TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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MADRID. Feria de San Isidro. Crónica de Barquerito: "Notable corrida de Valdellán"

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Representación de los santacolomas de Salamanca, la ganadería leonesa, debutante en San Isidro, sirve un toro extraordinario y un conjunto de interés

Tarde ventosísima.

Madrid, 11 jun. (COLPISA, Barquerito)

Martes, 11 de junio de 2019. Madrid. 29ª de San Isidro. Soleado, fresco, muy ventoso. 13.988 almas. Dos horas y siete minutos de función. Seis toros de Valdellán (Fernando Álvarez). Fernando Robleño, palmas en los dos. Iván Vicente, silencio en los dos. Cristian Escribano, pitos tras dos avisos y palmas. Francisco Navarrete y Adríán Navarrete, padre e hijo, picaron a modo a tercero y sexto. Brega competente de Joselito Rus y José Chacón. Raúl Cervantes prendió al sexto dos pares soberbios.

NO LA ÚNICA, pero la virtud mayor de la corrida de Valdellán fue la de ser distinta a cualquiera de las veintiuna jugadas por delante en la feria. Lo fue para bien. Distinta a las cuatro de común estirpe -la de La Quinta y las tres de identidad Albaserrada- y muy diferente de las de sangres Domecq, Núñez o Atanasio. La referencia de los santacolomas de Salamanca es en San Isidro historia pasada y perdida, y no olvidada pero casi. La corrida de Valdellán la devolvió al que fue su escenario habitual en los años 50 y 60, y no tanto a partir de entonces.

Seis toros, a su vez, bastante diferentes entre sí. Las hechuras, el volumen, el cuajo, el remate, las caras. Generoso escaparate. Un primero negro berrendo y calcetero; dos cárdenos oscuros y no claros, tercero y cuarto; dos negros bragados; y un quinto entrepelado, que fue pinta distintiva del encaste y ya no. Tres toros cinqueños, que se abrieron en lotes, y cuatreños los otros tres, que dieron más promedio de pesos que sus mayores.

La palma en la báscula se la llevó un sexto de 656 kilos, que, todo nobleza y en un primer choquetazo brutal, puso a prueba el corazón del único tordo de la cuadra de caballos de José García y el del picador que lo montaba, Adrián Navarrete, que debutaba en San Isidro. Lo mismo que el ganadero, Fernando Álvarez, criador por amor al arte de criar reses bravas. Su fama bien ganada en el circuito de la Francia torista propició el debut de hierro, ganado y ganadero en Madrid el pasado septiembre. Fue la sorpresa del calendario de desafíos ganaderos, antes llamadas corridas de encastes minoritarios. Con las bendiciones del sector torista de las Ventas, Valdellán se ganó el derecho a debutar en San Isidro. Sin contar a un ganadero de la categoría del mexicano Alberto Bailleres con el hierro de Zalduendo, que es otra historia, quien en rigor se estrenaba en la feria era Fernando Álvarez.

La corrida se vivió en ambiente torista y con los jacobinos a favor de obra. Al ambiente y las expectativas respondió la corrida, no toda entera, pero con la balanza a favor. Solo hubo un inconveniente muy grave: una tarde de viento enredadísimo, que hizo estragos y no dejó sin barrer ni un solo rincón del ruedo. El viento condicionó la lidia de cuatro de los seis toros –solo tercero y sexto se libraron algo de la maldición- y, con matadores y cuadrillas tantas veces al descubierto, el juego se vio muy trampeado.

Hubo en la muleta, y antes en el caballo pero no tanto, un tercer toro extraordinario, el más en el tipo fijado en la ganadería de procedencia –Pilar Población-, que, puro carbón, hizo al embestir el surco con son de auténtico vértigo, irrefrenable codicia, repeticiones de escándalo y, solo al tomar engaño, una fijeza sobresaliente. Cuando no embestía tan en torrente, entre pausas parecía distraerse a capricho. Veintitantas embestidas de antología, que no le vinieron ni grandes ni pequeñas a un matador debutante también en San Isidro, Cristián Escribano, solo que en un momento dado le tocó vivir el vuelco de la gente sin condiciones a favor del toro. Indeciso con la espada, sufrió la afrenta de los dos avisos y casi tres.

