TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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MADRID. Feria de San Isidro. Crónica de Barquerito: "Ferrera pleno, Urdiales exquisito"

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La segunda de las dos corridas de Alcurrucén de San Isidro repartió a uno y otro sendos toros de buen fondo

Con ellos, dos faenas muy distintas, pero de mucho color

Madrid, 7 jun. (COLPISA, Barquerito)

Viernes, 7 de junio de 2019. Madrid. 25ª de San Isidro. Primaveral. 22.400 almas. Dos horas de función.Cinco toros de Alcurrucén y uno -4º- de El Cortijillo, que completaba corrida (Pablo, Eduardo y José Luis Lozano). Antonio Ferrera, saludos y silencio. Diego Urdiales, silencio y saludos tras dos avisos. Ginés Marín, silencio en los dos.

ERA LA SEGUNDA de las dos corridas de Alcurrucén anunciadas en la feria y se hicieron obligadas las comparaciones. Sentencia exprés: fue bastante mejor la del 31 de mayo. Los dedos se hacen huéspedes siempre que un ganadero se atreve en Madrid con dos corridas casi seguidas y con carteles de distinto nivel. La apuesta segura sostenía que la segunda iba a ganar el contraste con ventaja. Los hechos llevaron la contraria a los vaticinios.

Dispar de hechuras fue la primera, pero también esta segunda. Hubo que abrir en lotes dos toros cinqueños –tercero y quinto de sorteo- y emparejarlos, por cierto, con fino criterio: el quinto, el de mejores hechuras de los del hierro de Alcurrucén, con un segundo de pobre remate; el tercero, de hermosa lámina pero justo de cara, con el más ofensivo de todos, un sexto de aire incierto.

El otro lote se haría por compensación y sobrantes. No sin su secreto: el único toro de la familia de los músicos, un Zambombo que partió plaza, tendría que honrar una histórica reata, y lo hizo: fue, al cabo, el toro de más entrega. El que más embistió. Con más electricidad que música, pero sin negarse una sola vez. Fue, por cierto, el único de los seis aplaudidos en el arrastre. Y su pareja: el cuarto, con el hierro de El Cortijillo –los mismos ganaderos, la misma estirpe de Alcurrucén-, completó ese lote de compensación. Un toro de espléndido porte, negro girón, lustroso, largo, con mucha plaza. Se llamaba igual que el menguadito segundo: Socarrón. Ningún parecido entre ellos.

El cartel –Ferrera, Urdiales y Ginés Marín- parecía tener más tirón que el del 31 de mayo: David Mora, Ureña y Álvaro Lorenzo. En eso marró la apuesta. Quinientas gentes más hace una semana. ¿Porque era la tercera tarde de Ferrera en solo siete días de junio? ¿Por ser la segunda de Marín en solo tres? ¿Por ser Urdiales más torero de culto que de arrastrar?

El ambiente de la plaza de Madrid va por días. En esta fecha, tarde de primavera sin viento, estaba mucha gente del revés. Se protestó la presencia de los tres primeros toros y se pidió con gresca la devolución del tercero, que, muy alto de caderas, arrastró cuartos traseros. Sin dejar de meter la cara y darse, por cierto. Se vivió con más calma la segunda mitad de corrida, porque en ella asomaron los tres toros de más plaza. Sin la prontitud y la alegría del primero, pero con mucha nobleza y un punto remolón, el quinto fue toro de buen son.

No fue tarde feliz de los picadores. El toro de El Cortijillo, cuarto de la partida, salió tronchado de un primer puyazo muy lesivo, cobró todavía dos varas más, y aunque antes de banderillas se encampanó como los alcurrucenes buenos, llegó a la muleta tan asustado que acabó reculando cuando sentía a Ferrera acercarse. El sexto, que fue de un caballo a otro por su cuenta y sin fijarse nunca, cobró también puyazos muy traseros. Ninguno de los dos primeros se empleó en varas y los dos se salieron sueltos.

