ginés Marín, silencio y pitos tras un aviso. Pablo Aguado, saludos y silencio.

LA BELLA Y SERIA corrida de Montalvo trajo dos toros de buena nota. Un primero pronto, vivaz, fijo y de notable recorrido, muy aplicado, de los de darse sin reservas. Bravo de verdad, muy completo. Y muy noble. Se llamaba Liricón. Sería de la misma reata del Liricoso que hace justo un año conoció aquí mismo los honores del indulto. Conductas no idénticas, pero similares.

Y, además del primero, un quinto de formidable hondura, que se empleó de salida y en el caballo más y mejor que ningún otro, atacó y apretó en banderilla y, bravura latente pero innegable, no terminó de verse propiamente en la muleta. El primero, de espléndida salida –galope vivo, atento y poderoso-, rompió con son muy brioso y repitió  con aliento; el quinto, codicioso en el mismo arranque, alternó ataques en tromba con embestidas descolgadas y hasta sorprendentemente pastueñas.

El primero se jugó en medio de un desatado vendaval. No fue preciso que se aplacara el viento para que Diego Urdiales lo toreara con un rigor y una exquisitez nada comunes. Una y otras cosa –las calidades- se antojaban de partida imposibles porque el viento estuvo a punto de arrancarle a Diego el capote de las manos después del tercer encuentro del toro con el caballo, cuando quiso bajarle los humos y atemperarlo.

En varios compases de una faena de impecable trama también el viento se interpuso no pocas veces. Pero ni el viento ni la bravura melódica e imperativa del toro pudieron con la fe, el talento y el sentido torero de Urdiales, que encontró acomodo en un mínimo terreno. Solo en él, entre el burladero de capotes y la segunda raya, hizo exhibición del toreo de asiento y compostura, traído por los vuelos a pesar de los pesares, ligado sin perder pasos, embraguetado, firmísimo, de pulso tan perfecto que en la faena, larguita, no hubo un solo enganchón.

En el toreo con la zurda tocó ayudarse de la espada, y dibujar los que fueron, en el canon clásico, los muletazos más brillantes y caros. El conjunto fue tan armónico como meritorio. No se dejó nada dentro ninguna de las dos partes: ni el toro, ovacionado en el arrastre, ni el torero, que nunca había toreado en La Glorieta y celebró el estreno muy a lo grande. Con un brindis celebradísimo a El Viti, que hace tres años se pronunció en público sobre la categoría de Diego y lo injusto de su olvido. Y con un delicioso remate de faena de toreo frontal previo a una estocada desprendida.

El quinto montalvo no tuvo el son del primero pero sí tanto fondo y hasta más. Sin ser particularmente ofensivo, imponían las hechuras, el cuajo, la hondura. Y la agresividad que delata la casta. Tampoco fue toro de subirse a las barbas. Ginés Marín abrió faena con banderas en tablas, y el toro quiso bien en ese terreno, pero tomó la decisión, precipitada, de irse sin más a los medios para traérselo de largo. Ahí pesó el toro enseguida y mucho.

Ni pensada ni improvisada, ni resuelta ni de renuncio, la faena, castigada por pausas y paseos cargantes, pinchó casi de repente. Los músicos arrancaron antes de tiempo –le dieron dos vueltas al Ragón Felez- y hasta la música irritó a quienes habían tomado partido sin reservas por el toro. Porque querían verlo mejor de lo que se estaba viendo por culpa de dudas y cortes. Con el ambiente en contra, Ginés pareció nervioso. Y, sin embargo, no desistió. Al cabo de un rato enganchó por delante el toro y entonces cambió el decorado. Se vio el toro. Pera ya era tarde. Para el toro hubo en el arrastre ovación de gala.

El papel de la corrida era el de Pablo Aguado, que también debutaba en Salamanca. Como los dos primeros toros habían salido tan nobles –el segundo, apagadito-, se esperaba que el tono siguiera igual, pero el tercero, muy astifino, recogido en verónicas despaciosas, perdía objeto como reparado de la vista y se sembró una gran confusión. Dejaba de atender a reclamo. A la salida del segundo puyazo, enterró pitones. Y escarbó. Fue toro de malos apoyos. Despejada la duda sobre si veía o no –veía-, Aguado le anduvo con su particular espontaneidad, y gustaron los apuntes, pero era toro desganado y el mero saber andar no caló.

Por exageradamente bizco fue protestado un cuarto de largas y finas mazorcas, y un cuerno izquierdo descaradísimo. El toro, apenas picado, cobró un volatín completo que lo mermó y se vino abajo a las primeras de cambio. Urdiales lo tumbó de una estocada extraordinaria. Ginés se había conformado con tandas demasiado cortas en su primer empeño, marcado por el toreo al hilo del pitón y hasta fuera de cacho, y el intento se quedó corto. El sexto, que galopó de salida como un purasangre, cobró un brutal puyazo trasero y barrenado, se engalló en banderillas y, parado en la muleta, fue toro mirón y áspero. Abrevió Aguado.

Postdata para los íntimos.- Más cosas de comer antes del postre. En Salamanca se estila mucho el "bocadillo de francesa". Suena algo raro. Se refiere a la tortilla -babosa o cuajada, según se prefiera- , pero por tortilla como tal se sobrentiende la de patata o patatas. No se sabe de quién fue el invento. Por la página de Campo de La Gaceta de  hoy he sabido de un pleito abierto a propósito del precio de la patata. El precio lo fija la Junta de Castilla y León, Aunque hay diferencias entre la patata para lavar y la patata en fresco, y entre la agria y la que no lo es, y la de calibre mayor y la de mediano, lo lógico sería que un kilo de patatas costara lo mismo en Salamanca que en Valladolid, que son provincias limítrofes. Pues no. El kilo de la salmantina se valora en ocho céntimos menos que la vecina. ¿Por qué? Ni idea. En tierras de caciques andamos.
A la recogida de la patata se le llama el arranque. Bien dicho. Qué rico es el castellano. Y qué ricas las patatas, que este año serán buenas porque en el arranque hace menos calor. El mismo artículo avisa a los consumidores para que consuman patatas españolas, aunque sean de Valladolid, y se olviden de las francesas, especie invasora en las grandes superficies. En la casa de comidas donde me alimento, las francesas aparecen en la carta. Las tortillas, no las patatas. Y se nota la diferencia.
La plaza de los Sexmeros es un rincón no secreto, pero sí muy apacible en la trasera de San Julián, en la subida hacia la Plaza Mayor desde la Gran Vía. Hay dos terrazas silenciosas. Las de la Plaza Mayor a la hora del aperitivo están invadidas por un ruido infernal. El de los conciertos de la Banda Municipal en el escenario tinglado que hay montado delante del Ayuntamiento. Hay micrófonos instalados en el escenario. Un dolor de tímpanos. Los sexmeros eran los concejales que en las edad de Oro de Salamanca controlaban el precio y almacén del cereal. Eran elegidos por los vecinos. Indispensable ser honrado. La fachada de la que fue Casa de los Sexmeros, en piedra noble, se ha conservado con retoques bien disimulados. Ni plateresco ni barroco, las dos claves de la arquitectura de Salamanca. Un aire italiano dieciochesco. Los italianos son casi tan amantes de Salamanca como de Sevilla. He visto en los toros esta tarde a unos cuantos. Piamonteses. Antes eran mayoría los lombardos. Llamamos lombardos a los toros de capa castaña con el lomo más claro que la propia pinta. Milán fue la envidia de Europa.
En cuanto al famoso y temible farinato, ni una palabra. De momento
Última actualización en Lunes, 16 de Septiembre de 2019 22:11