TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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VALENCIA. Primera de Fallas. Crónica de Barquerito: "Épica de Octavio Chacón"

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El torero de Prado del Rey, debutante en Valencia, cobra una estocada extraordinaria, se sobrepone sin duelo a una cogida espeluznante, cae herido y recibe honores de héroe

Valencia, 10 mar. (COLPISA, Barquerito)

Domingo, 10 de marzo de 2019. Valencia, 2ª de abono. Primera corrida de toros. Primaveral. 8.000 almas. Dos horas y veinticinco minutos de función. Se intercambió el turno de salida de los dos últimos. Octavio Chacón, cogido por el segundo, sufrió una herida de 5 cms. en el escroto y varetazos en la fosa iliaca. Atendido en la enfermería, y pendiente de pronóstico, salió por propia voluntad a matar el sexto de corrida, quinto de sorteo. Seis toros de Victorino Martín. Rafael Rubio “Rafaelillo”, palmas tras un aviso y saludos. Octavio Chacón, una oreja y ovación. Varea, que sustituyó a Saúl Fortes, silencio tras aviso en los dos.

LA CORRIDA DE VICTORINO, que llevaba siete años sin lidiar en Valencia, fue toda cinqueña y, muy diversa de hechuras, de condición dispar. Duros de manos con la excepción del último, cumplieron a su manera en el caballo. Dos terribles lanzazos traseros dejaron para el tinte a ese último. Los del lote de Rafaelillo, los mejor rematados del sexteto, fueron aplaudidos de salida. Relleno y elástico, abanto de partida, el primero fue el de mejor trato. Por su fijeza, y nobleza también. El cuarto, el único que galopó con ganas al aparecer, pegó no pocos cabezazos. También el sexto de sorteo, quinto en juego, fue recibido con sonoros plácemes. Ese toro y el que partió plaza fueron los dos únicos que pasaron la barrera psicológica de los 500 kilos.

Barrera para los aficionados toristas de Castellón y Valencia, a quienes confundiría el hecho de que los dos del lote de Octavio Chacón se quedaran por debajo del listón canónico. Para el segundo, por sacudido de carnes, hubo un amago de bronca -coro de palmas de tango-, hasta que Chacón, lidiador cabal y capaz, cambió el signo del ambiente con apenas media docena de lances -las bambas al hocico, capote muy replisado- para salirse con el toro hasta casi los medios.

De ahí en adelante pareció el toro otro, y tan otro que, celoso, pegajoso, listo y tobillero, terminó desarrollando esa violencia tan particular del toro de sangre Saltillo enterado y revuelto. El más difícil de la corrida, el que dejó huella en ella, fue justamente ese toro tan nervioso y escurrido, y tan astifino, que estuvo a punto de desagraciar en serio a Chacón pues, después de encañonarlo, lo prendió en el inicio de un pase cambiado, tal vez de pecho, le metió el pitón por la zona de testículos y, con el pitón enterrado, tuvo al torero de Prado del Rey a su santa merced, y lo zarandeó con el genio furioso del que pretende quitarse de encima lo que le perturba o nubla la vista. La escena fue tremenda.

Su mucha experiencia como torero campero libró a Chacón de consecuencias más graves si no fatales. Hasta para agarrarse del cuerno que se siente ya dentro del cuerpo como una punta de navaja, hasta para eso es preciso ser buen torero. O muy bueno. Aunque la cogida y la paliza fueron breves, se hicieron interminables. No se sabía si Chacón iba herido o no, pero sangraba por la entrepierna, y el vapuleo lo había dejado casi grogui. Parecía que iba a desmayarse -nublada la mirada, perdida la orientación en manos de las asistencia, siempre en pie- pero se resistió a irse a la enfermería. Ya habían abierto el portón de barrera. No hubo manera. Le refrescaron cabeza y cuello, le limpiaron la sangre de toro que le tintaba las mejillas y le despojaron de la chaquetilla, y en chaleco, y muy sereno, volvió al toro, que lo estaba esperando, y esperando con las del beri. Pinturas de guerra. Casi una alimaña. O no tan casi: gañafones, hachazos, el estilo tan celoso al revolverse a medio viaje, un agresivo aire defensivo, sentido.

