TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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MADRID. Feria de San Isidro. Crónica de Barquerito: "Tomás Campos, salir a morir"

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En su única comparecencia en San Isidro, y con el toro más agrio y cornalón del abono, el torero extremeño da la talla

Corrida ofensiva y de muy mala nota de Las Ramblas

Madrid, 4 jun. (COLPISA, Barquerito)

Martes, 4 de junio de 2019. Madrid. 22ª de San Isidro. Primaveral. 14.434 almas. Dos horas y cinco minutos de función. Seis toros de Las Ramblas (Daniel Martínez). Morenito de Aranda, silencio en los dos. Juan del Álamo., saludos en los dos. Tomás Campos, silencio tras un aviso y saludos. Picaron con acierto Juan Francisco Peña y Óscar Bernal. Cobraron pares de mérito y riesgo Roberto Jarocho, Mambrú, El Víctor y Manuel Larios.

LA DE LAS RAMBLAS fue la corrida más inhóspita de la feria. Por el cuajo y la artillería de cuatro de los seis toros del sorteo y, sobre todas las cosas, por lo que fue tónica de tres de ellos, tercero, cuarto y quinto: medir, enterarse, desparramar la mirada, defenderse, ponerse por delante, o meterse por debajo o por detrás, arrancar engaños de las manos, pegar trallazos y gañafones. Ni siquiera el sentido del toro avieso y predador, sino la agresividad del toro que no se fija ni encela. Esos tres toros, argumento de media corrida y los que la dejaron marcada, eran de pinta idéntica. Los castaños lombardos de procedencia Salvador Domecq, reconocible tan solo por su capa, no por sus hechuras ni mucho menos por su condición.

 

Comparados con esos tres, los otros tres toros parecieron tener hasta trato. No tanto: el primero, mole de 600 kilos, no pudo con ellos. Trasquilado en un duro puyazo, se paró y, aunque cabeceó como casi todos, fue en la muleta inocuo. El segundo, negro girón, de proporciones armónicas, barbeó de salida y buscó puertas de escape y, sin embargo, tomó engaño y repitió. Solo en la que ya fue quinta serie de muleta, empezó a rajarse sin apenas disimulo. Mole ingente y destartalada, el sexto, rebrincadito y de celo remolón, fue, al menos, pronto a engaño. La manera de revolverse fue su cara ingrata, pero menos amarga que las de tercero, cuarto y quinto, que fueron por ese orden y en distinto grado, las tres prendas del envío.

Dentro del abono, pero no de compra preceptiva, la de Las Ramblas contará a final de feria como una de las cinco de asistencia más baja, y tal vez peor registro en taquilla. Dos tercios de plaza. No tendría tirón el cartel de espadas: la primera de las dos de Morenito de Aranda en San Isidro, la segunda y última de las también dos de Juan del Álamo y la única de Tomás Campos, el torero de Llerena afincado en Arnedo al amparo de Diego Urdiales, que solo sumaba en su historial de las Ventas cuatro novilladas y la corrida de confirmación de alternativa el verano pasado. Con una imponente y brava corrida de Montalvo.

Para Tomás, castigado por el azar con el toro realmente peligroso de Las Ramblas, el tercero, la prueba era sobre el papel muy complicada y fue, a la hora de la verdad, todavía más arriesgada y dura de lo anunciado. Cornalón, descaradísimo, ese tercero, la cara arriba desde el primer viaje, lo prendió por la espalda en el remate de una primera tanda laboriosa por la mano diestra. En todos los viajes había disparado y apuntado el toro, pero en el cuarto hizo diana. El terrorífico cuerno tropezó con la banda de la taleguilla y eso evitó lo que pudo haber sido una cornada. La reacción del torero fue de gran serenidad. Ni descomponerse, ni dolerse, sino vuelto al sitio y posarse donde el toro más lo veía.

Revuelto antes siquiera de entrar en suerte, el toro punteó como ningún otro lo había hecho en la feria. Impasible, sin atropellar la razón pero desafiando la lógica, Tomás plantó cara en terreno imposible, tragó quina y saliva, no dio importancia a un gañafón último que lo tuvo colgado del chaleco durante un momento interminable y, vuelto a nacer, solo pudo atacar con la espada en tablas, con el toro recostado en ellas. Tremendo. Pasó mucho miedo la gente. Pinchazo, metisaca, segundo pinchazo y dos descabellos. Rácano reconocimiento.

El sexto, recibido con lances refinados y ahormado en una excelente tanda de doblones, sí dejó a Tomás lucir su rico sentido del toreo: ninguna violencia, muleta bien tenida. Y valor tan conmovedor como el de la baza previa. Pero de otra manera. Ese sexto toro acabó embistiendo al paso y soltándose. Ligar un natural con el de pecho, antes de la igualada, fue detalle mayor. Y una notable estocada.

A Morenito le bastó con su instinto y su oficio para despachar sin apuros tanto al parado primero como al violentísimo cuarto. Juan del Álamo, mucho más animoso que en su primera comparecencia de la feria –la corrida de El Pilar del 21 de mayo-, acertó con la distancia y el cómo con el segundo de corrida, se abrió con él, lo ligó y, antes de pasarse de faena, y de írsele el toro a buscar tablas, se ajustó en serio. Al quinto, que, apoyado en las manos, además de topar echaba la cara por las nubes, le pudo el torero de Ciudad Rodrigo con autoridad, sin apurarse. Y ese fue el mérito.

Postdata para los íntimos.- Las pilastras de la galería abierta de la fachada de las Ventas parecen de lejos de mármol de Macael. No está claro de quien fue la idea de tomarse esa licencia, que casa con la arquitectura moruna pero solo con calzador. Son seis las pilastras, que solo se ven desde la calle y no desde la misma galería. Ayer le puse la mano. Y nada de mármol, mera caliza tintada de rosa. Capitel corintio. Algunos detalles de la plaza parecen de plástico. No el foso del patio de caballos, que, visto desde el mirador de grada, se define como el cuadrilátero perfecto. Los caballos están amarrados en la puerta de las cuadras. A las seis de la tarde ya están vestidos. La cuadra está haciendo su mejor feria de los últimos tiempos. Tal vez de siempre.
En la exposición que en la sala Bienvenida conmemora los cuarenta años de la última corrida de El Viti en Madrid, he tenido el gusto de saludar a un señor de edad respetable y aire senatorial. Mientras contemplaba uno de los retratos de El Viti -dos de un mismo lienzo de pared, uno del año 60 o así, y el otro de veinte años después-, me dice el señor: "Ya no quedan toreros como este, ¿verdad?". Y lo ha dicho sin melancolía. "¿Sabe cuántas ferias de San Isidro llevo viendo?" "Pues..." " Desde el año 47...""¡Todas las ferias!". "Todas, Vine por primera vez a la plaza en 1943". Y me he rendido sin condiciones. "Los críticos hablan muy poco del toro, ¿no?"
Y, luego, adelante con la muestra de retratos. Hay una foto de Cuevas con El Viti jugado con un galgo que se le sube a la cintura, sencillamente antológica. Y otra de Jesús El Chato de un pase de pecho monumental. Y otra, anécdota, que reúne muy juveniles a El Viti y Camino, y, entre los dos, Guillermo Sureda, uno de los mejores escritores taurinos que he leído y conocido. Fue Sureda quien mejor definió la tauromaquia de El Viti. La comparó con monumentos del Renacimiento. El plateresco. Una bella metáfora.

 

Última actualización en Miércoles, 05 de Junio de 2019 11:53