TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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Cali, Colombia. Crónica de Jorge Arturo Díaz-Reyes: "Nueve veces no"

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Nueve mansos (tres de regalo), todos del empresario ganadero Juan Bernardo Caicedo, pitados y abroncados en los arrastres, convirtieron la corrida de mayor expectación y costo de la feria en un kilométrico viacrucis que superó las cuatro horas.

Sebastián Castella dejando de largo al caballo a uno de sus toros y dando instrucciones a su picador para medir la suerte de varas. Foto: Camilo Díaz

FICHA DEL FESTEJO

Cali. Jueves, 27 de 2018. Plaza de Cañaveralejo. 2ª de feria. Sol y nubes. 31º C. Más de tres cuartos de aforo. Nueve toros de Juan Bernardo Caicedo, tres de regalo, dispares de presencia, mansos y flojos en diferentes versiones. Roca Rey regaló el 7º, Castella el 8º y Castrillón el 9º.
Sebastián Castella, una oreja, silencio y ovación con saludos.
Luis Miguel Castrillón, silencio, silencio y silencio.
Andrés Roca Rey, silencio, silencio y ovación con saludos.

Saludaron John Jairo Suasa  y Héctor Fabio Giraldo tras parear al 1º y Ricardo Santana y Raúl Morales tras parear al 2º.

Por una cosa no se podrían criticar los cuatreños domecq que trajo Juan Bernardo esta tarde a Cali; por su romana, 517 kilos promedio. Fueron seis negros y tres jaboneros, dispares de catadura, cuerna, tipo, alzada desde lo presentable hasta lo impresentable.

La estética que ha sido uno de los estandartes del hierro fue desmentida también por algunos de los ejemplares. Los hubo zancudos, cariavacados, bizcos, gachos, cornipobres. Un conjunto abigarrado que de ninguna manera podría calificarse prototipo de la pintosa casa. Blandos en distinta medida, hasta la invalidez del quinto. Pese a lo poco y nada picados. Defensivos, topadores, tardos, distraídos, huidos, rajados, tablofilos. Defraudaron al público, ganaron su antipatía y lo pusieron a favor de los toreros.

Sebastián Castella, vino a reemplazar al lesionado Enrique Ponce. Fiel a su tauromaquia, de quietud, serenidad y aguante. Remó contra corriente, impulsado por su amor propio, su carisma y la parcial enervada que jaleó como si fuese la faena del siglo esa insabora, desacompasada y trompicada brega del soso cuarto que murió de un hondo espadazo y recibió una sonora rechifla después de serle amputada una oreja que el francés muy digno no quiso pasear. Con el primero había sido silenciado y con el regalado octavo que se fue abroncado le hicieron saludar, de pura gratitud.

Luis Miguel Castrillón, aprovechó las abantas arrancadas iniciales de sus tres renunciantes para echar pinturería capotera, de rodillas y de pie. Arrojado el paisa tragó y tragó los malos viajes y como estaba la cosa hubiese podido de pronto hasta cosechar algo si no es porque anduvo pinchauvas de principio a fin. Silencio, silencio y silencio.

Mucha de la gente que a más de tres cuartos ocupó la plaza vino por Andrés Roca Rey. A ver el triunfador de toda la temporada mundial 2018. A la sensación. Al todo poderoso que ha hecho del triunfó su constante. Ni la deserción de Ponce les hizo desistir. No se devolvió una sola boleta. Por el contrario, hubo buena demanda de última hora. Pero ni él pudo salvar la tarde. Apostó, arriesgó, tragó coladas y desarme. Porfió, regaló, apostó, sufrió y nada. La ovación de despedida lo exoneró de todo. El disgusto era solo con los toros.

La tarde comenzó cálida y soleada. Tan pronto apareció el primero comenzó a nublarse, pero no mermo la temperatura ambiental, ni emocional que solo pasó del gusto al disgusto con igual calor.

El público aguantó la excesiva longitud de un espectáculo, sin antecedentes en la historia de Cañaveralejo, que había empezado con 30 minutos de retraso para esperar por los retrasados y fue más allá de lo imaginable con esa media corrida encimada. No se fueron. Y después dicen que no hay afición.

Para Ver galería fotografica pichar aquí

Última actualización en Sábado, 29 de Diciembre de 2018 21:54