TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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MADRID. Crónica de Barquerito: "Perera, polémica puerta grande"

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Dos orejas del mejor toro de una de Fuente Ymbro  de muchísima cara pero pobre fondo

La segunda, pasaporte para salir a hombros, discutida por el sector exigente

Madrid, 15 may. (COLPISA, Barquerito)

Miércoles, 15 de mayo de 2019. Madrid. 2ª de San Isidro. Primaveral, ventoso. No hay billetes. 23.624 almas. Dos horas y cuarto de función. En meseta de toriles, el Rey Juan Carlos acompañado de la infanta Elena y su nieta Victoria, muy aplaudido al llegar y más al recibir los brindis de Perera y Urdiales Seis toros de Fuente Ymbro (Ricardo Gallardo). Finito de Córdoba, silencio y leves pitos. Diego Urdiales, silencio tras un aviso y silencio. Miguel Ángel Perera, dos orejas tras un aviso y silencio, a hombros por la puerta grande. Notables en la brega Javier Ambel y Curro Javier, que saludó en el sexto en banderillas junto al tercero Vicente Herrera.

MEDIÓ MUCHÍSIMO trecho entre la corrida de Fuente Ymbro jugada en Sevilla solo el sábado pasado y esta otra de la fiesta mayor de San Isidro. La del 15 de mayo. Ni las hechuras, por norma reveladoras, ni el aire ni el son. Ni las formas ni el fondo. La de Madrid ganó en descaro, pero solamente en eso. Astifinos de la cepa al pitón los seis, pero dos de ellos, quinto y sexto, lucían ganzúas terroríficas. No les anduvieron a la zaga otros dos: el que partió plaza y el que le siguió. Tercero y cuarto, por comparación, fueron serios sin excesos.

El tercero, muy abierto, mejor rematado que los demás, fue el de más bellas proporciones. No solo eso, fue el toro de la corrida, y el único arrastrado con honores. Se arrastró sin las orejas, la segunda de las cuales provocó sonoras protestas. No se sabe si por la largueza del presidente, o si porque al cobrar la estocada Perera había soltado el engaño o porque el final de una faena de riesgo, firmeza, poderío y temple indiscutibles, no tuvo la categoría de las tres primeras tandas, la de apertura y dos más tras pausas breves.

Las tres en redondo, las tres abiertas en flamante distancias: fuera de las rayas torero y toro, y casi tangentes con las rayas el cite –y su encaje- y la galopada viva del toro de punta a punta. Las dos primeras tandas fueron abundantes, de cinco ligados y el de pecho; la tercera, abierta con el pase de las flores que Perera cosió con tres de mano baja espléndidos y dos de remate, fue la de más calibre, más ajuste y más despaciosa. La mano derecha del toro, un Pijotero castaño que escarbó y oliscó antes de tomar engaño, se había revelado desde los lances de recibo de Perera, ligados y ganando terreno, y más todavía en los capotazos de brega de Curro Javier, después de varas y antes de la segunda.

Lo que estaba por descubrir del todo era el son del toro por la mano izquierda. Lo tenía tanto como por la otra, pero de distinta manera. Ahora se ahorró Perera el alarde de las distancias, la ligazón no fue la misma y la tanda previa a la igualada, en molinillo, desmereció. Por eso se protestó la segunda oreja. Por primera vez en la feria se abrió paso el coro del “¡Fuera del palco!”. La corrida terminó con un sexto que, tronchado tras una segunda vara tan solo terapéutica, se derrumbó al tercer muletazo y arruinó cualquier propósito. Perera lo había recibido con excelentes mandiles, encarecidos por la artillería del toro.