Del gusto de los toreros fueron el primero, faena trepidante de Ferrera, y el quinto, caligráfica faena de Diego Urdiales, de cordial asiento y relevante estilo, encaje impecable, el toreo posado por los vuelos y bien fraseado. Ni el espléndido cuarto ni el chato segundo, que se apoyaba en las manos, dejaron ni a Ferrera ni a Urdiales pretender cosas mayores. Ginés se encontró de perfil a la mayoría: las protestas por la supuesta invalidez del tercero acabaron enseguida rebotando sobre él. Muchos enganchones en el momento en que la faena pudo haber cambiado de signo. Las huidas del sexto no dejaron al torero de Olivenza ni engarzar dos muletazos seguidos.

La faena de Urdiales fue rica en cadencias, seguida sin pausas apenas, tramada y ligada con la derecha, no tanto con la siniestra aunque fuera una de naturales la tanda de mayor calado y tuvo, entre otros méritos, la virtud de ir sacando del toro su fondo mejor. Solo que, larga la faena, se vino a aplomar el toro. Una estocada a paso de banderillas y trasera fue de las de muerte lenta, un tercero y puntillero tan notable como Juan Carlos Tirado levantó al toro y, caprichos del reloj, llegó a sonar un segundo aviso justo al morir el toro del último cachete.

El primero salió frío de verdad y tanto que Ferrera no pudo lucir como suele sus talentos de lidiador hasta la salida del primer puyazo, cuando el toro empezó a despabilarse. La faena fue de formidable determinación. Resuelta y abierta enseguida –al grano sin paja ni demora- y planteada en un rarísimo terreno: entre rayas y tablas de toriles, donde quisieron los dos: torero y toro, que en viajes a querencia no fue tan claro como en los despejados. Llena de cosas en cúmulo, la faena tuvo por cumbre unos cuantos muletazos con la zurda enroscados y a cámara lenta. Y el refrendo de una estocada hasta el puño cobrada al encuentro. No es que Ginés fuera el convidado de piedra. Pero le pesó la tarde. O la mala fortuna.

Postdata para los íntimos.- Si fuéramos ingleses, o inglesas, habríamos hecho cola para ver en la rosaleda del Parque del Oeste las muestras del concurso internacional de rosas de Madrid. La rosaleda está poco concurrida. El viento de mayo ha hecho estragos en las pérgolas y los rosales. Si fuéramos japoneses, no importa el sexo, seguiríamos con la mirada la caída de los pétalos y nos dejaríamos llevar por su fragante rastro. Sentido del tiempo.
Es sorprendente lo poco que los vecinos de Madrid frecuentan los parques. Sin contar el del Retiro en domingo. Se deberá al miedo. Miedo a los indigentes o a los sintecho, para quienes un parque es un consuelo. Al menos, eso. El del Oeste fue creciendo y creciendo desde su idea original. Es un ejemplo de parque inglés. En Madrid son más los jardines de inspiración francesa que los ingleses. La huella borbónica. Alguna huella italiana. Un exceso de amor por la simetría.
Madrid no es una ciudad florida, pero. Pero en una fachada de dos de los mesones de Cuchilleros plantaron una enramada densa y buena, y en el florecieron petunias. Los pétalos de las petunias parecen tan frágiles como el papel de seda, y, sin embargo, resisten lo que les eches: masas de turistas, nubes de humo de tabaco, gritos y susurros.
La plantas oyen. En la esquina de (la calle del) Espejo y Conde de Lemus, cerca de la Ópera, hay una magnífica tienda de plantas y flores -más en semilla que expuestas en maceta- que se llama Fransen y Lafite y donde vi esta tarde, camino de los toros, una buena muestra de salvia azul. La salvia parece brezo, porque es un azul violáceo, y porque la flor es relativamente parecida. Hasta que las tocas. Y entonces sientes que las apariencias engañan. Ni las petunias son frágiles, sino todo lo contrario, Ni la salvia resiste dos envites. En (la calle de la) Independencia resiste la tienda de flores más antigua del barrio: El Real. Todo el año de paseo por delante. Naturaleza silente, La música de fondo de Fransen y Lafite, cuyo interior es como un jardín cerrado, está demasiado alta. En mi modesta opinión, Es el barrio de los músicos