TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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MADRID, Feria de San Isidro. Crónica de Barquerito: "El Juli y Diego Urdiales, una rivalidad"

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Uno y otro firman sendas faenas de altura con dos toros muy distintos de Núñez del Cuvillo. Un contraste de estilos y concepto, asunto mayor de la Beneficencia

Madrid, 12 jun. (COLPISA, Barquerito)

Jueves, 12 de junio de 2019.- Madrid. 30ª de San Isidro. Corrida de la Beneficencia. Primaveral. 23.624 almas. Dos horas y veinticinco minutos de función. El Rey Felipe, en el palco regio. Dos toros -1º y 4º- despuntados para rejones de Los Espartales (José Luis Iniesta) y, en puntas, tres -2º, 3º y 5º y 6º- de Núñez del Cuvillo y un sobrero -6º bis- de Toros de La Reina (José Miguel Arroyo). Diego Ventura, saludos y una oreja. El Juli, ovación y saludos. Diego Urdiales, saludos tras un aviso y saludos. Herido de gravedad por el tercero Víctor Hugo Saugar al meterse en la tronera. La cornada, contra las tablas, de 35 cms. en el glúteo izquierdo y lesiones varias en músculos t nervio ciático, fue con orificio de salida en la cresta iliaca. Intervenido en la enfermería de la plaza bajo anestesia general. Picó muy bien a los dos sextos Óscar Bernal. Buen trabajo de brega y en banderillas de Álvaro Montes. Sobresaliente de la corrida fue Miguel Ángel Sánchez, debutante en Madrid.

Como todas las corridas de dos espadas y un rejoneador, la de Beneficencia se atuvo a la ley del cortafuegos en el paso de la primera a la segunda parte mitad. Los protagonistas del cartel eran, con cuatro y no seis toros de Núñez del Cuvillo, El Juli y Diego Urdiales. De los dos toros despuntados para rejones, murubes del hierro de Los Espartales, dio cuenta, en papel secundario, Diego Ventura, Una exhibición más de doma que de toreo. Por la falta de celo del cuarto de corrida, que se ponía por delante y se sintió cercado, y por la manera de soltarse del primero, que se llevó puesto más castigo del preciso. Los aires y alardes de monta se celebraron. No tanto los aciertos en las reuniones y clavadas. Un apurado par a dos manos cobrado con el cuarto en los medios sobre el tordo Dólar sin cabezal y una rosa prendida caída al violín calentaron a la gente. El toro, herido de un solo rejón de hoja de peral, murió reculando. La muerte, por espectacular, provocó un flamear de pañuelos.

La única oreja de premio de toda la tarde. Pudieron ser más, pero no tuvo remate con la espada ninguna de las dos faenas relevantes de la corrida: la de Urdiales al único de Cuvillo que pudo matar, tercero, de vibrante juego, y la de El Juli a un jabonero cinqueño de 620 kilos que le acabaron pesando, al toro que no al torero. El Juli había toreado por delante un toro muy frágil que se iba de las manos al menor empeño y lo había hecho con pulso del bueno. Faena paciente y suavecita. Hubo gritos censores por el toro, pero tres tandas finales a cámara lenta y enroscado El Juli con el toro acallaron las disidencias. El toro rodó sin puntilla.

El segundo de los cuvillos en juego le atravesó la nalga contra tablas de un burladero a un peón de la seguridad de Víctor Hugo Saugar, que acababa de salir confiado de un par de banderillas pero le había perdido la cara al toro y, perseguido, no tuvo tiempo de ganar del todo la tronera. Hubo que hacer de tripas corazón y Diego Urdiales se acabó enredando con el toro en una faena con el sello del toreo de cámara, de impecable composición y nada sencilla armonía, pues, traído por los vuelos, el toro se alborotaba no poco al tomar engaño aunque nunca dejara de quererlo.

