TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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CASTELLON. Crónica de Barquerito: "Roca Rey no perdona"

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El torero limeño firma un impecable trabajo con un muy noble tercero de Juan Pedro y, aplomo, talento y recursos, convence con el único toro deslucido de una bella corrida

Castellón, 29 mar, (COLPISA, Barquerito)

Viernes, 29 de marzo de 2019. Castellón. 4ª de feria. Primaveral. Lleno reventón. 9.000 almas. Dos horas y cincuenta minutos de función. Seis toros de Juan Pedro Domecq. El Fandi, una oreja y una oreja tras un aviso. Manzanares, en su inicio de temporada, saludos y una oreja tras un aviso. Roca Rey, dos orejas y una oreja.

A REVENTAR LA PLAZA, vetusta y obsoleta reliquia del Castellón decimonónico. Lleno también en los tendidos de los sastres: las terrazas y balcones de los tres rascacielos que, fósiles de los años sesenta y setenta, circundan coso, patio de cuadras y corralitos. Tiró de la taquilla Roca Rey. Manzanares, aliviado tras larga convalecencia de una cirugía de espalda, se estrenaba en esta temporada que afronta con aire manifiesto de torero veterano, porque cumplirá en junio dieciséis años de alternativa. El Fandi, fuerza de la naturaleza, tiene entre quienes corren los toros de las calles bastantes partidarios. Pero en el boca a boca corría solo el nombre de Roca Rey.

 

El Fandi firmó dos faenas de sol, la segunda de ellas, de una estomagante teatralidad, impropia de un torero que ha hecho de la técnica de torear un oficio fluido y llano a la vez. Molinetes y más molinetes, tandas de rodillas gateando, desplantes artificiosos, pausas y paseos, un cuento. Se acabó rajando un primer toro de algodón por todo inocuo, castigado con pitos en el arrastre; se dejó muy dócilmente el cuarto, que mugió como un condenado justo antes de buscar las tablas para echarse, pero marró el puntillero y. en lo que tardó en doblar el toro, cayó con retraso un aviso.

No el único de la fiesta. Manzanares cobró con el quinto una entera atravesada y el toro, el más codicioso de la corrida a pesar de haber estado a punto de descaderarse en un mal paso, se resistió a doblar más de lo previsto. No bastó el empeño de Manzanares por recibir con la espada –dos pinchazos en falso- a un brioso segundo que escarbó más de una vez, pero atacó también con son del bueno. Dos  volatines completos, cobró ese toro de la reaparición de Manzanares. Tanto humillaba. Manzanares abusó del toreo rehilado en una faena de ir ganado confianza poco a poco y sin excesos. Con el quinto se esmeró. No con la zurda –pasos perdidos, cautelas- pero sí con la diestra en muletazos rematados atrás, embarcados en engaño de generosas dimensiones.

Todo eso –incluidos los alardes de El Fandi con las banderillas y sus malabarismos con el capote- quedó reducido a anécdota de una corrida cualquiera en cuanto salió a escena Roca Rey. Lo hizo sin la menor tibieza. Ningún toro cobró más de una vara –y eso que acudieron al caballo prestos y casi solos o corridos- pero el primero de Roca, tercero de corrida, no llegó ni a sangrar. No fue ni siquiera un picotazo. Sería deseo expreso del torero limeño, que, antes de la sedicente vara, ya se había dejado ver y querer en un recibo de seis chicuelinas cobradas con ajuste vertical en el platillo –dejando al toro abrirse hasta fijarse- y abrochadas con revolera, larga y brionesa. Primer clamor.

Después, caballos y segundos fuera, en el quite propio, y en silencio expectante todo el mundo, Roca volvió al platillo para cuajar una gavilla de siete gaoneras ligadas en un palmo sin rectificar y en asfixiante recorte de espacio. El eco fue ruidosísimo. La gente se puso de pie. Un tercio de banderillas bastante calamitoso –cuatro garapullos en un costillar, palos larguísimos- y al punto una faena de encaje superlativo, gran juego de brazos, sentido de la medida, ligazón, precisión en los toques mínimos, no poco toreo por los vuelos, una muy arrogante manera de ser, estar y pensar.

