TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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MADRID. Crónica de Barquerito: "Centenario de Albaserrada, capítulo primero"

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Castigada por el público, una corrida de Victorino dispar de hechuras y condición, con dos toros de pobre nota

Cumple fino Robleño, Chacón cuaja una feliz faena, Moral se atraganta

Madrid, 14 abr. (COLPISA, Barquerito)

Domingo, 14 de abril de 2019. Madrid. Corrida de Inauguración. 4º festejo del curso. Primaveral. 17.000 almas. Dos horas y cinco minutos de función. Octavio Chacón se cortó con la espada el extensor del dedo corazón de la mano izquierda, fue intervenido en la enfermería bajo anestesia local  salió “bajo su responsabilidad” a torear el segundo de su lote. Se intercambió el turno de lidia de quinto y sexto. Seis toros de Victorino Martín. Fernando Robleño, silencio y saludos. Octavio Chacón, saludos tras aviso y silencio. Pepe Moral, silencio tras aviso y pitos.

EL CENTENARIO de la toma de antigüedad o debut en Madrid del hierro y la divisa del Marqués de Albaserrada se cumplirá en rigor el próximo 29 de mayo. Será entonces la segunda corrida que lidie Victorino Martín este curso en las Ventas. Hace cincuenta y cinco años Victorino y sus hermanos Venancio y Adolfo compraron hierro, divisa y una parte de la vacada original a los herederos de Escudero Calvo, en cuyas manos, veintiún años después del estreno, había venido a parar una ganadería que se hizo leyenda. El Marqués fue criador de bravo apenas seis años, pero dio nombre a un encaste –Albaserrada- que Victorino se encargó de preservar, perpetuar, enaltecer y multiplicar. La verdadera leyenda de Albaserrada es, en puridad, la leyenda de Victorino.

 

Cuarenta días antes de la fecha exacta del centenario, se celebró por anticipado y en tono discreto un primer fasto: por tercera vez en los últimos tres años, Victorino sirvió los toros de la Inauguración de temporada en las Ventas. Una gala, tres cuartos de plaza, ambiente propicio. Día mayor. Al homenaje debido a encaste y ganaderos se sumó un cartel de gancho en Madrid. El candor de Fernando Robleño, que se ha  cuajado en torero refinado y entendedor o especialista en el encaste Saltillo y sus derivados, Albaserrada entre ellos; Octavio Chacón, lidiador de inteligencia y muletero poderoso, revelación de la temporada pasada en Madrid merced a una tarde magistral con dos toros de Saltillo; y Pepe Moral, encajado en los carteles de aliento –divisas duras- porque con ellos se ha aupado a las ferias y sus famas.

Toda la trompetería preparada. Las fotos de los seis victorinos circularon por las redes sociales con profusa desenvoltura. En el campo, primero, y en los corrales de las Ventas después. Fotogenia particular. De lo pintado a lo vivo hubo en hechuras notoria diferencia, marcada por dos toros, tercero y cuarto de corrida, muy fuera de tipo. Hechuras, por tanto, impropias. Los dos fueron recibidos con protestas. Recados para el ganadero.

No es que esos dos toros, de pobre nota los dos, marcaran el sentido de la corrida, pero la pusieron en el despeñadero. Ni la frágil calidad del sexto de sorteo, jugado de quinto por correrse turno, ni la aplomada seriedad del jugado para cerrar sirvieron para levantar el espectáculo, que empezó a torcerse a las primeras de cambio. El toro que partió plaza, muy ofensivo, desarrolló sentido y disparó tralla sin apuntar ni avisar, fue por la mano izquierda intratable. El segundo, que galopó de salida, no fue ni tan incierto ni tan emocionante como el primero, pero cuesta saber cómo se habría resuelto el problema sin la colaboración generosa, el pulso, la firmeza y la torería genuina de Octavio Chacón.

El torero de Prado del Rey compuso entonces la faena más feliz de todas. Por su asiento, por el ajuste, por cumplirse, en señal de dominio, en un palmo de terreno pese a no ser breve, tampoco larga ni espesa y por atenerse a la virtud clave de ir de menos a más en punto a poder: el aire pegajoso inicial del toro quedó sometido al cabo de una docena de muletazos, Chacón se templó en los viajes a media altura del toro, que llevó tapado con autoridad, remató tandas con graciosos cambiados a pies juntos, se cruzó al pitón contrario sin temblar cuando la cosa exigió riesgos y quedó por eso sensación de faena por encima de las circunstancias. La idea de atacar con la espada en la suerte contraria no fue afortunada: tres pinchazos y una estocada. Y un corte en la mano al atacar por tercera vez. La faena, de mucha majeza, y la lidia –diligencia, acierto, temple, dominio singular del tercio de varas-  tuvieron reconocimiento.

Lo hubo también para la faena de Robleño al noblote y mansurrón cuarto, astigordo, cornicorto y cabezudo, que descolgó de partida pero no terminó de pasar ni meter riñones. Con la mano izquierda el trazo de los muletazos fue exquisito. A suerte cargada el toreo, academicista, garboso, muy sereno. Faltó toro. No en el primer turno, porque el primer victorino del centenario, armado hasta los dientes, abierto y engatillado, imposible más trapío en un toro de 500 kilos, fue tan belicoso como listo y agresivo: al bulto venía. Los cuatro muletazos de pitón a pitón, o pitón a costado, previos a la igualada tuvieron aire singular.

Recién salido de la enfermería, Chacón hizo lo imposible por lucir en el caballo al sexto, que antes de un tercer puyazo que no llegó a tomar, escarbó y volvió grupas. Tardo y distraído, se acabó parando. Pepe Moral, expeditivo con el protestado tercero, no llegó a entenderse con el otro toro de lote, que fue el más sencillo de lo seis. El único frágil también.

Postdata para los íntimos.- Se han estrenado banderas de la Comunidad con su carmín encendido y sus siete estrellas blancas que remiten a un pasado remoto de señores feudales. El Castillo de Manzanares el Real, tan remozado a lo Viollet le Duc, o sea, tan de cartón piedra, no es el único testimonio histórico. La Comunidad de Madrid, tan maltratada por sus propios habitantes, saqueada por el imperio napoléonico que, a cambio, embelleció la ciudad capital y tan destruida por los horrores de la Guerra de España, es, a pesar de todo eso, un rico y hermoso territorio, con vinos de hasta cuatro denominaciones de origen -la cuarta, muy reciente-, vergeles en las vegas del Jarama y el Alberche, ciudades de historia singular -San Lorenzo del Escorial, Alcalá de Henares, Aranjuez-, una macrópolis tan compleja como Madrid, un ganadero tan célebre como Victorino Martín Andrés, natural de Galapagar como el famoso matador José Tomás Román, y una atribución gastronómica del todo caprichosa: el cocido madrileño, que es igualito que el de Medina del Campo. De los vinos, el de Arganda. ¿O el blanco de Colmenar de Oreja? ¿O los tintos de San Martín? Las tierras de vino son de fiar.
Última actualización en Domingo, 14 de Abril de 2019 21:55