Con todo eso pechó y pudo Chacón. La gente tomaba aliento. Costó cuadrar al toro, como suele pasar en esas circunstancias, pero en el tercer intento, en el tercio, y en la suerte contraria, blandida la muleta a la altura del testuz -bien despegada del suelo, a la usanza antigua-, Chacón cruzó despacio con magistral sangre fría, enterró la espada en la cruz y salió del trance limpiamente, con la franela en la mano, seguro de que el toro, que se volvió buscándole, rodaría sin puntilla, que fue lo que pasó en cosa de un minuto. La muerte de fiero fue un espectáculo fantástico. El toro rodó a los pies de Chacón. La estocada de la feria, que acababa de empezar. Un clamor.

Y a la enfermería, de donde salió justo antes de soltarse el segundo de su lote, recibido por protestas por lo amantes de las carnes y a pesar de que, bizco del derecho, el toro lucía un pitón izquierdo como una ganzúa. Molido en el caballo, aire cobardón y apagado, ese toro de inesperado postre dejó sin más estar. Pero sin emoción. Mermado de facultades, Chacón salió del paso dignamente. El reconocimiento de la gesta primera valió por todo el espectáculo.

Dentro de toda la fiesta llamó la atención una vez más el talento de Varea con su repertorio de capa clásica, la verónica vieja de brazos, amplia capa sin apresto, el lance dibujado por delante, encajada y algo forzada la figura. No es sencillo torear de capote al toro de Victorino, y eso hizo mayores los méritos. Solo que el buen aire de capotero de Varea no tuvo continuidad: dos faenas reiterativas, sin criterio visible, salpicadas las dos de algunos muletazos de categoría. Se vino abajo el quinto de la tarde. Salió apagadote el tercero. En los dos toros Varea se vio desarmado alguna vez. Con la espada apuntó a los bajos.

Veterano de tantas batallas, Rafaelillo, herido de gravedad el pasado julio aquí mismo, fue recibido con especial cariño. Luego, vinieron dos trabajos desiguales. Exceso de toreo por fuera en el primer turno; un cuerpo a cuerpo visceral en el segundo.

Postdata para los íntimos.- A las puertas de la Estacion del Nord de Valencia hay montadas unas cuantas churrerías ambulantes. Humean las churreras, que es como hay que llamar a las máquinas -igual que a quien las despacha- y ese aroma de aceite quemado o hirviendo se mete por la nariz hasta la garganta, el estómago. El alma, en fin. Se abre el apetito aunque no quieras. Algún día prohibirá Bruselas las churreras de calle. Ojalá que no. A mediodía ya van llegando centenares de paisanos en los trenes de Cercanías -seis líneas con origen y destino en Valencia Nord- y el churro reclama a cualquiera. La churrería del cruce de Pintor Ribera con la calle (de) Xátiva, frente a la plaza de toros, es la que mejor se deja sentir. No solo churros. También buñuelos. Lisos, de crema o de chocolate. Lo que hacen las churreras es quemar calorías, pero quemarlas en la sartén. Y sacarlas convertidas en un manjar. El precio ha ido subiendo lenta pero inexorablemente. No doy detalles por no escandalizar. También cuenta el trabajo y el número de empleador. Abren a las seis y cierran pasada la medianoche en días de fiesta.
De todas las ciudades mayores de España la que mejor se distingue por sus olores es Valencia. Con diferencia. Los churros a pie de estación. La pólvora, obsesivo aroma en días de Fallas: El azar de los naranjos en flor. Y un alcantarillado sin solución mejor que la que arrastra. Los aromas, a diferencia,de los gustos, las visiones o el sentido del oído o del tacto, no se mezclan. Conviven. Coexisten.
Los naranjos de Embaixador Vich están cargados de fruta que cae al suelo, se rompe y no recoge nadie. La Utielana cierra los domingos. Hay muchos cambios de negocio. Anuncio de inmobiliarias. En la calle de San Vicente Mártir ha abierto sucursal el famoso horchatero Daniel, de Alboraya. Alboraya, en la puerta de la Horta, es el paraíso de las chufas, Las chufas de especie grazna, protegidas como cepas de vino de marca. He cumplido: el vaso mediano. En la calle (de) Avellanas, sigue abierto en Puntdesabor. Y me he puesto como el Quico de zumos de apio, remolacha, zanahoria, jengibre y mandarina. Eso he comido. Ha entrado uno en la tienda preguntando si todos los productos en venta eran ecológicos. "Sí, señor". "Pero... ¿ecológicos ecologicos?". Qué obsesión.