TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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SEVILLA. Crónica de Barquerito: "Tres toros bravos de Fuente Ymbro"

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El Fandi, brillante en banderillas y templado, premiado con la oreja de un quinto muy completo

Lote propicio para López Simón

Ferrera reinventa lances antiguos

Sevilla, 11 may., (COLPISA, Barquerito)

Sábado, 11 de mayo de 2019. Sevilla. 11ª de feria. Muy caluroso y seco. 33 grados a la sombra. 6.500 almas. Dos horas y media de función. Seis toros de Fuente Ymbro (Ricardo Gallardo). Antonio Ferrera, saludos y silencio. El Fandi, saludos y una oreja. López Simón, vuelta tras un aviso y aplausos tras un aviso. José Manuel González y Antonio Alventus se agarraron a modo con segundo y tercero, que romanearon por los pechos.

EL VIERNES, el día de su consagración, puso imposible la feria Pablo Aguado. La del sábado de farolillos, con público muy distinto del de diario, pareció la corrida de la resaca. Sobre todo, para quien tuviera vivos el sentido y las imágenes de las dos faenas de Aguado, tenidas por las mejores de la semana. El espectáculo y los espectadores eran esta vez muy otros. Lo que no varió de signo fueron dos elementos: la música tan elocuente de la banda de Tejera –su versión del Amparito Roca, que subrayó la faena de El Fandi al quinto toro, es antológica- y la sangre Jandilla de la corrida de Fuente Ymbro.

 

La sangre está en año bueno. Cuatro toros del hierro raíz la tarde del viernes, y dos de ellos se arrastraron sin las orejas. Y tres, o tres y pico, en esta del hierro filial y derivado de Fuente Ymbro, que fue corrida más aparatosa y ofensiva, y de bastante más cuajo porque entraron en liza tres cinqueños.

Dos de los cinqueños, tercero y cuarto de sorteo, fueron de muy buena nota. El tercero, por su temple, una particular regularidad en embestidas y repeticiones; el quinto, por su bravura, que no se sintió en el caballo de pica –tampoco en los jandillas más completos de la víspera- pero si en banderillas, y en la muleta a borbotones. El público de habituales y el circunstancial también aplaudieron el arrastre del tercero, solo que, pendientes los turistas accidentales de reclamar sin éxito una oreja para López Simón, el reconocimiento no fue el debido. La ovación para el quinto, unánime, muy rotunda.

El lote boyante, tercero y sexto, cayó completo en manos de López Simón. Al temple tan refinado del tercero se vinieron a sumar la prontitud y el buen aire del sexto, el que más caballo quiso de todos y el de más pastueño son. El pecado de la corrida fue el mucho escarbar. Escarbadura de comezón y no de mansedumbre, salvo en el caso del cuarto, que, después de perder la funda del pitón derecho, sangró por la herida y, lastimado, claudicó y hasta perdió las manos antes de entrar en suerte.

El toro que partió plaza abultaba más que ningún otro de toda la feria. Gigante imponente de 600 kilos que en pinta castaña parecían incluso más. El raro de la corrida. Después de largo merodeo inicial sin fijeza, se resolvió en tranco acompasado y bueno, y se distinguió por su nobleza. Sin contar el cuarto, bizco y arremangado, el toro complicado fue el segundo, de honda fachada, negro facado, pelliza astracanada, que, corto de cuello, se enteró enseguida y arreó estopa sin previo aviso. Tal vez fuera, por la mano derecha, vicio de manejo.

Ferrera ha venido de su largo invierno en México con el repertorio de capa refrescado y redibujado. No son novedad ni su talento de lidiador ni su gusto por lucir arabescos. Pero en la profusión de lances a una mano quedó de manifiesto el legado mexicano, una de las muchas muestras del llamado toreo de ida y vuelta. El quite de frente por detrás con que sacó el tercer toro del caballo fue hermoso logro; el recibo del cuarto, con el capote recogido por delante y a mano cambiada, no se había visto nunca antes. Luego, no acompañó la suerte: por la invalidez del cuarto y porque el volumen del primero no permitía ni enroscarse ni garabatear. Sí templarse como él lo hizo.

