TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

  • Incrementar tamaño de la fuente
  • Tamaño de la fuente predeterminado
  • Decrementar tamaño de la fuente

ZARAGOZA. Feria del Pilar. Crónica de Barquerito: "Ferrera jugando al toro"

Correo Imprimir PDF

A placer con un lote dispar de Adolfo Martín. Una autoridad aplastante

En manos de Paúl Serranito un extraordinario tercer toro, dechado de nobleza y calidad marca Saltillo

Zaragoza, 11 oct. (COLPISA, Zaragoza

Jueves, 11 de octubre 2018. Zaragoza. 7ª del Pilar. 7.000 almas. Veraniego, templado, 24 grados. Semiplegada la cubierta. Dos horas y cuarto de función. Un minuto de silencio en memoria de las víctimas de la riada de Mallorca. Seis toros de Adolfo Martín. Antonio Ferrera, una oreja y vuelta tras un aviso. Miguel Ángel Perera, aplausos y silencio. Paúl Abadía “Serranito”, que sustituyó a Saúl Fortes, saludos tras un aviso y palmas. Picaron muy bien a cuarto y sexto José María González y Antonio García. Dos pares notables de Javier Ambel.

CON SU LOTE DE Adolfo Martín anduvo tan suficiente, sobrado y atrevido Antonio Ferrera que pareció estar jugando al toro. No fue de juguete ninguno de los dos en suerte. Descarado, veleto y paso, el primero, cinqueño, aplaudido al asomar por ofensivo y protestado enseguida por acalambrado, degollado y hocico de rata, estuvo en el tipo de lo que fue seña de identidad de la ganadería, pero ya no tanto. Un punto frágil el toro antes y después de dos varas medidísimas, pero, cuando se calentaban las protestas, Ferrera lo salvó de la devolución. Lances de manos altas, toreo equilibrista.

No fue toro problemático porque Ferrera se empeñó en que no lo fuera. Tardo, algo probón, la cara entre las manos antes de empezar en serio el juego, protestas al rematar viaje sin rematarlo sino revolviéndose y hasta buscando presa. No le dieron para más las fuerzas. Todo eso pasó por la mano derecha. Ferrera se cambió de mano y, puro oficio, sabia colocación y caro temple, lo metió en vereda, se descaró con él y lo acabó llevando tan a su antojo que hasta sumiso parecía el toro. Sin ayuda, con la muleta caída, se recreó en una última tanda de insultante facilidad. La gente se había asustado en un principio. De pronto todo era coser y cantar. Como si el toro fuera un gato. Una estocada hasta el puño. Al meterse en honduras, Ferrera había hecho callar a los músicos. Solo contó el eco de los oles y de los subrayados del público.

Fue muy otro el cuarto toro. Cómodo de cara porque se había enlotado con el artillero. Ferrera lo saludó con dos lances en tablas cobrados con las vueltas, de los de toro pasa sin más, pero enseguida se esmeró en lidia aparatosa, los brazos altos, muy revolado el capote -Ferrera lo gasta muy grande- y siempre tapado el toro, como embozado y engañado. El tercio de varas fue brevísimo gracias a la autoridad de Ferrera, brillante un quite galleado a pie de caballo tras el primer puyazo, y gracias al acierto de un joven picador, José María González, que ha salido del anonimato este año.

Antes de banderillas, el toro se dejó querer. Después, no tanto. Por remolonear, por falta de entrega. A querencia de tablas, apretaba; en la contraquerencia, tardeaba agarrado al piso. Un par de reniegos y acostones. No se incomodó Ferrera, sino que tomó el camino más sencillo: al toque, a la voz, al hilo del pitón, en línea, sin violentar al toro, dispuso de él a su antojo. Ahora se abrió paso la banda. La melodía tan lograda de uno de los mejores pasodobles del maestro Martín Domingo: “Los dos Adolfos”. El título preciso. Como los dos toros del juego de Ferrera, que bisó la tanda sin ayuda, muy para la gente, y regaló a todo el mundo dos recursos de torero largo: tragarle al toro dos arreones a querencia librados en dos muletazos monumentales y rematar faena con un desplante final de rodillas frontal y sin armas. Con el toro casi aculado en querencia. Una estocada desprendida. Hubo petición sobrada de oreja, pero el palco no quiso contar pañuelos.

