TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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ZARAGOZA. Feria del Pilar. Crónica de Barquerito: "Un larguísimo festejo"

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Cinco avisos que se repartieron Ponce, Urdiales y Perera

Un sexto toro importante, un feroz quinto y un cuarto manso redomado

La corrida del Puerto, seria, por debajo de lo esperado.

Zaragoza, 12 oct. (COLPISA, Barquerito)

Viernes, 12 de octubre de 2018. Zaragoza. 8ª del Pilar. Casi lleno. 9.000 almas. Veraniego. La capota de cubierta estuvo desplegada hasta la suelta del quinto toro. El ambiente en la plaza fue asfixiante. Dos horas y media de función. Con las cuadrillas descubiertas y la gente en pie, la banda tocó el himno nacional antes de romperse filas. Himno y banda fueron muy ovacionados. Cinco toros de Puerto de San Lorenzo y uno -1º- de La Ventana del Puerto (Lorenzo y José Juan Fraile), que completaba corrida. Enrique Ponce, vuelta tras aviso y oreja tras aviso. Diego Urdiales, saludos tras aviso en los dos. Miguel Ángel Perera, silencio tras aviso y una oreja. Capotazos excelente de brega de Curro Javier con el sexto. A ese toro le prendió Javier Ambel dos pares espectaculares de mérito y riesgo.

LA CORRIDA DE SOLO CINCO toros del Puerto se completó con uno de La Ventana del Puerto. Los mismos ganaderos, padre e hijo, pero encastes distintos. Lo del Puerto, sangre Lisardo-Atanasio. El de la Ventana, Torreón-Jandilla. Parece que el complemento de La Ventana no fue del agrado de los toreros. En Madrid saltaron hace quince días dos en otra corrida del Puerto y uno de ellos, el tercero, fue de los cinco mejores de la feria de Otoño. Este otro de Zaragoza, que dio juego, pero tardó en entregarse, no tuvo ni la categoría del tercero de Madrid ni el trapío espléndido del que partió plaza el 30 de septiembre, que fue un pedazo de toro.

Esta corrida del 12 de octubre -el día grande de Zaragoza-, muy bien hecha, fue más dispar de lo previsto. Tal vez por apurada: dos corridas en Madrid, otra en Pamplona, una más en Bilbao. Cuando tocó Zaragoza, sería imposible reunir en el Puerto un lote parejo. Todos con el hierro del 4. Los cinco toros -600 kilos de promedio, pero solo uno plantado en los 540- tuvieron plaza. Brocho y cubeto el cuarto, muy lindo, pura armonía. El menos ofensivo del Puerto visto este año. El quinto, en cambio, fue tremendo. Acarnerado, hondísimo, alto y largo, dos bieldos muy llamativos. El segundo, de la reata de los cubos, tan célebre, lució sin exceso los atributos propios del toro de sangre Lisardo. Bajo de cruz, corto de manos. El sexto, no tan ofensivo como el recién arrastrado quinto, no le anduvo lejos en trapío, seriedad y cuajo. El tercero, uno de los tres que pasaron de los 600, estaba cargadísimo de culata.

Los lotes se harían previa porfía, como siempre que aparece un toro de complemento y de encaste distinto y cuando, además, el dije del sorteo, el cuarto, les pondría los dientes largos a las cuadrillas. Y el segundo también. Perera se llevó la parte del león, los dos mayores, pero dentro del lote el mejor de la tarde, elástico, pronto, fijo, motor engrasado. El tercero, con el que no terminó de ajustarse, aunque no paró de empeñarse, fue toro manejable, pero algo frágil.

El hueso de taba, por todo a la vez y no poco, fue el quinto, violento, agresivo y descompuesto, genio muy áspero en trallazos defensivos. El segundo se soltó y amagó con rajarse a mitad de trabajo. El cuarto, en fin, la joya de la corona, picado al relance y encelado en el peto de pica, se soltó a tablas y a querencia de toriles y corrales casi desde el principio y luego de haber visitado casi todos los puntos cardinales de la plaza. Casi, porque no llegó a salir ni a ser obligado en serio fuera de las rayas.

Cuando Ponce lo tapó en muletazos rehilados, el toro tragó sin protestas. Lo que tuvo de huido lo tuvo también de manso sin mayor peligro. Muy cegado, a engaño puesto llegó a repetir en tablas dos tandas en cuclillas del repertorio de Ponce. Pero en cuanto vio espacio, y mientras Ponce cambiaba de espada. tomó a la carrera el camino de la puerta de chiqueros. Y ahí, un aviso antes de la igualada, lo tumbó Ponce de una estocada.

