TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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SEVILLA. Crónica de Barquerito: "Un bravo toro de El Pilar"

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Pero solo uno, el cuarto de una corrida muy ofensiva pero demasiado defensiva también

Álvaro Lorenzo cobra dos estocadas notables, y anda firme y fino

Sevilla, 7 may. (COLPISA, Barquerito)

Martes, 7 de mayo de 2019. Sevilla. 7ª de feria. Primaveral, nubes y claros, algo de viento. 6.500 almas. Dos horas y veinticinco minutos de función. Seis toros de El Pilar (Moisés Fraile). Pepe Moral, silencio en los dos. Álvaro Lorenzo, vuelta y saludos tras un aviso. Ginés Marín, silencio en los dos. Juan Antonio Carbonell picó muy bien al cuarto. Rafael González le hizo a Álvaro Lorenzo, perseguido y desarmado tras la estocada del quinto toro, un quite extraordinario por lo oportuno y por el riesgo corrido.

CINCO TOROS de El Pilar que por pinta y talla fueron cinco gotas de agua. Colorados los cinco, idénticos el tinte del cuello y la mancha fosca del testuz, blancas las palas. Encornadura no tan pareja. El cuarto, el más abierto de cuna y todavía más astifino que los demás, sobresalía. Se había enlotado con el único negro del envío, un primero cinqueño, tocado de pitones, engatillado y  corretón de salida.

Fue toro muy guerrero en el caballo, de meter los riñones en dos varas severas, pero también pegajoso, de celo defensivo. Álvaro Lorenzo salió a quitar, lo hizo en falso y se le fue el toro al suelo. La brega en banderillas, muy laboriosa. Por la talla del toro, por lo mucho que cortaba y porque apuntaba a tablas, Pepe Moral brindó al público. Se arrepentiría. El toro enfiló el camino de la puerta de chiqueros al cuarto viaje. Hay toros que se torean en la querencia. En este caso quedó la duda. Rendido, la cara entre las manos, igual de celoso en la muleta que después de varas, fue toro sin gana alguna de pelea. Se encogió. Al segundo intento Pepe Moral cobró una buena estocada.

Y entonces empezó el desfile de los cuatreños colorados. Con sus hechuras impecables, tan parejas, corrida armada por encima del promedio de cuanto se lleva visto en la feria, no casaron ni el estilo ni el fondo. No solo porque en ese punto fueron dispares los cinco toros, sino sobre todo porque el temible cuarto salió bravo. Con esa bravura dislocada y a veces pendenciera del toro encastado propio de una parte de la ganadería, que ha pasado a ser fija de la feria de Abril avalada por un historial relevante. Ese cuarto galopó como ningún otro y tomó el capote con muchísimas ganas. Como si hubiera estado esperando su hora.

Los lances de saludo de Pepe Moral, bien tirados, sueltos los brazos, compuesta la figura, provocaron una de las dos ovaciones mayores de la tarde. Las dos medias de remate se sintieron como un alivio porque el toro, encendido, echaba humo. Galleando llevó al caballo el torero de Los Palacios el toro, que, puesto muy de largo, vino galopando y pronto. En las dos varas se empleó de verdad. Muy acertado el piquero Juan Antonio Carbonell, que recogió la otra ovación de gala, y tan fino como de costumbre uno de los caballos de la cuadra de Peña, que es un prodigio.

El toro, tal vez crudo, arreó en banderillas y, muy codicioso, atacó en la muleta sin freno. Toro por todas partes. De los que comen la moral de un torero. Perdiendo el engaño, el torero sevillano cobró una estocada de mérito. La ovación en el arrastre fue sonada.

Ninguno de los cuatro toros restantes dio mayores alegrías. El segundo, por su querencia sin disimulo a tablas; el tercero, por frágil; el quinto, por su  brusquedad; el sexto, por incierto y áspero. El segundo al menos descolgó en la muleta y Álvaro Lorenzo, fino en los apuntes de capa, llegó a acoplarse y embraguetarse con él a pesar de un molesto viento intercalado. Solo una vez sonó la música para subrayar faena y fue entonces. Más corta, habría sido faena más redonda. De una estocada notable al segundo empeño rodó sin puntilla el toro.

La falta de entrega y la desgana distraída, sacudidas por golpes de temperamento, fueron en la muleta notas comunes al otro toro del lote de Álvaro y a los dos de Ginés Marín. Sin brillo pero no sin mérito Álvaro le arrancó al quinto muletazos sueltos muy logrados. Ginés no midió el tiempo de faenar, insistió a pesar de que el tercero se le iba al suelo al menor toque y volvió a pecar de reiterativo  con un sexto parado y tardo. La firmeza sola no bastó.

Y la nota penúltima: al salir Álvaro Lorenzo de la reunión con la espada –estocada excelente-, el quinto lo desarmó, hizo hilo con él, llegó a cazarlo casi al vuelo y, cuando se mascaba la cogida, apareció la punta del capote de Rafael González, quien, desarmado entonces, salió perseguido. Ilesos los dos.

Postdata para los íntimos.- En Sevilla ha gustado de siempre el boato francés de raíces borbónicas y napoleónicas también. El estilo imperio, con el que no pudo ni la Revolución. La huella en Sevilla de los Orleans está fijada por un monumento extraordinario, el palacio de San Telmo, restaurado con exquisito rigor -un culto al boato no ostensible- y por los jardines del propio palacio, o sea, el Parque de María Luisa, oasis umbrío en una ciudad de tanto solo y tanta luz.

Si hubiera que elegir entre palacio y jardín, me quedo con el palacio. Jardines hay más. Y muchos, escondidos, porque antes de que la corte de los Montpensier implantara el canon del buen gusto, aquí habían estado los árabes a la orillita del Guadalquivir. Por eso, y por la atracción perpetua que el exotismo andaluz ejerció sobre la burguesía parisiense, la presencia de franceses en la feria de Sevilla es mayoritaria. En mi hotel, y no solo en el mío, sino en toda la colección de pensiones ilustradas: no solo vienen los pudientes, sino esa clase media menguante que es, desde la Revolución precisamente, la seña de identidad del país.

En Las Piletas cerca del río, desayunan, comen, beben y cenan los aficionados franceses a toros, que son muchos y de todas las regiones taurinas. De Nimes, de Arles, de Mont de Marsan, de Bayona, de Burdeos y Narbona. Gente de cierta edad. Creo que son mayoría los visitantes franceses. Los portugueses son turistas de ida y vuelta en el día. Los ingleses, de pocos días. Los norteamericanos prefieren otra época. Los japoneses se avienen a todo. El día uno pasado había muchos en los tendidos de sol. Y en el barrio de Santa Cruz, donde es raro encontrar peregrinos franceses. Han proliferado los bistrots carnívoros por toda Sevilla. En la Alfalfa, por ejemplo, hay uno muy descarado donde hubo en su momento un Horno de San Buenaventura.
Y, en fin, Colette mantiene su cafetín parisino en San Eloy, con su confitería francesa delicada, sus panes y su clase, su dulce color azul, su toldo, sus fotos de París. Su ángel. Pero la que yo tomé por Colette un día, que no era ella sino una encargada, ya no está. O se habrá empleado con otra casa francesa.
Los Cuevas han crecido lo inimaginable. Ya estamos de Triana. El gazpacho de la barra es de diez. Y el pisto con un huevo frito envuelto. Y las albóndigas de ternera rebozadas. Verduras a la plancha. Y carnes. Son de El Viso del Alcor las verduras. Las carnes no sé.