TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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CASTELLON. Crónica de Barquerito: "Recital de Morante"

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Genio del torero de la Puebla del Río en la mejor versión de su toreo de compás, improvisaciones y alta escuela

Una faena memorable por su concepto y estilo.

Castellón, 30 mar. (COLPISA, Barquerito)

Sábado, 30 de marzo de 2019. Castellón. 5ª de feria. Soleado, fresco. Tres cuartos largos. 8.000 almas. Dos horas y media de función.
Seis toros de Justo Hernández Escolar. Tres -2º, 3º y 4º- con el hierro de Garcigrande y los otros tres, con el de Domingo Hernández. Morante de la Puebla, saludos y vuelta tras un aviso. El Juli, saludos y saludos tras un aviso. Miguel Angel Perera, oreja tras un aviso y oreja. Dos excelentes lances de brega de José Antonio Carretero para fijar al cuarto.

El toro de la corrida fue un tercero Borrachín, de codicia, ritmo y entrega sobresalientes, pero la faena de la tarde, y de la feria también, se la llevó puesta un cuarto Fritero castaño albardado, que, ni feo ni bonito, vino a manos de un Morante no solo tocado por las musas sino propiamente desatado. Dejado, desmayado, siempre acompasado y, sin embargo, desatado. Incontinente su ambición, rarísimo su empeño de embarcarse en un trabajo de orfebre que fue, por lo abundante, como un manantial.
Morante prefiere las faenas breves o sucintas. Por ser de los muy contados toreros que con docena y media de muletazos se bastan para hacer del toreo pura magia, envolver un toro en papel de celofán, hechizarlo y convertir su embestida en una obra de arte. Contra su propia ley y costumbre, Morante, en improvisación constante, se decidió por una faena de no menos de medio centenar de muletazos. No cabía ponerse a contarlo, porque fue como el maná.

No el chorro, que no se compadece con la cadencia, sino un fluir de singular delicadeza. El prólogo de la faena, inesperada sorpresa, fue, con Morante sentado en el estribo, una serie de cuatro ayudados por alto muy despegados. Con ellos llegó cosida entre tablas y rayas una tanda de toreo de rodillas, tres pases muy suavecitos, y con esa tanda, ligados con ella, el kikirikí, el natural y el de pecho. Con esos diez muletazos se abrió lo que iba a ser enseguida un hermosísimo concierto. Dechado del toreo sevillano de alta escuela que Morante ha rescatado de las imágenes sepia de época y reinterpretado con un aire propio por todo inconfundible. Unico. Casi en el momento de empezar a sentirse el fondo y las formas de la faena estalló en el parque de Ribalta, a las puertas de la plaza, una traca. La banda de música, que lleva toda la semana interviniendo antes de lo preciso, se contuvo esta vez. Estarían los músicos pendientes de una manera de torear que es, por su sentido del compás, refinada música de cámara.

Lo que hizo Morante fue, apertura temeraria aparte, romper con el manido canon que obliga a espaciar las faenas en tandas pautas, cuatro y el de pecho, etcétera, y otra vez lo mismo, y otra vez. Romper con ese sinsentido se tradujo en un muleteo constante, sin solución de continuidad ni paradas. Sin medir Morante terrenos aunque sí las distancias, o la distancia,  una sola, a la cual se avino seducido el toro, que no fue ni bélico ni tampoco apacible sin más. Prendido en los vuelos, traído, llevado y soltado como una madeja de seda, pareció el toro agradecer tal cantidad de caricias, seguidas.

Y Morante, en recreo no disimulado, ajeno al eco de reconocimiento que la faena toda tuvo desde que empezó a latir. Con la diestra, a pies juntos o a compás apenas abierta, mecida esa muleta planchada y liviana que sin apenas montar Morante gasta cuando se ilumina. El cambiado en trincherilla, el ayudado por alto, el redondo amplio a veces en la media altura para desahogar Morante al toro, el cite frontal, el molinete de salida en los contados apretones del toro, el cambiado por alto a suerte cargada no para abrochar tanda sino para dar paso inmediato a nuevas variaciones. Música celeste, por tanto. La faena, que arrancó en tablas, fue recorriendo plaza. Los medios, las rayas, casi toda entera donde diera el sol y no interfiriera el viento.

Una lástima que, cuando se arrancaron los músicos, lo hicieran con un pasodoble tan inadecuado para la ocasión como La Giralda. Pero también Morante se había descalzado a mitad de faena y dejado perdidas las zapatillas no se sabe dónde. Cuando el toro protestó dos veces seguidas, no mucho pero lo bastante, Morante se fue por la espada y, aunque no llegó a cuadrar, atacó por derecho. Hasta el puño pero atravesada y algo trasera una estocada defectuosa. Cuatro descabellos. Un aviso, Vuelta al ruedo. Claveles, botas de vino, ramitos verdes. Y a ver quién se atrevía a torear después. En turno El Juli con un quinto que embistió  golpes y quiso rajarse. Y el efecto Morante se dejó notar. También cuando Perera, firme y templado, se estiró con el notable sexto de corrida en faena donde no faltaron los ovillos y los circulares que en el repertorio sevillano clásico no existen.

