TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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VALENCIA. Crónica de Barquerito: "Un toro extraordinario de Jandilla"

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"Horroroso" de nombre, son y entrega excepcionales, provoca una ruidosa petición de indulto desatendida

Castella, favorecido por un lote sobresaliente, a hombros

Valencia, 17 mar. (COLPISA, Barquerito)

Domingo, 17 de marzo de 2019. Valencia, 9ª de abono. Soleado, fresco, ventoso. 8.000 almas. Dos horas y treinta y cinco minutos de función. Gómez Pascual, tercero de Cayetano, herido por el segundo en la zona lumbar y operado en la enfemería. Cuatro toros de Jandilla y dos -1º y 6º- de Vegahermosa (Borja Domecq Noguera). Vuelta en el arrastre para quinto, "Horroroso", número 74, negro zaino, 540 kilos.

Diego Urdiales, saludos y silencio tras un aviso. Sebastián Castella, silenciio tras dos avisos y dos orejas tras dos avisos. Salió a hombros. Cayetano, silencio en los dos. José Chacón le pegó al segundo tres capotazos mayúsculos y prendió al quinto dos pares muy toreros.

LA CORRIDA DE JANDILLA, cuatro toros completados con dos de Vegahermosa -idéntico encaste, el mismo ganadero-, fue pareja en pesos, pero de remate, condición y fondo dispares. Un cuarto de fea traza, la edad recién tomada, desniveló por abajo. Sin plaza, trotón, de incurable desgana y suelto de mansear, derribó engañosamente en un primer puyazo a querencia y con la ayuda de un caballo sin poner, A la defensiva, soltó gaitazos y en la reunión de la estocada estuvo en un arreón a punto de llevarse por delante a Diego Urdiales, que había cobrado con el primero de corrida la estocada de la tarde.

Una banda de percusión de altísimo voltaje que todos los años en Fallas se instala en una esquina de la plaza del Ayuntamiento vino a situarse esta vez delante de la entrada de la plaza de toros en la calle Xátiva y durante la lidia casi completa de ese cuarto toro creó un ruido insoportable. Diego mantuvo la calma. La gente protestaba contra la banda de bombos y tambores. No hubo solución.

Arrastrado el toro entre pitos, se vino a vivir otra corrida. Los del ruido y la matraca, probablemente a sueldo, se fueron con la música a otra parte y, en fin, sucedieron otras dos felices circunstancias; se echó pasajeramente el viento, que llevaba haciendo estragos desde el paseíllo, y, sobre todas las cosas, saltó en quinto lugar un toro de extraordinaria calidad. Un toro negro entre capacho y acucharado, muy bien hecho -cortas las manos, poderosos pecho y culata- y de una prontitud manifiesta desde la misma salida.

Codicioso y repetidor, el aire visible de la bravura, ya había descolgado a las primeras de cambio, solo que enganchando telas y barriendo gente que estaba de más o mal colocada. En las dos entradas a varas derribó con la ayuda y renuncia del mismo caballo que había picado al cuarto. Castella decidió correr con la lidia, pero se perdió sin cobrar ni un solo lance limpio. José Chacón, su peón de confianza, sí le pegó al toro tres capotazos sensacionales, dos por el izquierdo y un tercero por el derecho, que dejaron claro cómo era el toro de claro y no solo de bravo.

Entre la idea del toro de carril y el toro de bandera media una distancia, que es la gota de fiereza que distingue al uno del otro. Pues este cuarto pareció más de carril por un detalle fundamental: su nobleza y su temple en dosis insuperables, su entrega y lo largo de su recorrido, que en un quite de Castella en los medios por chicuelinas a tercio cambiado se dejó sentir de modo particular. Pese a ser corto de cuello, descolgó y, siempre humillado, soportó con regularidad formidable un trasteo de no menos de cincuenta muletazos.

Una primera tanda del repertorio de Castella -el cite de largo en los medios, el cambiado por la espalda de apertura de un ramillete de casi una decena de muletazos cosidos por las dos manos y sin enmienda- y, luego, salpicadas de paseos, tandas por las dos manos que fueron como norma de cuatro y el de pecho, sin apenas variaciones y siempre en la misma distancia pero no el mismo terreno. Podían haber sido algunos más. Por la mano izquierda, los logros fueron menores. Por la derecha se sostuvo un ritmo regular. Ni un enganchón.

Después de cinco tandas el toro escarbó -no sería de manso- y, cuando la faena se dilató hasta casi el límite, volvió a escarbar. No se sabe si los oles clamorosos de la gente iban por la faena -la firmeza del Castella mayor- o por el toro y sus embestidas, ni una en tromba, sino pura armonía, Una tanda final de toreo frontal por alto -¿mondeñinas de Mondeño?- y de pronto empezó a cuajar una petición de indulto no mayoritaria pero sí muy ruidosa. Castella se demoró intencionadamente, trató de hacer cómplices a los que pedían el indulto y el guirigay fue de época.