La faena, tan de trozos y trazos sueltos a tenor del aire tan vago del toro, se vivió como lo nunca visto. No tanto la del primero de corrida, el de La Ventana, manejado de abajo arriba por Ponce en faena abierta en pausas y sin mayor relieve. Aunque la petición de oreja fue escasa, Ponce se pegó una vuelta al ruedo salpicada de paradas y reverencias. Como las dos faenas fueron maratonianas, y las dos de Perera lo mismo, y a Urdiales le costó cuadrar al segundo y descubrirle al quinto la muerte, el festejo se hizo larguísimo. No solo por serlo, sino porque la banda de música se encargó de atorrar el ambiente. Dos vueltas enteras le dieron a la Opera Flamenca, de Luis Araque, mientras Ponce resolvía el crucigrama del cuarto toro. No pararon las trompetas de calentar los tímpanos.

Se esperaba al Urdiales de Bilbao, Logroño y Madrid, pero no salió aquí ni el alcurrucén de Vista Alegre ni el fuenteymbro de Las Ventas, los de sus dos faenas de antología. Logros buenos pero menores con el capote, un hermoso manejo de los avíos de torear, asiento y calma indiscutibles. Pero con una muleta tan pequeña fue imposible gobernar los derrotes del quinto. El toreo a suerte cargada y a cámara lenta se dejó sentir en pasajes sueltos de su primera faena. Perera trabajó sin desmayo. Buen toreo a pies juntos en el recibo del sexto y lances cadenciosos en el del tercero, y dos faenas interminables, y, como todas las de su género, de muy desigual sentido. La primera no trascendió por falta de ajuste o por pecar Perera de torear sobre la inercia y acompañar. La del sexto, apuesta mucho mayor, sí caló. A suerte descargada demasiadas veces, siempre acompasado, toro gobernado en muletazos en línea muy largos, un final en trenza y una estocada corta con vómito y ahorró el que habrá sido sexto aviso de la tarde.

Postdata para los íntimos.- La marabunta de la ofrenda floral, la música de las bandurrias, el no poderse dar un paso -menos gente que otros años, pero- y la sabia decisión de huir río arriba. El Ebro. Para el Huerva y sus deliciosos meandros y sotos urbanos tengo mi corazoncito, y algún día subiré a buscar sus fuentes con parada en Daroca, uno de los tesoros escondidos de Aragón. Pero Ebro arriba se despejan la cabeza y el horizonte. En la margen izquierda del río, en cuanto dejas los galachos, se contempla la linea perfecta de escarpes de yeso tan bien ventilados por los cierzos. Blancura como de nieve. La altura toda, idéntica, como de loma de diez kilómetros. Ayer, en el escaparate de la Droguería Lapuente, descubrí un cepillo pulidor de mármoles -¡y otro de cerda especial para calvos también!- y al prendarme del muro de escarpes en el tren que me llevaba de Delicias a Utebo pensé que ese paisaje estaba ceplllado a pulso. Esas cosas hace el viento cuando azota.

En busca de la bien nombrada y tan cantada Torre Mudéjar de Utebo, que no se parece a ninguna otra de las de su género. El inventario de torres mudéjares de Aragón es de tales dimensiones que cuesta apostar por la originalidad de la de Utebo. La torre tiene dos partes. Una inferior cuadrangular de cinco cuerpos y otra montada sobre ella octogonal y de cinco cuerpos pero mucho más cortos. La combinaciòn de ladrillo y azulejo es sorprendente. No solo por los colores de la azulejeria, sino por la diversidad de arabescos enladrillados, pura fantasía. La torre es del siglo XVI, lo que prueba la supervivencia manfiesta de castas, no sé si de religiones, en todo el valle del Ebro. Es una pena que la torre, erigida sobre un alminar medieval, no esté exenta. En el siglo XVIII tuvieron la desafortunada idea de calzarle un iglesia seudo barroca sin el menor interés.

La trama urbana de Utebo no es romana ni árabe ni judía ni morisca. Es una calle bastante larga, de dos nombres, que va serpeando angosta hasta que de pronto aparece la torre achatada pero esbelta. No sé quién tuvo la idea de plantarle una veleta, que estaba, a la hora del aperitivo, del todo quieta. 30 grados, ni gota de aire. Después de misa, cerraron la parroquia a cal y canto. No pude fisgar. La patrona de Utebo es Santa Ana. La santa da nombre a un parque abierto frente a la estación de cercanias. Un parque de suelo enlosados pero bastante arbolado. Está prohibido todo: jugar al balón, patinar, dejar sueltos los perros, etcétera. Pero la Guardia Civil estaba festejando su patrona en un apartado de un cafeteria y no iba a reparar en cómo los niños tenían tomado el parque.