Los dos argumentos mayores del cartel eran, de partida, el retorno a las Ventas de Diego Urdiales tras su memorable triunfo de otoño y, con Diego, la vuelta de Fuente Ymbro. De Fuente Ymbro fueron los dos toros de aquella tarde extraordinaria. Dos toros mucho más difíciles que el de Perera de marras. Por encastados –uno a la defensiva, otro turbulentos-  y, por encastados, muy belicosos. La apuesta renovada no salió. Sin celo, andarín, rebrincado, el segundo de la tarde punteó; el quinto, codicioso pero de apoyos irregulares, fue pronto pero sin humillar apenas. Urdiales le había pegado antes de varas muchos capotazos. Ni eso convenció al toro. En el primer turno, el viento, racheado, molestó a Diego tanto como ya había molestado a Finito en el primer toro. No faltaron en las faenas de Diego muletazos exquisitos. No hubo traición al concepto suyo de faenas bien tramadas, solo que en las dos bazas se pasó de tiempo.

Un primer toro acochinado, duramente castigado en varas, llegó a tener tomado el ruedo. Muy pasivo Finito, que dejó su firma en lances y muletazos sueltos soberbios, y quiso torear al hilo pero repensándoselo mucho. Los doblones para ahormar de inicio las embestidas del cuarto, toro de gran alzada, fueron los muletazos más logrados de toda la corrida. Pero eso no bastó. Las treguas fueron excesivas; las cautelas, también. En tarde ventosa –flameaba la bandera nacional- a nadie se le ocurrió echar los papelitos para torear donde se acaban posando.

 

Postdata para los íntimos.- En las corridas de verano los viajeros japoneses tiene la costumbre de abandonar la plaza mientras se arrastra el tercer toro de la tarde. Lo hacen en ordenado silencio, se llevan la almohadilla y la dejan a la puerta del tendido, en el pasillo y apoyadas contra la pared. Todo eso me admira. La cultura del silencio está más ligada al mundo del toro mucho más de lo que pueda imaginarse. El campo bravo, donde se crían, sea o no dehesa, es un mundo tan rico en silencios como en sonidos naturales. Con eso se acentúa la finura de oído tan propio de los toros de lidia. Ese silencio religioso, que capta notas indescifrables, conjuga la disciplina mental del Japón y la disciplina tan severa del toreo y de la cría del toro.

En corridas de San Isidro las colonias de viajeros japoneses son muy escasas. No vas a mandarlos a tendidos de sol, donde ni siquiera las sombrillas o los sombreritos de lona podrían proteger sus pieles blancas como el polvo de arroz. Pero esta tarde había en los altos del 1 un grupito de poco más de una docena. Cumplieron el rito. Pero se fueron en el arrastre del segundo toro y se perdieron el rugir de la gente en el toro siguiente. Y, en fin, no se llevaron la almohadilla. ¿Por qué? Porque habían entrado sin ella.

 

