TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

  • Incrementar tamaño de la fuente
  • Tamaño de la fuente predeterminado
  • Decrementar tamaño de la fuente

PAMPLONA. San Fermín. Crónica de Barquerito: "Cayetano, una apoteosis"

Correo Imprimir PDF

Un festín a plaza rendida

Dos estocadas de mérito mayor, una faena de corazón y torería con un toro descaradísimo. Cuatro orejas

Muy distinguido Perera

Cuatro toros buenos de Cuvillo

Pamplona, 12 jul. (COLPISA, Barquerito)

Viernes, 12 de julio de 2019. Pamplona. 8ª de San Fermín. Estival. No hay billetes. 19.800 almas. Dos horas y diez minutos de función. Seis toros de Núñez del Cuvillo. Antonio Ferrera, que sustituyó a Roca Rey, silencio y una oreja. Miguel Ángel Perera, silencio y una oreja. Cayetano, dos orejas en cada toro, paseado a hombros.

LA CORRIDA DE CUVILLO arrancó con el pie cambiado: un primer toro cinqueño de pobre porte y tan afligido que a la media docena de viajes metió la cara entre las manos y pidió la cuenta. Ferrera lo mató a la última. Tres pinchazos, una entera escupida y cuatro descabellos. A renglón seguido cambió radicalmente el panorama. Un segundo de amplia cuna, en la infalible línea Osborne de la ganadería –agujas bajas, tronco cilíndrico-, que dio muy buen juego y, picante por la mano izquierda y pastueño por la derecha, consintió a Perera el toreo en distancia, los muletazos templados de largo trazo y todo el ajuste posible.

Tanto que al llegarse a la cuarta tanda, Perera llevaba manchas de sangre del toro en un elegantísimo terno de seda blanca con golpes de plata y de oro. El torero mejor vestido de la feria. Perera no quiso abundar por la mano díscola del toro, que se le venció en el único intento en serio y tuvo por eso que perderle pasos. Faena cortada a tiempo y ambiente a favor. Una estocada caída fue un jarro de agua fría.

Y luego vino la revolución: Cayetano. La baja forzosa de Roca Rey en el cartel original hizo a los escépticos presagiar alguna devolución de entradas, arañazos en el No hay billetes cantado de antemano. Cayetano cargó a solas en taquilla con el peso de la corrida. Lleno reventón, y la reventa merodeando desde el mediodía por la recién remozada y enlucida portada de la plaza de toros, que ha recobrado su fisonomía original, la del estreno de 1922.

Por si quedaba alguna duda de las pasiones que sin distingos ni reservas lleva levantadas Cayetano en Pamplona desde el mismo día de su tardío debut en sanfermines hace ahora dos años, esta muestra de entrega sin condiciones de la inmensa mayoría. Desde las incontinentes andanadas de sol, donde retumbaban bombos y tambores cuando iba a soltarse el tercer cuvillo, hasta los más comedidos tendidos bajos de sombra. Todos, pendientes tanto del personaje como del torero, que debió de sentirse en loor de multitud desde que salió sin miedo a fijar en el recibo ese toro, el más descarado de los seis. Casi un metro de cuerda de un pitón a otro, cornipaso y no solo playero, muy astifino. Corto de manos también, cara de embestir y tanta bravura como nobleza.

Artillería disuasoria. No importó. Desde los medios brindó Cayetano al público con gesto sencillo y solemne. Desde el brindis mismo no dejó de rodar la cosa. En tablas primero, en las rayas y el tercio después, de largo –distancia pedía el toro- y acoplado, encajado, acompañando el viaje sin un solo enganchón, tocando a tiempo, componiendo la figura sin forzarla, soltando los brazos, rematando  las tandas cortas con largos pases de pecho en línea y a suerte cargada, soltándose con la mano izquierda con desenfado, cambiándose de mano , ayudándose, improvisando la trinchera y desplantándose cuando mejor convino y cuando la plaza botaba de júbilo porque lo que acaba de pasar es lo que todo el mundo había venido a ver.

Cuando Cayetano montó la espada y se perfiló entre las dos ganzúas sin temblor, se hizo un silencio reverencial y ansioso. Una estocada hasta la bola ligeramente trasera, una reunión modélica. De ella salió Cayetano con el engaño en la mano, detalle mayor. Cuando el toro dobló, ardió Troya. Dos orejas. La vuelta al ruedo fue apoteósica.

Ya embalada la fiesta, Ferrera se encontró con un cuarto apagado y aplomado pero de carril, todo a la vez. Un ensayo de toreo de salón sin particular relevancia porque Ferrera torea mejor sin red que con ella. El toro rodó sin puntilla. Y en seguida volvió a encenderse el espectáculo porque Perera estaba inspirado y se le traslucía la fiebre. Remató de salida el quinto, jabonero de hermoso remate, enmorrillado, las palas blancas abiertas, bizquito. Muy buen toro, de darse sin recelos.