Cinco, seis tandas, ligadas en el sitio, todas abundantes, salpicadas de remates clasicistas –más veces el recorte o la trinchera que el obligado de pecho- y un final de caro rigor: una tanda con la izquierda labrada a golpe de muñeca, ceñidísima. Inspiración y firmeza. La belleza clásica. Con la gente volcada, Urdiales atacó en la suerte contraria con la espada, atravesó e hizo guardia al toro, que se salió hasta los medios. Un aviso, tres golpes de verduguillo. Aplaudieron en el arrastre al toro.

Parecía obligada una respuesta si no réplica de El Juli. La hubo y sin hacerse esperar: en el recibo del larguísimo jabonero. Cuatro mandiles ajustados muy bien tirados y media cadenciosa de remate. Con bis en el quite tras la primera vara. Ahora a la verónica de lacios brazos y encaje seguro, y media. La salida de Urdiales en su turno de quites no fue afortunada. El toro ya venía entonces descolgado, parecía que solo las fuerzas precisas y a ese aire se acopló El Juli en una faena muy de su sello: resolución, gobierno, sentido de la medida, ni un cuarto al pregonero y la idea puesta solo en el toro, que tuvo en la mano del primer al último muletazo de una faena que duró lo que Julián, dueño de los terrenos, dispuso. A toro parado, péndulos, y tras ellos, despacioso y refinado con la zurda, que, al cabo de los años, sigue siendo su mejor mano. Convincente faena, no solo por sus recursos de alta escuela. Se perfiló de muy largo con la espada, pero no pasó. Tres pinchazos, una estocada.

En el final de corrida la plaza se volvió un gallinero de vivas y más vivas de espontáneos con sus coros. Se devolvió por caerse el sexto de sorteo y entró en liza un sobrero de Joselito que no descolgó ni una vez, tampoco pegó taponazos pero no tuvo recorrido. Empeño de Urdiales a pesar del ambiente de grillera de la plaza entera. Y ahora entró la espada.

Postdata para los íntimos.- Se decía de corridas como las de Beneficencia que "la plaza estaba engalanada". Tapices y guirnaldas colgantes. Si la corrida era de la llamadas patrióticas -en la época de las guerras coloniales-, la bandera española en los carteles y en los palcos. Banderillas de lujo, bandas militares de músicos y la presencia de los Reyes, en los años de la Restauración y del Directorio- y, después de la Guerra de España, del Jefe del Estado.
Para la corrida de Madrid se traían de Méntrida, a partir de no sé qué fecha, unas mulas espléndidas, todas rapadas y rubias, enjaezadas como para una boda. Méntrida era famosa por sus vinos y sus mulas de Beneficencia. En la plaza de Olavide, frente a lo que fue el mercado modernista - obra de Javier Ferrero, arquitecto racionalista-, había bodega de Méntrida que despachaba vino de tinaja. No el vino peleón de castigo de la taberna antigua de Madrid. Otra cosa. La bodega ha sobrevivido. Volaron con dinamita el mercado para hacer pasos subterráneos y aparcamientos. Un disparate irreparable. En el espacio del mercado acabó creciendo un parque bien logrado. Parque invadido por dueños de perros. Y perros felices.
En la calle de Trafalgar, que cruza el parque y cruzaba el mercado, funciona la librería del Boletín Oficial del Estado, que es muy interesante, y entre unos cuantos garitos diversos, un restaurante de cocina sarda auténtica. De Cerdeña, que es una variante insular de la llamada genérica y abusivamente "cocina italiana". Da Giuseppina. Una amplia taberna, las mesas bien separadas, tranquilo ambiente. He leído que al maitre-chef-dueño le han dado un premio por su cordialidad y gentileza. Muy merecido. Cerquita, esa gente tiene una tienda estupenda de productos sardos. Por si practicáis el take-away. La pasta de anchoas vale la pena el viaje. Un viaje a Cerdeña
Última actualización en Jueves, 13 de Junio de 2019 21:07