TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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VALENCIA. Crónica de Barquerito: "Diego San Román y Borja Collado, distinguidos y heridos"

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El novillero de Querétaro impresiona por su valor de ley

El de Torrent sorprende por su rico sentido, su calma, su entrega y sus despejadas ideas

Percances muy aparatosos.

Valencia, 12 mar. (COLPISA, Barquerito)

Martes, 12 de marzo de 2019. Valencia, 4ª de abono. Fresco, soleado. 3.500 almas. Dos horas y veinticinco minutos de función. Por percance de San Román, se corrieron los turnos de la segunda mitad y el cuarto de sorteo cerró festejo. Seis novillos de El Parralejo (José R. Moya), Diego San Román, ovación tras un aviso. Herido al faenar de muleta y atendido de una cornada de dos trayectorias de 7 y 9 cms. en el gemelo derecho. Miguel Senent “Miguelito”, vuelta, silencio tras aviso y ovación. Borja Collado, silencio y una oreja. Cogido por el quinto en la reunión con la espada, cobró una cornada interna en la zona inguinal. Operado en la enfermería de la plaza.

LARGA, DESIGUAL Y ACCIDENTADA, la segunda de las dos novilladas falleras dio pie a episodios muy vibrantes, solo que se saldó con dos novilleros heridos: el mexicano -de Querétaro- Diego San Román y el valenciano -de Torrent- Borja Collado, que hizo su debut en Valencia. En el saldo sangriento hubo tanto de infortunio como de arrojo y mérito.

El más bravo de los seis novillos de El Parralejo fue el primero, colorado ojo de perdiz, rechonchito y muy en el aire de los jandillas de caramelo, como dejó probado al descolgar en los primeros galopes y al salir de un primer puyazo cobrado con entrega. El tranco rítmico del novillo en banderillas no hizo presagiar que en la muleta fuera a venirse tan arriba como lo hizo. La agresividad de la bravura, alentada, además, por la manera de ponerse Diego San Román sin duelo. Sin trampa ni cartón. Encendidamente.

Ya había dejado claras su huella e intenciones en un saludo de recibo capote a la espalda de llamativa firmeza, y su garbo serio en dos largas revoladas que tuvieron acento de arrebato pero formidable firmeza. Después de un medido segundo puyazo trasero, quitó en su turno el debutante Miguelito Senent y replicó Diego en gesto que volvió a retratarlo: tafalleras acompasadas, dos revoleras y la brionesa de broche. La apertura de faena, de rodillas por alto y en tablas, consintiendo, y dos de pecho, carísimo el segundo de ellos, conmovió a la gente. No solo por la temeridad. Fue por el riesgo tomado, pues ya se había declarado el fuego del toro, sus embestidas a carbón batiente.

Se abrió al tercio el torero queretano y cuajó, tomando de largo el viaje primero, una tanda de cinco con la zurda muy embraguetada, y el de pecho tirado con apuros porque el toro apretó de qué manera. Por eso se cambiaría Diego de mano. En el mismo terreno, una tanda en redondo ajustada más que templada, y rehilada más que ligada porque el celo del toro no daba tregua. En la segunda tanda en redondo, acelerado el novillo, llegó la cogída y con ella la cornada en el gemelo. Se alarmaron las cuadrillas. Cojeando, Diego volvió entero y por las dos manos se puso en otras tantas tandas previas a la igualada. Soltando el engaño cobró cuatro pinchazos previos a la estocada, sonó un aviso, una ovación cerrada -compartida con la del arrastre del toro- mientras enfilaba la senda de la enfermería. Ya no salió.

El percance del joven Borja Collado sobrevino en la reunión con la espada y en el quinto novillo de los seis jugados, un torote cabezón y corto de cuello, el más feo de los sorteados, uno de los dos de la corrida que derribaron en varas. De buena nota en el caballo fue casi toda la novillada de El Parralejo, pero este quinto -la cara alta, algo encogido, sin el golpe de riñón que tuvieron casi todos los demás- acabó resultando el menos propicio. No imposible.

