TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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MADRID. Feria de San Isidro. Crónica de Barquerito: "Román, herido muy grave"

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Cogido por un fiero tercero al cobrar una gran estocada.

Recompensa para una faena de arrojo extraordinario

Dura corrida de Baltasar Ibán

Notable la entereza de Curro Díaz

Madrid, 9 jun. (COLPISA, Barquerito)

Domingo, 9 de junio de 2019. Madrid, 27ª de San Isidro. Primaveral, algo ventoso. 19.103 almas. Dos horas y veinticinco minutos de función. Seis toros de “Baltasar Ibán” (Cristina Moratiel). Curro Díaz, silencio, una oreja y ovación en el sexto, que mató por cogida de Román. Pepe Moral, silencio y pitos tras un aviso. Román, que sustituyó a Emilio de Justo, una oreja que recogió su banderillero Raúl Martí. Herido muy grave por el tercero en la reunión con la espada. Cornada en la cara interna del muslo derecho de trayectoria de 30 cms. con destrozos en vasto interno y aductores, contusión de arteria femoral y nervio ciático. Intervenido bajo anestesia general en la enfermería. Un excelente segundo puyazo de Santiago Chocolate al tercero. Pascual Mellinas prendió al quinto el par más comprometido de la tarde.

EN LA HONDA, ARMADA y poderosa corrida de Baltasar Ibán vinieron dos toros del mismo nombre y de reata muy antigua en la ganadería: Santanero. Primero y tercero de sorteo. El tercero, cinqueño bien cumplido, fue el más descarado de los dos. A su tremenda envergadura se sumó el cuajo de la edad, el aire de toro viejo. Castaño albardado y montado, detalle que iba a condicionar su conducta. La salida fue prometedora, pero al tomar engaño hizo lo que casi todos los demás: apretar con correoso son y sin terminar de pasar.

 

Como todos, fue toro de apretar en el caballo. En la primera vara derribó después de romanear por los pechos y con la montura pegada a tablas sin escape. En la segunda peleó con genio. Se agarró a modo el menor de los hermanos Chocolate, Santiago. Las cuadrillas parecían en estado de alerta desde el comienzo de festejo. Por derrumbarse en banderillas fue devuelto el primer ibán, de imponente arboladura, lidiado y picado sin acierto ni fortuna. Un sobrero de Montealto enchiquerado por enésima vez en la feria, escurrido y estrecho, con mucha cara, pegó testarazos sin cuento y, agitado y codicioso, acusó los daños de una deficiente lidia a la defensiva, señal evidente de la intranquilidad de la tropa.

Vista al cabo la corrida toda, muy por encima del nivel habitual en la ganadería, vinieron a entenderse las cautelas. El segundo, de cuello y morrillo fantásticos, musculatura extraordinaria, trajo en jaque a todo el mundo después de venirse cruzado antes de varas, donde cobró mucho y empujó. Fue uno de los dos claros de la corrida. Pepe Moral lo pasó a muleta desplegada y sin confianza. Se lo reprocharon los censores.

Después, asomó el tercero, que en banderillas se definió: tardo, reservón, receloso, a la espera, listo. Los intentos por sacarlo de las rayas de Raúl Martí, que lidiaba, no hicieron provecho. El palco hizo pasar a los banderilleros seis veces. En la sexta pasada salió prendido, volteado y pisoteado El Sirio, tercero de cuadrilla. Como fuera, se hizo de ánimo Román, que había entrado en el cartel en sustitución de Emilio de Justo. Con ese ánimo, serio desenfado, y un atreverse sin miedo, Román vivió la faena de mayor trágala de la feria. Los trallazos de protesta de toro escamado y artero no hicieron mella en Román, sino que hasta parecieron espolearlo. La gente reaccionó al sentir el riesgo del trabajo sin trampas ni alivio.

Firmeza de Román, la muleta al hocico, gobernado el primer viaje, ligado y aguantado el segundo, pero de este, o del de pecho, salía suelto a querencia el toro, y a plantarse en ella sin dejar de medir. La agresividad latente se dejaba sentir, pero fue un quién dijo miedo: Román se puso por la izquierda antes de ir por la espada. Era misión imposible. A la hora de cuadrar, el toro recién huido a tablas, había acabado en el punto opuesto donde había empezado el combate, tan severo y fragoroso. En la suerte contraria, Román atacó sin que el toro descolgara, la espada entró hasta el puño pero en ese momento salió prendido, zarandeado y volteado. Brutal. Y ahora se entendieron las reservas de todos.

Iba hora y media de festejo. Tocó seguir. Con todo su trapío, el cuarto, que galopó al caballo, resultó de suave son. Curro Díaz se fue frente a la puerta de la enfermería y sobre la tabla cimera dejó la montera. Brindis a Román. El detalle conmovió a la gente. Curro se entendió con el toro sin pruebas. Una primera tanda de cara pinturería –toreo cambiado por abajo- y tres tandas cortas en redondo, bien rematadas y traídas, mecidas, espaciadas, calmosas. Una estocada soltando engaño. Después de la tragedia, parecía otra la corrida. No por mucho tiempo: el quinto, pájaro de estampa soberbia, castigadísimo en el caballo, sorprendió a Pepe Moral en renuncio manifiesto. Con el sexto, que se orientó de partida, volvió Curro Díaz  a estarse sereno y refinado. Solo que ese último fue de apenas medias embestidas y muy poco querer.

Postdata para los íntimos.- No cabe bromear. Una cogida terrible de ver. No sé si por la fragilidad del torero herido o si por la violencia inmisericorde de un toro viejo.

 

Última actualización en Domingo, 09 de Junio de 2019 22:12