Perera, polémica puerta grande
Dos orejas del mejor toro de una de Fuente Ymbro de muchísima cara pero pobre
fondo. La segunda, pasaporte para salir a hombros, discutida por el sector exigente
Madrid, 15 may. (COLPISA, Barquerito)
Madrid. 2ª de San Isidro. Primaveral, ventoso. No hay billetes. 23.624 almas. Dos horas
y cuarto de función. En meseta de toriles, el Rey Juan Carlos acompañado de la infanta
Elena y su nieta Victoria, muy aplaudido al llegar y más al recibir los brindis de Perera
y Urdiales
Seis toros de Fuente Ymbro (Ricardo Gallardo).
Finito de Córdoba, silencio y leves pitos. Diego Urdiales, silencio tras un aviso y
silencio. Miguel Ángel Perera, dos orejas tras un aviso y silencio, a hombros por la
puerta grande
Notables en la brega Javier Ambel y Curro Javier, que saludó en el sexto en banderillas
junto al tercero Vicente Herrera.
MEDIÓ MUCHÍSIMO trecho entre la corrida de Fuente Ymbro jugada en Sevilla solo
el sábado pasado y esta otra de la fiesta mayor de San Isidro. La del 15 de mayo. Ni las
hechuras, por norma reveladoras, ni el aire ni el son. Ni las formas ni el fondo. La de
Madrid ganó en descaro, pero solamente en eso. Astifinos de la cepa al pitón los seis,
pero dos de ellos, quinto y sexto, lucían ganzúas terroríficas. No les anduvieron a la
zaga otros dos: el que partió plaza y el que le siguió. Tercero y cuarto, por comparación,
fueron serios sin excesos.
El tercero, muy abierto, mejor rematado que los demás, fue el de más bellas
proporciones. No solo eso, fue el toro de la corrida, y el único arrastrado con honores.
Se arrastró sin las orejas, la segunda de las cuales provocó sonoras protestas. No se sabe
si por la largueza del presidente, o si porque al cobrar la estocada Perera había soltado el
engaño o porque el final de una faena de riesgo, firmeza, poderío y temple indiscutibles,
no tuvo la categoría de las tres primeras tandas, la de apertura y dos más tras pausas
breves.
Las tres en redondo, las tres abiertas en flamante distancias: fuera de las rayas torero y
toro, y casi tangentes con las rayas el cite –y su encaje- y la galopada viva del toro de
punta a punta. Las dos primeras tandas fueron abundantes, de cinco ligados y el de
pecho; la tercera, abierta con el pase de las flores que Perera cosió con tres de mano baja
espléndidos y dos de remate, fue la de más calibre, más ajuste y más despaciosa. La
mano derecha del toro, un Pijotero castaño que escarbó y oliscó antes de tomar engaño,
se había revelado desde los lances de recibo de Perera, ligados y ganando terreno, y más
todavía en los capotazos de brega de Curro Javier, después de varas y antes de la
segunda.
Lo que estaba por descubrir del todo era el son del toro por la mano izquierda. Lo tenía
tanto como por la otra, pero de distinta manera. Ahora se ahorró Perera el alarde de las
distancias, la ligazón no fue la misma y la tanda previa a la igualada, en molinillo,
desmereció. Por eso se protestó la segunda oreja. Por primera vez en la feria se abrió
paso el coro del “¡Fuera del palco!”. La corrida terminó con un sexto que, tronchado
tras una segunda vara tan solo terapéutica, se derrumbó al tercer muletazo y arruinó
cualquier propósito. Perera lo había recibido con excelentes mandiles, encarecidos por
la artillería del toro.
Los dos argumentos mayores del cartel eran, de partida, el retorno a las Ventas de Diego
Urdiales tras su memorable triunfo de otoño y, con Diego, la vuelta de Fuente Ymbro.
De Fuente Ymbro fueron los dos toros de aquella tarde extraordinaria. Dos toros mucho
más difíciles que el de Perera de marras. Por encastados –uno a la defensiva, otro
turbulentos- y, por encastados, muy belicosos. La apuesta renovada no salió. Sin celo,
andarín, rebrincado, el segundo de la tarde punteó; el quinto, codicioso pero de apoyos
irregulares, fue pronto pero sin humillar apenas. Urdiales le había pegado antes de varas
muchos capotazos. Ni eso convenció al toro. En el primer turno, el viento, racheado,
molestó a Diego tanto como ya había molestado a Finito en el primer toro. No faltaron
en las faenas de Diego muletazos exquisitos. No hubo traición al concepto suyo de
faenas bien tramadas, solo que en las dos bazas se pasó de tiempo.
Un primer toro acochinado, duramente castigado en varas, llegó a tener tomado el
ruedo. Muy pasivo Finito, que dejó su firma en lances y muletazos sueltos soberbios, y
quiso torear al hilo pero repensándoselo mucho. Los doblones para ahormar de inicio
las embestidas del cuarto, toro de gran alzada, fueron los muletazos más logrados de
toda la corrida. Pero eso no bastó. Las treguas fueron excesivas; las cautelas, también.
En tarde ventosa –flameaba la bandera nacional- a nadie se le ocurrió echar los papelitos
para torear donde se acaban posando.