TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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ARLES, FRANCIA. Crónica de Barquerito: "Un palco dadivoso, dos toros notables"

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Un garcigrande de doble fondo y otro bravo de Domingo Hernández en la apertura de feria

Cuatro orejas: tres, Manzanares y una, Álvaro Lorenzo. Morante, distinguido.

Arles, 20 abr. (COLPISA, Barquerito)

Sábado, 20 de abril de 2019. Arles. 1ª de Pascua. Nubes y claros, templado. 6.000 almas. Dos horas y cuarenta minutos de función. Seis toros de Justo Hernández. Dos -1º y 2º- con el hierro de Domingo Hernández. Los demás, con el de Garcigrande. Morante, silencio tras un aviso y silencio. Manzanares, oreja tras aviso y dos orejas tras aviso. Álvaro Lorenzo, oreja y ovación tras aviso. Ovacionado Paco María, que cobró dos notables puyazos con el segundo.

EL TORO de la corrida fue con ventaja el segundo  Del hierro de Domingo Hernández, castaño albardado, y con nombre de número: “Treinta y nueve”. La reata de los números goza de fama en la ganadería y este 39 vino a confirmarla. Codicioso, engallado al estirarse antes de tomar engaño, descolgó en los lances de recibo y, pronto en varas, tomó dos de buena nota. Picó con esmero y acierto Paco María. Quitó por chicuelinas Álvaro Lorenzo: muy ajustada la tercera, apurada una cuarta y bello un remate con revolera y brionesa. En el quite volvió a decantarse la clase del toro.

 

La brega en banderillas, desafortunada: apuros, carreras, enganchones. No pasó factura el dislate. El toro repitió con ganas y por las dos manos. Muy chillón, Manzanares abusó del toreo a la voz. La Orquesta Chicuelo se arrancó con el “Dávila Miura” en el momento preciso. Con música de fondo pareció cobrar aire una faena desigual: distinguida la apertura con la izquierda sin apenas cata previa, dos tandas rehiladas con la diestra, un rizo de toreo cambiado y sin cambiar. No siempre gobernado, el toro quiso a todo. Faena larga y, por tanto, mortificante. Una estocada perpendicular con vómito de sangre en cascada. La gente aplaudió con palmas de ganso la agonía de bravo del toro y no tanto el arrastre.

Y así arrancó en el anfiteatro de Arles la Pascua taurina. Antes de lucir su estilo ese toro 39, abrió feria otro del hierro de Domingo Hernández que no llevaba más número que el del herradero: el 99. Se llamaba Azucarero. Apretó de salida, pero Morante, desarmado en solo el tercer lance y obligado sin escapatoria a ganar el callejón al salto, supo sujetarlo y ahormarlo con lances de caro dibujo. El toro quiso por la mano derecha; por la izquierda protestó. El regusto del toreo de capa no distinguió entre una mano y otra. Dos varas severas, se empleó el toro, que cambió en banderillas y no para bien: tardo, escarbador pero celoso cuando vino a engaño. Sabio empeño fino y logros sueltos de Morante antes de pararse y meter entre las manos la cara el toro. Tres pinchazos, un aviso, una estocada trasera, dos descabellos.

Habían regado la plaza antes del paseo, pero estaría duro el piso y Morante se descalzó a mitad de faena. Eso mismo, descalzarse, hizo en su segunda baza a pesar de que tras el arrastre del tercero volvieron a salir los de la manga riega, que es de las muy antiguas. Se necesitan cuatro o cinco operarios.

Distintos los demás toros de la corrida. Del hierro de Garcigrande. El tercero, sardo, de espectacular pinta, agarrado al piso, se dio más en medias embestidas que enteras. El cuarto, lombardo, buen mozo -con el sexto el de más cuajo de todos-, salió distraído y áspero, cabeceó y fue toro a menos. Toro a más fue el quinto, que enterró pitones a principio de faena pero rompió en buena conducta: fijeza y repeticiones. Sin la categoría del segundo. Y, sin embargo, para este quinto se pidió la vuelta al ruedo. Sin motivo, sin éxito.

