TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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PAMPLONA. San Fermín. Crónica de Barquerito: "Una buena faena de Emilio de Justo"

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Una estocada defectuosa y seis golpes de verduguillo la dejan sin premio

Dos nobles toros de La Ventana del Puerto

Ambiente ruidosísimo

Discretos López Simón y Marín

Pamplona, 7 jul. (COLPISA, Barquerito)

Domingo, 7 de julio de 2019. Pamplona. 3ª de San Fermín. Estival. No hay billetes. 19.800 almas. Dos horas y cuarto de función. Cuatro toros de Puerto de San Lorenzo (Lorenzo Fraile) y dos -4ºy 5º- de La Ventana del Puerto (José Juan Fraile). Emilio de Justo, silencio y silencio tras un aviso. López Simón, silencio tras un aviso y vuelta. Ginés Marín, silencio y silencio tras un aviso.

POCO DESPUÉS DE LAS SEIS ya estaban las peñas de sol en su inmenso escaparate y sin dejarse en el tintero nada: una coral polifónica que no paró en toda la tarde, pero fue casi imposible identificar cantos armonizados ni coplas enteras. La voz humana pudo con el fondo de las charangas, que estaban en minoría y parecieron menos nutridas de lo habitual. El guirigay, la zarabanda, el entusiasmo en catarata: la mecha prendida del 7 de julio en la plaza de toros.

 

Antes de ponerse a rodar la función, un grupo de representantes de las peñas rindió en el ruedo homenaje a La Pamplonesa, la banda municipal, a todas horas dispuesta y afinada, el hilo musical de unas fiestas que no se entenderían sin su música. Y sin sus toros. En septiembre cumplirá La Pamplonesa cien años de vida. Los reconocimientos, unánimes, llegan ahora en avalancha. El subdirector de la banda, Jesús Garisoain, tuvo el honor de prender a mediodía del sábado el chupinazo famosísimo. Y ahora, las peñas se pusieron en pie cuando, tras el tributo de agradecimiento, Garisoain recogió y alzó un sencillo y emotivo regalo: un cuadro con los escudos de todas las peñas de Pamplona sin distinción de credo. Todas.

A las seis y media llegó el momento del plebiscito. Presidia la corrida, con su frac de gala y su sombrero de copa, el nuevo alcalde de Pamplona, Enrique Maya, que lo había sido hasta 2015, la fecha en que los conservadores perdieron las municipales que ahora han vuelto a ganar. De siempre, el plebiscito popular y a pelo del 7 de julio es implacable. Ganó el alcalde Maya por muy sensible mayoría y cuando ya no cabía en la plaza un alfiler. Se desplegaron en sol dos pancartas gigantescas reclamando el acercamiento de presos. Una de ellas, recogida antes de soltarse el primer toro; la otra, después de arrastrado. No se detectó mayor tensión. En dos andanadas de sol se entonó el “¡Yo soy español, español, español…!” y en dos tendidos bajos de sol también se coreó el  “¡Upe-ene kámpora!” de castigo contra el partido del alcalde, reelegido, tras un paréntesis de cuatro años, para un segundo mandato.

Como todo se somete en Pamplona al rigor de los relojes, a las siete menos veinticinco ya estaba en la arena correteando, suelto y apretando para adentros el primer toro de la feria. Un formidable zambombo del Puerto de San Lorenzo. Uno de los tres que pasaron de los 600 kilos del ala. El más ofensivo de los seis. Empujó bravucón en el caballo, cobró mucho y muy trasero –santo y seña de la corrida-, tardeó y esperó en banderillas, y se apalancó después. Viajes rácanos, pero nunca dos seguidos. Unos cuantos trallazos. Sin arredrarse, le anduvo sereno y compuesto Emilio de Justo, que cobró a tiempo una excelente estocada. De la estocada salió el toro en arreón. Durante la lidia, y al cabo de una década, el coro solanero entonó una versión del Te Deum de Charpentier, que fue en su día el himno de apertura de todas las tardes y ya no.

La corrida fue de los dos hierros de Lorenzo Fraile: cuatro del Puerto –encaste Atanasio Fernández- y dos de La Ventana del Puerto, donde conviven una rama de Aldeanueva y otra de El Torreón. Los dos toros de La Ventana –el quinto, de formidable arboladura, muy badanudo, altísimo, largo como ninguno- tuvieron mucho mejor trato que los compañeros de viaje: sin fuerza y venido abajo, remoloneó y echó la cara arriba el segundo;  aunque descolgó, el tercero, brusco al atacar, se vino al bulto por la mano derecha. López Simón y Ginés Marín pasaron página no sin dejar caer algún guiño populista.

La faena de la tarde, por su armazón y seriedad, fue la de Emilio de Justo al cuarto toro, de La Ventana, que compensaba en traza los rigores del tremendo primero de lote. El toro se blandeó escupido del caballo de pica, pero tuvo en la muleta son y prontitud. Fue toro bien gobernado y toreado. Encajado, templado salvo cuando soltó el toro algún cabezazo a final de viaje, el torero cacereño acertó con medida, distancia y tiempos, y en eso dejó marcada sensible diferencia.

La primera merendola del cuarto toro –parón canónico de la semana- no perdonó y la faena no se atendió como merecía. La Pamplonesa la supo subrayar con el “Tío Canillita”, un clásico. Una estocada perpendicular y ligeramente contraria podría haber bastado. Se empeñó la cuadrilla en tocar los costados al toro y, en vez de hacerlo doblar, lo mantuvieron en pie. Error caro. El toro se fue a tablas, no descubrió y a Emilio se le atascó el verduguillo. Seis descabellos, un aviso. Pero contaron las calidades.

El otro toro de La Ventana, el monumento, único colorado del sorteo, salió noble, humilló y quiso, se acabó fundiendo y hasta echando antes de que López Simón pensara ni en montar la espada al cabo de una faena de mucha matraca pero sin mayor relieve. La estocada fue notable, y celebrada, y el torero de Barajas se tomó por eso la licencia de pegarse una vuelta al ruedo del todo gratuita. El sexto del Puerto fue el más atanasio de los cuatro de su hierro. Se abrió mucho, vino a engaño, pareció toro a más, pero al menor tirón claudicaba o patinaba. Sería una lesión de encierro. Nada nuevo. Muy afanoso, en trasteo interminable -¡un aviso cuando iba a atacar con la espada!-, Ginés lo intentó desesperadamente, tirando del repertorio propio, que no procedía.

Postdata para los íntimos.- En la plaza de la Cruz, llena de gente, estuve escuchando a la salida de la misa de mediodía las campanas de San Miguel, que suenan de maravilla. No se trata de compararlas con las de San Lorenzo o San Cernin, porque son mucho más jóvenes y, además, en el Ensanche -la parte primera de Pamplona que creció después del derribo de la muralla oriental-, la resonancia no es la misma que la del casco viejo. En las calles estrechas de la Pamplona de los burgos, sabiamente conservadas o reformadas, la música gloriosa de las campanas encuentro un nido sonoro que todo lo envuelve y toca de gracia. Y más, en la mañana del 7 de julio y durante la procesión del santo, que es la más singular de las muchas fiestas de estos días. Insuperable, incomparable. Parece teatro en la calle, pero no es teatro. Es de verdad. También el repicar de SAn Miguel, que tiene muy disciplinados campaneros. De buen oído. Oír campanas, sí, pero saber dónde.
Última actualización en Domingo, 07 de Julio de 2019 21:49