TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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MADRID, Feria de San Isidro. Crónica de Barquerito: "Despedida de Fernando Cuadri"

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El ganadero de Trigueros, que cede el testigo a sus sobrinos, lidia sin fortuna su última corrida en Madrid y recibe el afecto de la afición

López Chaves, brillante e ilusionado

Madrid, 13 jun. (COLPISA, Barquerito)

Jueves, 13 de junio de 2019. Madrid. 31ª de San Isidro. Primaveral. 16.952 almas. Dos horas y cuarto de función. Seis toros de Cuadri. Rafael Rubio “Rafaelillo”, silencio en los dos. Domingo López Chaves, saludos tras aviso en los dos. Octavio Chacón, silencio en los dos. Juan José Esquivel y Óscar Bernal cobraron buenos puyazos. Brega diligente de José Chacón.

A MITAD DEL DESFILE empezaron a romper desde los altos del tendido 7 muy sentidas palmas que fueron al fin ovación cerrada. No se sabía por quién iba el homenaje, hasta que en el foco mismo del fuego desplegaron una pancarta de dimensiones fantásticas. En ella, junto al hierro y los colores de la divisa de Cuadri, un letrero en mayúsculas: “Don Fernando, gracias por todo”. Don Fernando Cuadri, que en un balconcillo de sombra baja, estaría ajeno a ese gesto de reconocimiento sin precedentes en Madrid.

 

Es bien sabida la modestia sin dobleces de Fernando Cuadri, que estaría con la mente solo puesta en los seis toros de su casa listos para salir. Lo señalaron con el dedo unos cuantos del entorno, la ovación se convirtió de pronto en un rotundo cerco de palmas, como los de los conciertos de música clásica en días de apoteosis, y Fernando Cuadri no tuvo más remedio que ponerse en pie y saludar.

El pasado invierno Fernando anunció que este año iba a dejar la ganadería en manos de sus sobrinos. Esta de Madrid era, por tanto, la última de su larga carrera como criador de bravo y, de paso, creador de un encaste cruzado que respira por cada una de las sangres del cruce, no menos de cuatro, y se tiene por encaste singular y propio. En el historial de la ganadería en Madrid figura casi una docena de toros superlativos, que coparon premios y podrían tenerse por obras maestras, si se entiende como creación la cría de bravo.

Con 602 kilos de promedio, fue esta la corrida de mayor promedio de toda la feria y el sexto, un Goyesco cinqueño negro zaino, el de más trapío de todo San Isidro. Estampa incomparable, como si fuera un paisaje. Gigantesco y, sin embargo, bien rematado, galopó de partida con ligereza y lo hizo frente al tendido 7 con particular estilo. Y entonces se reprodujo una ovación parecida a la del inicio. Que iba por el toro y no por el ganadero, porque la corrida no estaba saliendo como hubiera podido calcularse, sino todo lo contrario. Sí el escaparate. La proverbial hondura del toro fijado en casa de los Cuadri: las astas cenicientas cortas y afiladitas, las crestas hirsutas, las pechugas fondonas, las manos cortas, las redondas y generosas culatas que tanto fuerzan a los toros a abrirse de cuartos traseros al despegar o al frenarse.

Pero solo el escaparate. Detrás de él, una manera muy agresiva de arrear y apretar de salida buscando por debajo de las telas; una tardanza impropia para atender al reclamo del caballo de pica y, una vez en él, peleas sin interés; menos problemas de los habituales en banderillas aunque hubo al menos tres toros que cortaron y esperaron; y, en fin, un apagón general en la muleta que empezó a presentirse desde casi el primer viaje y se hizo patente con solo dos excepciones.

Las de los dos toros que más sangraron en el caballo. Un cuarto que, sin repetir, tuvo más recorrido que los tres jugados por delante, y un quinto que, noble fondo, tomó engaño por la mano izquierda, descolgó y, a su manera, correspondió a la entrega, el saber hacer, el oficio seguro y hasta la pasión de López Chaves, que llevaba siete años ausente de San Isidro. Antes de la larga ausencia, y en su primera madurez –cumplió veinte años de matador de alternativa el pasado septiembre- , cuajó aquí un bravo toro de Cuadri que se vino de largo como en tromba. Todos los toros mayores de Cuadri en Madrid tuvieron por marca sus ataques turbulentos pero no descompuestos, y ese grado tan raro fue sello de la ganadería.

La faena de Chaves al quinto fue la única de brillante viso de toda la tarde, porque, además de calma, seguridad y compostura, tuvo la virtud de ir a más. Los diez muletazos últimos sacudieron de golpe la modorra que tenía invadida la plaza desde que se abrió el portón de toriles. La muerte del toro, un paseo tranquilo en busca de querencia pero sin barbear tablas ni pararse en chiqueros, tuvo acento propio. La faena no tuvo remate con la espada: dos estocadas, dos descabellos. El propio Chaves había resuelto sin ahogos los problemas de un segundo que, según término viejo, fue toro muy quedado. Ni con tenazas. Una buena estocada entonces de Chaves, que tuvo el detalle de sacarla de frente y por delante antes de descabellar.

Rafaelillo, listo y diligente, ganó por la mano a los dos de su lote y los mató con acierto. En los doblones de arranque, requisito imperativo en las corridas de Cuadri, dejó ver su maestría. El primero de corrida se revolvió en un palmo a la defensiva; el cuarto se apalancó tras media docena de viajes claros. Fue el único toro pitado en el arrastre. Octavio Chacón toreaba su tercera tarde de San Isidro y su cuarta del año en las Ventas. Sus intentos de lucir en el caballo al tercero se estrellaron con la renuncia clamorosa del toro, que volvió grupas ajeno; los ataques descompuestos al tomar capa del sexto, que hizo hilo con él y estuvo a punto de desarmarlo, fueron solo el aviso de que el toro iba a terminar probando y afligido. Las dos faenas no pasaron de meras porfías sin eco.

Postdata para los íntimos.- Un amigo de Cabezamesada, el pueblo natal de un taurino célebre, don Diodoro Canorea, me ha reconvenido muy finamente a propósito del enganche del toro de el tiro de mulillas. Entonaré la palinodia: en cuestión de arrastre de toros no debe hablarse de "laceros" sino de "honderos", con hache de honda, como la del bíblico David. Había en Madrid un hondero excepcional que padeció un cáncer de garganta que lo dejó sin habla. Era un maestro en su género. Manolo Chopera, a quien se debe el descubrimiento de Florito como mayoral de las Ventas, lo llevaba, al hondero aquel, a todas sus plazas. No marraba una. Y segunda parte de la palinodia: el garfio del enganche va prendido de la soga y la argolla, del tiro. No es lo mismo aunque el fin sí lo sea.
El de Cabezamesada me ha contado que en su pueblo han construido un museo de cultura rural con toda suerte de aperos de labranza. Por ejemplo, el timón de un arado. Pero nadie de ciudad sabe lo del timón. Ni muchas cosas más. Y dice: qué pena que no les pongan nombre a cosas que lo tenían y lo tienen, pero se perderán antes o después. El oficio de hondero ha desaparecido como tal del mundo del toro. Ahora hace el trabajo un mulillero o un arenero. La obra maestra de don Diodoro, empresario de la Maestranza de Sevilla durante décadas, tiene un nombre: Curro Romero. ¿Cóooomo..?. ¡Comiendo!
Cabezamesada, provincia de Toledo. Hoy celebra fiesta patronal de San Antonio de Padua. Qué grande es la provincia de Toledo, aunque no lo parezca. y Cuenca, más.

 

Última actualización en Jueves, 13 de Junio de 2019 22:13