TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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MADRID, Feria de San Isidro. Crónica de Barquerito: "Antonio Grande, incógnita por despejar"

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Interesante presentación del novillero salmantino en Madrid

Muletero de notable estilo

Muy valiente Diego San Román, capaz Juanito Silva.

Un gran novillo de Fuente Ymbro

Madrid, 2 jun. (COLPISA, Barquerito)

Lunes, 2 de junio de 2019. Madrid. 21ª de San Isidro. Estival. 16.581 almas. Dos horas y cuarto de función. Seis novillos de Fuente Ymbro (Ricardo Gallardo). Joao Silva, “Juanito”, palmas y saludos tras aviso. Antonio Grande, ovación tras aviso y silencio tras aviso. Diego San Román, saludos y saludos tras aviso. Grande, de San Muñoz, Salamanca, nuevo en esta plaza. A toro corrido en la puerta y salida tapada, Tito Sandoval le pegó al sexto un soberbio puyazo.

AL CUADRO DE HONOR de novillos de San Isidro –tres del Conde de Mayalde y dos de La Quinta- vino a sumarse el segundo de Fuente Ymbro, de hechuras, conducta y probablemente estirpe distintas a las de los otros cinco. Brocho, esbelto y estrecho, ligeramente montado y agalgado, pareció soltarse antes de varas pero cobró un larguísimo primer puyazo y un segundo corrido y trasero.

Después del segundo, fue sometido a una prueba de quites. Capote a la espalda Diego San Román, en lances ajustados pero de tirón, sedicentes gaoneras. Y la réplica de Antonio Grande, cuyo era el toro, por sedicentes chicuelinas, frontales y despatarradas, no al vuelo sino al corte, y media de rodillas que tuvo, por cierto, el acento del difunto Julio Robles, que hizo costumbre de esa suerte antigua y de alarde.

Antes del quite de San Román y de la réplica, Grande, muy nervioso entonces –era su presentación en Madrid solo ocho días después de haber debutado en Sevilla-, había intentado sacarle al toro los brazos pero en lances enganchados. El aire de torero rodado y preparado de Grande no se hizo notar con el capote pese a sus varios intentos: un fallido quite por delantales en el cuarto, otro por saltilleras que el quinto desbarató con un desarme de los de arrancar la capa de las manos y, en fin, para salvar el honor, un galleo de costado para dejar en suerte frente al caballo al toro que iba a desarmarlo en seguida.

Grande sí se dejó ver como muletero poderoso, de ampuloso trazo largo y encaje seguro, sobre todo con la mano izquierda, por donde vino el notable segundo fuenteymbro humillado y claro. Grande había abierto faena de rodillas y de largo con un farol, o lo que pretendió serlo, porque, arrancado con diligencia, el toro lo desarmó y forzó un cambio de estrategia. Dos acostones del novillo por la mano diestra, hicieron a Grande rectificar y perder entonces ligazón pero sin dejar de tener el toro gobernado.

A suerte descargada, se trajo el toro con limpieza y sin arrebato. Y a suerte cargada también. Solo que la faena fue larguísima y la espada –dos pinchazos sin cruzar y un metisaca en los blandos- pareció la asignatura pendiente. En Salamanca se sigue con ilusión al torero, que es del muy taurino enclave de La Fuente de San Esteban y tiene en la zona un rival directo, Manuel Diosleguarde, que se ha bautizado en los carteles con el nombre de su pueblo natal.

La novillada de Fuente Ymbro –cuarta salida de la ganadería este año en las Ventas- salió muy desigual de todo: fachada, condición y trato. Noble y llorón -¡muuuu…!”-, el primero, blando y geniudo en varas, dio en la muleta buen juego; el tercero, escamado tal vez por mal manejo, quiso tablas y solo tablas; el cuarto fue manejable no sin algún parón de renuncio; el sexto, cuajo de toro, sangró a modo después de pasar por el caballo y, rebrincado primero y parado después, se defendió de cobardón.

Ese sexto le pegó a Diego San Román la voltereta más difícil de lo que va de feria, donde ha habido tantas. Pero es que en esta baza la cogida fue un triple de tres tiempos, porque, antes de hacerlo caer a plomo, el toro, que lo prendió por la mano izquierda,  se pasó al torero de Querétaro de un cuerno a otro como si jugara al diábolo con él en la cuerda. Hubo impresión de cornada, o cornadas, pero Diego se levantó en cuanto pudo y volvió al toro con una entereza admirable. De su valor sin cuento, Diego ha dado pruebas dondequiera que ha toreado: en Valencia, en Salamanca, en Nimes, en Calasparra. En esta baza, castigado por el sorteo –los dos toros de peor nota con diferencia-, el torero solo pudo acreditar su corazón al atacar con la espada. Y por no volver la cara nunca.

A un paso de la alternativa, Joao Silva, Juanito, lusitano de Monforte, cercano a la familia Moura y formado en la escuela de Badajoz, demostró estar más que preparado para el salto. Con los dos novillos anduvo seguro, poderoso, templado y firme. El aire de seguridad del novillero capaz y ambicioso. Capaz de pasarse de faena, también. Y de tanta entrega como ciencia con la espada. Ha ido progresando más que bien

Postdata para los íntimos.- Entre los detalles entre raros y originales de la plaza de toros de Madrid cuenta mucho el patio del desolladero. Irrepetible como torero, persona y personaje, Antonio Chenel, Antoñete, que echó en él dientes y raíces, siempre se refería a la plaza como "Madrid" y punto. El patio fue en teoría una dependencia aparte, de acceso restringido. En un palacete moruno en forma de uve, de ladrillo y tejadillo a tres aguas, se instaló a un lado, junto al portón, el desolladero propiamente, con sus pilas, grifería, ganchos y mesas de despiece; y al otro, las oficinas de la empresa, donde se contrataban, o no, toreros, ganaderos y la interminable nómina de personal adyacente. La vivienda del mayoral de la plaza, el puesto de mayor responsabilidad de todo, separa o une el desolladero de y con las oficinas. Desde la casa del mayoral se accede al corral donde viven acomodadamente los bueyes de la parada, que tanto trabajan. En el patio natural entre viviendas plantaron un día dos prunos, y un emparrado y luego más árboles, no muchos, de modo que el espacio pasó a ser un jardín. En él se veneran los bustos esculpidos de los dos empresarios que supieron reafirmar la primacía de la plaza de Madrid en momentos nada sencillos: don Livinio Stuyck y don Manuel Martínez Flamarique, alias Manolo Chopera. No se sabe de quién fue la idea de convertir la puerta del desolladero en lugar de encuentro y no solo en vía de acceso y salida. Pero así fue y sigue siendo. Un barullo. Los toros, y los bueyes también, prefieren el silencio.