Antes de la fiesta del cuarto toro, Morante había toreado a modo al primero de la tarde -un ramillete de verónicas en el platillo después de haber dejado al toro correr-  y, en anuncio de lo que iba a ocurrir tres toros después, se prodigó en el toreo de caprichoso dibujo, improvisado, pausado y rematado con un ayudado a dos manos por delante sencillamente magistral. El Juli se pasó de faena con un segundo que punteó engaños y Perera, como un trueno, se lanzó sin freno por el soberbio tercero, de Garcigrande, que respondió al toreo de mano baja sin regates ni recelos.

Postdata para los íntimos.- Los drogueros de la Catalana, en la calle Colón, lo son de cuarta generación. Así se reclaman. Se habrán quedado cortos. La droguería se estableció en el XIX, sobrevivió a un incendio en 1902 -hay en uno de los tres escaparates fotos del fuego, los bomberos y el público de miranda festiva- y, echando cuentas, qué menos de cinco generaciones.

La Catalana estaba ideada para clientela campera. Contra las plagas, eso lo primero. Y, luego. abonos y demás familia para que la tierra diera de sí un poquito más. Los ecologista modernos pusieron el freno a la química exterminadora. De un lado ese punto. Y de otro, la circunstancia de que Castellón dejó de ser mercado central agrario hace muchos, muchos años. La Catalana ha sobrevivido porque las plagas, como su mismo nombre indica, son el cuento de nunca acabar. La cucaracha, el pulgón y otras especies invasoras que van desde el cangrejo rojo del Deltebre a los caracoles índicos que viajan de polizones anónimos en los petroleros.

El mar sigue trayendo y llevando pestes. El puerto de Castellón -el pesquero, el mercante y el de recreo- es abundante. Los de la Catalana se han pasado a la cosmética y a la jardinería. Un negociante catalán nunca se rinde. Así ha sido siempre, desde los años del Císter, y no digamos ahora. Llama la atención un abono para geranios que los hace crecer de tamaño y ganar color, y se puede elegir color.

En el túnel del tiempo, casi desde el año del incendio, los Jabones Beltrán, empresa de 1922 que resiste bien. Los catalanes conservan la publicidad original. Buena señal. Como el Lagarto o los Pardo. No digamos el jabón de Alepo, que se sigue vendiendo en la herboristería de José Carrasco, en la calle O'Donnell. La vi ayer menos surtida que otros años. O menos abastecida. Y sin parroquianos.

El negocio de las tisanas ha sucumbido al imperio de las multinacionales, los curanderos han sido proscritos, o se los habrá tragado la España llamada "vacía". O se habrán jubilado. En Castellón y en todas partes. Y, encima, los farmacéuticos de toda la vida, reconvertidos en modernos perfumistas dedicados a la dermatología, han pasado al ataque. La conquista de mercados.