Una media arrucina ligada con uno mirando al tendido ceñidísimo y el de pecho provocaron el delirio. Parecía cumplida la faena, calló la música pero solo tras mínima pausa volvió Roca al toro, pidió a la música de vuelta y cumplió una suerte de segunda faena a placer, no sin sorpresas: estatuarios, el farol cosido entre el natural y el de pecho por dos veces y en broche de dos tandas muy templadas con la izquierda, toreo frontal también, un kikirikí casi molinete… Arreando y de qué manera. No acabó de igualar el toro. La estocada, en corto y por derecho, desprendida, bastó. Dos orejas marcaron la diferencia.

Y no solo las orejas, sino que el sexto, anovillado, el toro ingrato de tan noble corrida, no se prestó a casi nada. Se volvía sin terminar de pasar, echaba la cara arriba, se quedaba a mitad de suerte, se apoyaba y resistía. Y entonces Roca, que había abierto con una tanda de cambiados –dos de ellos por la espalda-, puso cerco al toro, se le metió entre pitones en péndulos de riesgo y de trazo muy hermoso. Tragón, brillante, capaz de darle la vuelta a lo que parecía una faena  de imposible brillo. Otra estocada. Un suave y refrescante huracancito.

Postdata para los íntimos.- Una fiera. El torero, no el toro.

