TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

  • Incrementar tamaño de la fuente
  • Tamaño de la fuente predeterminado
  • Decrementar tamaño de la fuente

VALENCIA. Crónica de Barquerito: "Una bonita faena de Pablo Aguado"

Correo Imprimir PDF

Y una desigual corrida de Alcurrucén llamativa por su nobleza y su falta de temperamento

Lote poco propicio para Álvaro Lorenzo

Cartel joven, discreto balance

Valencia, 13 mar. (COLPISA, Barquerito)

Miércoles, 13 de marzo de 2019. Valencia. 5ª de abono de Fallas Primaveral. 4.000 almas. Dos horas y media de función. Seis toros de Alcurrucén (Pablo, Eduardo y José Luis Lozano). Álvaro Lorenzo, saludos y saludos tras aviso. Luis David Adame, vuelta al ruedo y leve petición tras un aviso. Pablo Aguado, una oreja y ovación.

Excelente la brega de José Antonio Carretero con el sexto.

SE ESPERABA DE la corrida de Alcurrucén ese punto temperamental tan propio del encaste y de la ganadería. Pues ninguno de los seis. Ni un primero abanto y mugidor que acusó una lidia caótica. Ni un noble y alegre segundo que tomó de repente la senda de casi las tablas, su rara querencia sin remedio de última hora. Tampoco un tercero que, las manos por delante, se rebrincó de partida y acabó tomando engaño con pastueño estilo. Ni un cuarto castaño chorreado, muy lustroso, que, más apagado que ninguno, careció de celo y entrega. El quinto, largo y ensillado, degolladito y hocicudo, en una línea que abundaba en la ganadería y ya no tanto, fue el más abanto y distraído de salida, pero, fiel a las calidades de la sangre Núñez, metió después de banderillas la cara, embistió con recorrido y se dejó hacer y querer.

El sexto, de pinta salinera -colorado, calcetero, girón blanco muy marcado en un anca-, dio en básculas 620 kilos. Culata monumental, tupidos pechos, alto de agujas, pero ni ventrudo ni tripón. Armónico a pesar de sus muchas carnes, toro de traza original. Dolido en dos varas sacrificiales y lidiado con soberbia autoridad por José Antonio Carretero -tres capotazos antológicos después del segundo puyazo, lances de los que no se estilan-, tampoco ese sexto lució ni asomo del temperamento característico y tan fijado en Alcurrucén. Cualquiera de las muchas y tantas corridas de la casa vistas en Fallas en la última década provocó bastante más que esta otra. Por acalambrado el uno y por frio el otro, tercero y quinto fueron protestados tibiamente de salida. Fue, por LO demás, una corrida menos ofensiva de lo que es norma del hierro. Por astifino llamó la atención el quinto. Por todo lo contrario el primero.

Casi todos acudieron al caballo corridos y por su cuenta. El segundo se escupió de la segunda vara; el cuarto hizo sonar los estribos, el quinto se fue suelto y casi huyendo del segundo puyazo y el sexto, en fin, cobró de lo lindo y, al sentir el hierro, cabeceó de blando en dos varas duras y casi seguidas, y echó la cara arriba en una tercera que lo dejó de seda. Y si no fue ese puyazo de propina, sería el capote de Carretero, quien, tras los tres lances de gloria, todavía lidió en banderillas con criterio y gobierno nada comunes.

Estaban en danza dos toreros con fama bien ganada de torear con clase por el palo clásico, Álvaro Lorenzo y Pablo Aguado. Se frenó el cuarto, se desentendió el primero, y Álvaro no tuvo opción de acreditar su talento. Firmó con el tercero un quite breve por chicuelinas rematado con una revolera prodigiosa que pareció tirada con compás y bigotera. Aguado no lo vio con el toro de los 600 kilos, tampoco con el protestado tercero, pero para que no se fuera en blanco la tarde le pegó al segundo en su turno chicuelinas sueltas porque ya entonces el toro estaba por proclamar su querencia. Las apariciones de Luis David Adame con el capote fueron tangenciales: una réplica por gaoneras despegadas al quite goteado de Palo Aguado, otro de costado con el primer toro de Lorenzo, uno más por navarras en el cuarto y un frustrado y disparatado ensayo de lances del Zapopán en el quinto de la tarde.

