TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

  • Incrementar tamaño de la fuente
  • Tamaño de la fuente predeterminado
  • Decrementar tamaño de la fuente

PAMPLONA. San Fermín. Crónica de Barquerito: "Gravemente herido Rafaelillo"

Correo Imprimir PDF

El cuarto de Miura lo estrella contra tablas al abrir faena, lo cornea en el hemitórax izquierdo y le fractura varias costillas

Corrida dispar con un precioso tercero de buena nota

Pamplona, 14 jul. (COLPISA, Barquerito)

Domingo, 14 de julio de 2019. Pamplona. 10ª y última de San Fermín. Muy caluroso. Casi lleno. 18.000 almas. Dos horas y cuarto de función. Seis toros de Miura. Rafaelillo, saludos en el primero. Cogido por el cuarto al abrir faena. Cornada envainada en el hemitórax izquierdo, múltiples fracturas costales. Operado en la enfermería de la plaza. Pronóstico grave. Octavio Chacón, que mató tres toros por el percance de Rafaelillo, silencio tras aviso en segundo y cuarto, y silencio en el sexto, que se jugó a turno corrido. Juan Leal, vuelta tras un aviso y silencio tras un aviso. Esquivel picó a modo el primero. Un par de gran mérito de Pepe Mora al cuarto y dos de Marco Leal al tercero. Un quite oportuno de Juan José Trujillo.

TODO LO CONTADO Y VISTO de la corrida de Miura antes del sorteo se ajustó al guión casi prescrito. Los tres toros de más arboladura se abrieron en lotes distintos. Un colorado primero descarado y astifino, y tan alto que montaba por encima de la barrera al rematar de salida. Zurrado a modo en  el caballo –certero Juan José Esquivel-, esperó ý cortó en banderillas y tuvo fijeza en la muleta, pero embistió a trompicones. Cuando se revolvió, asomó el genio.

 

El tercero, cárdeno cinchado y calcetero, fue el cromo de colección de la corrida. Tan bello como serio y astifino. Con el punto reservón inherente al miura refrescado, fue el más noble de los seis y el único que, pronto a engaño, descolgó con elasticidad. Como un bólido acudió al caballo y peleó de verdad. El segundo puyazo fue tan trasero como la inmensa mayoría de los que se cobran  en Pamplona en las corridas de aliento. Al cabo de cuatro tandas, hizo amago de rajarse. Simplemente se soltó. Para ese tercero sonaron en el arrastre las palmas. La gente había visto el toro y disfrutado con él.

El jugado de sexto, único negro de un envío de pintas cárdenas sin contar el monumental primero, degollado y agalgado, fino de cabos, sacudido, fue toro de buen aire dentro de su género. No tanto como la joya de la corrida, el tercero, que fue uno de los solo dos cuatreños de la corrida. La de mayor promedio de edad de cuantas lleva Miura lidiando últimamente en sanfermines.

Los tres toros restantes no fueron bombones precisamente. Pero el segundo, zancudo y más bajo de agujas que los demás,  muy astifino, no fue de cofia tan aparatosa como los otros. Corto y relleno, muchas carnes a la vista, el cuarto compensó el aparato y el volumen del cuarto. Y, en fin, el sexto de sorteo y quinto en juego, alzado y escurrido, bastante feo, hizo lo propio con el soberbio tercero: compensar el lote.

Fiel al patrón de Miura, la corrida apretó de bravo en el caballo. También fue el tercero el que mejor y más se empleó. Cuarto y quinto, recostado el uno y protestante el otro, no cumplieron tanto como los otros cuatro. Solo que, ponderando el grado de bravura en varas de los cuarenta y dos toros jugados por delante en la feria, la de Miura contó entre las tres mejores. Naturalmente, no fue sencilla ni de tirar cohetes o soltar globos de colores.

De mitad de corrida en adelante, el festejo quedó marcado por la brutal cogida de Rafaelillo cuando, cerrado en tablas, abrió con el cuarto faena de rodillas y dándole la salida lógica. Las afueras. La voltereta, mayúscula, sobrevino antes de tomar el toro siquiera engaño. Casi antes de que Rafael pudiera poner pie a tierra, el toro volvió a prenderlo y a lanzarlo contra las tablas. Terrible de ver.

