TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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SEVILLA. Crónica de Barquerito: "El Juli, por la Puerta del Príncipe"

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Un palco dadivoso premia una primera faena menor y reconoce el valor de otra de gran calado

Morante firma con el capote varias maravillas

Corrida apagada de Garcigrande.

Sevilla, 2 may. (COLPISA, Barquerito)

Jueves, 2 de mayo de 2019. Sevilla. 2ª de feria. Estival. Lleno. 12.000 almas. Dos horas y media de función. Seis toros de Garcigrande (Justo Hernández). El quinto, Arrogante, número 69, 527 kilos, premiado con vuelta en el arrastre. Morante de la Puebla, saludos y silencio. El Juli, oreja protestada y dos orejas. A hombros por la Puerta del Príncipe. Miguel Ángel Perera, aplausos en los dos. Brega destacada de Javier Ambel, que prendió al tercero dos pares de mucho compromiso. Curro Javier le puso al sexto un par extraordinario. Los dos saludaron.

ERA TAN RUIDOSO el murmullo de expectación que ni siquiera llegó a escucharse el pasodoble que subraya el paseíllo en la Maestranza. Estaba todavía la gente entrando por las bocanas cuando, queriendo o sin querer, Morante forzó un silencio acompañado por el vaivén de cientos de abanicos. Y llegó uno de los dos acontecimientos de la corrida: con su proverbial paciencia, Morante había dejado al toro corretear, soltarse y huirse de salida y, cuando lo vio volver contrario dos veces, casi en los medios, se lo trajo a compás. A cámara lenta, se dejó ir en una gavilla de seis verónicas monumentales, precioso el vuelo, ligadas sin apenas tener que abrirse y abrochadas con tres lances de tanto sabor como los seis que los precedieron. Una media revolada en vertical, la revolera seguida y un último recorte. De todo lo cual salió Morante al paso.

Pareció el toro tan pasmado de golpe como la gente toda. No se sabe si se arrancó la música, porque a partir del tercer lance solo se sintió el bramar del público. Morante dejó al toro en suerte con tres mandiles y media y, después de la primera vara, quitó por chicuelinas de escuela, como la que ilustra la rancia foto en blanco y negro que del lance y de su creador Manuel Chicuelo hizo hace casi un siglo un magistral reportero  que firmó sus trabajos con su primer apellido: Serrano. La foto, profusamente repartida y ampliada, cuelga estos días por bares y paredes de Sevilla como un jalón.

La feria de Abril rinde este año homenaje a Chicuelo en el centenario de su alternativa. El cartel oficial del abono, de imponente potencia, obra de la pintora salmantina María Gómez evoca el lance de Serrano en términos muy diferentes, pero el homenaje de más calado habrá sido de momento ese quite breve de Morante. Solo faltó toro, que abrió en banderillas la boca y se fue luego apagando hasta encogerse y rendirse. La faena de Morante, abierta con una bella tanda de ayudados, tuvo por nota de fondo un primor tranquilo que calmó los ánimos.

Luego se apagó la corrida no tanto como el toro de los quites pero casi. El Juli buscó el cómo a un segundo de nobleza pajuna y dormida, y brindó a El Cordobés legítimo, el Manuel Benítez revolucionario, una faena de son menor que tuvo de partida su aire de homenaje al brindado. Benítez, en una barrera de sombra tocado con un sombrero de rafia blanca y ala corta. Un palco facilón atendió una petición de oreja no se sabe si mayoritaria. La oreja iba a ser el preámbulo del segundo acontecimiento de la tarde: del quinto toro, el de mejor conducta de una corrida sin fuelle de Garcigrande, se llevó El Juli un botín de dos orejas, que, sumadas a la gracia de la primera, le abrían la Puerta del Príncipe.

El toreo de capa de Morante puso tan cara la cosa que no contaron en ese género ni los fuegos de artificio de El Juli ni la firmeza de Perera en los toros que vinieron después. Pero la faena de El Juli, cumplida entera en un ladrillo, igual que la premiada antes, sí tuvo enjundia y rigor sobrados como para hacer gratuitas las comparaciones. Fue faena a más, y a más las dos partes: el toro, que se acabó dando con ese ritmo tan propio de los de sangre Juan Pedro de primera mano, y, desde luego, el torero, que no escatimó entrega sino que la fue derramando en dosis casi calculadas.

Siendo faena sentimental –la banda de Tejera la subrayó con el Suspiros de España, y, en contrapunto, la abundancia de muletazos al desmayo-, fue sobre todo una faena científica. No solo ajustada, templada y ligada en tandas largas de cara cadencia, sino medida al milímetro y calibradas en función del son del toro, que El Juli tuvo en la mano como si tal cosa. Un toro con dos pitones bien afilados y tanta entrega como el torero, que solo vino a desatarse cuando ya estaban echadas todas las cuentas. Los ovillos circulares, los remates clasicistas de tanda, las improvisaciones –un farol cosido con trincherilla- una muestra menor de toreo frontal y un poso particular para estarse El Juli en la cara del toro sin pestañear. Y, volcado el ambiente, una estocada formal solo que ligeramente desprendida. Se rindió el palco a una  petición casi unánime de la segunda oreja. La de la célebre Puerta.

El tercer garcigrande se paró y acabó viniendo al paso. Perera le anduvo fino y lo mató por arriba. El cuarto, flojón y celoso, reculó después de haberse rebrincado y Morante tuvo que conformarse con lo que ahí quedaba, muy poco. Un punto incierto fue el sexto, Perera le tragó unos cuantos extraños, lo pasó con elegancia y poder, se estiró en espléndidos muletazos de trazo largo y no lo vio claro con la espada. Tarde sentenciada.

Postdata para los íntimos.- La fama de Sevilla como ciudad embrujada y misteriosa no es del todo gratuita. Hay un ejemplo: hace veintitantos años aquí reinaba con poder casi absoluto una cadena de cafeterías y comidas preparadas que llevaban por nombre el de un primer obrador original: el Horno de San Buenaventura. No llegué a contarlos, pero eran unos cuantos hornos, todos de idéntica factura. Un aire a la arquitectura de Aníbal González, algo cargante.

El más concurrido de los hornos, el de enfrente de la catedral. Pero el primero, el que sembró la ciudad de delicadezas relativamente modernas, fue o tuvo que ser el de Carlos Cañal frente a la Hermandad de franciscanos de San Buenaventura, que puso nombre al horno. Cerca de la Plaza Nueva, a dos pasos del centro entero. Pero la calle es solitaria.

Un día no tan lejano quebró casi de repente el Horno. La matriz y sus hijuelas. Yo frecuentaba la de la Alfalfa solo para café, con su vasito de agua del grifo y fresca. Porque entregarse al rigor de las franquicias en la Alfalfa, barrio castizo de verdad, habría sido imperdonable. Pero lo sentí como una pérdida. El pan blancos, los picos y las tortas regañás me daban lo mismo, pero el papel ilustrado que envolvía los panecillos tenia el gancho de los grandes diseños. De puro sencillo. Con San Buenaventura en tintas azules sobre fondo blanco. Y la bandera española..El Horno primigenio fue reconocido con la Medalla al Trabajo en los años sesenta o setenta, no sé. En la sede abandonada, olvidada y condenada de Carlos Cañal hay una placa conmemorativa en azulejo. Y en friso bajo el alar del edificio, una inscripción con el nombre de la benemérita empresa. Y dos cifras que representan el misterio: 1385-1922. El año 1922 dibujó sin querer Chicuelo su célebre chicuelina.