TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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VALENCIA. Crónica de Barquerito: "Paco Ureña, muy firme en su reaparición"

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El torero de Lorca no acusa las secuelas de su percance de 2018. Linda entrega con un notable juampedro.

Ponce no remata a espada una brillante faena a un gran toro

Valencia, 16 ma. (COLPISA, Barquerito)

Sábado, 16 de marzo de 2019. Valencia. 8ª de abono. Primaveral. Lleno. 10.400 almas. Dos horas y media de función. Seis toros de Juan Pedro Domecq. Corrida de dos espadas. Manzanares, convaleciente de una lesión de vértebras, se cayó del cartel y no fue sustituido. Enrique Ponce, silencio, una oreja y saludos. Paco Ureña, silencio tras un aviso, una oreja y saludos.

MUSTIO GAÑÁN y astifino fue el toro que partió plaza. Se había salido algo suelto de una primera vara pegona y, enganchado en el peto, cobró de costado la segunda. Ponce había hecho un quite discretito a pies juntos. En su turno salió Paco Ureña a quitar de temeraria manera. El capote a la espalda, el cite de largo y casi en los medios. Y un murmullo de admiración por lo que tuvo de gesto el anuncio del quite, y el quite mismo, que, sin ser un dechado de perfecciones, tuvo por virtud mayor el ajuste en cada uno de los lances, cuatro, cosidos en cadena y por eso apurados. Muy emocionante.

Era la corrida de la reaparición del torero de Lorca tras el percance del pasado septiembre en Albacete que le costó la pérdida de visión de un ojo. Hace apenas un mes Ureña perdió el glóbul ocular. Ninguna de las dos cosas parece haber hecho mella. Solo que a la hora de cruzar con la espada se agrandan y hasta multiplican los riesgos. Al romperse filas, ya habían sacado a saludar a Ureña al tercio. No solo por reconocer su afán y su pelea, sino porque en Valencia goza de cartel de héroe de dos o tres épicas batallas. Ponce le brindó el toro del quite, al que renunció a replicar y no solo por cortesía, y por todo eso, con tantas ovaciones recogidas antes de soltarse el segundo toro de Juan Pedro, Ureña se sentiría arropado.

Arropado, confiado y, además, preparado para volver, pues lo realmente destacado de esta corrida de regreso seis meses después de la cornada de Albacete fue su firmeza, tan notable en el quite como en cuantas cosas vino a protagonizar después. Tres faenas de cierta reiteración, algo largas, pero planteadas a la brava: determinación, ni un paso atrás, ninguna ventaja. Los tres toros del retorno fueron de condición distinta dentro del orden regular de la ganadería de Juan Pedro Domecq. Convaleciente todavía de su lesión de vértebras, Manzanares se cayó del cartel, no fue sustitituido y la cosa quedó en un dos a pachas más que en un mano a mano. Por eso los tres toros de lote.

Un segundo anovillado que, trompicado y rebrincado, protestó y cabeceó; un cuarto que, lidiado, picado y banderilleado con descuido, rompió en la muleta a embestir por abajo; y un sexto cargado de peso que se cansó en seguida y, sin llegar a pararse, se vino abajo. La brillante apertura de faena con el segundo de la tarde, por estatuarios, cuatro, sin rectificar y abrochados con el del desdén y un cambiado en rosca no tuvo continuidad, pero con el toro en mínimos Ureña hizo su primer ensayo de toreo frontal, Primero de tres ensayos, porque con cuarto y sexto volvió a rematar faena de esa manera, que es seña de identidad y marca del carácter del torero lorquino.

El toreo frontal y muy encima es índice de temeridad y a eso no parece Ureña dispuesto a renunciar. Y, sin embargo, los mejores muletazos que firmó esta vez fueron los enroscados -algunos, mirando al tendido, y a pies juntos de paso-, en especial los cobrados con el cuarto de la tarde, uno de los dos toros notables de la corrida, de cuya sangre se dejó teñir la seda rosa de chaquetilla, pechera y taleguilla. Se sintió Paco más protegido al torear con la diestra a muleta armada y desplegada que al hacerlo con la izquierda, con mayor ajuste por cierto, solo que ligando a muleta puesta y algo forzada la figura. Con la espada no anduvo fino ni con el toro de la reaparición ni con el que cerró, pero al cuarto le pegó, tras un pinchazo sin soltar, una excelente estocada.