A la corrida le faltó la chispa. A los tres de terna también, pues incluso la más lograda faena de las seis vistas, la de Pablo Aguado al buen tercero se quedó corta. Faena cosida con hilo sevillano del caro: el poso, el reposo, el asiento, la suavidad toda, el muletazo cargado, el medio pecho. Muletazos muy bien dichos, excelentes los ligados de pecho, bien tirado el toreo al natural pero no ligado ni propiamente rematado, sino en tandas de perder pasos. La estocada fue soberbia. La mejor de la tarde. Y eso que dejó su sello de estoqueador competente con el cuarto Álvaro Lorenzo, el peor parado en el sorteo y reparto. Los dos toros de peor nota en un mismo y solo lote.

Con la zurda sacó Lorenzo muletazos de categoría -con tenazas, pero no sin aire- del apagado cuarto. Los de mejor trazo con el primero no pasaron de académicos. Aguado salió precipitado a faenar con el sexto -barrunto de puerta grande- y pagó la precipitación. Hubo con la izquierda una tanda más que notable. Y un final improvisado muy gracioso. El hecho de plantarse en los medios desde el comienzo fue de jabato, pero no pareció la decisión más acertada.

Encajado entre dos toreros tan clasicistas como Lorenzo y Aguado, Luis David bulló agitadamente, pero pecó de torear demasiado para la gente. Al quinto le pegó tropecientos muletazos. Al segundo, la mitad.

Postdata para los intimos.- El Astoria fue el gran hotel de lujo de Valencia. Un lujo no del todo logrado. Juraría que el edificio es de los años cincuenta. Un año me hospedé allí en la semana de Fallas. Mucha moqueta, muchos dorados, mucha gente de uniforme, mucha escalinata, un cargante comedor de manteles que llegaban hasta la alfombra, y tantos platos, cristalería y cubiertos que no sabías por donde empezar. Tenía fama la paella de mariscos del día de San José. El salón de cafetería, demasiado estrecho para tanto hotel, estaba en días de toros llenos de taurinos, de los profesionales y de los que se pegan a las barras para pegar hebra y oreja. Muchos espejos, mucha cretona, arañas de cristal francés. Y el humo de los habanos de entonces, Muchisimos botones. No de abrochar, sino de hacer mandados y recados. Y de traer en bandeja sobrecitos. Como en las películas.
En el salón tuve la fortuna de oír predicar varias veces a don Álvaro Domecq, una de las personas a quien con más gusto se escuchaba hablar de toros. Las habitaciones, en fin, estaban llenas de armarios empotrados de maderas finas. Treinta y pico años después me pregunto todavía que para qué. El gusto por el lujo excesivo y aparente es muy propio de una ciudad como Valencia, tan próspera y, como todas las ciudades de castas mestizas, tan amiga de las apariencias.
En el centro mismo de la Valencia central se alzaba y alza el Astoria, solo que ahora abandonado y vacío, sujeto a remodelación flagrante, y, qué quieres, te da pena. La pena inconsolable del tiempo pasado y tal vez perdido. La plaza de Rodrigo Botet, donde se levanta la silueta de las siete plantas del Astoria con su chaflán curvado, es uno de tantos rincones bellos de la ciudad. Belleza no escondida, porque el Astoria era lugar obligado de paso. Los plátanos de paseo de la plaza están todavía sin brotar. Es árbol tardío. Los surtidores de la fuente modernista manan como versos de Becquer. El acento romántico en una ciudad donde se pasa del barroco al modernimo, o de la arquitectura templaria a la ingeniería descabellada de Calatrava en apenas un salto. Imposible adivinar el futuro del Astoria. Los hoteles de la Valencia central se han multiplicado como setas. Cerrado el hotel, la placita de Botet ha perdido parte de su encanto. A la hora de la mascletá diaria, la gente joven hace botellón. Dejan los botes en los pretiles de la fuente. O los tiran al estanque.
De la ingeniería de las chufas, en otro momento
Última actualización en Miércoles, 13 de Marzo de 2019 21:15