TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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Desde Bilbao, los "Timbales" de Paco Cerezo..

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TIMBALES


Bien merecen los Presidentes el reconocimiento a sus méritos en la difícil labor de encabezar el palco en las corridas de toros.

No son tan malos como opinan prensa y público espectador.

Puesto de gran responsabilidad, sometido siempre a una gran presión, de la que, generalmente, no salen demasiado bien parados.

Ya en la suerte de varas, nada más comenzar, las primeras protestas en su aversión a esta, tan necesaria como bella, donde si se atempera la embestida, se liman asperezas.

 

Las sustituciones son otro de los caballos de batalla.

Al primer traspié, las gentes piden el cambio del toro, el presidente tiene que aguantar el tiempo conveniente para comprobar sus reacciones.

El público resiste lo justo y quiere la rápida sustitución, solicitándola reiterada y ruidosamente.

¿Qué el público es soberano?

Si. Pero no siempre es justo.

Y eso los presidentes lo sufren en sus carnes.


Se pone en tela de juicio tanto su continuidad en el palco como su alternancia.

Malo que se alternen, como en Madrid y en Pamplona.

Mala la prolongación vitalicia, como en la plaza de Bilbao.

He ahí el dilema.


De nada sirve el antepecho del palco madrileño, con dos libros de texto al alcance de la mano, que el cartel anunciador que cuelga del palco vistalegrero.

Tampoco dice nada sobre el asunto el sombrero de copa del presidente pamplonés.

Es igual.


El presidente siempre está en el punto de mira, recibiendo el varapalo del respetable, de comentaristas y de la alta crítica, quizá la más dañina, por considerarse la más acertada e indiscutible, aunque en muchísimas ocasiones dejan llevarse por su opinión particular, obviando lo reglamentario.

Ellos opinan cuando debe sacar el pañuelo para la concesión de una oreja y la problemática siempre segunda oreja.

Se saltan el Reglamento a la torera, lo dejan de lado, para hacer valer su opinión.


La suerte suprema suele ser muchas veces la suerte ordinaria que es acabar con el astado como Dios les da a entender, sin considerar la forma de entrar a matar y mucho menos donde ha caído la espada, a la que solamente piden eficacia.


Volviendo a la concesión de orejas, desde la televisión a la hoja parroquial, cuando les parece que debía haber premio, grande o chico, no se cortan un pelo y atizan sin duelo al presidente. A veces por favoritismo, otras por paternalismo y otras, por sensiblería.

Sacuden sin piedad a la presidencia por no tener en cuenta el palizón recibido por el matador durante el trasteo y negarle el trofeo.

Por no conceder orejas a determinadas y contadas figuras por que ha caído la espada malamente, por que ha tardado la tira en doblar la res y demás lindezas.


Hemos oído decir más de una vez al comentarista decir que el presidente no tiene sensibilidad y que no debía presidir nunca más, juicios bastante frecuentes.

Y uno, que, a veces llega a estar de acuerdo, se pregunta: ¿Y qué hacemos con el Reglamento?

Él no contempla si una oreja debe ser concedida por buena voluntad o por un palizón recibido mientras faenaba.

Dice escuetamente que es la mayoría quien decide.


La segunda oreja es del presidente, con el que el público casi nunca estamos de acuerdo.

El mandatario para la concesión de este segundo trofeo debe tener en cuenta la actuación del matador desde el capote a la estocada, que tiene que estar bien puesta, tras unas buenas lídias, tanto de capa como de muleta.


Y cantidad de orejas se conceden dejando de lado el Reglamento, que curiosamente debía mostrar su hegemonía.

Estamos a tiempo en esta temporada que alborea de ponernos las pilas o ajustar las que teníamos.


 

Última actualización en Miércoles, 30 de Enero de 2019 13:58