Las vías de Cercanías dividen Utebo en dos mitades. La que va de la estación al río es el casco antiguo, aunque solo conserva la Torre, la parroquia y algún edificio decimonónico sin interés, con la sola excepción de un palacete con palomar.  Las calles perpendiculares a la via mayor desembocan en las huertas. Utebo fue capital remolachera. Ahora tiene un poligono industrial de fuste. Después de Zaragoza y Calatayud es el pueblo más poblado de la provincia. He tenido la sensación de pueblo bien gobernado -alcalde socialista- por lo limpio. En el cruce de las dos vías centrales del casco antiguo, un monumento en homenaje a los muertos de los dos bandos de la Guerra del 36. Me ha gustado mucho el conjunto, Pero está muy mal puesto. Escribiré al alcalde. El Utebo moderno, para otro día
La marabunta de la ofrenda floral, la música de las bandurrias, el no poderse dar un paso -menos gente que otros años, pero- y la sabia decisión de huir río arriba. El Ebro. Para el Huerva y sus deliciosos meandros y sotos urbanos tengo mi corazoncito, y algún día subiré a buscar sus fuentes con parada en Daroca, uno de los tesoros escondidos de Aragón. Pero Ebro arriba se despejan la cabeza y el horizonte. En la margen izquierda del río, en cuanto dejas los galachos, se contempla la linea perfecta de escarpes de yeso tan bien ventilados por los cierzos. Blancura como de nieve. La altura toda, idéntica, como de loma de diez kilómetros. Ayer, en el escaparate de la Droguería Lapuente, descubrí un cepillo pulidor de mármoles -¡y otro de cerda especial para calvos también!- y al prendarme del muro de escarpes en el tren que me llevaba de Delicias a Utebo pensé que ese paisaje estaba ceplllado a pulso. Esas cosas hace el viento cuando azota.

En busca de la bien nombrada y tan cantada Torre Mudéjar de Utebo, que no se parece a ninguna otra de las de su género. El inventario de torres mudéjares de Aragón es de tales dimensiones que cuesta apostar por la originalidad de la de Utebo. La torre tiene dos partes. Una inferior cuadrangular de cinco cuerpos y otra montada sobre ella octogonal y de cinco cuerpos pero mucho más cortos. La combinaciòn de ladrillo y azulejo es sorprendente. No solo por los colores de la azulejeria, sino por la diversidad de arabescos enladrillados, pura fantasía. La torre es del siglo XVI, lo que prueba la supervivencia manfiesta de castas, no sé si de religiones, en todo el valle del Ebro. Es una pena que la torre, erigida sobre un alminar medieval, no esté exenta. En el siglo XVIII tuvieron la desafortunada idea de calzarle un iglesia seudo barroca sin el menor interés.
La trama urbana de Utebo no es romana ni árabe ni judía ni morisca. Es una calle bastante larga, de dos nombres, que va serpeando angosta hasta que de pronto aparece la torre achatada pero esbelta. No sé quién tuvo la idea de plantarle una veleta, que estaba, a la hora del aperitivo, del todo quieta. 30 grados, ni gota de aire. Después de misa, cerraron la parroquia a cal y canto. No pude fisgar. La patrona de Utebo es Santa Ana. La santa da nombre a un parque abierto frente a la estación de cercanias. Un parque de suelo enlosados pero bastante arbolado. Está prohibido todo: jugar al balón, patinar, dejar sueltos los perros, etcétera. Pero la Guardia Civil estaba festejando su patrona en un apartado de un cafeteria y no iba a reparar en cómo los niños tenían tomado el parque.
Las vías de Cercanías dividen Utebo en dos mitades. La que va de la estación al río es el casco antiguo, aunque solo conserva la Torre, la parroquia y algún edificio decimonónico sin interés, con la sola excepción de un palacete con palomar.  Las calles perpendiculares a la via mayor desembocan en las huertas. Utebo fue capital remolachera. Ahora tiene un poligono industrial de fuste. Después de Zaragoza y Calatayud es el pueblo más poblado de la provincia. He tenido la sensación de pueblo bien gobernado -alcalde socialista- por lo limpio. En el cruce de las dos vías centrales del casco antiguo, un monumento en homenaje a los muertos de los dos bandos de la Guerra del 36. Me ha gustado mucho el conjunto, Pero está muy mal puesto. Escribiré al alcalde. El Utebo moderno, para otro día.
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¡Gracias!
Muy interesante.
Precioso.
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Última actualización en Viernes, 12 de Octubre de 2018 22:00