Esta mañana he comprado en la farmacia de Calduch, en el centro, cerca del Ayuntamiento, una pastilla de Suavina, jabón patentado por los Calduch (Laboratorio en Castellón) que tiene, entre otros ingredientes, sodio de palma, aceite de argán, semilla de macadamia y jacinto, extracto de aroma de gardeia, glicerina de titanio, citronelo y lino. Por 3 euros 85 se vende una pastilla de menos de cien gramos. La tengo en la mano. Hace honor al nombre. Por lo suave. He hecho la primera prueba en una úlcera que llevó arrastrando en el cuello hace tiempo. Mano de santo
Recital de Morante
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-Genio del torero de la Puebla del Río en la mejor versión de su toreo de compás, improvisaciones y alta escuela. Una faena memorable por su concepto y estilo.
Castellón, 30 mar. (COLPISA, Barquerito)
Castellón. 5¦ de feria. Soleado, fresco. Tres cuartos largos. 8.000 almas. Dos horas y media de función.
Seis toros de Justo Hernández Escolar. Tres -2§, 3§ y 4§- con el hierro de Garcigrande y los otros tres, con el de Domingo Hernández.
Morante de la Puebla, saludos y vuelta tras un aviso. El Juli, saludos y saludos tras un aviso. Miguel Angel Perera, oreja tras un aviso y oreja.
Dos excelentes lances de brega de José Antonio Carretero para fijar al cuarto.
El toro de la corrida fue un tercero Borrachín, de codicia, ritmo y entrega sobresalientes, pero la faena de la tarde, y de la feria también, se la llevó puesta un cuarto Fritero castaño albardado, que, ni feo ni bonito, vino a manos de un Morante no solo tocado por las musas sino propiamente desatado. Dejado, desmayado, siempre acompasado y, sin embargo, desatado. Incontinente su ambición, rarísimo su empeño de embarcarse en un trabajo de orfebre que fue, por lo abundante, como un manantial.
Morante prefiere las faenas breves o sucintas. Por ser de los muy contados toreros que con docena y media de muletazos se bastan para hacer del toreo pura magia, envolver un toro en papel de celofán, hechizarlo y convertir su embestida en una obra de arte. Contra su propia ley y costumbre, Morante, en improvisación constante, se decidió por una faena de no menos de medio centenar de muletazos. No cabía ponerse a contarlo, porque fue como el maná.
No el chorro, que no se compadece con la cadencia, sino un fluir de singular delicadeza. El prólogo de la faena, inesperada sorpresa, fue, con Morante sentado en el estribo, una serie de cuatro ayudados por alto muy despegados. Con ellos llegó cosida entre tablas y rayas una tanda de toreo de rodillas, tres pases muy suavecitos, y con esa tanda, ligados con ella, el kikirikí, el natural y el de pecho. Con esos diez muletazos se abrió lo que iba a ser enseguida un hermosísimo concierto. Dechado del toreo sevillano de alta escuela que Morante ha rescatado de las imágenes sepia de época y reinterpretado con un aire propio por todo inconfundible. Unico. Casi en el momento de empezar a sentirse el fondo y las formas de la faena estalló en el parque de Ribalta, a las puertas de la plaza, una traca. La banda de música, que lleva toda la semana interviniendo antes de lo preciso, se contuvo esta vez. Estarían los músicos pendientes de una manera de torear que es, por su sentido del compás, refinada música de cámara.
Lo que hizo Morante fue, apertura temeraria aparte, romper con el manido canon que obliga a espaciar las faenas en tandas pautas, cuatro y el de pecho, etcétera, y otra vez lo mismo, y otra vez. Romper con ese sinsentido se tradujo en un muleteo constante, sin solución de continuidad ni paradas. Sin medir Morante terrenos aunque sí las distancias, o la distancia,  una sola, a la cual se avino seducido el toro, que no fue ni bélico ni tampoco apacible sin más. Prendido en los vuelos, traído, llevado y soltado como una madeja de seda, pareció el toro agradecer tal cantidad de caricias, seguidas.
Y Morante, en recreo no disimulado, ajeno al eco de reconocimiento que la faena toda tuvo desde que empezó a latir. Con la diestra, a pies juntos o a compás apenas abierta, mecida esa muleta planchada y liviana que sin apenas montar Morante gasta cuando se ilumina. El cambiado en trincherilla, el ayudado por alto, el redondo amplio a veces en la media altura para desahogar Morante al toro, el cite frontal, el molinete de salida en los contados apretones del toro, el cambiado por alto a suerte cargada no para abrochar tanda sino para dar paso inmediato a nuevas variaciones. Música celeste, por tanto. La faena, que arrancó en tablas, fue recorriendo plaza. Los medios, las rayas, casi toda entera donde diera el sol y no interfiriera el viento.
Una lástima que, cuando se arrancaron los músicos, lo hicieran con un pasodoble tan inadecuado para la ocasión como La Giralda. Pero también Morante se había descalzado a mitad de faena y dejado perdidas las zapatillas no se sabe dónde. Cuando el toro protestó dos veces seguidas, no mucho pero lo bastante, Morante se fue por la espada y, aunque no llegó a cuadrar, atacó por derecho. Hasta el puño pero atravesada y algo trasera una estocada defectuosa. Cuatro descabellos. Un aviso, Vuelta al ruedo. Claveles, botas de vino, ramitos verdes. Y a ver quién se atrevía a torear después. En turno El Juli con un quinto que embistió  golpes y quiso rajarse. Y el efecto Morante se dejó notar. También cuando Perera, firme y templado, se estiró con el notable sexto de corrida en faena donde no faltaron los ovillos y los circulares que en el repertorio sevillano clásico no existen.
Antes de la fiesta del cuarto toro, Morante había toreado a modo al primero de la tarde -un ramillete de verónicas en el platillo después de haber dejado al toro correr-  y, en anuncio de lo que iba a ocurrir tres toros después, se prodigó en el toreo de caprichoso dibujo, improvisado, pausado y rematado con un ayudado a dos manos por delante sencillamente magistral. El Juli se pasó de faena con un segundo que punteó engaños y Perera, como un trueno, se lanzó sin freno por el soberbio tercero, de Garcigrande, que respondió al toreo de mano baja sin regates ni recelos.
Última actualización en Sábado, 30 de Marzo de 2019 22:32