La impresión primera no fue de cornada –Rafael ganó la tronera por su pie- pero al ver al torero retorcerse de dolor y ahogarse casi desvanecido, se pensó que llevaría huesos rotos. La cogida trastornó la tarde. La última corrida de San Fermín es una fiesta en gradas y andanadas, y en los tendidos también, y la cogída fue un jarro de agua fría para todos.

Para los propios matadores, por ejemplo. Octavio Chacón firme pero apurado en sus tres turnos, los tres de faenas justificatorias, repetitivas e inacabables. Juan Leal optó por el repertorio de temeridades supuestamente infalibles en Pamplona: la larga cambiada a porta gayola, y tuvo que tirarse en plancha para no ser atropellado, otra larga en tablas, un quite por sedicentes saltilleras, una apertura de rodillas con cambiado por la espalda y tanda gateada en redondo desigual e impropia, desplantes y péndulos buscando acortar distancias, desplantes frontales de rodillas.

La emoción primera se fue diluyendo. Dos vueltas al pasodoble, muy largo. Manoletinas también. Su sello vertical y distinguido de torero valeroso de verdad, pero la cosa terminó con un bajonazo y dos descabellos. Con el quinto, que no paró de apoyarse en las manos o de topar, el torero de Arles intentó sin éxito una faena secante y asfixiante. Un arrimón muy deslucido. La estocada en la barriga fue terrible borrón. La fórmula para matar miuras por arriba y en reuniones a dos tiempos solo la conoce Rafaelillo, que tumbó de estocada hasta la mano el gigantesco toro que abrió la función, Con él se prodigó en temeridades. Entre ellas, la de desplantarse de frente y asirse del pitón derecho del toro en prueba de gobierno.

Postdata para los íntimos.- Hasta el último día se han estado rindiendo en Pamplona homenajes a La Pamplonesa. Habrá más porque el centenario se celebrará solemnemente en otoño. Es de admirar que, teniendo que tocar casi a destajo en las fiestas, la banda no pierda afinación. Regalo para los oídos. No recuerdo otro año en que más veces se hayan dejado escuchar en los toros durante faenas de distinto calado. Meter un pasodoble en la plaza de Pamplona es como hacer pasar un elefante por el ojo de una aguja. No tanto. El repertorio de estos días no ha sido extenso, pero lo escogido ha tenido calidad. Mañana descansarán los músicos.
La corrida de hoy la ha presidido un concejal que es veterinario y ha declarado que los miuras son de "trapío incalculable". El presidente de ayer, el concejal Fernando Sesma, es músico, y bueno. Tocó el clarinete en La Pamplonesa entre 1980 y 1987, fue profesor del Conservatorio y creo que todavía, y dirige la banda municipal de Irún, que toca en el kiosco. Las bandas guipuzcoanas son notables. He escuchado en San Sebastián más de una vez una pieza deliciosa del maestro Sorozábal. "La marcha de Deva".
En la plaza de la Cruz, punto central del Ensache, una plaza jardín con árboles espléndido, todos los días de sanfermines hay a la una de la tarde un concierto de bandas navarras, que se suceden por turnos. Hoy tocaba la de San Adrián. He escuchado a las de Aibar, Buñuel, Aranguren  y la Armonía Bayonesa, que siempre toca el día 8. Lo de hoy me ha llenado mucho. Un acordeonista llamado Miguel Andía ha hecho de solitas en una pieza sencillamente maravillosa del argentino Astor Piazzola. "Oblivión". Nunca imaginé que un acordeón, con su banda de apoyo, pudiera rasgar el aire de esa manera tan sedante. La gente ha aplaudido a rabiar. El director le ha pegado un abrazo. Por lo demás, el surtido de piezas sanfermineras ha sido menú diario. Para concluir, la Jota de San Adrián, música ribera.
Pobre de mí!
Y entonces ¿La marcha de Deva o la Jota de San Adrián?

 

Última actualización en Domingo, 14 de Julio de 2019 21:49