Hay casi en la esquina de Escultor Viciano y la plaza Borrull un horno, una panadería pastelera cuyo nombre no recuerdo con precisión ahora mismo. ¿El Horno de la Abuela? Es un horno de bollería rumana. Muy concurrido. Las vitrinas están a rebosar. Castellón es la provincia española con mayor porcentaje de población rumana migrante. Lo era en la última época de Ceacescu y lo fue todavía más luego de la muerte del dictador, que murió a la romana, acogotado por la masa misma. La avidez de la venganza, que es patrimonio de la humanidad.
Los rumanos viven en Castellón muy adaptados. Tanto que resulta insultante decir "integrados". No obstante, hay dentro de la ciudad barrios muy rumanos. Con sus economatos, por ejemplo. Sus tiendas de alimentación. Embutidos, derivados de caza, postres y cremas de castañas, bollería cereal muy variada. Rumanía es un inmenso granero. Bucarest, una ciudad desconocida, afrancesada, de cultivado e ilustre pasado, y de excelentes orquestas. Patria de un músico genial, el señor Sergiu Celidibache, enamorado de todo lo español. La clase intelectual, aristocrática e iluminada de la Rumanía ilustrada eligió París como destino y frontera: Ionesco, Cioran, Eliade. Ahora están olvidadas sus figuras. Celidibache se resistió a grabar para las grandes casas, porque solo le gustaba el concierto en directo. En Madrid trabajó más que en ninguna otra ciudad europea capital musical. Más que en Suiza o Francia. Más que en Alemania. Era de un perfeccionismo tan extremo que podía expulsar de un ensayo a quienquiera que osara saltarse una nota, solo una, de una partitura. La iracundia de un director de un orquesta no admite parangón. Yo vi en Sheffield de Inglaterra hace ya cincuenta años a sir John Barbirolli romper en dos una batuta en un concierto de la Halle Orquestra, que tocaba dos veces al mes en el Auditorio. Romperla sobre el atril. A Celidibache le gustaba dirigir sentado y con partitura a la vista. Tenía buena vista y tupida cabellera, unas manos inmensas, y una mirada triste que se encendía de repente con fuego de volcán.
Todos los países europeos de ascendencia o colonización romana -imperial- comparten una sensibilidad común: la vitalidad. Lo que distingue a Rumanía es el gran goterón eslavo que en estas otras fronteras cercanas no se da. En Getafe o en Alcalá de Henares, provincia de Madrid, hay comunidades rumanas muy nutridas. Un día se empezó a hablar, en Castellón y en Madrid, del "voto rumano". Un voto escarmentado y, por tanto, conservador. Hay, por lo demás, zíngaros sin patria pero pasaporte rumano que copan en Madrid los escenarios de la mendicidad consentida. Mi barrio está invadido, y la invasión, tolerada, admitida y consentida. O ignorada. No cuenta el voto. ¿Volvemos al horno de Viciano? Volvamos. Huele que alimenta. Todos los productos de las vitrinas están definidos y nombrados en rumano, que es una lengua romance, como el español, el catalán, el gallego, el francés, el italiano y el reto suizo. La invasión salvaje del inglés ha venido a destruir la armonía tan profunda del acervo común latino. Por las calles de Castellón, en los autobuses, resuena cantarín el rumano, que se transmite de generación en generación. La entonación es, en general, mucho mas aguda que la de castellano del Duero -Zamora, Palencia, Soria, donde tan grave suena- pero la propia agudeza le añade musicalidad. Dos maestros de la musicología -compositores de relieve mundial- como Bela Bartók y Zoltan Kodaly recorrieron en sus años no tan mozos las montañas rumanas de la Transilvania para grabar canciones y músicas de un folklore fascinante, de raíces indostanas pero batidas por el instrumento clave de las melodías rumanas: el acordeón. Los migrantes rumanos cargan con el acordeón como si fuera una parte del cuerpo. Es que lo es.
Enfrente del horno rumano de Viciano mantiene su gracia el edificio modernista de dos plantas de las Hermanas Martí y su peluquería de señoras, que en Magdalena cierra por las tardes. En el escaparte hay fotos de tocados de los años 50. Los cabellos recogidos entrenzas o moños con peinas o alfileres. Tocados romanos de origen fenicio o ibérico. No sé. La casita de las Martí -fachada de dos plantas con tramos de azulejería- está como nueva. Es centenaria, modernista a su manera. Y al lado, ya en la línea de la plaza Borrull, uno de los rascacielos primitivos de Castellón, tal ve el primero de todos, de los años cincuenta, que se está cayendo a trozos. Doce pisos. Para nada.
Y, luego, un paseo delicioso por el Puerto, donde nada es perfecto. Pero lo cura el sol. Camino del autobús de Aeroclub, una parada en el Jardí del Port, de 1954, una docena de espléndida palmeras Washington. El Hotel Mediterráneo, en la esquina de la avenida del Mar con el paseo de Buenavista, abandonado, está en venta.  Colas para subir en el trolebús a la mascletá. La una y media. En el Grao no distingo presencia rumana, Si moros. Y andaluces. Gente de la pesca. Los viernes, mercado en Elcano, Sant Pere y la Virgen del Carmen. Huele a naranja. Muchos remolques, pocas ventas.
La Marina, desierta, a la luz de las 2 de la tarde, yates dormidos en sus amarres, parece un oasis. Silencio, agua y luz. Un cielo nítido cercano. Y protector.
