TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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MADRID. Crónica de Barquerito: "Antológico Diego Urdiales, heroico Octavio Chacón"

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Tres orejas, una manera de torear en clásico de exquisito rigor del torero riojano en tarde completa y bendecida por un gran toro

El Prado del Rey se juega la piel con una alimaña y reafirma su cartel de torero predilecto de Madrid

Madrid, 7 oct. (COLPISA, Barquerito)

Domingo, 7 de octubre de 2018. Madrid. 6ª y última de la feria de Otoño. 17.364 almas. Otoñal. Soleado, fresco, ventoso. Dos horas y tres cuartos de función. Cinco toros de Fuente Ymbro (Ricardo Gallardo) y un sobrero -6º bis- de El Tajo (José Miguel Arroyo). Diego Urdiales, una oreja tras dos avisos y dos orejas. Octavio Chacón, una oreja y saludos. David Mora, pitos y silencio. Óscar Bernal picó perfecto al cuarto. Carretero lidió con maestría al tercero.

EN TERRENOS DE SOL y al abrigo del viento cuajó Diego Urdiales un toro de casi 600 kilos. Cuarto de una corrida de Fuente Ymbro de radical disparidad. Un toro Hurón negro listón de sorprendente elasticidad para tal carga. Corto de manos, detalle clave en su manera de meter la cara. Templada codicia. La nobleza vendría de genes. Como su estilo al descolgar. Lo que iba a ser una faena antológica, dechado de pureza y torería, no tuvo finos inicios. Tal vez por ser tan voluminoso el toro, aunque armado con armonía, Diego no lo vio claro de salida. Una lidia obtusa, compartida con Víctor Hugo, el uno por el otro, el otro por el uno, pero más tiempos muertos de lo debido.

Picó a modo Óscar Bernal, solo que sin pelear en serio el toro, suelto de la segunda vara y suelto de un quite de solo lance y medio de Octavio Chacón. En banderillas vino el toro cómodo pero mugió. Estaba por verse. Para el tercero, el dije de la corrida -terciado, el remate Domecq modélico-, se había pedido la vuelta en el arrastre. Latían las comparaciones inevitables. Diego brindó al público.

Tenía medio abierta la puerta de Madrid porque su primera faena, de paciencia y tragaderas muy llamativas, había sido castigada con dos avisos -el primero, antes de cuadrar siquiera, y el segundo, por su renuncia fastidiosa a descabellar- pero premiada con una oreja de caros méritos. Dos garfios terribles, muy abierto de cuna, bajo de cruz, apenas picado, ese toro primero embistió de partida torrencialmente, se venció un poco, fue bastante mirón y, aunque obediente al toque, tuvo ese fondo frágil que incomoda a quien sea.

Tan duro como ajustarse a la envergadura del toro fue pelearse con el viento, que revolaba la flámula y amenazaba con arruinarlo todo. Diego tuvo la feliz idea de cambiar de terrenos y buscar, como iba a hacer con el cuarto, ese cachito del sol de las Ventas entre tablas, las rayas y sus rebordes donde incluso en tardes de ventolera se siente calma. Al echarse el viento, Diego cambió de muleta y pareció empezar una segunda faena dentro de la misma. Ejercicio de fe y seguridad. De dominio y temple para, antes de la igualada, firmar dos breves tandas, una por cada mano, de exquisita categoría. Una estocada tendida no bastó.

Por eso el brindis, que fue un compromiso. Ahora empezó todo en la tierra del sol libre de viento. Octavio Chacón había ayudado a cerrar el toro en tablas y, de paso, a dejarlo ver. El morro por el suelo. Urdiales abrió con doblones y, enseguida, una primera tanda con la diestra movida y cargada de dudas. Siguió una segunda de dos primeros compases en falso, tardeó el toro, Diego lo reclamó con la voz, y en el tercero vino la revelación. Un mayúsculo muletazo en redondo, que puso al torero de Arnedo en otra onda, lo serenó, le abrió los ojos y le dio toda la confianza precisa.

No se comía a nadie el toro, que no vio desde entonces otra cosa que engaño, la pequeña muleta de Diego blandida con la suavidad y la gracia que exige el toreo por los vuelos. Hubo una tercera tanda en redondo algo acelerada -venido el toro arriba- y sin solución de continuidad vino o sobrevino el festival: una, dos, tres, cuatro tandas con la izquierda, cosidas, ligadas, dibujadas, acopladas, breves, salpicadas de molinetes, trincheras, el kikirikí, el recorte, hasta un desplate de rodillas -de añejas tauromaquias- o el cambio de mano en el momento imprevisto.

No hubo ni entradas ni salidas, porque ese tramo se libró en un palmo de terreno, donde quisieron y se encontraron las partes. Se levantó un clamor de auténtica ebriedad en la plaza. Y ahora Diego dio la impresión de estar deseando acabar. Para no tropezar dos veces en la misma piedra. Al toro se le quedaron dentro no menos de una docena de viajes más. Pero clave de la faena fue su justeza de tiempo y no solo de espacio. La gente empujó la espada, que entró hasta la bola, tal vez trasera, y el toro murió de bravo, barbeando las tablas, pero sin detenerse en la puerta de chiqueros. En la de arrastre dobló sin puntilla. La agonía fue a su manera una fiesta. Las orejas para Diego. Dos vueltas al ruedo. Para el toro se pidió otra. Se enrocó el palco.

