TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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MADRID. Feria de San Isidro. Crónica de Barquerito: "Triunfo fortísimo de Emilio de Justo"

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El torero cacereño cuaja de capa y muleta con la mano izquierda un bravo y noble toro de Victorino Martín

Daniel Luque firma pasajes de toreo posado y casi de recreo

Madrid, 29 may. (COLPISA, Barquerito)

Miércoles, 29 de mayo de 2019. Madrid. 16ª de San Isidro. Primaveral, ventoso. 22.014 almas. Dos horas y diez minutos de función. Conmemoración del centenario de la antigüedad del hierro del Marqués de Albaserrada. En meseta de toriles, el Rey Juan Carlos, muy ovacionado al llegar y al recibir brindis de los tres espadas. Seis toros de Victorino Martín. Octavio Chacón, silencio y silencio tras aviso. Daniel Luque, saludos tras aviso y silencio tras aviso. Emilio de Justo, silencio tras aviso y oreja. Hicieron saludar a Gómez Odero por su brega con el sexto. Morenito de Arles y Pérez Valcarcel prendieron notables pares.

LA CORRIDA, BIEN cortada pero nada aparatosa, y con ella el espectáculo rompieron a última hora y al echarse aunque no del todo un viento perturbador. Fue con un toro sexto Dictador, cárdeno, abierto de cara, de bonito remate. No había galopado de salida ninguno de los cinco victorinos arrastrados para entonces, pero este lo hizo. Galope precedido del trotecito vivo y reunido tan propio de la ganadería.

Sin lances previos de prueba, como si se supiera de antemano el son del toro, se abrió con él a las rayas Emilio de Justo y a cámara lenta cobró una gavilla de espléndidas verónicas. Soberbias no solo por la despaciosidad, sino por su encaje y ajuste, por el juego de brazos y por el dibujo exuberante del vuelo. El toro entero en los vuelos. En las verónicas puras y en las dos medias de broche también.

El remate del saludo fue casi en los medios. Estaba marcada con cal en ellos la A con su corona marquesa del hierro de Albaserrada. En la pata izquierda de la A fue el remate. Antes de que la codicia tan imperativa del toro pudiera obligar a una tercera media, un mero toque de un banderillero desde la raya de fuera sujetó al toro. Se vino la plaza abajo. No se había visto en toda la feria un quite tan frondoso y logrado. Ni de salida ni en turnos.

El ambiente estaba del revés. La sedosa faena de Daniel Luque al segundo de corrida, cadenciosa y espaciada, de admirable facilidad, pero solo posible por una mano, la diestra, había sido castigada por exceso con un aviso y el reconocimiento fue rácano. Daniel había toreado a la verónica con suave desmayo y el primer tramo de los tres de la larga faena se había seguido con un clamorcito menor.  La manera de ligar el obligado de pecho, tres o cuatro veces, fue dechado de perfección. Chacón, excelente con la espada y descubierto por el viento, había tenido que perderle pasos por sistema a un celoso cuarto que fue, entre otras cosas, toro de público. No contaron apenas un violento primero que arreó estopa, ni un tercero derrengado y casi inválido, ni un quinto que se movió a golpes y con el que estuvo bien posado Luque pero sin apenas eco.

Todo eso vino a palidecer en cuanto Emilio de Justo puso a hervir la caldera y a borbotones, pues, de nuevo sin cata previa, abrió faena bien abierto en el tercio con un cite frontal, despatarrado, aparatoso y en la distancia. Vino al galope y humillando el toro, el muletazo fue el primero de una serie ligada de cinco de rara calma. Esa sola tanda despertó pasiones que no iban a cesar hasta la muerte del toro. Sin cambiar de terreno, una segunda tanda con la izquierda, más breve pero todavía más lograda que la primera, de tres y el de pecho a pies juntos.

Se rindió sin condiciones el público. No tanto el toro, que en la tercera tanda se revolvió. Se cambió de mano Emilio, brillante al elegir terreno y distancia, compuesto con su natural empaque. En redondo muy por abajo y el toro amagó con quedarse debajo. Tras ligera pausa, de vuelta a la mano izquierda, vino una tanda monumental, de cuatro muy embraguetados, tirados con escuadra y cartabón, el de pecho y un desplante frontal genuflexo. Todavía antes de cuadrar se entretuvo Emilio en volver a la idea primera: el toreo de frente al natural y casi tan despacio como antes. Quedaba menos toro de la prevista. La estocada, de buena ejecución, cayó algo desprendida. Triunfo fortísimo.

Postdata para los íntimos.- Desde la galería norte de grada de la plaza de toros se divisa lejana la estampa del edificio de Torres Blancas, que fue en su día, primeros años 60, el salto hacia la modernidad de la arquitectura de Madrid. Solo se ven, ocultas tras una maraña de edificios sin interés de la Guindalera, las últimas plantas, tres o cuatro, y es una lástima porque las Torres, que son en realidad una sola en la que se funden cuatro, y no blancas, sino de gris hormigón, son un monumento singular. Por dentro y por fuera. No está en el mejor entorno.
El mecenazgo de la familia Huarte, los últimos ilustrados de Navarra, apoyó la causa. El arquitecto, Javier Sáenz de Oíza, también navarro, fue el creador de otro conjunto singular peor no tan de vanguardia: el edificio El Ruedo, para realojo de población marginada, que está todavía más cerca de las Ventas que la Torres. Pero no se ve. Lo ocultan las alamedas de la M30, donde el primitivo barrio de ventas, ventorros y ventorrillos.
El viaje de las Torres hacia el futuro. Y, en el caso del edificio de las Ventas, casi todo lo contrario.