TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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BAYONA, FRANCIA. Crónica de Barquerito: "Gran corrida de La Quinta"

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Tres toros de impecable calidad, de signo distinto los tres, y un conjunto de notable claridad por su brava nobleza

Herido grave Joaquín Galdós al cobrar una estocada.

Bayona, 1 sep. (COL^PISA, Barquerito)

Domingo, 1 de agosto de 2019. Bayona. 3ª de la Feria del Atlántico. Estival. 3.500 almas. Dos horas y media de función. Seis toros de La Quinta (Álvaro Martínez Conradi). Octavio Chacón, saludos y saludos tras aviso. Román, palmas y silencio tras aviso. Joaquín Galdós, palmas y herido al matar al sexto. Picaron a modo Juan José Esquivel al cuarto y David Prados, al sexto.

EL PRIMERO de los seis toros de La Quinta, cinqueño, terciado y sacudido, tan noble como falto de celo, se descaró con los tendidos como buscando a quién, salió distraído de las suertes y en ese son dormido lo hizo por las dos manos. Duro de manos fue. Octavio Chacón anduvo al aire del toro, trató de provocarlo más con la voz que con la muleta y lo tumbó sin puntilla en una versión heterodoxa de la estocada recibiendo. Y soltando el engaño.

Iba a ser corrida variada de pintas, pero primero y segundo fueron fieles a la paleta clásica del toro de Buendía: cárdenos, casi transparentes. El segundo fue el más astifino de los seis. Pocas carnes pero un respeto imponente. Aire frio y distraído en los dos primeros tercios, se dejó sentir en la muleta con peculiar estilo: tanta dulzura como nobleza, más prontitud que entrega, ritmo regular pero no vivo. Siendo franco, no fue toro sencillo.

Román volvía a Bayona al cabo de un año. Aquí lo hirió entonces un toro de La Quinta en un lance desafortunado y de azar: un patinazo en la cal fresca de una raya de picar, caída inerme a merced del toro, una voltereta brutal y una cornada en la pantorrilla. Pudo haber sido peor. Con el son algo inquietante del toro del regreso no se entendió. Una tanda de sedicentes manoletinas se celebró. Desconfiado Román con la espada. Dos pinchazos y una entera defectuosa.

La corrida iba a romper a lo grande en el toro siguiente, un tercero corto y bien relleno, enmorrillado y cabezón. El más en Santa Coloma de todos. No pareció de partida toro de romper –volvió contrario, amagos de irse, pelea blanda y dolida de bravucón en el caballo- pero en banderillas empezó a descolgar y querer. Y de ahí en adelante. Templadas embestidas, repeticiones seguras, notable fijeza en el engaño. Lo vería claro Joaquín Galdós antes de embarcarse en un trasteo serio pero de acompañar viajes más que de gobernarlos. Un punto forzada la figura. Dos tandas rehiladas en redondo, logros pobres por la zurda, que fue mano tan segura como la otra. La gente se calentó. Media estocada tendida, que no bastó, y siete golpes de verduguillo porque el toro no descubría.

De buena nota ese tercero, pero todavía mejores y más completos los de la segunda mitad de corrida, que tuvo por singularidad el ser de hechuras bastante distintas –cada toro, de una manera- pero de comunes calidades. También las calidades parecieron abiertas en abanico. El cuarto, de porte y postura espectaculares, hondo, poderosos pechos, fue de embestidas muy pastueñas. Llenaba la escena cada vez que quedaba solo en ella. Chacón le tuvo el hilo perdido desde casi la primera baza. Abusó de pausas y cortes gratuitos, pero, cuando volvía, el toro lo estaba esperando no sumisamente sino con una suerte de paciente curiosidad.

El quinto, que descabalgó en el primer encontronazo de varas al veterano Justo Jaén y cobró un brutal segundo puyazo de mucho sangrar pero no trasero, fue pura exquisitez. Apoyado en las pezuñas y cañas mínimas del toro tipo de La Quinta –el más frecuente en todas sus camadas-, se empleó con dulzura parecida a la del segundo, el compañero de lote, pero con un recorrido, una entrega y una fijeza muy superiores. En los parones de faena silbaba y casi turreaba. No hubo más música de fondo para la faena que ese querer cantar del toro, con el que, a pesar de los pesares, no llegó a acoplarse Román. Algo de viento de pronto levantado. Un vacío. Este quinto no tuvo tanta vocación de protagonista como el cuarto. Fueron igual de buenos los dos. La bondad brava.

Alto, esbelto y largo, el sexto, cinqueño a punto de cumplir la edad límite de los seis años, escarbó –el único-, guerreó en el caballo –picó y montó muy bien David Prados- y, con su porte tan elegante, y su cuerna remangada e insolente, rompió a embestir sin esperar ni al segundo viaje. Galdós sentiría que la ocasión era única. Las embestidas más humilladas y asaltilladas de toda la tarde. Traído por delante, venia humillado y planeando. Y, si no, se dejaba querer de casi la misma manera. Un son singular.

