TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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BAYONA, FRANCIA. Crónica de Barquerito: "Sergio Flores, legítima apoteosis"

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Versión emotiva y convincente del torero de Tlaxcala con un toro descaradísimo y de original aire de Valdefresno

Adrian Salenc, casi a placer con un vibrante santacoloma

Bayona, 31 ago. (COLPISA, Barquerito)

Sábado, 31 de agosto de 2019. Bayona. 2ª de la Feria del Atlántico. Estival, nublado. 4.500 Almas. Dos horas y media de función. Corrida de seis espadas y concurso de ganaderías. Por orden de lidia, toros de Murube (José Murube), Valdefresno (José Enrique y Nicolás Fraile), El Retamar (José Luis Pinto), José Cruz (Rafael Cruz), Los Maños (José Marcuello) y Pedrés (Pedro Martínez).

López Chaves, saludos tras aviso. Sergio Flores, una oreja y dos clamorosas vueltas al ruedo. Miguel Ángel Pacheco, que sustituyó a Tomás Campos, silencio. Juan Ortega, saludos. Adrien Salenc, dos orejas –entregó la segunda, protestada, a Sergio Flores- Dorian Canton, aplausos. Brega notable de Roberto Jarocho con el toro de Valdefresno, al que Tito Robledo prendió dos pares de ejecución y méritos nada comunes.

La primera concurso en la historia de Lachepaillet fue en realidad una corrida de seis hierros. Y de seis encastes distintos. Y de seis toros de dispar condición. Y, además, corrida de seis espadas. No se atendió a las estrictas reglas de las concurso francesas, y eso fue en beneficio del espectáculo, porque lo despojó de los fastidiosos espacios muertos que conllevan. Se picó los seis toros en el mismo terreno y no hubo reclamación para que tomara ninguno una tercera vara. No hubo lugar.

Los dos únicos toros que se emplearon en el caballo fueron el de Valdefresno, segundo de la tarde, y un quinto de Los Maños que lo hizo protestando. El de Valdefresno, de muy original temperamento, cumplió sin más en una segunda vara bien medida. Con uno y otro se vivieron los momentos más brillantes de la corrida. Y en el caso de Sergio Flores, por su manera de estar, arriesgar y entregarse, no solo brillantes, sino estelares.

El toro de Valdefresno, sacudido de carnes, cortos de manos y bajo de cruz, apenas pasó de los 500 kilos, El peso liviano se tradujo en mucha movilidad. Con muchos pies, pero abanto de salida, y a pesar de más de tres o cuatro tentaciones de irse a tablas de media faena en adelante, no captó la atención de todos por su elástica manera de moverse, sino por otras razones. Ante todo, por su cuerna sencillamente disparatada, descomunal. No solo cornalón, sino tan descarado que la cuerda de pitón a pitón rondaría el metro. Imponente envergadura. De los de no caber en los engaños. Pero cupo.

Fue de notable nobleza, humilló y, a reclamo, cuando pretendió soltarse a querencia, vino con entrega. El toro solo no bastó. Lo que puso a la gente a hervir y de pie fue una faena de emociones muy intensas del mexicano Sergio Flores, que en Bayona tomó la alternativa hace siete años y, solo el curso pasado, volvió a Lachepaillet, y toreó más que bien. Con el toro por ver antes de varas, Sergio cobró en los medios y en viajes vivos de largo tres chicuelinas de ajuste dramático y rematadas con larga bien templada por abajo. Tito Robledo clavó dos pares perfectos, Jarocho lidió con maestría, Sergio brindó desde los medios, bramó el toro y entonces empezó la función.

Órdago: desde el platillo, cite en distancia, el cambiado por la espalda. El toro rozó franela y taleguilla. Y ahí se prendió la llama. No cesó el fuego. Lo temerario tuvo el sello de la serenidad, y solo fue el principio. Lo de peso fue el orden sin sobresaltos del conjunto, el temple bueno en muletazos largos, en toques o al vuelo, el asiento que se hizo durísimo cuando el toro empezó a pensárselo y hasta probar. Con las dos manos brotaron muletazos de sencillo trazo. La búsqueda de toro cuando se le iba tuvo acento de torero maduro. Un adorno final por circulares cambiados no tuvo el mismo interés. La estocada fue extraordinaria por todo: la ejecución, la reunión y la salida. El toro rodó. La negativa del palco a conceder la segunda oreja provocó una bronca formidable. Sergio dio dos vueltas al ruedo apoteósicas.

El propio palco premió con largueza, dos orejas, la faena de Adrien Salenc al quinto, un santacoloma de Los Maños. Salenc tuvo el detalle de la tarde, que mucho le honra y dejará recuerdo. Al recoger las orejas, hizo salir a Sergio del callejón, le entregó una de las dos, le pegó un abrazo de fundirse y le invitó a acompañarle en la vuelta al ruedo. No quiso Sergio.