Diego no fue único protagonista. En primer plano también Octavio Chacón ante un toro tan alimaña como pudo serlo el cuarto de Saltillo que despachó el pasado San Isidro. Toro de tan venenosa listeza que pareció pregonado, arreó en oleadas, arrollando, huyendo, colándose, metiéndose a traición, no tobillero sino al pecho.

Un tormento, pero un torrente de emociones incontenibles porque el torero de Prado del Rey tuvo la guapeza de hacerle frente, de buscarle las vueltas, de meterse en su terreno y descararse con él, de sortear gañafones que eran como barridas de metralla. El engaño por delante, la figura erguida y de frente. En cada muletazo se mascaba la cogida y la tragedia. El toro encunó a Octavio y lo tuvo entre las manos sin soltarlo, se levantó Chacón sin dolerse ni mirarse, reclamó las armas y volvió a la carga como si no hubiera pasado nada. Una estocada hasta el puño. Se caía la plaza.

No fue mejor el quinto fuenteymbro, solo que en vez de tirar cornadas y buscar herir fue toro afligido, incorregiblemente rajado, de huir de su sombra. Cogido muy feamente durante la lidia, dos cogidas, ninguna de ellas de herir, superó mermado la prueba tan severa. Por activa y por pasiva, en tablas y cerrando huecos, cruzado lo indecible o sin cruzar. Todo hizo Chacón por lograr siquiera una tanda. La de apertura al marrajo anterior había sido, genuflexa, una delicia taurina. Ahora fue imposible.

Y, en fin, a David Mora se le empezó a ir enseguida el soberbio tercer toro, se le descaderó el sexto y el sobrero de El Tajo no contó para nada en esta historia singular.

Postdata para los íntimos.- Me hice hace veinte años huésped fijo de ese hotelito de la plaza del Somontano alzado junto a un jardinillo público, con sus perros de barrio sueltos o atados, sus bancos y su fuente,, sus niños y sus preadolescentes amantes del balompié, su elegante arbolado, su cerca de ladrillo y sus jubilados al sol. Enfrente, un bar que parecía la peña de amigos de Raúl Gracia "El Tato". Y un asentador de marisco bastante famoso que prestaba a la plaza en días de fiesta aroma de gambas cocidas o congeladas geométricamente.

El barrio de Delicias -sin artículo- es el mayor de todos los de la periferia de Zaragoza. Casi inabarcable.Lo siento como propio. En una de las calles del entorno de la plaza, la calle (de) Cariñena sobreviven tres casitas adosadas y deshabitadas de dos plantas que son fósiles de la primitiva periferia. Estaban al borde de las vías del ferrocarril de Barcelona ahora soterradas bajo un solar huero y cercado de alambre. Los solares, como paisajes lunares, son un misterio.

Pernocté el sábado en Zaragoza el sábado, estaba lleno mi hotelito -calle del Moncayo esquina a la de Asturias- y tuve que dormir en la Gran Vía, en Arzobispo Doménech junto a Fernando El Católico y ese enjambre de Basilio Paraíso, Sagasta, Independencia. Constitución y el paseo (de) Pamplona. Un hotel de los años 60 y 70. Entonces sería de cierto lujo. Ha envejecido. Funciona todo: la ducha, fortísima, como de cascada pirenaica. Pero bañera americana años 40. Grifos de abrir y cerrar, empuñaduras francesa. Se construiría cuando empezó a ponerse de moda prescindir de las persianas. Cortina y visillo. Techos altos, muebles de cajones, que ya no quedan en ningún hotel salvo este. Armario empotrado de tres cuerpos, espejo vertical de cuerpo entero en una pared, mesa de trabajo muy generosa, iluminación deficiente, un largo pasillo, retrete y bidet separados por una puerta de lavabo y bañera. ¡Secador de pelo! Suelo enlosado que en el duro invierno siberiano se dejará sentir. Calefactores de los años 40. Comodísima la cama -dos individuales íntimamente unidas-, almohadas mullidas, tuve que echarme una manta de peso liviano y lana buena. Los campanazos del tranvía se estuvieron escuchando hasta la una. Y conversaciones de viandantes de vuelta del pregón del Pilar y bien cargados. La gente habla muy alto en Aragón en general. Por eso la fama de sus divinos sordos. Goya, el primero. Y Luis Buñuel, y José Manuel Blecua. Del Conde de Aranda no tengo noticia. El tranvia es sigiloso, pero.

Camino de la estación de cercanías de Goya, a las nueve de esta mañana, castigaba el cierzo. Ha llegado el otoño. O ha empezado a llegar. Cruzar el viaducto del Huerva a esa hora es un regalo: la humedad, la alameda, la sendita de paseo, los paseantes de perros. Nadie en la calle. No hay donde comprar la prensa. La estación de Goya está muy mal iluminada. El tren venia de Huesca en dirección Casetas con paradas intermedias en El Portillo y Delicias, que era mi destino. Destino Delicias.

El tránsito de Delicias cercanías a Delicias lejanías es laberíntico, pero lo recomiendo porque me ha parecido una visita completa a las tripas de la estación nueva, que de año en año me va gustando más y más, y desde esta mañana todavía más. Qué derroche de luces y blancos. Qué luz..

Última actualización en Miércoles, 10 de Octubre de 2018 13:30