Hay casi en la esquina de Escultor Viciano y la plaza Borrull un horno, una panadería pastelera cuyo nombre no recuerdo con precisión ahora
mismo. ¿El Horno de la Abuela? Es un horno de bollería rumana. Muy concurrido. Las vitrinas están a rebosar. Castellón es la provincia española con mayor porcentaje de población rumana migrante. Lo era en la última época de Ceacescu y lo fue todavía más luego de la muerte del dictador, que murió a la romana, acogotado por la masa misma. La avidez de la venganza, que es patrimonio de la humanidad.
Los rumanos viven en Castellón muy adaptados. Tanto que resulta insultante decir "integrados". No obstante, hay dentro de la ciudad barrios muy rumanos. Con sus economatos, por ejemplo. Sus tiendas de alimentación. Embutidos, derivados de caza, postres y cremas de castañas, bollería cereal muy variada. Rumanía es un inmenso granero. Bucarest, una ciudad desconocida, afrancesada, de cultivado e ilustre pasado, y de excelentes orquestas. Patria de un músico genial, el señor Sergiu Celidibache, enamorado de todo lo español. La clase intelectual, aristocrática e iluminada de la Rumanía ilustrada eligió París como destino y frontera: Ionesco, Cioran, Eliade. Ahora están olvidadas sus figuras. Celidibache se resistió a grabar para las grandes casas, porque solo le gustaba el concierto en directo. En Madrid trabajó más que en ninguna otra ciudad europea capital musical. Más que en Suiza o Francia. Más que en Alemania. Era de un perfeccionismo tan extremo que podía expulsar de un ensayo a quienquiera que osara saltarse una nota, solo una, de una partitura. La iracundia de un director de un orquesta no admite parangón. Yo vi en Sheffield de Inglaterra hace ya cincuenta años a sir John Barbirolli romper en dos una batuta en un concierto de la Halle Orquestra, que tocaba dos veces al mes en el Auditorio. Romperla sobre el atril. A Celidibache le gustaba dirigir sentado y con partitura a la vista. Tenía buena vista y tupida cabellera, unas manos inmensas, y una mirada triste que se encendía de repente con fuego de volcán.
Todos los países europeos de ascendencia o colonización romana -imperial- comparten una sensibilidad común: la vitalidad. Lo que distingue a Rumanía es el gran goterón eslavo que en estas otras fronteras cercanas no se da. En Getafe o en Alcalá de Henares, provincia de Madrid, hay comunidades rumanas muy nutridas. Un día se empezó a hablar, en Castellón y en Madrid, del "voto rumano". Un voto escarmentado y, por tanto, conservador. Hay, por lo demás, zíngaros sin patria pero pasaporte rumano que copan en Madrid los escenarios de la mendicidad consentida. Mi barrio está invadido, y la invasión, tolerada, admitida y consentida. O ignorada. No cuenta el voto. ¿Volvemos al horno de Viciano? Volvamos. Huele que alimenta. Todos los productos de las vitrinas están definidos y nombrados en rumano, que es una lengua romance, como el español, el catalán, el gallego, el francés, el italiano y el reto suizo. La invasión salvaje del inglés ha venido a destruir la armonía tan profunda del acervo común latino. Por las calles de Castellón, en los autobuses, resuena cantarín el rumano, que se transmite de generación en generación. La entonación es, en general, mucho mas aguda que la de castellano del Duero -Zamora, Palencia, Soria, donde tan grave suena- pero la propia agudeza le añade musicalidad. Dos maestros de la musicología -compositores de relieve mundial- como Bela Bartók y Zoltan Kodaly recorrieron en sus años no tan mozos las montañas rumanas de la Transilvania para grabar canciones y músicas de un folklore fascinante, de raíces indostanas pero batidas por el instrumento clave de las melodías rumanas: el acordeón. Los migrantes rumanos cargan con el acordeón como si fuera una parte del cuerpo. Es que lo es.
Enfrente del horno rumano de Viciano mantiene su gracia el edificio modernista de dos plantas de las Hermanas Martí y su peluquería de señoras, que en Magdalena cierra por las tardes. En el escaparte hay fotos de tocados de los años 50. Los cabellos recogidos entrenzas o moños con peinas o alfileres. Tocados romanos de origen fenicio o ibérico. No sé. La casita de las Martí -fachada de dos plantas con tramos de azulejería- está como nueva. Es centenaria, modernista a su manera. Y al lado, ya en la línea de la plaza Borrull, uno de los rascacielos primitivos de Castellón, tal ve el primero de todos, de los años cincuenta, que se está cayendo a trozos. Doce pisos. Para nada.
Y, luego, un paseo delicioso por el Puerto, donde nada es perfecto. Pero lo cura el sol. Camino del autobús de Aeroclub, una parada en el Jardí del Port, de 1954, una docena de espléndida palmeras Washington. El Hotel Mediterráneo, en la esquina de la avenida del Mar con el paseo de Buenavista, abandonado, está en venta.  Colas para subir en el trolebús a la mascletá. La una y media. En el Grao no distingo presencia rumana, Si moros. Y andaluces. Gente de la pesca. Los viernes, mercado en Elcano, Sant Pere y la Virgen del Carmen. Huele a naranja. Muchos remolques, pocas ventas.
La Marina, desierta, a la luz de las 2 de la tarde, yates dormidos en sus amarres, parece un oasis. Silencio, agua y luz. Un cielo nítido cercano. Y protector.
Última actualización en Sábado, 30 de Marzo de 2019 22:12