El toro de la tarde fue con diferencia el quinto, el tercero del lote de Ponce, que habia brindado al público un tercero de entrega y fuelle menguantes -y una faena rutinaria, sin curvas de nivel y, sin embargo, muy celebrada- y repitó brindis -diana floreada mediante- con el quinto, que no fue el único que galopó de salida, pero sí el que lo hizo de mejor manera. El toro apretó en el caballo y pasó un bachecito después de picado, pero en banderillas volvió a galopar, y a perseguir de bravo.

O sea, que estaba clarísimo y Ponce no se hizo ni de rogar ni esperar. Una primera tanda genuflexa de cata, el toro por abajo obligado pero embistiendo con todo -codicia cara, alegre repetir- y ya estaba servido y encendido el público. Con los dos toros matados por delante Ponce había recorrido mucha plaza -como si fuera razón de estrategia en Valencia-, pero con este excelente quinto, que se llamaba Octavillo, muchísima menos.

Menos difusa o dividida de lo habitual, la faena tuvo la huella propia: los molinetes de apertura del toreo en redondo, los remates cambiados de tanda tan aparatosos y tan para fuera, la sorpresa del toreo despacioso en los segundos y terceros de tanda, falta de ligazón en el toreo con la zurda y, antes de cambiar la espada, una serie de muletazos en cuclillas cambiados en dos o tres tiempos que son de propia invención. El castigo por abajo y hasta el acoso fueron castigo para el toro, que tanto se habia roto en la primera vara, y a la hora de la igualada el toro se mantuvo a la espera y no hizo por Ponce. Cuatro pinchazos sin cruzar, una estocada.

La gente había festejado la cosa. No tanto como las invenciones de Roca Rey en la víspera, por cierto. El primero de los cinco toros que al final ha acabado apalabrando Ponce en Fallas no le dio la menor alegría. Se levantó viento y, aunque los papeles de brújula estaban en tablas de sombra, Ponce se empeñó en buscar otros terrenos. Habria dado lo mismo porque el toro, muy regañado, no se prestó al baile.

