TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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PAMPLONA. SAN FERMÍN. Crónica de Barquerito: "Estocadas perfectas de Javier Castaño"

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Corrida muy dispar de José Escolar

Dos toros de buena nota

Un fiero primero, un quinto avieso

Joao Ferreira y Fernando Sánchez ponen de pie al público en banderillas

Pamplona, 9 jul. (COLPISA, Barquerito)

Martes, 9 de julio de 2019. Pamplona. 5ª de San Fermín. Soleado, templado. Lleno. 19.700 almas. Dos horas de función. Seis toros de José Escolar. Fernando Robleño, silencio en los dos. Javier Castaño, una oreja y aplausos. Pepe Moral, saludos en los dos. Dos puyazos excelentes de Pedro Iturralde al segundo y uno notable de Juan Antonio Carbonell al tercero. Joao Ferreira y Fernando Sánchez parearon a segundo y quinto con brillo, riesgo, acierto y mérito, y tuvieron que saludar. Buen trabajo de Marco Galán, Domingo Siro y Pascual Mellinas.

DOS COSAS tuvieron en común los seis toros de Escolar: la pinta cárdena –solo en el sexto predominó el negro entrepelado tan propio del encaste Albaserrada- y las caras abiertas, muy abiertas. Playeros los tres primeros. Cornipaso el muy descarado quinto. De gruesas mazorcas, cornialto y ancha cuna, no tan astifino como los demás, un cuarto de destartalada traza. Y ligeramente tocado, mucho más armónico que cualquiera el último, un sexto que fue el toro de la corrida. El de mejor nota con diferencia.

Corrida de sello propio. Pintas y cuernas aparte, se hicieron bien visibles las señas de identidad de la ganadería. Es decir, su conducta y su carácter, tan singulares, y su variedad, que se dejó sentir de un toro a otro tan llamativamente que pareció corrida de sementales distintos. Lo propio de las ganaderías largas, aunque la de Escolar no lo sea. Y, sin embargo, en esta quinta salida del ganadero en Pamplona, donde ha echado raíces, el conjunto fue menos parejo que otras veces.

La fiereza, condición indispensable, se hizo de partida patente en dos toros: primero y tercero. Solo que en el uno, extraordinariamente mirón, no dejó de latir hasta que no estuvo enganchado del tiro de mulillas; y en el otro se trocó, después de un largo puyazo de serio empleo, en un son muy llevadero porque, de bravo aire, descolgó, humilló y repitió.

A la fiereza del primero se sumaron, además, la agilidad, la listeza, la viveza y la manera de fijar la mirada no en el engaño sino en quien lo blandía, el cuerpo ofrecido sin taparse de Fernando Robleño. Muy dura la prueba, obligado el toreo movido cuando las embestidas fueron de arreón. No hubo en toda la corrida toro con el que más tocara tragar. Tragar esperas recelosas y miradas inquietantes, y viajes revueltos. Eso hizo Robleño con admirable entereza. Y matar, al segundo intento, de excelente estocada.

La fiereza del tercero fue falsa alarma pasajera. Salida de locomotora antes de tomar capa de Pepe Moral por lo vuelos, seria conducta en el caballo y, aunque a punto de venirse abajo en banderillas, remontó en la muleta. Nada que ver con el primero. Dispuesto y decidido, Moral se estuvo en calma en tres primeras tandas de una faena que, ni corta ni larga, airosos los remates de pecho, perdió de pronto el hilo. La mano izquierda del toro se quedó sin ver. Una estocada en el segundo asalto tumbó sin puntilla al toro, aplaudido en el arrastre.

Lo del quinto de corrida no fue fiereza, sino sentido avieso de toro pregonado. Peligrosamente incierto y artero, falto de fijeza, pegajoso las raras veces en que pareció tomar engaño, el toro, cornipaso de generosas espabiladeras, se movía sesgado en señal de cobardonería, de pretender huirse. Javier Castaño tuvo que esgrimir tres o cuatro ataques directamente al cuerpo y lo hizo doblar de una estocada de insuperable dominio técnico, digna de estudio.

De otra estocada de impecable ejecución tumbó sin puntilla al segundo de la tarde, lucido en bellas verónicas, banderilleado muy a lo grande por Joao Ferreira y Fernando Sánchez, y traído con paciencia y asiento en una faena de muleta de son creciente, con dos tandas últimas muy bien rimadas. El toro vino al vuelo y a toques. Antes de la igualada descolgó con gesto casi afligido.

600 kilos dio en básculas un altísimo, badanudo y flacote cuarto que montaba por encima de sus cinco hermanos y casi del propio Robleño. Distraído, boyancón, noblote, la cara suelta por encima del estaquillador, y, sin embargo, Robleño le dio trato de bravo, casi lo convence y sujeta, se puso y no se quitó y hasta fue milagro firmar algún lindo muletazo suelto. Una estocada caída puso fin a la obra cuando ya el toro había renunciado.

Y el postre, que dejó muy buen sabor de boca: un sexto de corrida que cobró de salida un estrellón, atacó con ganas, pidió guerra y peleó en el caballo como los buenos, medio galopó en banderillas y sacó en la muleta prontitud y entrega. Embestidas de rico compás y una faena de Pepe Moral, cautelosa primero pero convencida después, y desigual no solo por eso. Sin el acierto preciso con la espada. También para ese sexto toro hubo en el arrastre aplausos. Se llamaba Salado.

Postdata para los íntimos.- Poco antes del mediodía, ya casi olvidada la tempestad, bajaban las aguas del Arga por la Rochapea como los rápidos del Pirineo. La tromba de agua había llenado de charcos los corralillos del Gas. Estaban expuestos veinticuatro toros de cuatro ganaderías distintas.. Las cuatro que quedan ahora mismo por jugar. Para contemplar desde el mirador blindado la corrida de Miura hubo que hacer cola y espera. El precio de la fama. La corrida es monumental. Yo no recuerdo haber visto seis miuras juntos tan entrados en carnes. Me han gustado mucho los toros de Cuvillo y de Victoriano del Río. Estaban en pie todos ellos. No los de La Palmosilla, dos de los cuales se habían rebozado en el barro. Los rumiantes somos seres bastante caprichosos y a veces mercuriales. Dijo un niño que golpeaba con los nudillos uno de los ventanos: "Los toros escuchan los golpes, ¿verdad, papá?, pero no me ven, ¡a que no?". ¡Ya verás el domingo!

Pasan los meses y nadie repara la presa de la Rochapea, que lleva descompuesta no se sabe cuánto. Los piragüistas del Club Náutico se han cansado de reclamar. Y, sin embargo, desde la Media Luna, cuando iba paseando hacía la plaza a las cinco y poco, divisé dos piragüistas remando junto a las huertas y los invernaderos de la Magdalena. Unos valientes. No estaría tan vivo el río como a la hora de comer.

Las inundaciones de Tafalla, ayer se desbordó el Cidacos y arrasó con todo, han sido devastadoras. Antes teníamos en la grada unas vecinas de Tafalla. Se han pasado al tendido. Traían siempre vino bueno para la merienda. Hoy estarán empezando a levantar cabeza.

Volviendo a la imagen del silo de Urroz, pensé anoche en Aarón y el maná. En aquella película de Cecil B. de Mille. Con Charlton Heston y toda la tropa. El trigo, el maná. ¡Eso es!
Última actualización en Miércoles, 10 de Julio de 2019 07:32