TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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SEVILLA. Crónica de Barquerito: "Pincha El Juli"

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En tarde ventosa y espesa no se acopla con toros de su ganadería de cámara

Cayetano, firme y digno

Diego Ventura crea con su cuadra un espectáculo de gran intensidad.

Sevilla, 8 may. (COLPISA, Barquerito)

Miércoles, 8 de mayo de 2019. Sevilla. 8ª de feria. Nublado, ventoso. Lleno. 12.500 almas. Dos horas y veinticinco minuto de función.

Dos toros despuntados -1º y 4º- de Los Espartales y cuatro en puntas de Domingo Hernández. Diego Ventura, saludos en los dos. El Juli, silencio tras un aviso y silencio. Cayetano, vuelta al ruedo en los dos. Fernández Pineda, ajustado como sobresaliente, no intervino.

EL CUAJO DE LOS DOS toros de Los Espartales despuntados para el rejoneo fue tremendo. Ninguno de ellos se avino al tipo acarnerado propio del encaste –la línea Urquijo de Murube- pero los dos galoparon, los galopes se fueron acompasando a medida que Diego Ventura fue prendiendo hierros y los dos terminaron en los medios. Más a la espera que peleando, pero sin defenderse. Dieron excelente juego.

Se supone que el toro de rejones tiende a pararse cuando no va encelado, pero aquí se vivió la excepción a la regla. Diego Ventura puso de su parte todo y más. La exhibición de doma y cuadra fue formidable. El primero de corrida, abanto de partida como buen murube, no tardó en rendirse y atender a templados galopes de costado, aire y suerte  en los que se prodigó Ventura en sus dos turnos. Los méritos fueron muy parecidos pero distinto el celo de los toros. Más agresivo el cuarto, más pastueño el primero.

Los galopes de costado, cosidos con soluciones a dos pistas y con el toro empapado en la grupa como si la grupa fuera muleta de lastre, provocaron general delirio. El sentido del toreo, también, pero de otra manera. Los alardes fueron unos cuantos: un farpa reunida tras espera de Ventura aculado en tablas y librada la reunión muy por mínimos;  dos pares de banderillas a dos manos sobre una montura despojada de cabezal; un cuarteo con clavada al violín; cites medio arrodillando Diego al caballo; toreo calmoso con la bandera; intentos casi logrados de toreo al pitón contrario; entradas y salidas por terrenos inverosímiles.

El hilo continuado de las faenas sin gestos gratuitos, el impagable acompañamiento de la banda de música y la gracia de aires de recreo –una levada perfecta y sostenida, piafés, paso español- contaron mucho más que errores menores en las clavadas y el infortunio de no acertar a tiempo con el rejón de muerte en ninguna de las dos bazas. Diez caballos trajo Ventura para trabajar y torear con él y los diez acabaron saliendo a pista para regalo de la inmensa mayoría. Para todos hubo aplausos de reconocimiento cuando volvían a la cuadra. Para el toro más importante de Los Espartales, el cuarto, una gran ovación en el arrastre.

En calidades compitieron los dos toros despuntados y los cuatro en puntas del hierro de Domingo Hernández que se sortearon a mediodía. Cuatro toros distintos. Un segundo de lindo remate, astifino pero cornicorto y justo de trapío; un tercero chorreado en verdugo con menos carnes pero más plaza que el recién jugado; un quinto negro –el único de esa pinta en envío de mayoría colorada- con todo en orden; y un sexto de mucha culata pero mejor hecho que los demás. Los tres colorados fueron muy nobles; al negro, que acusó un volatín demoledor, le costó pasar más que a los demás. Pasar, descolgar y repetir, que fue lo que hicieron los dos de lote de Cayetano y el primero de El Juli, que derribó a Barroso en el primer puyazo y metió de bravo los riñones en el segundo.