En la corrida de Adolfo vino un tercer toro de extraordinario son, que llevaba al aparecer dos pequeñas cornadas, una en un brazuelo y otra en el cuello. Ni eso, que eran arañazos para toro badanudo, ni dos puyazos desafortunados -uno caído y otro muy trasero- lo mermaron. Francos viajes, templada entrega y, sobre todas las cosas, una manera de humillar privativa de la sangre Saltillo. Humillar y repetir, hacer el surco, estarse en los medios, fijeza sin mácula, nobleza sorprendente en tal grado de bravura. Con más distancia, habría venido planeando. El toro de la semana. Ningún otro en tal nivel de calidad y bonanza. Falto de resolución de partida, Serranito se acopló en una excelente tanda con la izquierda -el engaño en el hocico, el toro traído por delante, mecido y bien librado- pero solo en una. Y de pronto se le había ido el toro tal cual.

El lote de Perera, el único matador anunciado a dos tardes en el Pilar, fue deslucido. El segundo, aplomado, un punto incierto, se paró. El quinto, del mismo nombre que el tercero -Tomatillo- y se le daba un aire, llevó la cara muy alta y no se empleó. Tampoco fue de sufrir. Ni de pasar el rato. Perera, desconfiado con los amagos del segundo, le dio a este quinto suave trato. No pasó nada. El sexto, muy abierto de cuerna, casi playero, fue de nota en el caballo -un desconocido Antonio García cobró dos puyazos soberbios- y, algo andarín y mirón, apagado también, se acabó dejando hacer. Ahora anduvo Serranito despejado y diligente. Pero era

Postdata para los íntimos.- En una charcutería del paseo (de) Teruel se ruega a la clientela que compre en el barrio, en los comercios de calle y no en los llamados centros comerciales. La charcutería Bayona. Género de primera. Aroma de chacina buena. Hay quesos de distinta procedencia, trufas de Sarrión, jamón de Teruel y no Teruel. El de Guijuelo, 12,80 los cien gramicos, se sube de precio. Pero el aroma de la calle, aunque se llame Teruel, es guijuelo. Acaricia las fosas nasales. En la Avenida de Valencia que, cruzando la intersección de Clavé y Goya, es la continuación de Teruel, hubo en tiempos un restaurante Casa Teruel creo que patrocinado por la Diputación. Todo, productos de la tierra. Las aceitunas negras son la alegría de la huerta. No hay huerta en Teruel, pero sí olivares centenarios. Y cabritos y corderos. De Huesca, el ternasco. De Teruel, el jamón y no solo. De Zaragoza, la borraja y otros divinos alimentos. Si quieres borrajas en restaurantes de medio pelo o pelo entero, las tienes que comer con almejas.Por narice, Un kilo de borrajas se vende por 0, 89 euros en el mercado. La almeja se dispara hasta el infinito.
Al lado de la charcutería hay un comercio casi centenario de galletas, Casa Gargallo, fundada en 1925. Elaboración propia. Galletas de coco de tres pisos, ventalls de Rifacli pero en versión aragonesa -¡con chocolate!-, barquillos y wafers o gofres de propia invención. Cajas con sello de la familia. Gargallo es un escultor extraordinario. Fue..
El llamado Mercado de Teruel estaba poco concurrido, pero en la huevería se recogian encargos suculentos de faisán, conejo de monte, perdiz y pichòn. Comida de canónigos. Fruta ben lucida. Melocotones embolsados. Los de Calanda cuestan más del doble que los demás.
En la peluquería de hombres -aqui no se dice caballeros- casi enfrente de Gargallo, se vende lotería de navidad de Javaloyas, el pueblo de las brujas. El 37.380. ¿Y si toca...?
La Tabernita de Antonio Cánovas esquina a Pérez Galdós es de los sitios ricos, baratos y buenos del primer ensanche. Aqui se pueden comer las borrajas sin almejas. En la zapatería Lagatta venden pares sueltos de zapatos de verano. Un escaparate algo triste. Los zapatos sueltos parecen los restos de un bombardeo
Zona de los archivos adjun
Última actualización en Jueves, 11 de Octubre de 2018 21:51