Lo toreó Collado con firmeza notoria, sueltos los brazos, claras las ideas, listeza para armar una faena aplomada y ordenada, entre risueña y severa, y con la gracia propia del novillero todavía en agraz, pero despejado, decidido, valeroso. La prueba del valor fue doble en el remate de esa faena tan prometedora: una tanda de sedicentes manoletinas frontales -tres, tragando paquete- y, sobre todo, una estocada a morir, de echarse encima sin medir que el toro, abierto de manos, estaba con él y no con el engaño. Entró la espada en el chaleco, pero Borja salió feísimamente prendido y encampanado por la entrepierna. Rodado el toro, dio la vuelta al ruedo con la oreja tan bien ganada. Caló en los tendidos. El proyecto de torero tiene consistencia. Estaban buscando en Valencia un novillero con ganas y apareció por fin uno. Con el destino cruzado, porque el novillo de su debut, de excelente estilo, se rompió la mano izquierda en solo el tercer muletazo y solo cupo despenarlo. En los quites, propios o de turno, llamó la atención el capote de Borja: variedad, repertorio y compás.

En el duelo de valencianos contó solo lo justo el otro debutante, Miguelito Senent, del barrio de Campanar, tan fallero, extramuros de la capital. Una peña de cincuenta convecinos en un tendido de sombra no paró de apoyar, aplaudir y celebrar. Ortodoxo sin contar la serie de hasta tres largas cambiadas de rodillas en el recibo del sexto, amigo de torear al hilo del pitón y despegadillo aunque no sin asiento, un punto teatral, no supo Miguel acoplarse a un lote de tres y no dos novillos que, de calidades desiguales, fueron de interés.

Postdata para los íntimos.- Llevo ya dos años sin ver colgados trajes de primera comunión en los escaparates de la sastrería Palomar, en la calle de San Vicente Mártir, casi enfrente de la Abadía de SAn Martín, monumento fantástico. Será señal de los tiempos. El escaparatista se ha descolgado un homenaje a una película que hizo en los años 50 época: Vacaciones en Roma. Fue la revelación de Audrey Hepburn, que hacía de princesa. Y Gregory Peck, de periodista. No llegó al amor la relación. ¿Platónico? Es posible.
De William Wyler, el director del film, dijeron los críticos agudos del Cahiers de Cinema que era el "estilo sin estilo". Y esa ley se cumple en este caso. Más que la Hepburn, la protagonista de la película es la moto Vespa con la que los dos protagonistas recorren Roma, toda Roma, o toda la que sale en los paquetes tourísticos. Sin casco, porque entonces no se había firmado en Bruselas nada más que un pacto sobre el acero y el carbón que obligada a solo seis países europeos: los tres del Benelux, Francia, Alemania e Italia, que siempre ha sabido acabar ganando las guerras que perdía. Desde los años de Aníbal Barca.
En el coliseo de Roma, muy lucido en el escaparate de Palomar, se inspiró Sebastián Monleón para construir la plaza de toros de Valencia hace más de ciento cincuenta años. Puestos a elegir, hay quien prefiere las Arenas de Verona al Coliseo. Para todo y por todo. Para óperas de verano. Y, luego, o al nivel de Verona, Nimes, donde se dan los toros que en tiempos pelearon con tigres y elefantes en el imponente Coliseo de Roma, emblema de todas las ruinas del Imperio en los confines próximos.
En Palomar, tienda de aire anticuadiito, se lucen carteles de la película en unos cuantos idiomas -inglés, español, alemán, francés...- e instantáneas de la película, tan amable y ligera. Como las películas de princesas en general. Empezando por La Cenicienta de Disney y terminando por Gina Lollobrígida en Salomón y la reina de Saba. Haciendo el Salomón creó recordar que murió Tyrone Power. Murió en Madrid. ¿Si? Tairon-pagua, se dice en inglés. Los españoles de entonces decíamos tironepogüer sin más. Para entender Roma hay que ver una película de Fellini casi coetánea de la historia de princesas. La dolce vita. Marcello Mastorianni ha sido uno de los mejores actores que he visto en mi día. Mejor sin doblarle la voz.
Y un paseo suculento por el Mercado Central atendiendo al brillo de la piel de los pescados que lucen en pieza enteras en el mostrador de la que parece mejor pescadería de todas. La escórpora, la lubina, la sepia limpia, la lubina, la cola de rape semidesnuda, la gamba roja, el rodaballo, el gallo y el lenguado. Y el boquerón. Qué paisaje.
La calle Bolsería estaba cerrada al tráfico: estaban derribando el edificio del número 37 que llevaba medio en ruina cuatro años o así. Asistir al derribo de una casa del 1850 me ha parecido un privilegio, Aun tragando polvo. Parece mentira que esa ruina urbana hubiera durado en pie tantos años. Como el Coliseo. Muchos comercios cerrados o reconvertidos en toda la ciudad. Manadas de turistas en el Carmen, ¡Ay!
Última actualización en Martes, 12 de Marzo de 2019 22:16