El toro de Los Maños se movió más que ninguno, con un puntito de informalidad, pero más que suficiente para dar alas al joven Salenc, que progresa a pasos agigantados. Templado y descarado a la verónica, resuelto con la muleta, capaz de torear en un solo terreno, con más o menos ajuste, pero gobernando las embestidas, en distancia o no, y a veces muy despacito. El gancho con la gente no es nuevo en Salenc. Pero el mérito fue hacerlo cuando, cumplidas dos horas y pico de corrida, y con luz de focos macilenta, la gente parecía cansada. Y una estocada letal.

El resto tuvo mucho menos calado. El murube de 600 kilos y cinco añitos que abrió fiesta, se revolvió por las dos manos, las apoyaba mal y pegó trallazos. Murió aculado en tablas defendiendo terreno. López Chaves resolvió con calma segura. El toro de El Retamar hizo cosas de reparado de la vista. Miguel Ángel Pacheco dejó probado que es torero de valor. Juan Ortega, demasiado parsimonioso, firmó con un cinqueño aplomado de José Cruz los muletazos de más cadencia de la tarde. El joven Dorian Canton, ante un gigantesco cinqueño de Pedrés que salió manejable, estuvo firme, tranquilo. Valor del bueno. Una esperanza.

Postdata para los íntimos.- La historia de Bayona se ha tenido que rescribir muchas veces. La literatura gratuita, es decir, la turística y municipal, lleva tiempo años tratando de poner en claro el pasado. No es fácil. Hay hechos indiscutibles: fechas, lugares, personas y testimonios escritos. Con todo lo cual no basta. Vascos, gascones, galos de rebote, romanos, normandos, ingleses, corsarios, judíos, belgas, marinos, marineros, portuarios.
La ciudad es preciosa. La Grand Bayonne, la ciudad antigua crecida en la margen izquierda de la Nive, es la razón de ser de tanta belleza. Pero la Petit Bayonne, instalada entre los dos ríos, tiene un frente de río, el de la Nive, espléndido. El arrabal militar de SAint Esprit no tiene casi nada que ver con los otros dos cuerpos de la ciudad. Casi nada, pero el casi tiene su misterio. La estación de ferrocarril se halla en el Saint Esprit, por ejemplo. En torno al tren, y a una precaria estación de autobuses periféricos, creció una madeja de mundos marginales -población emigrante, una precaria zona industrial- y en ellos anidan distintas maneras de ser. Es más barato todo, hay más paro.
No siempre el tren trae prosperidad. En vísperas de grandes reformas -la conexión en serio de la Alta Velocidad por Irún-Hendaya- se avecina sombrío futuro para las tres estaciones clave del tinglado. Bayona es la tercera, porque de aquí se abre la línea que lleva, Burdeos aparte, a Pau y Toulouse. La transición está siendo bastante triste. Las dos cafeterías de la Gare de Bayonne están cerradas. El café de Hendaya, también.

La que fue Estación Internacional de Irún ya tiene categoría de fantasmal. En el vestíbulo se conservan los bancos de espera construidos con material de desecho: traviesas, maderos, soportes de acero. Un mobiliario cuidado, logrado. Todas las edificaciones anexas a la Internacional están abandonadas, los tejados a medio caer. Ya no quedan ni nidos de palomas. Eran edificios muy graciosos, con elementos de arquitectura rural adaptados a la construcción vasca de caserío, severa y ligera. Dentro de tres o cuatro años, los Aves que cruzan frontera no harán parada ni en Irún ni en Hendaya. En Bayona, sí. La parada vale la pena. ¿Harán estación nueva en remoto lugar? Es de temer.

Y, entre tanto, el centro de la ciudad, en el día que el Avirón Bayonnais volvía a jugar en la Primera Liga francesa de rugby, estaba invadida por seguidores, miles, de Aviron, y por cientos de seguidores del Clermont-Ferrand, que era el rival de esta tarde. "Por dos puntos han perdido (los de Bayona)", me ha dicho Lavie. Mientras trataba de dormitar siesta en el Basses Pyrenees, ventana a la Port d'Espagne, me llegaba el rugido del estadio Dauger, en Saint Leon. Cánticos, y subrayados. Rugido suave. He leído en un panel de la Place des Basques que se avecina una transformación integral del glacis de Bayona, y de todo el inmenso parque amurallado. Ya han empezado las obras para meter el trambús desde Saint Esprit a la Alameda.

La remodelación del Hotel des Basses Pyrenees ha sido una obra maestra. Las habitaciones de muralla -esta en que vivo- son celdas silenciosas y luminosas. El restaurante, que abrió a mediodía, es de todos los que conozco de Bayona el mejor de todos. Sencillo, exquisito, carta corta, buena relación calidad/precio. El pavé de merluza "a la española", espectacular. Con sus pasteles de calabacín y judía verde` y su champiñón relleno, y su lluvia de crema de boniato. Y una copita de burdeos.
Última actualización en Domingo, 01 de Septiembre de 2019 13:33