Estaba difícil elegir entre cuarto y quinto. El sexto puso la elección imposible. Galdós arrancó con pasión, pero fue acusando poco a poco la fatiga de estar en los medios con tanto toro, con la izquierda no se templó y antes de la igualada optó por los socorridos molinetes de rodillas, aquí del todo inoportunos. Se perfiló muy largo con la espada al borde de la segunda raya, atacó en la suerte natural casi a ciegas y de la reunión con la espada salió volteado muy aparatosamente y herido en el muslo derecho de cornada parece que de gravedad. Se asustó todo el mundo. El desdichado final de una corrida tan distinguida e importante. Casi un festín.

Postdata para los íntimos.- Los dos grandes pasos de frontera entre España y Francia son territorio vasco (Irún, Behobia) o catalán (La Junquera/Jonquera, Port Bou, Figueres(Fiigueras). Solo La Junquera conserva su carácter de ciudad de frontera. Era y es término de carretera nacional, la segunda de las seis radiales desde Madrid. Port Bou, adonde llegan todavía trenes franceses del corredor oriental que viene desde Estrasburgo a Perpignan, es ahora mismo un pueblito de la Costa Brava pobre. El único pobre.
La estación término de ferrocarril es muy bonita. Los modernistas dejaron sello. En las taquillas, en los enlosados. La marquesita, inglesa, hierros Eiffel, es muy elegante. La escalinata que comunica estación y pueblo merece la pena. Un poco desarraigada. Pero te lleva desde el tren al mar. El mar de Port Bou, que es una bahía escondida. Hace unos años ardieron todos los montes del entorno. Fue el infierno. Aquí se suicidó en 1940 Walter Benjamin, pensador alemán de la modernidad. Su obra ha pasado el examen del tiempo. La obra accesible, no los ensayos academicistas. Las reflexiones sobre el paso de los días. No todas las traducciones de sus ensayos dispersos son igual de fiables ni legibles. De Port Bou ni una línea. Porque, como casi todo el mundo, Benjamin estuvo en Port Bou de paso. Y tan de paso. Y para siempre.
El cementerio de Port Bou está en lo alto de un acantilado y al cabo de pina cuesta. Los restos mortales de Benjamin no fueron nunca identificados, sino vertidos a fosa común. El recuerdo de Benjamin es un túmulo que baja del cementerio a la bahía. Como en todas las bahias se pesca buen lenguado.
En el Txingudi, que es la frontera fluvial y marítima entre España y Francia, términos de Irún y Fuenterrabía a un lado, y al otro Hendaya, se come gallo finísimo. Gallo de mar. Se come infinitamente mejor en el País Vasco español que en el francés. Y mucho más barato. En Figueras hay dos lugares excelentes: el afrancesado Hotel Durán, donde Dalí comía a diario cuando comía, y el Hotel o Motel Empordá, a la salida de la ciudad y  camino de La Junquera, poblada de restaurantes chinos. Y bazares. En los toros esta tarde he sabido que en lo poquito que queda de Irún como ciudad maldita de frontera hay, junto al Puente de Santiago, un sitio de comer estupendo, el Mikel. Probaré. Antes de venir a Bayona estuve el jueves ganduleando por ese barrio de Irún crecido en torno a la antigua frontera. Ha desaparecido casi toda la parte maldita. Pero aún quedan en pie un hotel -el Aitana- y un pensión -Maricarmen- donde Walter Benjamin habría conservado viva su lúcida inteligencia hasta el último día, Él puso la fecha y la hora.

Venir a Bayona y no picar en el mercado de libros viejos sería pecado. El viernes compré una Historia de Bearn de la colección Que sais Je? tan famosa, la biblia en píldoras de la  cultura universitaria francesa. Años 40, 50, 60 y 70. Y creo que ahí dejó de crecer esa enciclopedia dispersa, y tan didáctica. He devorado unos cuantos capítulos. Y he descubierto que para fronteras malditas la montañosa que separaba y sigue separando el Bearn -Pau, Oloron- del norte de Aragón, Canfranc. Si se hubiera abierto en serio el túnel ferroviario de Somport y establecido el hilo entre las dos regiones, no habría padecido el Bearn tanta pobreza. Ni Huesca habría sido parte de la España abandonada y vacía. No se sabe por qué nunca llegó a abrirse esa frontera cerrada. Lo investigaré.

La exposición de fotografía del Musee Basque está dedicada al ayer y hoy de la Costa Vasca. No ha cambiado tanto en el ultimo siglo. Hemos cambiado nosotros.
Última actualización en Domingo, 01 de Septiembre de 2019 21:47