No fue el único toro de nota. La bondad y el tranco a compás del sexto y el temple de un quinto tan playero que costaba ajustarlo en la muleta –y el viento por medio- llamaron la atención. El bravo cuarto fue toro demasiado celoso y de cortar, por tanto, viaje. Los dos primeros no corrieron la misma fortuna. El primero se soltó muchísimo, pero metió la cara por el pitón derecho con buen aire. Se acabó largando por su cuenta. El segundo fue con diferencia el de peor nota en todo: caballo, banderillas y más después.

Robleño, recibido con una ovación, manejó la cosa con fino instinto de digamos perro viejo. Habilidoso, le ganó por la mano al primero, que lo miró mucho, y resolvió la papeleta del pegajoso cuarto sin sufrir. A los dos los tumbó de notables estocadas. Iván Vicente fue el más castigado por el viento, que hizo imposible la pelea con el agrio segundo y lo puso dificilísimo con el playero quinto, y más cuando se dejó sentir la toma de partida por el toro. Cristián Escribano anduvo sereno y calmoso, sin aflicciones ni dudas, con el monumental sexto. Tres toreros de la provincia de Madrid. Una mera coincidencia.

Postdata para los íntimos.- Será por falta de afición o de vocación, o quién sabe si cosa de recortar gastos, pero el cupo de areneros de la Ventas se ha reducido llamativamente. El domingo, con la tremenda corrida de Baltasar Ibán, solo hicieron el paseíllo cinco. Y el lunes, creo que seis. Y ayer, lo mismo. Con su camisola verde y su pantalón azul de Vergara y sus tiras encarnadas tan de uniforme circense. Uno de los que salen vestidos de arenero hace además las veces de lacero, que es un oficio de bastante riesgo. Lacear un toro de lidia muerto consiste en anudarle y ajustarle en torno a la cuerna una soga con argolla que se prende del gancho del arrastre del tiro de mulillas. La operación parece sencilla pero no.
¿Por qué? Porque los mulilleros arrean las tres mulas del tiro en cuanto está prendido el toro. El tirón se ejecuta con tanta velocidad que, para evitar ser atropellado y hasta corneado, el lacero tiene que estar atento a echarse atrás. Las prisas son imprescindibles pero nunca buenas. Los mulilleros precipitados se arrancan no pocas veces antes del enganche. Bien domadas, las mulas obedecen la orden del capataz que las frena. Una mula espantada puede ser tan peligrosa como un toro pregonado. En Sevilla, cuando se arrastra un toro, hay un arenero que va barriendo la huella del toro y las pisadas de las mulas. Con esa habilidad que solo tienen los artesanos andaluces. El trallero, que arrea las mulas con trallazos de látigo, es otro de los grandes artista anónimos de la plaza de toros de Sevilla. ¡Cómo restallan a compás los trallazos!
Los areneros de Pamplona son los campeones del mundo. Por la velocidad y la eficacia, por su disciplina. Llevan boina. Los de Madrid, gorrilla. Y los de Sevilla, gorra. En Madrid hubo hasta su retirada voluntaria un arenero artista: César Palacios, excelente dibujante de apuntes taurinos clásicos. pintor, aficionado exquisito y persona cabal. Arenero por ver los toros desde un burladero. O sea, por amor al arte. Daba gusto verle hacer el paseíllo. Y hasta barrer a compás su cachito de arena. Ahora ve los toros desde la barrera.. Con sus gafas tintadas, sus patillas y su parpusa de cuadros. Sí, señor. El que tiene clase, clase tiene.
Última actualización en Miércoles, 12 de Junio de 2019 12:12