El palco no estaba por el indulto y se enrocó mientras la bronca crecía en serio. Corría el reloj, pasó el tiempo, sonaron dos avisos y, tras una estocada trasera y un descabello, dobló el toro. Decisión salomónica del presidente: vuelta para el toro y las dos orejas para el torero de Beziers, que, cuando concluía la vuelta al ruero, tuvo el detalle de acercarse hasta la barrera para felicitar al ganadero.

La felicitación podía haber sido doble, porque, dentro de la dispar corrida, el segundo fue otro toro de carril pero sin la categoría del quinto. Descubierto por el viento, destemplado y nervioso, no dio Castella pie con bola, pero se hartó de pegar muletazos sin cuento. Un aviso antes de la igualada y otro cuando doblaba el toro, que se fue tal cual. Al cortar el toro en el tercer par de banderillas, Gómez Pascual, de la cuadrilla de Cayetano, fue cogido y apaleado aparatosamente. Una cornada en la zona lumbar. Una punta anónima de capote evitó males mayores.

En los dos turnos de Cayetano sopló el viento con ganas y no dejó estar. El tercero, dolido en banderillas, tuvo su genio, acusó un durísimo puyazo trasero y se acabó parando. El sexto, que Cayetano, brindó desde los medios, fue el de más cuajo de la corrida pero al cabo de diez viajes metió la cara entre las manos y no quiso casi nada más. Ese sexto llevaba el hierro de Vegahermosa, igual que el primero, con el que vino a estrenar temporada en feria de primera Diego Urdiales tras sus tardes triunfales del curso pasado en Bilbao y Madrid. Estreno sin fortuna ni nada que llevarse a la boca. Pues en lote con el cuarto entró un primero que, nervioso, apretó en el caballo y arreó en banderillas, pero se puso en la muleta remolón y, encogido, probó y pegó cabezazos. Y el viento no consintió la menor licencia, Sí algún exquisito detalle suelto.

Postdata para los íntimos.- Lo propio es ir del centro al Cabanyal en autobús -el 32- que baja por Blasco Ibáñez y toma el barrio por delante de la vieja estación. La vieja y antigua estación, casi una casa de campo con las paredes pintadas de rosa pastel, se ha conservado y ahora es un centro de día. Hay geranios en las ventanas. Mano de mujer. Lo no tan propio es dar la vuelta en el tren de cercanías, el de Sagunto y Castellón, y hacer un recorrido que es parecido a un inmenso meandro -un lazo, un bucle- y te saca casi del término de Valencia porque, el paisaje a mano derecha es campero y reseco, y a mano izquierda, con las siluetas de los monstruos de Calatrava de fondo, en lo que es la llamada Font de En Corts hay barracas y campos sembrados, algún almendro, moreras, higueras, alquerías con sus palmeras y una ermita de cúpula de cerámica azul. Se tiene la impresión de salir de la ciudad. Hasta llegar al soterramiento que conduce a la estación moderna del Cabanyal. Se inauguró en 1991. La arquitectura ADIF, responsable de la mayoría de las estaciones nuevas, es deliberadamente plana. Prima la ingeniería. Sin detalles.
Los trenes de cercanías venían a reventar. Eran las diez de la mañana cuando me metí en el andén 6 de Valencia Nord, pero ya llegaba una masa informe. En ese andén, el de Castellón, y en los de Alcira, Gandía, Moixent y demás. Gente que viene a la mascletá con cuatro horas de adelanto, y a la ofrenda de flores, y al lío general. Los trenes de llegada son de diez unidades o más. Los de salida solo de tres y gracias, porque mi vagón venía casi vacío. Solo una representación florida de una falla del Cabanyal. No he podido descifrar el nombre de la falla. Lo siento. No había tenido nunca tan cerca dos falleras en un tren. El traje es incomodísimo para hacer un viaje en tren. Aunque sea de cercanías. No habían ganado ningún premio de los cientos que se conceden en Fallas. Y se notaba la desilusión. Los vi caminar por la calle Blas de Lezo camino de sus cuarteles de invierno. Iban cabizbajos. Y cabizbajas. Hablaron de banalidades. Perder la guerra en silencio.
La megafonía de Nord advirtió cuando salieron las masas del andén 6 que el tren previsto para las 10 y veinte no circulaba. ¿Quééé´...? Un señor de cierta edad, con blusón negro de fallero, se indignó. "Hay que fusilar a esta gente, yo los fusilaría..." Tal como lo cuento. Y lo repitió. Yo hice memoria y pensé en la huelga de la pasada Pascua en la Provenza. Callé. Y al fin se anunció que en cabeza de anduve había tren. Y salimos. A ver el campo que convive con la ciudad. El indignado siguió solo en el vagón.
El paseo por las playas fue memorable. Tomé nota de todos los restaurantes, desde La Pepica y el Neptuno, enfrente de la Marina, hasta el Almar, que en la frontera de la Patacona y Alboraya playa, es el último de la Malvarrosa. Nada hacía presagiar que por la tarde iba a volver de golpe el invierno.
Última actualización en Lunes, 18 de Marzo de 2019 11:16