Es probable que ese toro de El Juli fuera el de mejor nota, pero hizo su aparición el viento y El Juli, impaciente, pecó de precipitado, no salió limpia ninguna de las tres primeras tandas, hubo que cambiar de muleta y a la hora de meterse en honduras tocó rectificar, perder pasitos y, detalle nervioso, pegarle Julián al toro muchas voces. La precipitación se reprodujo cuando hubo que descabellar. Los papeles que son en tardes de viento la aguja de marear estaban en tablas junto a la puerta del Príncipe pero El Juli se enredó con el quinto en el tercio opuesto, al pie de los músicos. El enredo fue una faena larga, empeñosa y farragosa, gritona. Una tarde, por tanto, espesa.

Los dos toros de Cayetano salieron buenos, solo que el tercero se soltó mucho antes de banderillas y adelantó  por las dos manos; el sexto enterró pitones dos veces a comienzo de faena pero se sostuvo de sobra, y fue y vino con notable ritmo. Cayetano estuvo firme, sereno y entregado en las dos bazas. Más templado y encajado que ajustado con  el toro que casi gazapeaba; roto y valiente con el sexto, al que consintió en el mismo platillo y con el que dibujó los muletazos más redondos de toda la tarde. Medios o enteros, de buen compás, tirados a tiempo, hilvanados. Cuando se arrancó la banda, se oyeron protestas menores. Las dos estocadas fueron a morir. Letales las dos.

Postdata para los íntimos.- Los lingüistas de a llamada Escuela Española de Filología empezaron hace un siglo a desentrañar la telaraña de las variantes del español en Andalucía. La dialectología fue dentro de aquella Escuela una innovación científica. Llegó a terminarse el año 1936 un mapa dialectal del español que en Andalucia fueron recogiendo estudiantes, maestros y voluntarios en grabaciones y anotaciones bastante precarias pero bastante precisas.
Fuera de Andalucía, y en el resto de España, se daba por aceptada la variante graciosa del teatro de los Álvarez Quintero. Una broma. No fue sencillo desmontar el invento. Solo que la guerra del 36 al 39 dio al traste con aquella obra mayúscula que dirigió el lingüista más completo de la Escuela: Tomás Navarro Tomás. Todavía produce asombro que Navarro Tomás pudiera completar aquel mapa del español peninsular e insular -Canarias y Baleares, que se subdividen en dialectos- y todavía apena que la obra de Navarro Tomás, forzado al exilio al final de la guerra, cayera casi en el olvido. Fue el sino de muchos científicos de la llamada generación de la República.
El mapa -papeletas y papeletas, transcripciones a mano del alfabeto fonético internacional vigente entonces- se salvó de milagro de la quema. A la muerte de Navarro Tomás en la ciudad de Northampton, estado de Nueva York, todos sus estudios de dialectología volvieron a España y aquí se movieron un poco, demasiado poco.La dialectología no le interesa hoy a casi nadie. Parece mentira. Uno de los patrimonios más valiosos de nuestro país, arrinconado en quien sabe qué cajón. O cajones.
Una de las gracias de venir a Andalucía no siendo nativo de esta tierra es el regalo de poder escuchar solo en Sevilla y sin salir del centro unas cuantas variedades dialectales. Digamos acentos. El de Granada no tiene que ver nada con el de Jaén, ni el de Cádiz con el de Huelva pese a ser provincias lindantes, ni el de la Sevilla urbana con las variantes de la Sevilla agraria. Etcétera. Ni el de Almería con el de Córdoba.
Un gusto: el confiero de la Victoria, en la Puerta de Triana, habla con el acento cerrado de Moguer, la patria chica de Juan Ramón Jiménez, cuya voz está grabada en archivos sonoros. Los dueños del Barbiana, con la refinada suavidad del español de Sanlúcar de Barrameda. Un ilustre profesor de la Alfalfa, con la grave sonoridad del español de Osuna y Paradas. Y los toreros, depende.
Si salen más de cie variantes dialectales, serán hasta pocas. Lo que me admira es la cantidad de estudiantes extranjeros que vienen a Sevilla a aprender español. Se habla de un "idioma andaluz". Tampoco es eso.