Órdago de Perera, que abrió de rodillas de largo y en los medios, se pegó una fiesta entonces y ya no paró salvo para tomarse pausas de respiro que de paso aliviaron al toro. Tandas cadenciosas por las dos manos antes de rematar faena, que fue larga, con un ejercicio de auténtico virtuosismo: rizos, ochos, dobles rizos, roscas por las dos manos, una firmeza conmovedora, un verdadero derroche. Un pinchazo en la suerte contraria y una estocada defectuosa que se llevó por delante una de las dos orejas cantadas, y ganadas por toreo de tanta perfección formal y tanto rigor.

La segunda salida de Cayetano a escena no tuvo el clamor de la primera. Estarían saciados los de las peñas. Pero no. El sexto fue, junto con el jabonero, el toro mejor cortado de la corrida. El que la desigualaba por peso. 560 kilos, cuando el promedio de los otros cinco apenas había superado los 500. Toro de excelente estilo, frío de partida pero enseguida descolgado. En un exceso Cayetano corrió con el peso de la lidia. El toro, bien picado por Pedro Geniz, romaneó en la primera vara, atacó en banderillas y rompió en la muleta a las primeras de cambio. Por abajo y por derecho, con buenos finales, repetidor. El rigor de esta segunda faena de Cayetano no fue el mismo de la primera. El aliento volcado de la gente, sí, muy parecido si no mayor. Aunque ligero, fue trasteo fluido y candoroso. Una tanda despegada mirando al tendido hizo furor. Y, sobre todo, una estocada de tirarse con todo. Fe y arrojo. Para redondear como fuera esta tarde tan feliz. Los máximos trofeos, dicen los clásicos.

Postdata para los íntimos.- Se tiene escrito y leído que Navarra es una España a escala. Las dimensiones, la variedad, la historia, sus usos, leyes y costumbres, etcétera. La teoría no se tiene de pie, pero la idea es recurrente.
Si uno se pone delante de un mapa y lo observa con atención, se descubre que en realidad Navarra es una Francia a escala. El perfil. Apurando límites, Navarra es  un hexágono. Muy irregular, no tan definido como el de Francia. Pero son seis lados. Con sus seis capitales. En la base sur, Tudela, capital de la Ribera, vieja ciudad sabia, hebreo refugio. En el flanco suroriental, Sangüesa, y el apéndice del valle del Roncal. En el ala nordeste, Roncesvalles y, ultrapuertos, Saint Jean-Pied-de-Port y Valcarlos. El Baztán y Elizondo en la raya quebrada norte del Pirineo. Y, en fin, los otros dos lados del hexágono. Por arriba, Urbasa, Aralar y Alsasua. Por debajo, la Ribera lindante con la Rioja y sus pueblos poderosos: Lodosa, Mendavia y San Adrian.

La capital del hexágono es Pamplona, que no es ciudad equidistante de su amplio reino pero lo absorbe entero en su área de influencia. Su río pequeño y serpeante mueve este mundo.

Solo en 2019 el Gobierno de Navarra ha fijado la distancia en kilómetros entre las 35 ciudades y villas de un mínimo de población tasado. De Tudela a Vera de Bidasoa median 157 kilómetros. La mayor en el eje Norte-Sur. De Tudela a Alsasua, 142, la mayor en el eje Este-Oeste. Isaba, en la sierra de Belagua, ya vertiente septentrional del Pirineo y pasado el Roncal, dista de Viana, en casi la raya de Logroño, 155. Pamplona no es el centro puro pero en estos días el centro del mundo. O casi. Más centrada puede estar Tafalla, si medimos por densidad de población.

Navarra se ha dividido desde la antigüedad entre riberos y montañeses. No sé si han terminado de fundirse. Las razas y los credos están mezclados. Vascones, normandos, francos, moros y cristianos, gigantes de la Montaña, alanos y visigodos. Y, por tanto, ¿qué pinta esa ridícula estatua de Sancho el Mayor en la Avenida de la Baja Navarra junto al Colegio de Médicos?

Mientras devoraba unas pochas en el Latxa, un deiicioso local nuevo de Burlada, escuché una impertinencia salvaje a propósito de la riada del Cidacos. "¿Tafalla? ¡Pero si solo ha habido un muerto...! Si solo saben llorar..." Negocios destruidos, pérdidas irreversibles, desolación. Lo que el agua se lleva por delante y nunca más volverá.

Frivolidades sanfermineras. No bebáis de más

Y, luego, qué mal articuladas las comunicaciones: Después de la riada, se ha restablecido el trafico ferroviario entre Olite y Garinoain, pero seguirá siendo un sobresalto el viaje a tumbos. La línea férrea Tudela-Bilbao fue un gran invento. La dejaron casi podrir, Y lo mismo pasó con las líneas de vía estrecha que llevaban de Pamplona al mar, para lo cual hubo que tirar dos lienzos de muralla. El famoso Plazaola.
He hecho un tramito del camino de Santiago a pie. En Burlada: desde la parada de la villavesa del 6 de la calle Mayor hasta la verja del Palacio. Cien metros. Menos es nada. El jardín de Burlada, tan florido, es digno de ver. Hortensias carmesí. Como las jaulas de aves de cultivo, no todas canoras. Pero casi. Un concierto a mediodía. De pajaritos prisioneros. Me acaban de recomendar la sopa de ajo del San Ignacio. Algo tarde. Para otoño será..
Última actualización en Sábado, 13 de Julio de 2019 11:58