El sexto arreó en el caballo: descabalgó en los dos primeros ataques al piquero Javier Sánchez. La segunda de las dos caídas fue un terrible batacazo. El caballo, de la cuadra de Bonijol, no se inmutó, pero tocó mudar de caballo y picador. En el pequeño óvalo del anfiteatro solo sale un caballo por turno. Desigual en varas –recargó en la primera, se repuchó en la segunda-, no fue sencillo el toro. Por encogerse o frenarse. Tampoco problemático.

Morante fue el único de terna que tuvo el sentido común de abreviar. Las dos faenas de Manzanares y las dos de Álvaro Lorenzo fueron de las de rondar los diez minutos. Con la consiguiente pérdida de hilván. El debut de Álvaro en Arles quedó marcado por su destreza con el capote, su firmeza natural, su voluntad de buscar el toreo ajustado de mano baja y su buen trazo al torear con la zurda y en los remates de pecho. Pero lo que más se celebró no fue el fondo del asunto sino una tanda de manoletinas de las de rozar que abrochó la primera de sus dos faenas, de seco acento. La segunda, a remolque de Manzanares, premiado con las orejas del quinto por un palco largo de manos y facilón, pecó por reiterativa. También de reiterativo pecó Manzanares, beneficiado en el sorteo. Solo que el quinto garcigrande fue toro de doble fondo y, a partir de la docena y pico de viajes, se calentó con elasticidad no anunciada. Al cabo de afanosa faena, una estocada de Manzanares en corto. Versión sedicente del matar recibiendo.

Postdata para los íntimos.- El jueves por la mañana, mientras esperaba en la estación de Nimes la llegada del tren de Burdeos que lleva a Marsella con parada en Arles, leí en la sección Verde del Midi Libre que en el territorio de la Francia continental corren peligro de muerte unos cuantos miles de árboles. Que urgen medidas tajantes.

Nimes es una ciudad bastante más arbolada que Arles. El emblema de Nimes es una palmera. El de Arles, un león. La palmera y el león son resonancia romana. Pero en Nimes lo que abunda son los plátanos de paseo. El muelle de La Fontaine, con su canal, es un pasillo de plátanos viejos, probablemente centenarios. En Arles los plátanos flanquean el bulevar mayor de las rondas. Pero los hay también dentro del casco antiguo. Ayer comprobé que los de la Place Voltaire habían sido talados sin piedad. Una tala curativa. Ni una solo hoja se ha salvado de la quema. Y ahora la plaza, despojada de todo aquel follaje excesivo, parece otra. No triste, porque en Arles no cabe la tristeza ni en los desconchones de los muros, que son incontables.

Tales son el poder y la bendición del sol, que esta mañana cegaba. El paseo por los aledaños de la rue Portagnel, las bocacalles que suben hasta las rampas del anfiteatro y la catedralita de Santa María es una delicia. Los callejones -impasses- hacen las veces de patios floridos, solitarios pero bien habitados. No todo el casco viejo, del primitivo recinto amurallado, está habitado. Ni mucho menos. Así que el cogollito de Portagnel tiene vida propia. La rue Portagnel conduce desde la Place Voltaire a la ronda norte de la muralla. Es el lienzo de muralla mejor preservado aunque parezca salvaje. Como si las piedras hubieran crecido solas. Los tonos de vetas calizas y de granito son espléndidos.

Lo más tranquilo del mercado callejero de los sábados, una auténtica fiesta en el Bulevar des Lices, es la parte donde al pie de la muralla se instalan los vendedores de plantas y flores. No he contado los puestos. Unos veinte. Hay de todo lo imaginable dentro de su género: botánica mediterránea. Perejil, melisa, tomillo, romero, salvia, cebollino, ajo, menta, pimiento, remolacha, acelga, apio -el apio de Elna es muy famoso- coliflor, cerezos en maceta, en maceta también almendros, albaricoqueros, olivos, granados, avellanos e higueras. Y flores: geranios de vario color, begonias, petunias, verbenas, dracena. Y, en fin, la reina de esta tierra: el espliego o lavanda, cuyo perfume fragante eleva el ánimo y de paso lo seda.

Todo, a precio razonable. Un cerezo, treinta euros. Luego de las plantas se venden colchones. Y cestillos de fresas, que en la Provena son tempranas. Y dátiles. Y pasta de aceituna negra
Última actualización en Sábado, 20 de Abril de 2019 21:09