Postdata para los íntimos.- A las siete y media estaba desayunando en el comedor del Bristol con su juego de espejos y su tragaluz. Huevos revueltos recién salidos, tomate asado, un cucharón de alubias -baked beans británica- y dos generosas tiras de pimiento verde asado; un vasito de zanahoria licuada; medio plátano aplastado con un kiwi y regado con zumo de naranja; una tostada de centeno integral con migas de un pastel de naranja que compré hace dos días en el economato de los labradores (puntdesabor.com, calle Avellanes, para veganos golosos) y ha resistido como fresco; y un yogur cremoso. Y semillas de sésamo o ajonjolí regando el café apenas manchado por una gota de leche entera.
En ningún buffet de hotel del mundo está permitido llevarse alimentos fuera del comedor, pero yo aporto el plátano, el pan de centeno, el postre de naranja y, si pudiera, alguna cosita más, El hotel está lleno: muchos alemanes y, luego, ingleses. Pocos españoles, rigurosa minoría. Desde que las plazas de hotel empezaron a venderse por internet, los huéspedes han cambiado de cara y pelaje. He visto mucho español arrastrando maletas de ruedas en busca de viviendas de las llamadas VUT. A un buen amigo le ha puesto triste la evocación del Astoria, la historia de un hotel decadente no tiene por qué ser triste, pero es que no es una decadencia, es que no van a dejar del hotel más que la fachada, que no vale gran cosa, y el esqueleto. Sin la presencia invasora del Astoria, y si no se hubiera construido ese bodrio de banco de la esquina de Moratín, la plaza de Rodrigo Botet podría ser una deliciosa y apartada placita de provincias. Salvo a la hora de la mascletás en Fallas. De todos los negocios de la plaza que conocí en 1985 solo sobrevive el Nederlands, un restaurante que era entonces muy de batalla y ahora se ha pasado a las alfombras, los espejos y tal.
Como era sábado, pasé a despedirme del Mercado Central, que no estaba demasiado concurrido. Esta noche plantan las fallas y ya estaba la gente callejeando en masa. Marabuntas humanas. Una vuelta por los puestos de pescado. Gambas rayadas de Denia, las quisquillas pálidas del Mediterráneo, tellinas o coquinas tan diminutas que podrían pasar por chirlas comunes pero son de precio y sabor distintos. Por cierto, en un largo y benéfico paseo de ayer por la Malvarrosa, el Cabanyal y las Arenas, las tres playas en línea desde la Patacona al tinglado náutico del puerto, volví a reparar en que la zona de playa donde viven las chirlas y las tellinas, juntas pero no revueltas, está prohibido mariscar. Aquí no hay furtivos como en Sanlúcar. De Barrameda.
La Malvarrosa, tan literaria, debe su nombre a un negocio de perfumes fundado por un alquimista francés a principios del siglo pasado o mediados del XIX. Un tal Robillard. El perfumista forano que dio nombre no solo a la playa, la más larga de las tres de Valencia, sino a todo el barrio colonial que fue creciendo en torno a la playa, los balnearios y un hospital célebre. Y un gracioso cuartel de la Guardia Civil. Antes eran mayoría los franceses en las costas de Levante. Sobre todo, antes de que el turismo transformara todo tanto. Los garitos de la Malvarrosa tienen pésima fama entre los usuarios de redes sociales: los precios, el servicio, los arroces pasados o rescatados, la calidad del pescado. En uno ofrecían sardinas y ostras. No las considero pesca propia.
La seña del puerto de Valencia es el reloj de la torre del edificio primero de la Junta. Sale en todos los paisajes. Casi delante hace el 19 el giro para enfilar el camino de la Malvarrosa. Tuve la suerte de tomar el autobús en la cabecera -en la plaza del Ayuntamiento. y estuve de copiloto hasta el final de la línea en la calle Gran Canaria. Así que vi unas cuantas cosas. El arbolado y ajardinado de la avenida del Reino de Valencia -filas de palmeras espléndidas- que el autobús recorre de principio a fin, las jacarandas de la calle de Menorca y el bullir de las estrechas calles del barrio de la propia Malvarrosa, que no es el Cabanyal sino todo lo contrario. El Cabanyal, el Canyamelar y los Poblados Marítimos son barrios de casta, como ciudades aparte. De vuelta, el tranvía en Doctor Lluch hasta el Pont de Fusta. Perdí el pase de prensa de los toros al sacar el estuche donde lo llevaba junto al billete. Las máquinas expendedoras del metro son un laberinto.
Y hoy, además de un estudio a fondo del Pasaje de Ripalda, un paseo por la Bolsería, San Miguel, Mosén Sorell, la calle Corona y, en la Beneficencia, dos pequeñas exposiciones muy logradas. Una sobre las Fallas en los años de la República y otra sobre la posguerra, que ha sido prorrogada desde enero dos veces y no me extraña porque es una especie de lección de historia. La historia tan dura de España entre 1939 y tal vez 53. La librería de la Beneficencia, muy completa en temas locales y de prehistoria, va a cerrar el mes que viene. La dueña me lo ha contado con la vos entrecortada, Me he llevado un librito de recorridos por la ciudad, que ya tengo y debería saberme de memoria.
En Na Jordana no se podía ni entrar. He ganado la plaza del Arzobispado por otros caminos y, antes del almuerzo en La Utielana, me he echado en el puntdesabor un licuado de apio, remolacha, cúrcuma, jengibre, manzana acelga y zanahoria que me ha dejado nuevo. Dos euros el vaso. La mejor ganga de la ciudad
Última actualización en Sábado, 16 de Marzo de 2019 22:05