TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

  • Incrementar tamaño de la fuente
  • Tamaño de la fuente predeterminado
  • Decrementar tamaño de la fuente

ARLES, FRANCIA. Crónica de Barquerito: "Chamaco iluminado, Castella y Perera como perros"

Correo Imprimir PDF

Tres horas de festejo y  un chorro de avisos, y, sin embargo, una seria y excelente corrida de Jandilla propicia un espectáculo caliente, atrevido y variopinto

Arles, 21 abr. (COLPISA, Barquerito)

Domingo, 21 de abril de 2019. Arles. 3ª de Pascua. Cubierto, templado. 8.500 almas. Tres horas menos dos minutos de función. Cuatro toros de Jandilla y dos -1º y º- de Vegahermosa. Todos, de los Borja Domecq padre e hijo. Chamaco, silencio y oreja muy protestada tras un aviso. Castella, saludos tras aviso y dos orejas tras aviso. Perera, saludos tras dos avisos y vuelta tras dos avisos. Notables puyazo de Pedro Geniz, Francisco Doblado y Juan Melgar a primero, tercero y quinto.

AL CABO DE VEINTE años en silencioso retiro, Chamaco –figura fondona, calvicie incipiente, terno plomo y oro de estreno, 46 añitos- volvió a vestirse de luces parece que solo por un día. Fue como el retorno del hijo pródigo de la parábola evangélica. Le abrieron los brazos sin condiciones, porque volver a Arles, y si a Nimes más todavía, era como volver a casa.

 

Aquí fue su fama volcánica. Aquí, sus alardes de torero telúrico. Aquí el grito anónimo, solo uno, “¡Chamacoooooo…!”, que, alarido agudísimo, lo saludaba por estos pagos en sus gloriosos días de novillero, y subrayaba y reconocía su desgarrada presencia como punto y aparte del toreo. Y luego, mucho antes de los imaginado, punto final sin dar un cuarto al pregonero. Un misterioso mutis. Se había perdido por el mapa.

Hasta este domingo de Pascua, la fecha cumbre de la feria de Arles que abre en son mayor la temporada francesa. Unos cuantos, demasiados “¡chamaaacooos…!” casi a la vez y a destiempo. Papel protagonista, por tanto. No se tuvo en cuenta su indisimulable falta de asiento con el primero de los cuatro jandillas de nota que pudieron verse y disfrutarse en una tarde que, como se temía, duró la intemerata. Tres horas, tres. Un chorro de avisos –siete en total, Perera al copo con cuatro, dos Castella y uno el propio Chamaco- y, sin embargo, un espectáculo más que notable porque Castella y Perera se arrimaron como perros, que es como se dice entre taurinos.

A la faena de Castella al quinto, soberbia por su encaje, por la manera de consentir y por su descaro absoluto, respondió Perera en el sexto de corrida con otra muy de su firma, de ligar sin enmienda tandas tiradas en madeja y abrochadas con obligados de pecho. A puro huevo los dos. Castella tumbó sin puntilla al quinto, que no fue el mejor de los cuatro buenos de verdad. A Perera, castigado en el primer turno con un aviso antes de cuadrar siquiera, volvieron a avisarlo antes de pensar ni en igualar al sexto, que, ligeramente lesionado pero templado lo indecible, resistió en pie después de haberse encogido y haber amagado con echarse mientras Perera se liaba la manta cabeza. Es decir, que había que cortarle a ese toro las orejas como fuera, porque aquella vieja rivalidad encarnizada con Castella volvía a estimular a uno y otro. Con ventaja ligera, y fortuna más propicia en el sorteo, para el torero de Béziers, cada día más suficiente. Cada día más evidente la huella que deja una temporada americana de no parar en el torero que se anime, y Castella es el único de la larga baraja que lo hace.

Y, sin embargo, ni la pelea de los dos rivales, ni las calidades de corrida tan rica y completa de Jandilla, nada contó tanto como la electricidad que Chamaco vino a destilar y propagar con el cuarto de la tarde. Desde el arranque de faena con ayudados por alto muy despegados hasta su capítulo siguiente: en terrenos elegidos al albur, dos tandas de mano baja con la diestra bien ligadas, enfadado y despejado el torero, que no pudo rematar con el de pecho la segunda porque el toro se lo comía. Y por la mano izquierda casi se lo come.

Descubierto en un renuncio, Chamaco salió cogido por la espalda de mala manera. Hubo un quite providencial de ni se sabe cuántos a la vez y, repuesto, Chamaco volvió a las andadas: a ganar la cara del toro llegando a ella en bicicleta –de largo, carreritas en curvas de meandro- y sacudiéndolo y  confundiéndolo con molinetes de rodillas. Todo lo cual provocó un incendio. Un pasodoble de los de Abel Moreno -¿”Paco Ojeda” tal vez?- puso fondo musical a la batalla. Una estocada contraria y trasera, un descabello, una oreja que no pidió casi nadie y, mientras se llevaba una bronca por fácil de manos el presidente, se olvidaron de pedir para ese formidable toro la vuelta al ruedo. El toro del retorno, serio de cara, fue también de nota, pero no tanta. Y el primero de los dos del hierro de Vegahermosa, segundo de corrida, un dije por bueno y sencillo. No tan claro el tercero, y con él se destapó ya del todo Perera. La gente salió cansada, pero contenta, muy contenta.

Postdata para los íntimos.- No sé qué fue antes en la Camarga, si la sal o el arroz. O las dos cosas a la vez. La lógica dice que el arroz. Pero antes del arroz ya estaba la mar salada que unos ingenieros belgas convirtieron en petróleo blanco. La blancura de la sal es única. Ciega casi tanto como ese sol deslumbrante de mediodía. Brilla en montañas de marina nieve. El arroz es de muchos colores. El de cáscara terrosa es el más conocido. Pero los he visto verdosos, y opalinos también. Lo venden en bolsas. La sal, el tarros herméticos de tapón de corcho. El arroz, a buen precio. La sal, en cambio, está disparada. Será por su poder purificador. La nueva plaga de econutricionistas que se ha extendido por toda Europa lleva tiempo apuntando la sal en la lista de sustancias prohibidas. Los arroceros del país lo saben. Los ingenieros salinos, también. Entretanto, la Paëlla Royal sigue haciendo estragos en los días feriados de Arles. Un filólogo anónimo decidió escribir paëlla con diéresis sobre la e. Un misterio. ¿Y eso cómo se come? Con cuchillo y tenedor porque antes de echar el arroz en el agua que hierve se van haciendo el pollo, la sepia, los champiñones, los tajitos de cerdo, los guisantes, las alcachofas, las vainas verdes, todo lo que quepa en la inmensa sartén redonda tenida a fuego lento durante dos o tres horas. Hasta que el arroz se pone tierno. Y entonces la gente cree que lo que sabe del guiso es el arroz y no el resto. Haced la prueba. Los hay que le echan sal a la paella.

 

Última actualización en Domingo, 21 de Abril de 2019 21:59