El Fandi, tan tremendo con los palos como suele, cuajó con el quinto un gran tercio –de poder a poder primero, de dentro afuera luego y por los adentros para cerrar- y, antes de cobra estocada certera sin puntilla, se enredó sin pausas ni recelo con el quinto. Faena abierta con una noria de rodillas de hasta cinco vueltas –y entonces se arrancó la banda con el Amparito Roca- y resuelta luego con tandas sobre las dos manos. Las distancias, algo cortas; mucho mejor el encaje con la derecha que con la izquierda. Algún malabarismo. Y la continuidad, porque, siempre al ataque, no dio tregua el toro, que fue, por estilo y fondo, el reverso del segundo.

López Simón no tuvo ni que pensárselo ni que tomarse cautelas. Claros los dos toros de lote. A los dos sometió a faenas largas, de largos muletazos que desplazaban al toro llamativamente. Con unos y otro abusó de los cambiados por la espalda intercalados antes de abrochar tandas de mucho toreo de brazos. Los alarde no faltaron ni sobraron, Un ovillo interminable con el tercero, que lucía un afiladísimo garfio por pitón izquierdo; un postre de toreo genuflexo de abajo arriba y forzado; algún tirón a destiempo; soltura, oficio y firmeza. Destreza con la espada, pero traseras las dos estocadas. Tardaron en doblar los dos toros de la suerte.

Postdata para los íntimos.- Todo el mundo sabe que el nombre real de aquella espléndida Rita Hayworth que hizo en el cine papeles de mujer fatal -se llamaban así mucho antes de la revolución feminista- era Margarita Cansino, hija de un bailarín sevillano que hizo fortuna en Nueva York hace un siglo. Un primo de Marga(Rita) fue novillero de arte -el arte de los Cansino- pero sin suerte. La competencia de mujeres fatales en Hollywood era brutal en los años cuarenta y cincuenta. Y en esa época, la de novilleros en la provincia de Sevilla, igual. ¿Rafael? Cansino, del próspero pueblo de Paradas, no tuvo la suerte de Rita. Tampoco se quejó de su destino.
Ha sido un primo segundo de los Cansino, o de los Hayworths, quien esta mañana me ha llevado a conocer uno de los secretos de Sevilla. El convento de la Pasión, del siglo XVI y principios del XVII, que fue de madres dominicas y, construcción excelente, se tenía por víctima de la piqueta tras las dos desamortizaciones de bienes eclesiales del XIX: la de Mednizábal, la legítima y la otra, implacable, la de 1868, el año de la Gloriosa (revolución revolucionaria). El convento y la iglesia adjunta no cayeron a golpe de piqueta, como se supone, sino que, por las bravas, se convirtieron absorbidos en un edificio sobrepuesto de vecinos y vivienda. En el centro mismo de Sevilla. A dos pasos de la calle de José Gestoso, que es el kilómetro cero de la ciudad amurallada. Un estudio de arqueólogos de la ciudad han ido abriendo catas en la iglesia y el convento, y puede que de aquí a dos años el secreto deje de serlo. Los nuevos dueños del edifico, que se convertirá en apart-hohel, están comprometidos con la causa del Convento.
Por los pasillos del convento, por sus cocinas, que fueron obrador de la famosísima confitería de La Campana, por sus escaleras y recodos, por sus bajos y soleras, por los restos de lo que fue hasta hace nada una discoteca de moda levantada sobre la planta misma de la iglesia, por todos eso lugares en laberinto hemos paseado de la mano de un arqueólogo docto y didáctico, sensible y claro, iluminado con la idea de rescatar el Convento como el que resucita un muerto. De la pasión el convento, por tanto.
Y, luego, un recorrido mínimo pero sabroso por San Andrés, la iglesia mestiza y ricachona de la calle Daoiz, y su plaza copada de hoteles, y por el asilo del Pozo Santo antes de enfilar la calle Regina, la Encarnación y Cuna hasta el Salvador, En la barra fresca me han invitado a manzanilla. Hacía mucho calor.

 

Última actualización en Sábado, 11 de Mayo de 2019 21:36